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La Princesa de la Mafia

La Princesa de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Escuela / Mafia / Autosuperación / Venganza de la protagonista / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Queenvyy27

Aurelia era una chica común y corriente, obsesionada con las novelas. Una noche, tras llorar por el trágico destino de su personaje favorito, despierta dentro de la historia y descubre que ahora habita el cuerpo de Aurelia Cassano: la antagonista consentida, hija del jefe de la mafia más temida del país.

El problema es que conoce el final: en la novela original, Aurelia Cassano muere asesinada a los veinticuatro años. Y el causante indirecto de su muerte es nada menos que Arsa Wirayuda, el protagonista masculino: frío, despiadado, irresistible... y el hombre del que la Aurelia original estaba perdidamente enamorada.

Para sobrevivir, Aurelia traza un plan: alejarse de Arsa, evitar los conflictos con la protagonista original y reescribir su destino. Pero la vida dentro de una novela de mafia no es tan sencilla. Entre conspiraciones familiares, enemigos que la quieren muerta, pandillas rivales y secretos oscuros que ni la novela revelaba, Aurelia descubre que cambiar la trama es mucho más difícil de lo que imaginaba.

Y lo peor de todo: Arsa, el hombre al que debería evitar a toda costa, no deja de acercarse. Con sus ojos negros como la noche, su actitud posesiva y esos momentos inesperados de ternura que derrumban todas sus defensas, Aurelia se enfrenta a la pregunta más peligrosa de todas: ¿puede reescribir una historia de amor sin caer en ella?

Entre peleas callejeras, intrigas corporativas, venganzas implacables y un romance que arde lento pero con la fuerza de un incendio, Aurelia demuestra que ser la villana nunca fue su destino. Tal vez siempre fue la heroína que esta historia necesitaba.

NovelToon tiene autorización de Queenvyy27 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18 — Como un buey ensartado por la nariz

Tal como lo habían acordado, el círculo interno de Orchi puso en marcha su plan. Esa noche instalarían cámaras de seguridad por el colegio, a escondidas.

Y allí estaban, detrás del muro del recinto. Uno tras otro, los del núcleo de Orchi treparon la pared con la misma facilidad que el Hombre Araña.

Dante, Bruno, Mateo y Samuel ya habían entrado; Iván vigilaba la parte delantera.

Se dividieron en parejas: Dante con Bruno, Samuel con Mateo.

Con destreza fueron colocando microcámaras en puntos invisibles: la cafetería, las aulas, la biblioteca, el almacén e incluso la sala de profesores y la dirección. Hasta en los baños de los chicos las pusieron; solo dejaron fuera los baños de las chicas.

Trabajaban contra reloj: en poco rato pasaría el guardia de seguridad.

Tap, tap, tap.

Tal como temían, el sonido de unos pasos sobresaltó a los cuatro del círculo —Dante, Bruno, Samuel y Mateo—, que acababan de instalar la última cámara en el almacén trasero.

El vigilante barría con la linterna en todas direcciones. Pero los cuatro eran tan hábiles escondiéndose que esquivaron la ronda sin problema.

Cuando los pasos del guardia se alejaron, abandonaron el almacén y volvieron al muro trasero por donde habían entrado.

¡Hop!

Con un último salto, Dante aterrizó al pie de la pared.

—Vámonos —su voz grave dio la señal de partida hacia el cuartel.

Ya en la base, Mateo revisó el resultado del trabajo.

En la pantalla del portátil aparecían varias ubicaciones; las cámaras cubrían distintos ángulos, de modo que todo se veía con claridad.

—Listo, jefe —dijo Mateo tras confirmar que los equipos quedaban bien instalados.

Dante asintió.

—Me voy. Ustedes también pueden descansar —dijo, frío.

El apuesto joven dejó el cuartel de Orchi, seguido por los demás. Solo Mateo se quedaría a pasar la noche para asegurarse de que las cámaras funcionaran.

Era la una de la madrugada, demasiado tarde. Dante prefirió ir a su apartamento para no molestar a su familia en la mansión.

Por la mañana, Aurelia ya estaba lista, con el uniforme del colegio. Su melena negra y lisa recogida de cualquier modo, a la altura de una coleta.

Bajaba la escalera dando saltitos y canturreando alegre cuando, por descuido, un pie se le resbaló. Estuvo a punto de caer rodando, pero un hombre que venía detrás logró sujetarla a tiempo.

—Cuidado, cariño —era Valentín quien la había atrapado.

—Gracias, papá —respondió Aurelia con una risita.

—Hoy estás muy contenta... ¿Qué pasa? —preguntó Valentín a su hija.

—¿Eso crees, papá? Si yo estoy contenta todos los días —respondió Aurelia, colgándose con mimo del brazo de su padre.

Valentín se limitó a sonreír mientras le acariciaba la coronilla.

—Anda, vamos a desayunar —dijo, conduciéndola al comedor. Allí ya esperaba Alejandro, en silencio, observando la complicidad entre su padre y su hermana menor.

—Ah, papá... ¿Cuándo vuelve Daniela? —preguntó Aurelia. Su criada personal llevaba una semana de licencia y aún no regresaba.

—No lo sé. Pregúntale a Esteban —respondió Valentín, y mandó a una empleada a llamar al tal Esteban.

Al poco apareció un hombre de edad parecida a la de Valentín y se colocó a su lado.

