Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 8
El televisor parpadeaba con una luz azulada y artificial, la única fuente de iluminación en la sala. La reportera, con el cabello desordenado y una voz que se quebraba bajo la tensión, informaba sobre la cuarentena obligatoria. Las imágenes de fondo eran borrosas, un collage de caos en las ciudades donde el orden se había desmoronado por completo.
—Hermana... ¿Crees que nuestros padres estén bien? —preguntó Yuuta, rompiendo el silencio. Su voz era pequeña, casi un susurro que se perdía entre los gritos que salían de los altavoces.
Saori no respondió de inmediato. Sus ojos recorrían la pantalla buscando consuelo, pero no lo hallaba. En la novela original, nunca mencionaron qué fue de ellos, pensó con un nudo en el estómago. La ausencia de información le resultaba inquietante; era como si el destino de sus padres fuera una página en blanco en un libro que ella se suponía que conocía al revés.
—Por ahora, este es el lugar más seguro —respondió ella finalmente, intentando sonar firme—. Tenemos paneles solares para la electricidad y tanques de reserva. No nos sobrará, así que usaremos todo con mucha moderación.
De repente, un recuerdo enterrado bajo la capa de su nueva realidad emergió como un fantasma.
Flashback
Su madre la sostenía por los hombros, con los ojos llenos de una seriedad que Saori nunca había comprendido del todo. Aquella tarde, la casa se sentía extrañamente fría.
—Hija —dijo su madre, con voz urgente—, si alguna vez están en problemas, recuerda la pequeña estatua que está en el compartimento de la comida. Nunca la olvides.
Saori había asentido, confundida, sin imaginar que años después, esa instrucción sería su salvavidas.
Saori se levantó tan abruptamente que la silla chirrió contra el suelo. Sin dar explicaciones, caminó hacia la despensa, donde varias cajas de alimentos bloqueaban el acceso al fondo. Apartó las latas con manos nerviosas hasta que sus dedos rozaron la figura fría de una pequeña Estatua de la Libertad de metal.
—¿Saori? ¿Qué haces? —preguntó Sora, observándola con desconcierto.
Ella ignoró la pregunta. Su pulgar presionó el brazo levantado de la dama de metal. Un clic mecánico, seco y autoritario, resonó en la habitación, seguido por el sonido de algo deslizándose en las paredes. El panel de madera de la pared comenzó a girar sobre un eje central, revelando una abertura oscura.
—La estatua... —murmuró ella.
Naoko se acercó, conteniendo el aliento. Sus ojos se abrieron de par en par ante lo que se ocultaba tras el panel: unas escaleras de hormigón que descendían hacia el vacío.
El aire que escapaba del compartimento no era aire fresco; olía a cemento viejo, a hierro oxidado y a una humedad estancada que parecía haber estado atrapada durante décadas. Era un aroma denso, casi terroso, que les llenó los pulmones al primer paso.
—Parece un búnker subterráneo... —susurró Saori, sintiendo cómo el eco de su voz moría en la oscuridad del túnel.
Bajaron en fila india. Cada peldaño se sentía más frío que el anterior, y el sonido de sus pasos resonaba con una intensidad metálica que le ponía los pelos de punta a Naoko. Al llegar abajo, la oscuridad era tan absoluta que tuvieron que encender las linternas de sus teléfonos.
El haz de luz reveló un espacio amplio, más grande de lo que la casa sugería por fuera. Había estanterías de metal cubiertas por una fina capa de polvo gris que bailaba en el aire al paso de ellos, y el silencio allí abajo era absoluto, una opresión que les hacía querer hablar en voz baja. Estaba vacío, sin suministros, pero era una fortaleza de concreto puro.
—Esto estuvo aquí todo el tiempo —dijo Sora, pasando la mano por una pared helada—. Nuestros padres... ¿qué estaban esperando?
Saori no contestó. Mientras iluminaba las esquinas, una idea comenzó a formarse en su mente. Su madre no solo le había dado un escondite; le había dado una ventaja.
Saori presionó su mano contra el escáner de la puerta. Un zumbido mecánico y un destello de luz verde validaron su identidad, y el pesado mecanismo de seguridad cedió con un siseo neumático. La puerta se deslizó hacia un lado, revelando un espacio que contrastaba brutalmente con el resto del búnker.
