En una gala impecable, donde todo está cuidadosamente controlado, Amalia Vélez observa en silencio desde el anonimato, como siempre: presente, pero invisible.
Todo transcurre según lo planeado... hasta que él aparece.
Vladímir Alekséi Morán.
Su presencia no altera el ambiente de forma evidente, pero sí lo tensiona. Es un hombre que no necesita moverse ni hablar para dominar el espacio. Y cuando sus miradas se cruzan, no hay sorpresa ni curiosidad... sino reconocimiento.
Un instante silencioso, cargado de peligro.
Ella se aparta primero, como dicta su mundo. Pero sabe que él no es un hombre cualquiera... y que esa noche no terminará igual.
Desde la perspectiva de Vlad, ella no debería ser distinta al resto. Una mujer más, elegante pero irrelevante. Sin embargo, algo en ella no encaja: no busca atención, no reacciona, no quiere nada de él.
Y eso la vuelve imposible de ignorar.
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23_Desde Cuando Ratoncita..
Amalia sonrió apenas al ver la reacción de Vladímir.
Fue mínima.
Pero real.
Porque por primera vez en mucho tiempo, logró sorprenderlo de verdad.
Y eso no era fácil.
No con un hombre como él.
No con alguien que parecía tener siempre el control de todo.
—¿Qué ocurre, gatito? —preguntó suavemente.
Había diversión en su voz.
Una satisfacción elegante.
Como si disfrutara verlo perder el equilibrio aunque fuera solo un poco.
Vlad seguía mirándola fijo.
Sus ojos oscuros recorrían cada pequeño gesto de ella.
Cada respiración.
Cada detalle.
—¿Cómo que desde antes, ratoncita? —murmuró finalmente.
Bajó un poco el rostro.
Acercándose más.
Lento.
Sin prisa.
Hasta quedar a pocos centímetros de ella.
Amalia podía sentir su respiración.
Caliente.
Peligrosamente cerca.
Pero no retrocedió.
Nunca lo hacía.
Sus ojos seguían conectados con los de él como si el resto del club hubiera desaparecido.
Como si solo existieran ellos dos.
La música seguía sonando alrededor.
La gente seguía bailando.
Riendo.
Moviéndose.
Pero para ambos…
todo estaba en silencio.
Vlad observó la pequeña sonrisa de Amalia.
Y algo dentro de él se tensó otra vez.
Porque esa mujer tenía una forma absurda de alterarlo sin hacer demasiado.
Sin tocarlo siquiera.
—Desde antes… —repitió él en voz baja—
—explícate.
Amalia inclinó apenas la cabeza.
Su expresión seguía tranquila.
Elegante.
Pero sus ojos…
sus ojos brillaban distinto.
—¿Recuerdas la primera vez que interceptaste uno de mis movimientos? —preguntó ella.
Vlad frunció apenas el ceño.
Claro que lo recordaba.
Lo recordaba todo.
Fue la primera vez que alguien logró llamar realmente su atención.
La primera vez que encontró una mente capaz de jugarle de frente.
—Pensé que eras interesante —continuó Amalia—
—demasiado inteligente para el tipo de hombres con los que suelo lidiar.
Sus labios se curvaron apenas.
—Y eso me molestó.
Vlad soltó una risa baja.
—¿Te molestó encontrarme?
—Me molestó querer seguir jugando contigo.
La sinceridad en su voz hizo que Vlad guardara silencio.
Porque Amalia no hablaba así.
No normalmente.
Ella siempre medía.
Siempre ocultaba.
Pero en ese momento…
estaba dejando ver algo real.
Muy real.
—Mientras más te investigaba… —murmuró ella—
—más entendía cómo funcionabas.
Pausa.
—Y más quería ver hasta dónde eras capaz de llegar.
Los ojos de Vlad no dejaron los suyos ni un segundo.
—¿Y ahora? —preguntó.
Su voz salió más grave.
Más personal.
Amalia lo observó unos segundos.
