milena es una princesa que luchara por el trono
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Heridas que no sanan
El castillo ya no olía a guerra… pero tampoco a paz.
Días habían pasado desde la caída de Varick, y aunque las murallas seguían en pie, algo dentro del reino se había fracturado. La desconfianza se sentía en cada pasillo, en cada mirada baja, en cada susurro que se apagaba cuando alguien más se acercaba.
Milena caminaba sola.
Sin armadura.
Sin espada.
Pero con un peso mucho mayor sobre sus hombros.
Había cumplido su promesa. Había salvado el reino. Sin embargo, cada rincón del castillo le recordaba a Darian. Su voz parecía vivir en los ecos de los corredores, su presencia en cada lugar donde alguna vez estuvieron juntos.
Y eso… dolía más que cualquier herida.
—Te están buscando —dijo Lysandra, apareciendo a su lado.
Milena no se detuvo.
—Que esperen.
Lysandra caminó junto a ella.
—El consejo se reunirá hoy. Quieren nombrar nuevos líderes… reorganizar el poder.
Milena soltó una leve risa amarga.
—¿Otra vez?
—Esta vez es diferente —respondió Lysandra—. Esta vez saben lo que puede pasar si fallan.
Milena se detuvo finalmente.
—¿Y qué quieren de mí?
Lysandra la miró con seriedad.
—Que tomes el lugar de comandante.
El silencio se instaló.
Milena bajó la mirada.
—No soy la persona correcta.
—Eres la única —replicó Lysandra—. Los soldados confían en ti. El pueblo también.
Milena negó lentamente.
—Confían en una imagen… no en la verdad.
Lysandra frunció el ceño.
—¿Qué verdad?
Milena levantó la mirada, con una sombra en sus ojos.
—Que dudé… que ataqué a quien debía proteger… que casi mato al único que realmente luchaba por el reino.
El peso de esas palabras quedó suspendido entre ellas.
—Eso no te hace débil —dijo Lysandra—. Te hace humana.
Pero Milena no parecía convencida.
Antes de poder responder, un guardia se acercó corriendo.
—Milena… debes venir —dijo, agitado—. Ahora.
La urgencia en su voz no dejó espacio para preguntas.
Milena y Lysandra se miraron.
Y comenzaron a caminar.
Al llegar al salón del consejo, el ambiente era tenso. Varios nobles discutían entre sí, mientras el rey observaba en silencio.
—¿Qué ocurre? —preguntó Milena.
Todos se giraron hacia ella.
—Un problema —respondió uno de los consejeros—. Uno que creíamos haber terminado.
Milena frunció el ceño.
—Hablen claro.
El rey dio un paso al frente.
—Hemos interceptado un mensaje.
El aire se volvió pesado.
—¿De quién? —preguntó Milena.
El rey dudó un instante.
—De las fuerzas que seguían a Varick.
Milena sintió un escalofrío.
—Eso es imposible… él está muerto.
—No todos lo están —añadió Lysandra en voz baja.
El rey asintió.
—Y eso no es lo peor.
Le entregó un pergamino a Milena.
Ella lo abrió.
Leyó.
Y su expresión cambió.
—No… —susurró.
Lysandra se acercó.
—¿Qué dice?
Milena levantó la mirada lentamente.
Sus ojos reflejaban algo nuevo.
Algo peligroso.
—Dice que esto… apenas comienza.
El silencio cayó sobre la sala.
—Hablan de un nuevo líder —continuó Milena—. Alguien que tomará el lugar de Varick.
—¿Quién? —preguntó el rey.
Milena apretó el pergamino.
—No lo dicen.
Pero en el fondo…
lo sentía.
La guerra no había terminado.
Solo había cambiado de forma.
Y esta vez…
el enemigo sería aún más difícil de encontrar.
Porque ya no luchaban contra un hombre.
Sino contra una sombra.
Y las sombras…
no se enfrentan con espadas.