Valeria Álvarez ha hecho de su vida una fortaleza llena de éxitos.
Arquitecta consagrada, brillante y dueña absoluta de su vida, vive bajo una única norma: nada que la ate, nada que la distraiga, nada que comprometa la libertad que tanto le costó ganar. Sus noches pueden ser intensas, pero siempre breves; su corazón, innegociablemente cerrado.
Hasta que, en una de esas noches sin nombre, un desconocido la hace perder el control que tanto presume dominar.
Un beso que incendia.
Un toque que desarma.
Una decisión impulsiva que no quiere repetir… ni olvidar.
Lo último que espera es verlo entrar a su estudio días después.
Mucho menos descubrir que es su nuevo asistente.
Impuesto. Inamovible.
E hijo de uno de sus inversores más poderosos.
Él es joven, talentoso y peligrosamente seguro de lo que quiere: a ella.
Valeria se aferra a sus límites, a su experiencia, a su distancia.
Pero cada mirada pesa, cada roce la contradice, cada discusión los acerca más de lo que deberían.
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Un beso que no debió ser
La noche estaba templada, una anomalía agradable para la época del año. La ciudad, a lo lejos, respiraba con su habitual caos de luces y bocinas, pero allí arriba, el silencio era casi absoluto. Valeria se apoyó en la baranda de piedra, sintiendo el frío del material contra sus palmas calientes.
Escuchó pasos detrás de ella. No fueron pasos furtivos, sino rítmicos, honestos. No necesitó volverse para saber quién era; su sistema nervioso ya lo había detectado antes que su oído.
—Valeria —dijo él. Su voz, en la quietud de la noche, sonó más profunda, despojada de la formalidad de la oficina.
Ella se giró lentamente. La luz de la luna y el resplandor de los focos exteriores dibujaron su perfil con una suavidad que la desarmó. Se dijo a sí misma que era el contexto, que era el efecto del vino reserva, que era el agotamiento acumulado de semanas de insomnio. Se mintió con la maestría de quien ha hecho de la supervivencia su arte.
—Necesitaba un minuto —respondió ella, tratando de recuperar el tono de jefa.
—Yo también. El aire ahí dentro está demasiado cargado de... apariencias —contestó Tomás, colocándose a su lado.
Apoyó los antebrazos en la baranda, manteniendo una distancia correcta. Demasiado correcta. Hablaron de la presentación, de un detalle técnico sobre el ángulo de las vigas que había salido bien, de la política interna de la firma. Eran palabras seguras, un terreno conocido donde ambos sabían moverse. Pero mientras hablaban de hormigón y estructuras, los ojos de Tomás buscaban los de ella con una intensidad que invalidaba cualquier conversación técnica.
Valeria se permitió mirarlo un segundo más de lo prudente. Observó la línea de su mandíbula, la forma en que la luz jugaba con su cabello. Él lo notó, pero no avanzó. Esperó. Fue esa paciencia lo que terminó de romper la resistencia de Valeria. No fue una embestida, fue una invitación silenciosa.
La música del salón llegó amortiguada, un eco de violines que parecía venir de otra vida. Un destello de risa lejana. El tintineo de un vaso.
—Fue una buena noche para la firma —dijo ella, su voz apenas un susurro.
—Lo fue —contestó él, dando ese paso mínimo que lo cambió todo.
No hubo cálculo. El cuerpo recordó antes que la razón pudiera intervenir. Cuando los labios de Tomás encontraron los de Valeria, no fue un beso de oficina ni un encuentro casual. Fue breve, cargado de una verdad que ambos habían intentado enterrar bajo expedientes y planos. Fue un reconocimiento de que las reglas que ella había impuesto eran castillos de naipes frente a un vendaval.
Ella se apartó primero, el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado.
—No —dijo, más para convencerse a sí misma que a él.
No esperó respuesta. No quería ver la victoria o la comprensión en los ojos de Tomás. Entró al salón con la cabeza alta, aunque sentía que sus piernas eran de cristal, tomó su abrigo y, con una cortesía gélida, se despidió de dos colegas antes de huir hacia la seguridad de su coche.
