Una historia de amor juvenil en la que Valentina Ferrer, una chica de 18 años de un pueblo costero, y Mateo Ibarra, un joven de 19 que huye del peso del escándalo de su familia, descubren que el amor verdadero no se trata de escapar del pasado, sino de enfrentarlo juntos para poder quedarse.
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Donde Empieza el Mar
...Capítulo 8...
El sol de la mañana bañaba Puerto Lumbre con una luz dorada que iluminaba los tejados de los pequeños edificios y las calles empedradas. Valentina caminaba hacia la universidad con los libros abrazados al pecho, pero hoy no podía evitar sentir un nerviosismo diferente. Había algo en el aire, algo que susurraba que nada volvería a ser igual después de los últimos días.
Al llegar al aula, vio a Mateo conversando con uno de los profesores. Su expresión seria, concentrada, mostraba una faceta de él que pocas personas habían notado. Valentina sintió una punzada de celos silenciosos, pero rápidamente la reprimió. Sabía que era irracional, pero no podía evitarlo: había algo en Mateo que provocaba emociones intensas que no sabía cómo controlar.
Durante la clase, los rumores comenzaron a llegar. Algunos compañeros miraban con curiosidad y susurraban entre ellos:
—Vaya, parece que la ciudad le está enseñando muchas cosas.
—Dicen que ella está siempre pendiente de él…
—Seguro que terminarán haciendo algo juntos.
Valentina intentó ignorarlos, concentrándose en la lectura de la clase. Pero cada comentario se sentía como una pequeña presión que se sumaba al torbellino de emociones que ya llevaba dentro. Mateo lo notó, y cuando cruzaron miradas, le ofreció una sonrisa tranquilizadora. En ese gesto, Valentina sintió la certeza de que él estaba allí para ella, a pesar de lo que dijeran los demás.
Al salir del aula, decidieron caminar por el malecón. El mar se extendía frente a ellos, brillante y silencioso, mientras el viento levantaba suavemente sus cabellos. Esta vez, Mateo rompió el silencio de manera diferente:
—Valentina… —dijo, bajando un poco la voz—, hay cosas que no puedo ignorar. La gente habla, y sé que eso te molesta.
—No me molesta —mintió ella, aunque su corazón se aceleraba—. Solo… no quiero que afecte lo que pasa entre nosotros.
Él asintió, comprendiendo. —Lo sé. Pero a veces, lo que otros piensan puede complicarlo todo, aunque nosotros no queramos.
Caminaron en silencio durante un rato, dejando que el sonido de las olas y el murmullo del viento llenara los espacios vacíos. Valentina sentía que cada palabra y cada gesto de Mateo la acercaba más a algo que aún no podía nombrar, pero que sabía que cambiaría su vida para siempre.
—Quizá deberíamos… —dijo Mateo, dubitativo—, no preocuparnos tanto por lo que digan los demás. Concentrarnos en lo que sentimos.
Valentina lo miró y sonrió, sintiendo cómo una calma inesperada la invadía. —Sí… concentrémonos en nosotros.
El sol comenzó a ocultarse detrás del horizonte, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Valentina caminó hacia su casa con una mezcla de emoción y nerviosismo. Sabía que los conflictos externos recién comenzaban, pero también comprendía que Mateo estaba allí para compartir cada paso del camino.
Esa noche, mientras el viento golpeaba suavemente las ventanas de su habitación y el murmullo de las olas llegaba hasta su cama, Valentina sintió algo profundo: por primera vez, estaba dispuesta a enfrentar rumores, juicios y miedos con alguien a su lado. El mar susurraba nuevamente, y Valentina sonrió al escucharlo, segura de que, aunque el camino sería difícil, valía la pena.