Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.
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Capítulo 8: La lengua dormida
(Precuela – Año 1950)
La niña que volvió a hablar
9 de marzo de 1950 – 06:15 hs
Desde la noche en que colocó los dibujos en el altar, Jacinta cambió.
La niña que nunca había pronunciado palabra comenzó a hablar.
Primero en murmullos, luego en frases completas.
Pero no era del todo su voz.
Era demasiado grave para su edad.
Demasiado pausada, como si alguien pensara cada palabra antes de usarla.
Elena la escuchó por primera vez mientras tejía con un resto de lana deshilachada.
Jacinta (con serenidad) —Él está feliz. Dice que, por fin, alguien lo escucha.
Elena —¿Quién es “él”?
Jacinta sonrió sin mirarla.
Jacinta —Nuestro amigo. El de la casa.
Elena sintió frío, aunque el sol entraba por las ventanas del comedor.
Elena (en voz baja) —Eso no existe.
Jacinta (ladeando la cabeza) —Claro que existe. Me lo dijo él mismo.
La voz en la pared
9 de marzo de 1950 – 23:40 hs
Esa noche, Elena despertó sobresaltada.
Un murmullo suave venía de la pared de su habitación.
Jacinta estaba de pie, frente a los ladrillos, como si alguien la llamara desde el otro lado.
Jacinta (susurrando) —Él está solo. No quiere hacernos daño. Solo quiere jugar.
Elena se incorporó en la cama, con el corazón desbocado.
Elena —¿Quién te dice eso?
La respuesta llegó, pero no de Jacinta.
Una voz ronca, demasiado lenta para ser humana:
¿?: Ella me escucha bien.
Elena se quedó helada.
No había sonido en la habitación.
Era algo dentro de su cabeza.
Nicolás el que duda
10 de marzo de 1950 – 08:12 hs
Durante el desayuno, Nicolás se sentó junto a Elena.
Tenía los ojos enrojecidos, como si no hubiera dormido.
Nicolás (en voz baja) —Jacinta me dijo que hay un amigo nuevo.
Elena (apretando el pan entre las manos) —No le creas.
Nicolás —¿Vos también lo escuchaste?
Elena no respondió.
Nicolás bajó la mirada, rascándose el brazo con ansiedad.
Nicolás —Lo soñé. Me dijo que me conocía de antes.
Elena lo miró fijamente.
Elena —¿Qué más te dijo?
Nicolás (tragando saliva) —Que si lo nombramos… va a poder quedarse.
Elena sintió un vacío en el estómago.
Elena —¿Le dijiste tu nombre?
El silencio fue peor que una confesión.
Finalmente, Nicolás susurró:
Nicolás —Sí.
El juego del escondite
10 de marzo de 1950 – 18:03 hs
Esa tarde, Jacinta organizó un juego en el patio trasero.
Cinco niños aceptaron jugar. Nicolás entre ellos.
Jacinta —Vamos a jugar al escondite. Pero con una regla: si él los encuentra, no pueden gritar. Tienen
que confiar.
Contó despacio, del uno al diez, con los ojos cerrados.
Cuando llegó a las diez, el aire cambió.
Las ramas de los árboles crujieron como huesos.
Las hojas se agitaron, murmurando palabras que nadie entendía.
Y una voz invisible, resonando en todas partes, dijo:
¿?: Estoy listo.
El precio del juego
11 de marzo de 1950 – 05:00 hs
Esa noche, todos los que participaron soñaron lo mismo.
Un cuarto circular.
Una puerta sin pomo.
Una figura sin rostro, contando en voz baja:
¿?: Cinco… seis… siete…
Al despertar, Nicolás tenía marcas en los brazos, como si lo hubieran sujetado con fuerza.
El más pequeño, Julián, no pronunció palabra en todo el día.
Jacinta sonreía.
Jacinta: Él los está conociendo. Les muestra lo que sueñan de verdad.
Elena escribió en su cuaderno negro:
"No sueñan lo que quieren.