Al llegar el departamento estaba sumido en ese silencio denso que solo se encuentra en las casas donde se piensa demasiado. Valeria cerró la puerta con un cuidado excesivo, como si cualquier ruido pudiera despertar los fantasmas de la noche. Se quitó los zapatos, dejando que sus pies sintieran el frío del suelo. Se deshizo del vestido, que ahora le pesaba como una armadura vieja, y soltó su cabello. El espejo del pasillo le devolvió una imagen que le resultó ajena: los labios ligeramente hinchados, los ojos brillantes de una ansiedad que no podía controlar.
Samuel apareció desde la cocina. Llevaba una camiseta vieja y una taza de té humeante entre las manos. No necesitaba estar despierto para saber que algo había pasado; su conexión con Valeria era de esas que no entienden de horarios.
—Llegaste temprano para venir de una gala —observó, apoyándose en el marco de la puerta. Su tono era neutro, pero sus ojos de abogado ya estaban analizando las pruebas.
Valeria no respondió. Se sentó en el sofá de cuero, hundiendo la cabeza entre las manos.
—¿Qué pasó? —indagó, ella suspiró antes de responder.
—Él me besó.
—¿Te besó? —preguntó Samuel, yendo directo al centro de la herida.
—Samuel… por favor.
—No me digas que no es asunto mío. Te conozco desde que compartíamos una cama y nos prometíamos que el mundo no nos iba a ganar. —Se sentó frente a ella, dejando la taza en la mesa ratona—. ¿Y tú lo besaste?
Valeria asintió, un movimiento casi imperceptible. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier reproche. Samuel la miró con una mezcla de ternura fraternal y esa claridad brutal que siempre lo caracterizaba.
—Entonces aquella no fue solo una noche de descarga, Val. No fue solo un error de una vez.
—No empieces con eso —pidió ella, con la voz quebrada—. Es un error estratégico. Es diez años menor. Es el hijo del socio principal. Yo soy la mujer que se hizo de la nada, Samuel. No puedo permitirme ser la protagonista de un chisme de oficina. Vengo de un lugar donde si te equivocas, desapareces.
—Sí —concedió Samuel con suavidad—. Vienes de sobrevivir. De construir paredes tan altas que nadie pudiera saltarlas. De no deberle nada a nadie. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran—. Y justamente por eso te asusta tanto. Porque este chico no está tratando de saltar la pared, está esperando que le abras la puerta.
—No me asusta —replicó ella, recuperando un destello de su firmeza habitual.
—Te importa —corrigió él—. Y eso es lo que te descoloca. El sexo es fácil, Valeria. El control es tu zona de confort. Pero esto… esto es otra cosa.
Valeria se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad. Las luces de los edificios parecían planos a medio terminar.
—No voy a arruinar lo que construí por un impulso. Mañana volveré a la oficina y pondré límites definitivos. Esto no volverá a pasar.
Samuel suspiró, se levantó y le puso una mano en el hombro, el único contacto que Valeria permitía cuando estaba al borde del abismo.
—Claro que sí, arquitecta estrella. Vas a dibujar una línea roja en el suelo y le vas a prohibir cruzarla. —Le dedicó una sonrisa triste—. Pero recuerda de algo que aprendimos en el orfanato: hay líneas que, una vez que se mojan con la lluvia, no se pueden volver a dibujar igual. La marca queda ahí, debajo de la superficie.
Valeria no respondió. Se quedó mirando su reflejo en el vidrio mientras Samuel se retiraba a su habitación. Esa noche, al acostarse, supo que él tenía razón. La estructura de su vida, tan perfecta y simétrica, acababa de sufrir una grieta. Y lo peor de las grietas no es que se vean, sino que comprometen la integridad de todo el edificio.
Al día siguiente, tendría que enfrentar a Tomás. Tendría que mirar a los ojos al hombre que la había besado y corroborar que seguía siendo la dueña de su propio destino.