Como si pensara bien la respuesta.
Pero al final…
sonrió.
Pequeño.
Peligroso.
—Ahora ya lo sé.
Eso hizo que Vlad sonriera también.
Lento.
Oscuro.
Y peligrosamente satisfecho.
Su mano subió otra vez.
Rozando suavemente el brazo desnudo de Amalia.
—No tienes idea de lo que provocas en mí… —murmuró.
Amalia sostuvo su mirada.
Y por primera vez en mucho tiempo…
ella tampoco estaba completamente tranquila.
Porque Vladímir Alekséi Morán tenía algo capaz de atravesar incluso sus propios controles.
Y eso—
era tan peligroso como adictivo.
Amalia sostuvo su mirada unos segundos más.
Disfrutando en silencio esa pequeña grieta que acababa de abrir en el control de Vladímir.
Porque sí.
El gran Vladímir Alekséi Morán acababa de quedarse sin respuestas por culpa de ella.
Y eso le encantaba.
Sus labios se curvaron lentamente.
Elegante.
Traviesa.
Peligrosa.
—Pero no fue ahí donde todo empezó… —murmuró.
Vlad frunció apenas el ceño.
Ella soltó una pequeña risa suave.
Baja.
Cálida.
—¿O creías que fue ahí, gatito?
Y sin darle tiempo a responder—
Amalia se apartó.
Girándose lentamente mientras comenzaba a caminar hacia la salida del club.
Como si acabara de dejarle una bomba en las manos.
Vlad la observó irse.
Hipnotizado.
Más intrigado que nunca.
Porque ahora necesitaba saberlo.
Necesitaba entender cuándo empezó todo.
En qué momento esa mujer había entrado tan profundo en él sin que lo notara.
Amalia caminó entre las luces del club con la misma elegancia tranquila de siempre.
Como si supiera perfectamente que él iría detrás.
Y claro que lo sabía.
Al pasar junto a Elena, esta se encontraba hablando con un hombre.
O mejor dicho—
con un hombre intentando coquetearle descaradamente.
Alto.
Con una sonrisa relajada.
Y demasiada confianza.
Serguéi Morozov.
Elena levantó una ceja divertida al ver pasar a Amalia.
—¿Ya rompiste al ruso? —preguntó en voz baja.
Amalia sonrió apenas.
—Todavía no.
Serguéi soltó una risa.
—Eso sonó peligrosamente prometedor.
Amalia solo inclinó levemente la cabeza antes de seguir caminando.
Pero Serguéi alcanzó a notar algo curioso.
Vlad ya venía detrás de ella.
Sin apartar los ojos de su espalda.
Como un depredador siguiendo exactamente lo que quería.
Serguéi sonrió lentamente.
—Oh…
Pausa.
Miró a Elena de reojo.
—Ahora sí está perdido.
Elena tomó su copa con calma.
—No tienes idea.
Mientras tanto—
Vlad salió del club detrás de Amalia.
Esta vez no iba a dejarla ir.
Por lo menos—
no sola.
La noche exterior estaba más fresca.
Más silenciosa.
Las luces de la ciudad iluminaban suavemente el rostro de Amalia cuando se detuvo junto a la entrada.
Y entonces—
sin girarse todavía—
habló.
—¿Vas a seguirme mucho tiempo, gatito?
La voz de Vlad llegó detrás de ella.
Cercana.
Profunda.
—Hasta que respondas.
Amalia sonrió apenas.
Lento.
Porque justo eso quería.
Vlad se acercó un poco más.
Lo suficiente para sentir nuevamente su perfume.
Ese aroma elegante y adictivo que ya comenzaba a relacionar únicamente con ella.
—¿Cuándo empezó? —preguntó finalmente.
Su voz ya no tenía juego.
Tenía curiosidad real.
Necesidad.
Amalia giró apenas el rostro para mirarlo por encima del hombro.
Hermosa.
Peligrosa.
Inalcanzable.
