Estrella Cloe Pattison Evans siempre supo que era diferente. Mitad humana y mitad demonio, vive ocultando una oscuridad que apenas puede controlar mientras Gabriel, un ángel y amigo de su padre, intenta protegerla del peligro que la rodea. Pero todo cambia cuando conoce a Adrik, un misterioso vampiro ligado al enemigo de su familia.
Su presencia despierta poderes inestables, secretos ocultos y una conexión imposible de ignorar. Mientras fuerzas peligrosas comienzan a buscarla, Estrella descubrirá que su destino podría cambiar el equilibrio entre la luz y la oscuridad.
Ahora deberá decidir si luchar contra lo que es… o aceptar el poder que corre por su sangre.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7
No fui con el profesor.
Sabía que debía hacerlo.
Pero en el momento en que di el primer paso hacia su salón…
me detuve.
Algo no encajaba.
No era una idea clara.
No era un pensamiento completo.
Era una sensación.
Esa misma sensación.
La del baño.
La del pasillo.
La de ser observada.
Miré alrededor.
Estudiantes caminando.
Riendo.
Hablando como si todo siguiera igual.
Pero ya no lo era.
No para mí.
Bajé la mirada.
Mis manos.
Otra vez.
El temblor seguía ahí.
Más leve.
Pero constante.
Como un recordatorio de que lo que pasó… no se había terminado.
Respira.
Inhala.
Exhala.
Lo intenté.
Como él me había dicho.
Funcionó.
Un poco.
Lo suficiente para no perder el control en medio del pasillo.
Pero no para callar mi mente.
Porque ahora no solo pensaba en lo que pasó.
Pensaba en él.
En lo que dijo.
En cómo lo dijo.
“Si te dejo sola… no sé si voy a encontrarte igual.”
Apreté la mandíbula.
—No necesito eso… —murmuré para mí misma.
Pero la frase se sintió vacía.
Porque una parte de mí…
no estaba tan segura.
Caminé en dirección contraria al salón del profesor.
Más rápido de lo normal.
Como si alejarme de ahí fuera a ayudar.
No lo hizo.
La sensación no desapareció.
Al contrario.
Se volvió más clara.
Más directa.
Como si ya no estuviera escondida.
Me detuve otra vez.
Respiración corta.
Corazón acelerándose.
—No… —susurré.
No podía ser otra vez.
No ahí.
No con tanta gente alrededor.
Pero ahí estaba.
Esa presión.
Ese frío leve que no venía del aire.
Venía de algo más.
Levanté la mirada lentamente.
Buscando.
Sin saber exactamente qué.
Y por un segundo…
creí verlo.
No una persona.
No una forma clara.
Solo—
una sombra donde no debía haberla.
Parpadeé.
Desapareció.
Pero la sensación no.
—Genial… —murmuré, pasando una mano por mi cara.
Esto ya no era normal.
Nada de esto lo era.
Y lo peor…
era que no sabía si estaba empezando a entenderlo…
o a perder la cabeza.
—No estás imaginando cosas.
La voz llegó antes que él.
Mi cuerpo se tensó al instante.
No por sorpresa.
Por reconocimiento.
Giré.
Y ahí estaba.
A unos pasos de mí.
Como si hubiera estado esperando el momento exacto para hablar.
—Deja de hacer eso —solté, bajando la voz—. No puedes seguir apareciendo así.
Él no respondió de inmediato.
Solo me observó.
Más serio que antes.
Menos… provocador.
—No estoy apareciendo —dijo finalmente—. Estoy llegando cuando es necesario.
Rodé los ojos, pero sin fuerza.
—Claro.
—Lo sientes otra vez —continuó, ignorando mi reacción.
No era una pregunta.
Apreté los labios.
—No sé qué siento.
Mentira.
Lo sabía.
Solo no quería decirlo en voz alta.
Él dio un paso más cerca.
No demasiado.
Lo suficiente.
—Sí lo sabes.
Silencio.
Mi mirada se desvió un segundo.
Eso fue suficiente para que entendiera.
—No es lo mismo que yo —añadió—. ¿Verdad?
Negué lentamente.
—No.
Mi voz salió más baja de lo que esperaba.
—Esto es… diferente.
Él asintió apenas.
Como si confirmara algo que ya sospechaba.
—Porque lo es.
Mi paciencia se rompió un poco.
—Entonces deja de hablar como si todo fuera obvio y dime qué está pasando.
Silencio.
Pero no incómodo.
Calculado.
—Hay más como tú —dijo al fin.
El mundo no se detuvo.
Pero algo dentro de mí sí.
—No iguales —aclaró—. Pero… cercanos.
