Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?
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Capítulo 7: Donde el arte recuerda primero
El auditorio del Proyecto Aurora nunca había parecido tan grande.
Las luces blancas caían desde lo alto como si señalaran un juicio inevitable. Cada asiento estaba ocupado, cada murmullo cargado de expectativa.
Pero había algo más.
Algo que el público no podía ver…
y que, aun así, se sentía.
Ren estaba detrás del escenario.
El lienzo descansaba frente a él, inmenso, brutalmente blanco.
Demasiado honesto.
Sus manos temblaban levemente mientras acomodaba los frascos de pintura.
El corazón le golpeaba el pecho.
—Tranquilo… —susurró—. Esta vez no vas a huir.
Pero el miedo no era al público.
Ni al jurado.
Era a lo que siempre pasaba cuando Aiden brillaba.
Cerró los ojos.
El recuerdo llegó.
Aplausos.
Luces.
El nombre de Aiden repitiéndose una y otra vez.
Y él—
retrocediendo.
Desapareciendo.
—No hoy —dijo, más firme—. No otra vez.
El nombre de Aiden Verlaine resonó por los altavoces.
El aplauso fue inmediato.
Inevitable.
Ren se asomó.
Lo vio.
Aiden caminaba hacia el piano como si el escenario le perteneciera.
Seguro.
Contenido.
Perfecto.
Ren sintió orgullo.
Y algo más oscuro.
Siempre luces así…
Aiden se sentó.
Sus dedos descansaron sobre las teclas.
Y antes de tocar—
alzó la vista.
Buscó a Ren.
Cuando lo encontró—
algo cambió.
Duda.
La primera nota cayó.
No fue perfecta.
Fue real.
La música llenó el auditorio.
No como exhibición.
Sino como confesión.
Cada nota decía:
mírame.
Cada pausa:
no me dejes.
El público quedó en silencio.
Pero Ren no escuchaba eso.
Escuchaba el pasado.
Aiden tocando para él.
Solo para él.
Y esa sensación—
de estar demasiado cerca…
y aun así—
no alcanzar.
Ren apretó los puños.
—No voy a desaparecer.
Pausa.
—No esta vez.
La música terminó.
Aplausos.
Ensordecedores.
Aiden se levantó.
Saludó.
Pero no estaba ahí.
Buscaba.
Ren.
Y esta vez—
Ren no apartó la mirada.
Eso lo descolocó.
Minutos después—
—Ren Callahan.
El aplauso fue distinto.
Más contenido.
Más expectante.
Ren avanzó.
Cada paso—
una decisión.
El lienzo lo enfrentó.
Blanco.
Implacable.
Tomó el pincel.
Primer trazo.
Oscuro.
Luego otro.
Rojo.
Negro.
Azul.
No era pintura.
Era memoria.
Dos figuras emergieron.
Un piano.
Un pincel.
Y entre ellos—
una línea roja.
Separándolos.
Ren sintió la mirada de Aiden.
Mírame.
No como sombra.
Como igual.
El recuerdo volvió.
Más fuerte.
Más peligroso.
Su mano tembló.
Pero no se detuvo.
Añadió color.
Firme.
Presente.
Como si se negara a desaparecer.
Cuando terminó—
dejó caer el pincel.
Silencio.
Luego murmullos.
Aplausos.
Duda.
Ren buscó a Aiden.
Aiden estaba de pie.
Inmóvil.
Como si acabara de recordar algo que no debía.
El recuerdo los rozó.
No completo.
Pero suficiente.
Desde un costado—
Milo observaba.
—No… —murmuró—. Aún no…
Pausa.
—Pero están demasiado cerca.
Las luces se atenuaron.
Ren bajó del escenario.
Las piernas temblaban.
Aiden avanzó hacia él.
Sin pensar.
—Ren…
—No pinté para ganar —dijo Ren—. Pinté para no desaparecer.
Aiden lo miró.
Y algo en él cedió.
—Yo tampoco toqué para ganar.
Pausa.
—Toqué porque tenía miedo.
—¿De qué?
Silencio.
—De elegir mal…
Pausa.
—otra vez.
Se miraron.
No como amantes.
No como aliados.
Sino como dos personas que se amaban…
y que acababan de desafiar algo que no perdona.
Esa noche, el auditorio se vació.
Pero el lienzo de Ren y la partitura de Aiden quedaron bajo la luz tenue.
Y entonces—
la línea roja del cuadro…
se extendió.
Lentamente.
Como si no quisiera detenerse.
Al mismo tiempo—
una nota se escribió sola en la partitura.
Ninguno de los dos estaba ahí para verlo.
Pero el destino sí.
Y esta vez—
no parecía dispuesto a esperar.