Eleonor Ribas, una joven de 25 años, pasó la vida luchando por sobrevivir, marcada por un pasado de abandono y dolor. Cuando lo pierde todo de una sola vez, trabajo, hogar y estabilidad, el destino la conduce hasta Dante Bianchi, un mafioso temido, frío e implacable, diez años mayor que ella. Pero es en los hijos de él donde encuentra un nuevo propósito, especialmente en Matteo, un niño autista que solo logra calmarse con su presencia.
Al aceptar trabajar como niñera de los niños, Eleonor se adentra en un mundo peligroso de secretos, traiciones y conspiraciones. Mientras se gana el cariño de los pequeños y resquebraja las murallas de Dante, fuerzas ocultas conspiran desde las sombras. Cuando la verdad sobre su pasado salga a la luz, ¿podrá confiar en el hombre que juró no volver a apegarse? ¿O ya será demasiado tarde?
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Capítulo 9
Las semanas pasaron en un borrón de días cansados y noches largas. Eleanor seguía enviando currículos, pero las respuestas eran siempre las mismas: silencio o negativas educadas. El dinero estaba escaseando, y las cuentas se acumulaban cada vez más rápido de lo que podía manejar.
Fue entonces que surgió la oportunidad en el Pandone, un pub sofisticado frecuentado por empresarios y gente de la alta sociedad. No era un trabajo glamuroso, pero pagaba lo suficiente para mantenerse a flote mientras no conseguía algo mejor.
En las primeras semanas, todo era una lucha: acostumbrarse a los clientes exigentes, aprender a equilibrar bandejas llenas sin derramar nada, lidiar con miradas indiscretas y soportar el cansancio de trabajar hasta la madrugada. Pero con el tiempo, fue agarrando el ritmo, y el trabajo se volvió un poco menos exhaustivo, al menos físicamente.
Además del bar lujoso y del salón principal siempre lleno, existían salas privadas donde personas ricas e influyentes realizaban reuniones discretas. Era común ver guardias de seguridad apostados en las puertas, garantizando que lo que sucedía allí dentro se quedara solo entre aquellos que participaban.
La noche cayó sobre la ciudad, y con ella vino otro turno en el Pandone. El pub chic, frecuentado por empresarios y gente de la alta sociedad, era un lugar concurrido y exigente. No era exactamente el trabajo de sus sueños, pero era lo que Eleanor había encontrado para pagar las cuentas mientras su búsqueda de un empleo en el área continuaba sin éxito.
Se puso el uniforme —una camisa negra ajustada y una falda lápiz— y se recogió el cabello en un moño bajo, práctica que adoptó desde el primer día allí. El espejo del pequeño vestuario reflejó su semblante cansado, pero respiró hondo, enderezó la postura y salió al salón.
Las luces amarillentas daban un aire sofisticado al ambiente, y la música instrumental suave se mezclaba con el sonido de conversaciones animadas y copas tintineando. El Pandone era más que un pub, era un punto de encuentro para acuerdos millonarios y cenas discretas en salas privadas.
—¿Otra noche, Elle? —preguntó Sophia, una de las bartenders, con una sonrisa cómplice.
—Infelizmente, sí —respondió Eleanor con una sonrisa débil, tomando su bloc de pedidos.
La noche siguió como las anteriores: clientes exigentes, platos caros, tragos sofisticados.
Hasta que él apareció.
Trace Maverick.
El dueño del Pandone.
Él no pasaba mucho tiempo en el salón, pero siempre que estaba cerca, su presencia era imposible de ignorar. Alto, postura impecable, mirada afilada que parecía ver más allá de la superficie. Sus trajes siempre perfectamente ajustados y la manera controlada con que hablaba hacían de él una figura intrigante. Pero, para Eleanor, había algo más.
Desde la primera vez que lo vio, una incomodidad extraña se instaló en ella. No era miedo, ni fascinación… era como si ella lo conociera de algún lugar. Como si aquella presencia fuera extrañamente familiar.
Ella lo observó por un breve momento mientras él caminaba en dirección a una de las salas privadas. Su mirada cruzó la de ella por un instante, y Eleanor sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.
—Necesito llevar estos tragos a la mesa nueve, ¿puedes cubrirme? —Sophia llamó su atención, haciéndola desviar los ojos.
—Claro —respondió Eleanor, tomando la bandeja con copas de vino.
Pero, incluso mientras continuaba su turno, aquel pensamiento no la abandonó.
¿Por qué Trace Maverick le parecía tan familiar?
Eleanor y Sophia continuaban atendiendo las mesas, moviéndose graciosamente entre los clientes, siempre con una sonrisa en el rostro, a pesar de la presión constante. El Pandone nunca dejaba de ser una experiencia única de contraste: las risas y conversaciones en las mesas se mezclaban con el sonido suave de la música de fondo, mientras la presión para atender a los ricos y famosos flotaba en el aire. Sophia siempre parecía estar más a gusto con todo aquello, haciendo chistes y creando un clima relajado, pero Eleanor aún sentía que era un pez fuera del agua.
—¿Viste a aquel tipo allá en la mesa 12? —dijo Sophia en tono bajo, sonriendo. —Creo que nos está coqueteando.
Eleanor dio una risa, intentando parecer despreocupada, pero, al mismo tiempo, sentía una punzada de incomodidad.
—Yo no sé si soy fan de esos flirteos. A veces es todo tan... forzado. —respondió Eleanor con una mirada divertida, pero aún sin mucha convicción.
