"La Emperatriz Renacida" narra el brutal regreso de Leticia, una huérfana de los barrios bajos convertida en déspota de la moda, quien reencarna como la humillada Adelfa Sterling en una novela rosa. Armada con una astucia letal, frialdad despiadada y tres hijos genios, Leticia desmantela a quienes la oprimieron en su vida pasada y presente, tejiendo una intriga de venganza y poder que reescribe el destino de los inocentes y los villanos por igual.
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8 Humillación
Amaneció en Metrólis. Me preparé para mi entrada triunfal en la compañía Díaz. Leonel, fiel a su palabra, ya había enviado a sus hombres a verificar la información sobre su madre y a buscar a los tres hombres que habían dañado la reputación de la mía.
Llegué a la compañía en mi Ferrari, un bólido de alta gama que rugía con potencia, mis gafas de sol ocultando la mirada depredadora. Mi atuendo, un vestido ceñido de seda color champán, con un escote sutil pero audaz, mostraba mi figura recuperada con sensualidad y elegancia. Mi presencia era un huracán silencioso, imponente. Todos los ojos se posaron en mí, las mandíbulas caían, las conversaciones se ahogaban. Gabriel, que estaba cerca de la recepción, me vio llegar. Su mirada se clavó en mí, una mezcla de asombro y algo que parecía dolor. Sus ojos color miel no me quitaban la vista.
Adelfa:
Esta mujer ha cambiado... pensó Gabriel, observándome con intensidad. Cuando tuve el accidente que me dejó paralítico, ella estuvo conmigo, me cuidó, dejó sus sueños por mí, fue mi mundo. Pero ahora ni me mira. ¿Por qué me molesta que ella no me voltee a ver? Siempre fue hermosa, sí, pero delicada, recatada, siempre vistiendo cubriendo su cuerpo. Ahora es atrevida, no solo recuperó su belleza, sino que ahora luce más hermosa y audaz. Ya no le importa mostrarse.
Gabriel:
Me acerqué a él, mi sonrisa gélida, mis ojos fijos en los suyos.
—Hola, Gabriel. Un gusto volver a verte —dije, mi voz un susurro cargado de veneno—. Ya que vamos a trabajar juntos a partir de ahora, espero que nos llevemos bien. Por cierto, escuché que Rosa Lima trabaja como tu asistente personal. Parece que el único puesto digno que puedes darle es el de la que hace los recados. Me sorprende, porque decías que ella era mejor que yo. Y mira, yo construí mi propio imperio usando mi inteligencia, soy un icono de la moda. Bien dice el dicho icónico: "Las personas patéticas buscan a las personas patéticas". Y eso hiciste. Fui demasiado para ti, se entiende. Siempre fuiste el segundo, el que iba detrás de Leonel. Yo siempre destaqué, incluso en la escuela, y eso siempre te molestó. Trataste de apagar mi brillo, pero mírame: después de que terminamos, ¡triunfé! Después de todo, tú eras la plaga que no me dejaba florecer. Por eso quiero darte las gracias. Ahora me doy cuenta de que siempre te molestó que yo fuera superior a ti en inteligencia y capacidad. Fui demasiada Yegua para semejante potrillo. No te quedó de otra que buscarte a una Asna como Rosa: patética, insignificante, como tú. Porque tú siempre vas a ser el que va detrás de Leonel. En pocas palabras, siempre serás la sombra de tu tío, un insecto que solo sigue la luz de otro.
Gabriel palideció, su rostro contorsionado por la ira.
—¡Mientes! —rugió, su voz llena de impotencia—. Lo dices porque estás dolida, porque estoy con Rosa. Te arrastraste por mí, diste todo por mí. Incluso me acompañaste, me bañaste cuando estaba lisiado, me limpiaste, me curaste y lo diste todo.
—Así es —respondí, mi sonrisa se amplió, dejando ver el filo de mi crueldad—. Pero ya desperté. Y ahora me arrepiento amargamente. Debí haberte lanzado en silla de ruedas a la piscina. Hubiera sido muy divertido verte tratando de salir del agua, como un perro sin patas.
Una carcajada resonó detrás de nosotros. Era Leonel.
—¡Jajajajajaja! —exclamó, sus ojos brillantes de diversión—. Tengo que admitir que tu nueva personalidad es interesante, Adelfa. Hubiera sido muy divertido ver cómo lanzabas a mi patético sobrino a la piscina. Yo te hubiera ayudado a ahogarlo.
Leonel:
—Pero si es el señor Leonel —dije, girándome hacia él con una gracia coqueta, digna de una femme fatale. Me acerqué, mi mano rozando su pecho con una audacia que no pasó desapercibida por Gabriel—. Por cierto, ¿comprobaste lo que te dije anoche? Lléveme a su oficina para que hablemos del trato.
Gabriel sintió una punzada en el corazón, una extraña molestia al vernos coquetear.
¿Por qué me duele verla coquetear con mi tío? ¿Por qué me molesta verla con esa actitud libre?