Fruncí el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que no eres la única —respondió—. Pero tampoco eres común.
Eso no ayudaba.
Para nada.
—Sigo sin entender.
Él exhaló despacio.
Como si estuviera decidiendo cuánto decir.
—Lo que sentiste…
hizo una pausa.
—no era solo energía descontrolada.
Mi pulso se aceleró.
—Entonces ¿qué era?
Sus ojos se fijaron en los míos.
Más serios.
Más… cuidadosos.
—Una señal.
El frío volvió.
—¿Para quién?
Silencio.
Pero esta vez no dudó.
—Para los que saben buscarla.
Mi estómago se tensó.
—¿Y tú?
La pregunta salió antes de pensarla.
—¿Tú la buscabas?
Él no respondió de inmediato.
Y eso fue respuesta suficiente.
—No al inicio —dijo al final.
Eso no me tranquilizó.
—Pero ahora sí.
El aire se volvió más pesado.
No por miedo.
Por realidad.
—Genial —murmuré—. Entonces básicamente anuncié mi existencia a… lo que sea que esté allá afuera.
—Sí.
Directo.
Sin suavizar.
Cerré los ojos un segundo.
—Perfecto.
—Pero no todos llegan igual de rápido.
Abrí los ojos.
—¿Eso se supone que me haga sentir mejor?
—Se supone que entiendas que aún tienes tiempo.
Esa palabra otra vez.
Tiempo.
Pero cada vez sonaba menos.
—¿Tiempo para qué?
Él me miró.
Y esta vez…
no hubo rodeos.
—Para aprender a no morir por ello.
Silencio.
Total.
Mi respiración se detuvo un segundo.
No sonó exagerado.
No sonó dramático.
Sonó…
real.
Y eso lo hizo peor.
No dije nada.
No porque no tuviera preguntas.
Sino porque tenía demasiadas.
Y ninguna tenía una respuesta que quisiera escuchar.
—No —murmuré al final, negando con la cabeza—. No… eso no tiene sentido.
Él no intentó corregirme.
No de inmediato.
—No puede ser tan grave —añadí, más para mí que para él—. Solo fue… un accidente.
Mi voz perdió fuerza al final.
Porque ni yo me creí.
Silencio.
—¿De verdad crees eso? —preguntó.
No con burla.
Peor.
Con calma.
Apreté los puños.
—No puedes llegar y decirme que hay gente buscándome para… —me detuve—. Para matarme.
La palabra se sintió pesada.
Demasiado real.
—No dije eso.
Lo miré de golpe.
—No hacía falta.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—No todos quieren matarte.
Eso no ayudó.
Para nada.
—Qué alivio —solté, con una risa corta, tensa—. Entonces solo algunos.
—Algunos quieren controlarte.
Mi estómago se cerró.
—Otros entender qué eres.
—¿Y tú? —pregunté, sin pensarlo—. ¿En qué grupo estás?
Silencio.
Esta vez más largo.
Más… cuidadoso.
—Aún no lo decides —murmuré.
Él dio un paso más cerca.
Ahora sí.
Invadiendo.
Pero no como antes.
No como amenaza.
Como algo más difícil de definir.
—No —dijo en voz baja—. Ya lo decidí.
Mi respiración se desordenó.
Otra vez.
—¿Entonces?
No retrocedí.
Aunque debía.
—No voy a dejar que te encuentren primero.
El golpe fue inmediato.
Directo.
—Eso no responde nada.
—Responde lo suficiente.
No lo hacía.
Pero mi cuerpo reaccionó como si sí.
—No te pedí ayuda.
—Lo sé.
—Entonces deja de actuar como si—
Me detuve.
Porque esta vez…
fue diferente.
La sensación volvió.
Pero más fuerte.
Más cercana.
Como si ya no estuviera observando desde lejos.
Como si estuviera…
acercándose.
Mi respiración se cortó.
—¿Lo sientes? —murmuró él.
No respondí.
No hacía falta.
Mis manos temblaron otra vez.
Pero no leve.
Más marcado.
Más evidente.
—Está más cerca —dijo.
Eso fue suficiente.
—No… —susurré.
Mi energía reaccionó.
Subió.
Rápido.
Demasiado rápido.
—Hey —su voz cambió—. No ahora.
Pero no se detuvo.
La presión volvió.
El aire se tensó.
El mismo patrón.
El mismo caos.
—No puedo… —murmuré, sintiendo cómo todo se desordenaba otra vez.
Y entonces—
sentí su mano.
En mi muñeca.
Firme.
Fría.
Real.
Mi cuerpo se congeló.
No por miedo.
Por el impacto.