Si la primera parte olía a polvo y humedad, esta estancia era quirúrgica. Era un laboratorio improvisado, bañado por una luz blanca y artificial que simulaba el ciclo solar. Había estantes repletos de reactivos químicos, sistemas de filtración de agua de alta gama y, en un rincón, un jardín vertical hidropónico que aún lucía un verde vibrante bajo las lámparas.
Sora caminaba por la estancia, tocando las mesas de metal con una mezcla de reverencia y sospecha. Sus pasos resonaban en el suelo de concreto pulido.
—Hay otra puerta —señaló Sora, deteniéndose ante una compuerta más pequeña.
Saori se acercó. Al igual que la anterior, requería validación biológica. Suspiró, colocando su palma sobre el sensor. La puerta se abrió, revelando una habitación que parecía una cápsula del tiempo: una cocina equipada, camas hechas y, en el centro, una mesa con una única tablet descansando sobre ella, como un ídolo en un altar.
Saori la tomó con manos temblorosas. Al encenderla, un video comenzó a reproducirse automáticamente.
—¿Ya se escucha? —la voz de su padre sonaba cansada, rota—. Mamá, ¿estás lista?
—Sí, cariño —respondió su madre, cuya mirada parecía atravesar la pantalla para buscar a sus hijos.
—Mis queridos hijos —continuó el padre—, si están viendo este video, significa que encontraron el búnker y, lo más probable, es que el mundo ya haya llegado a su fin.
Yuuta, que se había mantenido oculto tras la espalda de Saori, dio un paso al frente al reconocer los rostros de sus padres.
—¿Papá? —sollozó el pequeño.
La grabación continuó:
—Casi nunca estábamos en casa porque teníamos que terminar un proyecto que nos encargó el gobierno. Querían encontrar una forma de regenerar tejidos, de que las personas no murieran... Al principio nos emocionamos y aceptamos. Pero con el paso de los años, su madre y yo empezamos a tener miedo. Cada vez que hacíamos la prueba con un animal muerto, este revivía y terminaba devorando a sus compañeros. Y esos, a los pocos minutos, también revivían.
La madre tomó el relevo, con los ojos empañados.
—Al ver que esa vacuna era un peligro, suplicamos al gobierno detenerlo, pero se negaron. Nos dijeron que era un avance necesario. Su padre y yo decidimos crear este búnker para que ustedes estuvieran seguros. No les dijimos nada porque nos tenían vigilados...
El video se cortó en un fundido a negro.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado, casi asfixiante. La pantalla de la tablet, ahora apagada, reflejaba los rostros de los cuatro hermanos. Nadie se movió. El aire en la habitación parecía haberse vuelto más denso, cargado con el peso de una revelación que golpeaba más fuerte que el fin del mundo mismo.
Yuuta se dejó caer sobre el frío suelo. No gritó, no corrió; simplemente se quedó sentado, con la mirada perdida en un punto fijo del piso, en un estado de shock absoluto, con las manos temblando sobre sus rodillas.
Sora, por su parte, tenía las manos apretadas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La traición burbujeaba en sus venas, transformándose en una ira fría que le hacía vibrar la mandíbula.
—¿Entonces fue su culpa? —la voz de Sora sonó como un gruñido—. ¿Creamos esto? ¿Nuestros padres... ellos fueron los arquitectos de este infierno?
Saori sintió cómo el suelo se le escapaba bajo los pies. La culpa de sus "padres" se extendía como una mancha sobre ella. Había estado protegiendo a su familia, pero ahora se daba cuenta de que eran los hijos de los verdugos. El peso de esa verdad era una carga que ninguna fortaleza de acero podía aliviar. Naoko permanecía junto a la puerta, sin atreverse a intervenir, observando cómo la unidad familiar que ella misma había empezado a envidiar, se desmoronaba en segundos.
—Todo lo que hice —murmuró Saori, dejando caer la tablet sobre la mesa—, fue para salvar a mis hermanos de las consecuencias de lo que ellos empezaron.
