Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo | 8
Camila
No pasó mucho tiempo antes de que la puerta de mi oficina se abriera de nuevo.
Nicolás entró con cautela, como si temiera interrumpir algo frágil. No dijo nada al principio. Solo se acercó y me rodeó con los brazos, sosteniéndome mientras yo intentaba recomponerme.
—Estoy cansada —le dije, con la voz apagada—. Solo quiero irme a casa.
Asintió de inmediato.
—Vamos —respondió—. Nos vamos ahora.
Salimos juntos. Él habló con mi asistente y le pidió que avisara a su secretaria para cancelar todas las reuniones del día. No discutió nada, no dio explicaciones de más. Simplemente actuó.
Me ayudó a subir al auto y condujo en silencio, con una mano firme sobre el volante, como si ese gesto bastara para mantener todo bajo control. Yo miraba por la ventana sin pensar en nada concreto, dejando que el movimiento me arrullara.
Cuando llegamos a casa, Tamara nos recibió con evidente preocupación.
—Señor…
—Prepárale un té, por favor —dijo Nicolás con calma—. Camila va a recostarse un rato.
Subí a la habitación. Me recosté mientras él acomodaba las almohadas y se aseguraba de que estuviera cómoda.
—Gracias —murmuré—. Por cuidarme… por preocuparte por mí.
Me miró con suavidad.
—Es lo mínimo que podía hacer —respondió—. Después de escucharte defenderme como lo hiciste frente a tu tío.
—¿Lo escuchaste?
Asintió.
—Estaba imprimiendo unos documentos y oí los gritos desde el pasillo.
No dije nada. Solo asentí.
Tamara entró con el té caliente. Bebí despacio, sintiendo cómo el calor me devolvía un poco de calma.
Nicolás le pidió entonces que trajera al bebé.
Cuando Alvarito estuvo conmigo, algo dentro de mí se acomodó. Su respiración tranquila, sus manos pequeñas aferrándose a mis dedos… todo parecía más simple con él entre mis brazos.
—Voy a bajar —dijo Nicolás—. Hoy trabajaré desde casa. Estaré en el despacho. Si necesitas cualquier cosa, mándame llamar.
—Gracias —le dije.
Se inclinó y besó la frente del bebé antes de salir.
Me quedé allí, jugando con Alvarito, hablándole en voz baja, observando sus gestos como si fueran lo único real en medio de tanto ruido. Por un momento, el mundo dejó de pesar.
Tal vez no tenía todas las respuestas. Tal vez estaba lejos de entenderme por completo.
Pero en ese instante, con mi hijo entre mis brazos, supe que al menos podía permitirme descansar. Aunque fuera solo un poco.
No había pasado mucho tiempo desde que Nicolás bajó al despacho cuando Tamara llamó suavemente a la puerta de la habitación.
—Señora… el señor Ernesto ha llegado.
Sentí un pequeño nudo en el estómago. Me incorporé despacio y asentí.
—Está bien, ya bajo.
Cuando entré a la sala, el abuelo ya estaba allí, de pie, observando por la ventana. Al verme, su expresión se suavizó de inmediato.
—Camila —dijo—. Ven aquí.
Me acerqué y me rodeó con un abrazo firme, de esos que no ahogan, pero sostienen.
—Me enteré de lo que pasó en la empresa —continuó—. Y quise venir personalmente.
Nicolás apareció desde el despacho y saludó al abuelo con respeto. Se sentaron frente a mí, y por un momento nadie habló. Fue mi abuelo quien rompió el silencio.
—Quiero empezar por decir algo muy claro —dijo, mirando a Nicolás—. Hiciste lo correcto.
Nicolás frunció apenas el ceño, sorprendido.
—Mantuviste tu postura —continuó—. No cediste por presión ni por conveniencia. Eso, en esta empresa, vale más que cualquier proyecto.
Luego me miró a mí.
—Y tú, Camila… sé que deseabas que ese proyecto se llevara a cabo. Lo sé. Pero quiero que estés tranquila.
Respiré hondo, preparándome para lo que vendría.
—Que no se haya aprobado fue lo mejor —añadió—. No era un éxito asegurado. Había demasiadas variables, demasiados riesgos. A veces, no avanzar también es una decisión inteligente.
Bajé la mirada, sintiendo cómo algo dentro de mí se aflojaba un poco.
—Más allá de lo que te hayan dicho Jorge o Braulio —prosiguió—, no se perdió nada. Absolutamente nada.
Levanté la vista, buscándolo.
—Hablaré con ellos —dijo con firmeza—. Les haré entender que se equivocaron, que no tenían derecho a cuestionarte de esa manera.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Y quiero que escuches esto con atención, Camila. No voy a retirarte mi apoyo. Nunca lo he hecho y no pienso hacerlo ahora.
Sentí un nudo en la garganta.
—Tú eres la persona indicada para ocupar el lugar de tu padre —afirmó—. No por obligación, no por apellido, sino por capacidad. Aunque ahora no lo veas, aunque hoy te sientas superada… lo eres.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran de dolor. Eran distintas.
—Confío en ti —concluyó—. Y quiero que tú también empieces a hacerlo.
Nicolás se acercó y apoyó una mano sobre mi hombro. Yo asentí lentamente, dejando que esas palabras se acomodaran dentro de mí.
Tal vez el día había sido un desastre. Tal vez seguía sin tener todas las respuestas. Pero en ese momento, por primera vez desde hacía horas, sentí que no estaba sola.
El abuelo nos miró a ambos durante unos segundos, como si evaluara algo más profundo que lo evidente.
—Hay algo más que quiero decirles —añadió—. Y quiero que lo escuchen los dos.
Nicolás y yo lo miramos al mismo tiempo.
—Ustedes son una familia —continuó—. Son un matrimonio. Y eso, créanme, está por encima de cualquier consejo, de cualquier proyecto y de cualquier apellido.
Hizo una breve pausa.
—Deben apoyarse. Cuidarse. Formar un equipo sólido. No permitan que nadie, absolutamente nadie, se meta entre ustedes ni los enfrente.
Sentí cómo esas palabras me atravesaban más de lo que esperaba.
—El mundo allá afuera siempre va a intentar dividirlos —dijo—. La empresa, el poder, los intereses… todo eso puede esperar. Lo que no puede romperse es lo que tienen ustedes.
Miró a Nicolás con severidad, pero también con afecto.
—Y tú debes seguir cuidándola, como lo has hecho hoy.
Luego volvió a mí.
—Y tú, Camila, no cargues sola con todo. Aprendan a sostenerse el uno al otro.
Asentí despacio, aunque por dentro algo se removía, incómodo, contradictorio.
Porque quería creerle.
Quería pensar que bastaba con apoyarnos, con ser un equipo.
Pero había silencios que aún no sabía cómo compartir.