Era Esteban, el jefe del servicio de la familia Cassano.

—¿Me llamó, señor? —preguntó con una respetuosa reverencia.

—Mi hija quiere saber cuándo vuelve su criada personal —dijo Valentín sin rodeos.

—Daniela pidió dos semanas de licencia, señor. La señorita la tendrá de vuelta la semana que viene —explicó Esteban—. ¿La señorita necesita otra criada o alguien que reemplace a Daniela? ¿Acaso no cumple bien su trabajo? —preguntó, preocupado por la comodidad de la joven.

—No, Esteban, todo está bien. Solo preguntaba... y la extraño un poco —respondió Aurelia con una sonrisa. Al notar la inquietud en el rostro del hombre, añadió—: Puedes seguir con lo tuyo, Esteban. Gracias —y volvió a sonreír con tanta dulzura que borró toda preocupación del semblante del anciano.

Tras la salida de Esteban, desayunaron en silencio.

—Ya terminé, papá, hermano —dijo Aurelia después de un pan y un vaso de leche—. Me voy yendo —añadió, tomando la mano de Valentín y la de Alejandro.

—¿No quieres que te lleve? —gritó Alejandro al verla salir.

—No, me gusta conducir —rechazó Aurelia, alejándose a paso ligero mientras agitaba la mano hacia los dos hombres.

Aurelia conducía su deportivo con soltura, abriéndose paso por las calles de la capital, ya animadas con el bullicio de la gente.

El camino a la Preparatoria Altamira era más bien tranquilo, pues no quedaba en el centro, sino en las afueras, aunque en una zona aún bastante poblada.

Al tomar una curva cerrada, el auto de Aurelia se desestabilizó de golpe: algo no andaba bien.

Ella orilló el coche junto a la acera.

Bajó a revisar qué ocurría. La rueda delantera derecha estaba pinchada: un clavo se le había clavado.

—Otra vez una llanta desinflada —masculló Aurelia, fastidiada. Para colmo, no había nadie con quien hablar.

Paseó la vista alrededor con la esperanza de que alguien pudiera ayudarla.

En realidad, a su alrededor siempre rondaban guardaespaldas que la seguían a todas partes, pero no se acercarían a menos que hubiera peligro.

Aurelia resopló con rabia. Ningún auto que pasaba se detenía. Cuando ya iba a llamar a su hermano, una moto deportiva negra se detuvo frente a ella.

—Sube —dijo el hombre tras el casco integral.

Aurelia, que no sabía quién era, se puso en guardia y adoptó posición de combate.

El hombre del casco soltó una risita ante su actitud precavida, claro que ella no podía verlo.

Entonces alzó la visera del casco para mostrar quién era.

Aurelia bajó un poco la guardia al reconocerlo. Pero, lejos de tranquilizarla, aquello la inquietó todavía más.

¿Por qué justo tenía que ser él el que se detuviera? —pensó.

—Sube, que vas a llegar tarde —su voz fría la sacó del trance.

Aurelia miró el reloj de su muñeca izquierda: ya eran las 6:55, llegaba muy tarde.

—Pero mi auto —murmuró, desviando la vista hacia el deportivo blanco, varado e inútil.

—De eso se encargan mis hombres —respondió él.

Al final, sin pensarlo más, Aurelia se subió a la moto.

Al llegar frente al portón del colegio, la moto aceleró para colarse justo antes de que se cerrara, dejando al guardia meneando la cabeza.

—Jóvenes de hoy en día —masculló el vigilante, molesto.

Aurelia bajó de la moto. Cuando iba a marcharse, Dante, que acababa de quitarse el casco, la sujetó de la mano.

Sí, el hombre del casco integral era Dante Moretti.

Al notarse retenida, Aurelia cayó en la cuenta de algo.

—Ah, cierto, lo olvidé... Gracias —dijo, recordando que no le había agradecido.

Iba a irse, pero Dante volvió a retenerla.

—¿Qué pas...? —las palabras se le atascaron a Aurelia. Dante la giró para que quedara frente a él y le acomodó el pelo, alborotado por el viento del trayecto.

Y es que Aurelia no había llevado casco.

El corazón se le aceleró de golpe ante el gesto de Dante. Por instinto se llevó una mano al pecho.

¿El corazón sigue entero? —se preguntó.

Dante esbozó una sonrisa al ver su reacción encantadora. Tomó la mano que ella aún tenía sobre el pecho y la condujo lejos del estacionamiento, llevándola de la mano.

Aurelia, como un buey ensartado por la nariz, lo siguió sin chistar, la vista fija en la mano que él le sujetaba con firmeza.

Los alumnos de la Preparatoria Altamira observaban la dulce escena entre Dante y Aurelia. Los murmullos se extendían por todo el pasillo a su paso.

Aurelia soltó su mano de la de Dante al darse cuenta, por fin, de que tantos ojos estaban encima de ellos.

—Puedo caminar sola —dijo, y echó a correr, dejando atrás a Dante, que sonreía para sí.

—¿Por qué sonríe solo, jefe? —preguntó Samuel, que de pronto apareció a su espalda.

Dante borró la sonrisa en cuanto llegó Samuel y se alejó, dejándolo plantado.

Al ver que su jefe se distanciaba, Samuel apuró el paso para alcanzarlo.

—Espéreme, jefe.

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