—Esa es la parte interesante… —susurró.
Sus ojos brillaron apenas.
—Porque tú empezaste a pertenecerme incluso cuando todavía no sabías quién era yo.
Y esa frase—
le pegó más fuerte de lo que Vlad esperaba.
Porque en el fondo…
sabía que era verdad.
Amalia sonrió lentamente mientras miraba a Vladímir.
La noche alrededor parecía demasiado pequeña para contener la tensión entre ambos.
—No creo que este sea el lugar adecuado, gatito.
Vlad sostuvo su mirada unos segundos.
Y luego—
sacó el teléfono.
No hizo demasiadas preguntas.
No necesitó hacerlo.
Una llamada bastó.
Amalia observó en silencio cómo todo se movía a su alrededor con rapidez impecable.
Como siempre ocurría con él.
Los minutos que siguieron parecieron eternos.
No por incomodidad.
Por expectativa.
Hasta que finalmente—
un auto negro se detuvo frente a ellos.
Elegante.
Impecable.
Vlad caminó hacia el lado del copiloto y abrió la puerta para ella.
Sin apartar los ojos de Amalia.
Ella sonrió apenas.
Divertida.
Y subió al auto sin discutir.
Como si ya hubiera decidido acompañarlo desde el momento en que salió detrás de ella del club.
Vlad cerró la puerta.
Rodeó el vehículo.
Y poco después—
la ciudad comenzó a quedar atrás.
El trayecto fue silencioso.
Pero no incómodo.
Era uno de esos silencios cargados.
Donde las palabras sobraban.
Donde una mirada decía demasiado.
Amalia observaba por la ventana las luces pasar mientras sentía, de vez en cuando, los ojos de Vlad sobre ella.
Y cada vez que eso ocurría—
sonreía un poco.
Porque sabía exactamente el efecto que tenía sobre él.
Después de un tiempo—
las enormes puertas negras se abrieron lentamente.
El auto avanzó.
Y entonces—
la mansión apareció frente a ellos.
Grande era quedarse corto.
El lugar parecía salido de una película.
Luces cálidas iluminando la estructura elegante.
Jardines perfectamente cuidados.
Seguridad discreta.
Poder silencioso.
Vlad estacionó finalmente.
Bajó primero.
Y como antes—
rodeó el auto para abrirle la puerta a Amalia.
Le ofreció la mano.
Ella la miró unos segundos.
Y luego—
la tomó.
Sus dedos encajaron perfectamente entre los de él.
Y Vlad sintió algo peligrosamente parecido a paz.
Amalia salió del vehículo.
Miró alrededor.
Y al levantar bien la vista hacia la “pequeña” mansión…
soltó una risa.
Real.
Natural.
Y absolutamente hermosa.
Luego giró hacia él con ese tono colombiano suave y burlón que aparecía cuando realmente se divertía.
—Uy no… —negó con la cabeza mientras seguía mirando la mansión—
—lo tuyo no es la humildad, no hermano.
Y se rió más fuerte.
Vlad se quedó observándola.
En silencio.
Porque esa risa…
esa risa auténtica—
valía más que cualquier imperio que tenía.
Una leve sonrisa apareció finalmente en el rostro de Vlad.
Pequeña.
Pero completamente sincera.
—Podría construir algo más pequeño para ti —murmuró.
Amalia volvió a mirarlo divertida.
—¿Más pequeño?
Pausa.
—¿Qué sigue? ¿Un castillo?
Vlad se acercó un poco más.
Sus ojos fijos en ella.
—Si lo quieres…
te lo doy.
Y ahí estaba otra vez.
Esa intensidad absurda.
Ese hombre que hablaba en serio incluso cuando parecía broma.
Amalia sostuvo su mirada unos segundos.
Y luego sonrió lentamente.
Porque Vladímir Alekséi Morán era exactamente lo que ella pensó desde el inicio.
Peligroso.
Adictivo.
Y completamente capaz de incendiar el mundo por ella.