El video finalizó con un mensaje lleno de una ternura que ahora se sentía como una burla cruel: «Por favor, cuídense. Los queremos mucho».
La pantalla de la tablet se oscureció, dejando a los cuatro hermanos sumidos en un silencio sepulcral, solo interrumpido por los sollozos ahogados de Yuuta. El niño no podía procesar que las personas que le daban besos de buenas noches y le compraban juguetes fueran las mismas que, directa o indirectamente, habían desencadenado el fin del mundo.
Sora se puso de pie abruptamente, con el rostro desencajado por una mezcla de duelo y una rabia que le hervía en las venas.
—Al parecer nuestros padres crearon el virus... —murmuró Sora, apretando los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. Todo este tiempo, la seguridad que nos dieron fue financiada con sangre.
Saori permaneció inmóvil. En los recuerdos de la dueña original del cuerpo, sus padres siempre habían sido figuras distantes, dueños de empresas importantes que viajaban constantemente. Nunca hubo una mención sobre el gobierno. En la novela original, el apocalipsis se atribuía vagamente a la «estupidez humana» y al colapso de la sociedad, pero nunca a una conspiración familiar.
La realidad es más retorcida que la ficción, pensó ella, sintiendo una náusea gélida al comprender que ella misma, en esta vida, era la hija de los villanos.
—Así es —respondió Saori, con la voz templada por una determinación fría—. Es probable que hubiera un accidente, que el virus se escapara antes de tiempo. Pero ya no importa el «porqué». Lo que importa es que la casa no es una fortaleza eterna. Si una horda de infectados decide atacar el frente, nuestras trampas fallarán en cuestión de minutos. He estado pensando en esto cada noche.
Sora la miró con sospecha, cruzándose de brazos.
—¿Qué estás sugiriendo?
—Este búnker es el único lugar realmente seguro, pero está vacío. Necesitamos traer todas nuestras provisiones, medicamentos y herramientas desde la superficie. Todo lo que tenemos en la casa debe bajar aquí. Si nos quedamos arriba, somos carne de cañón.
Sora dio un paso hacia ella, incrédulo.
—¿Quieres que nos mudemos completamente al subsuelo y dejemos de vigilar el perímetro? Es un riesgo suicida, Saori. No sabemos qué hay allá afuera ahora mismo.
Saori no respondió de inmediato. Sabía que sonaba temeraria, pero su lógica era inamovible: el búnker era una caja fuerte, mientras que la casa era una jaula de cristal. Cada segundo que perdían era un segundo en el que el mundo exterior se volvía más hostil.
—No es una sugerencia, Sora. Es una necesidad. Si nos quedamos en la casa, moriremos. Si bajamos todo, tendremos una oportunidad de vivir meses, quizás años —explicó Saori, mirándolo directamente a los ojos, transmitiéndole la urgencia que la consumía—. Saldré yo sola a buscar lo esencial primero.
—¡¿Qué?! —exclamó Sora, horrorizado—. ¡Ni lo sueñes!
—Escúchame. Conozco la casa mejor que nadie. Tú quédate aquí y ayuda a Yuuta y a Naoko a organizar los estantes. Si no regreso en treinta minutos, cierran la compuerta y no la abren por nada del mundo. ¿Entendido?
La frialdad con la que Saori trazó su plan dejó a Sora sin palabras. No era un capricho; era un cálculo frío de supervivencia. Ella sabía que, aunque el riesgo era alto, dejar las provisiones en la superficie era condenarlos a una muerte lenta por hambre o por una brecha en la seguridad de la vivienda.
Naoko, desde un rincón, observaba a Saori con una mezcla de miedo y una nueva forma de respeto. Se daba cuenta de que la chica frente a ella estaba dispuesta a convertirse en un monstruo para proteger a los suyos, un sacrificio que ni sus padres habían estado dispuestos a hacer.
—No morirás —dijo Sora, aunque su voz carecía de su firmeza habitual—. Si vas a salir, al menos toma el equipo.
Saori asintió. La decisión estaba tomada. El aire del búnker, antes asfixiante, ahora le parecía el único oxígeno puro que le quedaba en un mundo corrompido por la herencia de sus padres.