Lo miré, mi sonrisa cargada de un veneno que él no pudo ignorar.
—¡Ah, señor Gabriel! ¿Todavía estás ahí? Perdóname, me olvidé de ti. Es que eres tan insignificante al lado de Leonel, tu presencia se desvanece. Espero me disculpes. Bueno, me retiro. El señor Leonel me va a llevar a mi nueva oficina.
Mis palabras fueron dardos envenenados para Gabriel. Había sido humillado, su hombría pisoteada. Él nunca había podido quitarle poder a Leonel, ni siquiera con el apoyo de su abuelo, porque Leonel tenía su propia influencia, su propio imperio.
Fui nombrada directora del departamento B. Al entrar con Leonel, mis ojos escanearon la oficina, un lugar impersonal, gris y opaco.
—No me gusta este diseño —declaré, con una voz que no admitía réplicas—. Quiero que cambien las decoraciones de este lugar. Todo está gris y opaco. Ustedes me buscaron porque quieren que yo cree la nueva colección. Yo quiero elegir personalmente a las personas que van a trabajar para mí. Los que no estén de acuerdo, que se retiren. Así de sencillo.
En ese momento, Rosa Lima, con unos documentos en la mano, se acercó a mí, su rostro una máscara de falsedad. Se lanzó al suelo, como si yo la hubiera empujado. Leonel, que estaba a mi lado, lo vio todo, pero no hizo nada, esperando mi reacción.
Rosa:
Rosa estaba en el suelo, gimiendo. Me agaché, mi tacón de aguja pisando su mano.
—Qué truco tan barato —dije, mi voz un susurro gélido—. Fingir que te empujé. Pero ya que quieres dejarme como la villana, te daré ese gusto. Seré la villana que tanto quieres ver.
La agarré del cabello, la levanté y, delante de todos, tomé unos papeles del zafacon y se los metí en la boca. Las lágrimas brotaron de sus ojos. Le susurré al oído:
—Será mejor que no hagas estas escenitas, porque siempre vas a salir perdiendo. Además, yo soy necesaria en esta compañía, pero tú eres desechable, como el papel higiénico. Solo eres una asistente sin valor. Si le pido al patriarca Díaz tu cabeza, ¿ A quién crees que echará? ¿A mí, una Sterling, que lleva el apellido Collins de mi madre, un apellido de estatus? Definitivamente, eres tan estúpida, Rosa. Ahora me doy cuenta de que definitivamente no estás ni estarás a mi nivel. Ni siquiera llegas a la uña de mi dedo meñique de los pies.
Leonel sonrió. Esta mujer es letal, no deja títere con cabeza, pensó.
Antes de que Rosa se marchara, humillada, le vociferé, para que todos la escucharan:
—Por cierto, Rosa, que no se te olvide ir a gritarle a Gabriel y a decirle que te pisé, que te maltraté y que te lastimé. ¡Quiero que se entere de cómo trato a las ratas!
Mientras la humillación de Rosa se extendía por la compañía, mis pequeños genios llegaban a su nueva escuela en Metrólis. Había hecho todas las gestiones desde París. Llegaron en una limusina negra, con su chófer personal, una imagen de lujo y poder que no pasó desapercibida.
Antes de entrar, recoradaron su misión: —Encuentrar a su malvado padre.
Entraron en el patio, donde un grupo de niños insolentes, hijos de la élite de Metrólis, intentó humillarlos.
—¡Miren a estos tres! —exclamó un niño, señalándolos con desprecio—. ¡Parecen salidos de un circo!
Santiago, con su mirada calculadora, Luna, con su sonrisa angelical, y Sebastián, con su aura protectora, barrieron el suelo con ellos, humillándolos con palabras y frases épicas.
—¿Circo? —dijo Santiago, con una voz calmada pero cargada de sarcasmo—. ¿Acaso te refieres a tu triste existencia, plagada de mediocridad y falta de ingenio? Si esto es un circo, entonces tú eres el payaso, pequeño. Y un payaso de muy baja categoría, por cierto.
—Mi canal de YouTube tiene más suscriptores que tu coeficiente intelectual, querido —añadió Luna, con un tono dulce pero mordaz—. Y mi música, mi arte, es un insulto a tu pobre alma, que solo sabe apreciar el ruido de las cadenas de oro que te aprisionan.
Sebastián, con una sonrisa desafiante, dio un paso al frente.
—Si quieres probar que no eres un simple mosquito, podemos hacerlo a mi manera. Pero te advierto: no me gusta perder el tiempo con insectos insignificantes.
Finalmente, Luna, con un gesto de desdén, dijo a sus hermanos:
—Hermanos, entremos. Este lugar está lleno de mosquitos y no traje mi repelente.
Dejando a los niños insolentes humillados y sin palabras, mis pequeños genios entraron en la escuela, su misión en marcha, sus mentes brillantes maquinando nuevas travesuras.
porfis no te olvides de actualizar, gracias y perdona el abuso y fastidio.
un abrazo 🤗
solo que le cambiaron el nombre😬🫣🤔🤔