Porque eso…
no lo esperaba.
—Mírame.
Su voz fue más baja.
Más firme.
Más cerca.
Levanté la mirada.
Automáticamente.
Como si no pudiera hacer otra cosa.
—Respira.
Otra vez.
Igual que en el baño.
Pero diferente.
Porque ahora…
sí me estaba tocando.
Mi respiración tembló.
Pero lo hice.
Inhalé.
Su mano no se movió.
No apretó.
No soltó.
Solo estaba ahí.
Anclándome.
Exhalé.
Otra vez.
Y poco a poco…
la presión dejó de subir.
No desapareció.
Pero dejó de desbordarse.
Mi mirada seguía en la suya.
Demasiado cerca.
Demasiado todo.
—Eso es —murmuró.
Y por un segundo…
todo lo demás dejó de importar.
Mi respiración empezó a estabilizarse.
Lenta.
Inestable todavía.
Pero ya no desbordándose.
Su mano seguía en mi muñeca.
Firme.
Presente.
Como si supiera exactamente cuándo soltar…
y cuándo no.
El ruido del pasillo volvió poco a poco.
Lejos.
Irreal.
Como si todo eso no perteneciera al mismo mundo en el que estábamos nosotros.
—Eso es —murmuró otra vez.
No me moví.
No podía.
Porque si lo hacía…
todo esto iba a desaparecer.
Y una parte de mí—
no quería que lo hiciera.
Entonces—
algo cambió.
No en mí.
No en él.
En el ambiente.
Fue sutil al inicio.
Casi imperceptible.
Pero suficiente.
El aire se volvió más frío.
Más denso.
Más… ajeno.
Mi respiración se cortó.
Él lo sintió en el mismo instante.
Lo supe por cómo su expresión cambió.
No fue miedo.
Fue reconocimiento.
—Ya nos encontró —dijo en voz baja.
El golpe fue inmediato.
—¿Quién?
Pero ya lo sabía.
No necesitaba respuesta.
La sensación se intensificó.
No venía de un punto.
Venía de todo alrededor.
Como si el espacio mismo se hubiera vuelto consciente.
—No te muevas —murmuró.
Claro.
Porque eso siempre funciona.
Pero no me moví.
No porque me lo dijera.
Porque no podía.
Mi cuerpo estaba en alerta total.
Mi energía…
respondiendo.
Otra vez.
—No —susurré—. No otra vez…
—Mírame —ordenó.
Lo hice.
Más rápido de lo que esperaba.
—Concéntrate en mí.
Su voz cambió.
Más firme.
Más directa.
Más… necesaria.
Lo hice.
Porque era lo único que tenía sentido en ese momento.
—No dejes que reaccione —continuó—. Si lo haces, le facilitas encontrarte.
Demasiado tarde.
La presión volvió.
Más fuerte.
Más agresiva.
—No puedo—
—Sí puedes.
Su mano apretó apenas.
No para hacer daño.
Para mantenerme.
Para anclarme.
—Respira.
Intenté.
Fallé.
Lo intenté otra vez.
Me obligué.
Inhalé.
El aire entró pesado.
Exhalé.
Temblando.
Otra vez.
Y otra.
La presión no desapareció.
Pero dejó de crecer.
Y eso fue suficiente.
Por ahora.
El silencio alrededor cambió.
No desapareció.
Pero retrocedió.
Como si algo…
hubiera decidido esperar.
—Se fue —susurré.
—No —respondió él.
Eso no ayudó.
—Solo se alejó.
Perfecto.
Mi respiración seguía inestable.
—Esto no va a parar, ¿verdad?
Silencio.
Pero esta vez no fue evasión.
Fue respuesta.
—No.
Directo.
Real.
Innegable.
Cerré los ojos un segundo.
—Entonces dime qué tengo que hacer.
Cuando los abrí…
lo miré directo.
Sin evitarlo.
Sin retroceder.
—Porque no voy a seguir así.
Algo cambió en su expresión.
Otra vez.
No duda.
No cálculo.
Decisión.
—Entonces deja de huir de esto —dijo—.
Su mano se soltó lentamente.
Pero la sensación se quedó.
—Y aprende a usarlo.
El aire volvió a la normalidad.
Poco a poco.
El ruido del pasillo regresó.
La gente.
Las voces.
Todo otra vez… como si nada.
Parpadeé.
Y cuando volví a enfocar—
ya no estaba.
Otra vez.
Pero esta vez…
no se sintió igual.
Porque ya no era solo misterio.
Ahora era claro.
Esto no estaba terminando.
Apenas estaba empezando.
Y alguien más…
ya había puesto los ojos en mí.