Sophia rió, ajustando la bandeja con un trago mientras pasaban entre las mesas. Las dos se estaban aproximando al ala VIP, donde siempre había clientes de alta clase, aquellos que usaban trajes caros y que nunca parecían divertirse de verdad. A veces, parecía un mundo aparte.
—Ey, Elle —dijo Sophia mientras se acercaba al corredor estrecho, donde las puertas de las salas VIP quedaban. —Ve allá, por favor. La mesa 4 pidió una botella de vino, y ellos son exigentes.
Eleanor miró hacia el ala VIP, sabiendo que el trabajo allí sería más silencioso, más formal. Ella asintió, tomó la bandeja y siguió por el corredor.
La atmósfera en el corredor VIP era diferente. El ambiente estaba más calmo, pero también cargado de una tensión invisible. El corredor era iluminado suavemente, y los ruidos de las conversaciones venían amortiguados. Ella estaba casi llegando a la última sala cuando percibió algo extraño a su izquierda.
Un hombre estaba tambaleándose, como si estuviera teniendo dificultades para mantener el equilibrio. Él usaba un traje oscuro, pero la mirada turbia y los pasos vacilantes mostraban que él no estaba en buena forma. Eleanor se quedó parada, hesitante, sintiendo una extraña sensación de que lo conocía. Algo sobre él parecía... familiar. Aquel rostro, la postura... Como si ya lo hubiera visto antes.
Antes que pudiera moverse, el hombre tropezó y entró en una de las salas VIP, la puerta se cerrando tras él, pero no completamente. Eleanor se aproximó con cautela, su curiosidad dominándola. Ella espió por la rendija en la puerta y vio la sala oscura, con figuras sentadas en torno a una mesa. Conversaciones en murmullos, risas sofocadas. El hombre parecía estar intentando ajustarse, pero su expresión estaba incómoda. Algo estaba mal.
Instintivamente, ella colocó la mano en el picaporte, dispuesta a verificar si él estaba bien. Pero una voz profunda y firme surgió tras ella, paralizándola.
—No oses entrar ahí. —El guardia de seguridad, que estaba siempre de guardia en el ala VIP, estaba parado justo detrás de ella, con los brazos cruzados.
Ella se volteó rápidamente, su corazón acelerado.
—Yo... él parecía mal. Yo solo quería ver si estaba todo bien. —dijo Eleanor, su voz temblando ligeramente.
El guardia de seguridad no parecía estar dispuesto a ceder. Él observó a Eleanor con una expresión impasible, pero su presencia era imponente.
—Él va a estar bien. No es tu preocupación. —La voz de él era autoritaria, y con un simple gesto, él la apartó, haciendo Eleanor sentirse incómoda.
Ella vaciló por un momento, pero, percibiendo que no podría hacer más nada, dio un paso hacia atrás. El guardia de seguridad la observó hasta que ella se alejó completamente. Eleanor dio media vuelta, sintiendo un peso en el estómago. Algo en aquel hombre la dejaba inquieta. ¿Qué estaba haciendo él allí? ¿Y qué más la estaba incomodando? La sensación de ya haberlo visto antes no desaparecía.
Ella volvió a servir las mesas, pero la mente aún estaba lejos, pensando sobre el extraño hombre en la sala VIP.
Fue cuando, al pasar por una mesa, un cliente mayor, que parecía haber bebido demasiado, hizo una aproximación un tanto inapropiada. Él la miró, una sonrisa maliciosa en los labios.
—Ey, chica, ¿qué tal un trago conmigo? —dijo él, con los ojos fijos en ella. —Tienes una sonrisa encantadora.
Eleanor forzó una sonrisa y, educadamente, dio un paso hacia atrás.
—Con permiso, señor, pero soy solo la camarera aquí. —Su voz estaba firme, pero por dentro ella estaba incomodada. Él no parecía estar satisfecho con su respuesta.
El hombre la miró de arriba abajo, con una sonrisa irritante, y continuó con su flirteo insidioso.
—No seas así, yo solo quería un poco de compañía, no soy tan feo, ¿no?
Fue en ese momento que Eleanor oyó una voz firme, grave, cortando la conversación.
—No oses intentar tocar a mis funcionarias. —Era la voz de Trace Maverick, el dueño del Pandone. Eleanor lo miró, sorprendida. Él estaba de pie, con una mirada penetrante, y la autoridad en su postura era palpable.
El hombre parecía estar a punto de protestar, pero Trace no le dio chance. Él avanzó hasta él, colocándose entre Eleanor y el cliente, con una mirada de desprecio.
—Yo dije, no oses. —Trace habló nuevamente, con un tono de mando. El cliente tragó en seco, pareciendo percibir que estaba en apuros.
Trace se volteó hacia Eleanor con una sonrisa breve, pero nada amigable.
—¿Estás bien? —preguntó él, su expresión suavizando por un momento. Eleanor sintió un alivio, pero la reacción del cliente la hizo sentirse aún más incómoda. Trace, por su parte, parecía ya haber lidiado con situaciones como aquella antes.
—Sí, gracias. —dijo Eleanor, la voz un poco vacilante, mientras él se alejaba y el hombre ahora se callaba, claramente desconcertado.
Trace se volteó hacia Eleanor una vez más, como si estuviera evaluándola, pero sin decir nada. Ella se quedó parada, un poco atónita con la intervención de él. Trace era un misterio, alguien que tenía el poder de hacer con que todos se callaran con apenas una palabra.
Ella fue alejándose para seguir su trabajo.