Nanani fue plantada en el altar y causa de eso cayó en depresión su padre la obligará a tomar clases de arte marciales, Pero ella odia a su sensei o... eso cree
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Capitulo 11
—¿Es por esta mujer fea y sin clase la razón por la que me dejaste plantada? —espetó Nanami, señalando a la joven que estaba junto a Takumi con una sonrisa burlona.
La mujer, visiblemente ofendida, se levantó de golpe y golpeó la mesa con el puño, haciendo temblar los vasos.
—¡Di lo que quieras, pero él me prefirió a mí! —exclamó con orgullo, levantando la cabeza desafiante—. Yo me lo robé, ¿entiendes? Yo gané.
Nanami soltó una carcajada fría y recorrió a la mujer con la mirada, de arriba abajo, sin disimular su desprecio.
—¿Este vago? —dijo, señalando a Takumi con desdén—. Disfruta al impotente, querida. Por fin él está con una de su nivel. Dos pájaros del mismo plumaje, qué bonito.
Takumi apretó los puños, humillado, pero antes de que pudiera reaccionar, Nanami agarró una jarra llena de agua fría de la mesa y se la arrojó sin piedad, dejándolo empapado de la cabeza a los pies. El agua escurría por su rostro mientras los clientes del café murmuraban y algunas risas ahogadas se escuchaban en el fondo.
Fuera de sí, Takumi levantó la mano rápidamente para abofetearla, pero en el último segundo, su muñeca fue detenida por una mano firme.
—¿Cómo te atreves a levantarle la mano a una dama? —la voz de Kai resonó como un látigo.
Takumi apenas tuvo tiempo de girarse cuando una patada en el pecho lo lanzó hacia atrás, haciéndolo caer estrepitosamente sobre otras mesas entre los gritos de los presentes. Kai se interpuso entre Nanami y él, con el cuerpo tenso y la mirada fulminante.
Nanami, sintiendo el corazón latir con fuerza, tomó la mano de Kai y tiró de él.
—Vámonos de aquí —susurró.
Y se fueron, dejando atrás el caos, los murmullos y a Takumi retorciéndose en el suelo entre los restos de lo que había sido una mesa.
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Al llegar a la posada donde se estaban quedando, Nanami cerró la puerta y, sin mediar palabra, se abrazó a Kai con todas sus fuerzas. Él sintió cómo su cuerpo temblaba, cómo sus manos se aferraban a su camisa como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.
—Está bien —susurró Kai, rodeándola con sus brazos—. Llora si quieres, estoy aquí para ti.
Entonces Nanami enterró el rostro en su pecho y lloró. Lloró con sollozos profundos, con esos que vienen del alma y que duelen hasta los huesos. Kai la sostuvo en silencio, acariciando su espalda con movimientos lentos y suaves, dejando que se desahogara.
El recuerdo del primer amor la inundó como una ola. Ella y Takumi habían sido novios desde niños. Crecieron juntos, compartieron juegos, secretos, sueños. Planearon formar una familia, comprar una casa con un jardín, envejecer tomados de la mano. Todo su futuro estaba dibujado con él. Y de un día para otro, sin previo aviso, todo se desvaneció. Takumi la abandonó con el corazón lleno de promesas rotas y las manos vacías.
¿Cómo no iba a dolerle? ¿Cómo se olvida a alguien que fue tu todo durante tantos años?
Cuando las lágrimas finalmente cesaron, Nanami levantó la vista. Sus ojos estaban hinchados, enrojecidos, pero había en ellos una fragilidad que Kai nunca antes había visto.
—¿Te quedas conmigo hoy? —preguntó en un susurro, como si temiera la respuesta.
Kai dudó. Una parte de él sabía que no era correcto, que ella estaba vulnerable, que tal vez necesitaba espacio y no compañía. Pero al tenerla entre sus brazos, sintiendo el peso de su cuerpo apoyado en el suyo, todo razonamiento se desvaneció. No podía soltarla.
—Está bien —respondió, con voz suave.
Cocinó algo delicioso con lo que encontró en la pequeña cocina de la posada, y cuando Maya pasó a preguntar, le dijo que se quedaría esa noche porque Nanami no se sentía bien. Maya asintió con una sonrisa cómplice y se despidió, no sin antes lanzarle una mirada de aprobación a Kai.
Después de cenar y de darse un baño caliente, el ánimo de Nanami mejoró un poco. El aroma del jabón flotaba en el aire y su cabello aún húmedo caía sobre sus hombros. Parecía más tranquila, aunque sus ojos aún conservaban esa sombra de tristeza.
—Iré a dormir al sofá —anunció Kai, dirigiéndose al armario en busca de mantas.
Pero antes de que pudiera dar un paso, sintió la mano de Nanami en la suya, deteniéndolo.
—¿Por qué? —preguntó ella, con una pequeña sonrisa que intentaba ser traviesa—. Somos amigos, ¿verdad? Duerme conmigo en la cama. Te juro que no te voy a comer.
Y amagó con morderlo, mostrando los dientes, antes de soltar una risa ligera. Quería molestarlo, romper la tensión, verlo sonrojarse como otras veces. Pero Kai no se sonrojó. No se inmutó.
Todo lo contrario.
La tomó por la cintura con firmeza, la atrajo hacia él y la besó.
—¿Pero qué…? —alcanzó a decir Nanami antes de rendirse por completo, sintiendo cómo sus labios se movían contra los de él con una urgencia contenida.
Se besaron sin pausa, dejándose llevar, olvidando el mundo exterior. Solo existían ellos dos, el calor de sus cuerpos, el deseo que crecía como una llama. Kai se quitó el pijama con movimientos nerviosos pero decididos, mientras Nanami lo miraba fijamente, con los ojos oscuros de deseo.
Él la desvistió lentamente, casi con reverencia, como si ella fuera algo precioso que mereciera ser descubierto con cuidado. Su respiración se aceleró al imaginar lo que estaba por venir, al sentir la piel de ella contra la suya.
Solo eran ellos dos. Nada más importaba.
Kai la besó por todo el cuerpo, recorriendo cada centímetro con sus labios, con sus manos, con la devoción de quien encuentra un tesoro. Nanami se estremecía bajo sus caricias, perdiéndose en las sensaciones. Cuando él se enredó entre sus piernas, cuando sus movimientos de cadera comenzaron a marcar un ritmo profundo y constante, ella se aferró a su espalda con fuerza, arañando su piel mientras el placer la envolvía por completo.
Llegaron juntos al éxtasis, en un suspiro compartido, en un temblor que sacudió sus cuerpos y sus almas. Después, agotada y en paz, Nanami se durmió en sus brazos, con el rostro enterrado en su pecho y una sonrisa leve en los labios.
Kai la observó dormir durante un largo rato, acariciando su cabello con suavidad, preguntándose qué sería de ellos al día siguiente. Pero por ahora, en ese momento, solo existía ella.
—Buenos días —susurró Kai al despertar, encontrándose con los ojos de Nanami que ya lo miraban.
Ella sonrió, aún adormilada, y él se inclinó para darle un beso apasionado, largo y lento, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
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