Sueñan lo que él necesita."
La advertencia de los adultos
11 de marzo de 1950 – 22:45
Padre Mauricio llamó a Elena a su despacho.
Las velas proyectaban sombras largas en las paredes.
Padre Mauricio (con voz dura) —Basta de escribir.
Elena (temblando) —¿Por qué?
El sacerdote respiró hondo.
Padre Mauricio —Porque ya pasó una vez. Otro niño, hace mucho, soñó lo mismo. Lo escribió. Y lo hizo real.
Elena lo miró con el miedo clavado en los ojos.
Elena —¿Qué hicieron?
Padre Mauricio (bajando la voz) —Lo encerramos en un diario.
Elena —¿Dónde está?
El sacerdote cerró los ojos un instante.
Padre Mauricio —Se perdió. Hasta que vos lo encontraste.
El altar de los nombres
12 de marzo de 1950 – 07:00 hs
Por la mañana, cada niño encontró un dibujo pegado a su cama.
En todos, la figura oscura aparecía… sonriendo.
Jacinta reunió a los huérfanos en la capilla.
Jacinta —Él quiere un nombre. Dice que si no lo nombramos, desaparece. Le duele ser olvidado.
Una voz grave resonó entre los bancos vacíos:
¿? —Duelen más las memorias que no existen.
Nicolás alzó la mano, temblando.
Nicolás —¿Cómo se llama?
Jacinta cerró los ojos.
Jacinta —Esta noche lo van a soñar.
El juego de las preguntas
12 de marzo de 1950 – 16:20 hs
En el recreo, Jacinta inventó otro juego.
Jacinta —Vamos a hacernos preguntas. Pero solo podemos responder si escuchamos su voz.
Diego, uno de los más pequeños, se animó primero.
Jacinta —¿Qué soñaste anoche?
Los ojos de Diego se nublaron. Su voz cambió de tono.
Diego: Que yo no era yo. Era un dibujo que alguien borraba. Y el borrador tenía dientes.
Jacinta aplaudió.
Jacinta —Muy bien. Él te eligió.
Elena observaba desde la distancia.
Nadie notó que los dedos de Diego estaban manchados de tinta negra.
El niño que olvidó
13 de marzo de 1950 – 02:33 hs
Esa noche, Nicolás no bajó a cenar.
Elena lo encontró en su cama, abrazando la almohada.
Elena —¿Estás bien?
Nicolás (con voz apagada) —No me acuerdo de nada. Pero siento como si algo me odiara por no recordarlo.
Horas después desapareció.
Cuando regresó, tenía polvo en la boca y un papel arrugado en la mano.
Lo abrió frente a Elena.
Solo decía una palabra:
“TRAIDOR.”
El hueco bajo la cama
13 de marzo de 1950 – 23:55 hs
Elena se atrevió a entrar en la habitación de Jacinta mientras dormía.
Buscó bajo la cama.
Allí encontró dibujos arrugados, frases incoherentes… y un muñeco.
Hecho con lana, botones y mechones de cabello.
El rostro era el suyo.
El de Elena.
Cuando lo tomó, sintió un dolor punzante en el pecho.
Al levantar la cabeza, vio a Jacinta despierta, mirándola en silencio.
La sonrisa de la niña era ajena.
¿? —No toques lo que te representa. Podrías borrar lo que queda de vos.
Todos hablan con la misma boca
14 de marzo de 1950 – 06:40 hs
Al amanecer, la capilla estaba vacía.
Pero los bancos murmuraban.
Voces distintas, repitiendo las mismas frases, como un eco infinito.
Jacinta caminaba entre ellos, enseñando a los demás a susurrar.
Elena (enfrentándose) —¿Qué les estás diciendo?
Jacinta la miró. Sus ojos eran suyos… pero sostenidos por algo más.
Jacinta (calma) —Nada. Solo les enseño a escucharlo.
Y entonces, la voz habló en todas partes:
¿? —Y cuando escuchen… hablarán.