En el poderoso reino de Valdoria, la belleza es poder… y el amor, una condena.
Lady Anya Naville, segunda hija de un influyente archiduque, ha sido admirada toda su vida como el diamante del reino. Prometida desde la infancia al príncipe heredero, Maxime Iker Lindberg, Anya creció creyendo que su destino era convertirse en reina… y esposa del único hombre que había amado.
Pero todo se derrumba cuando una noble extranjera cautiva el corazón del príncipe.
Consumida por los celos y la humillación, Anya comete un acto imperdonable usando la magia prohibida que corre por su sangre. Su crimen la convierte en la villana del reino y la lleva a enfrentar la ejecución pública.
Sin aliados. Sin amor. Sin esperanza.
Hasta que, en su última hora de vida, lanza un hechizo imposible.
Anya despierta años en el pasado, atrapada nuevamente en su cuerpo de cinco años, pero conservando todos los recuerdos de su trágico futuro.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
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Capítulo 19 | La despedida
El último día no se sintió como un final. Se sintió… raro.
Demasiado tranquilo para todo lo que había pasado.
Cuando bajé, los carruajes ya estaban listos. El movimiento en la entrada era constante, pero no caótico. Todo funcionaba como siempre, como si nada importante hubiera ocurrido en esos días.
Como si yo no me fuera con algo que no sabía cómo manejar.
Ajusté los guantes sin apuro, más por hacer algo que por necesidad. No estaba segura de si quería encontrarlos antes de irme… o evitarlos.
No tuve que decidir.
—Te ibas sin decir nada.
La voz llegó desde un costado, rápida, sin aviso. Ian. No estaba sonriendo.
Eso ya era raro.
—No me estoy escapando —respondí.
—Parece bastante parecido.
Se acercó un poco más, mirándome de frente, como si estuviera intentando encontrar algo en mi cara que no terminaba de ver.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
Parpadeé.
—¿Ahora?
—No —soltó, con un leve gesto de frustración—. En general.
No respondí enseguida, porque no era una pregunta simple.
Ian exhaló, pasándose una mano por el cabello.
—Desde el baile estás… —hizo un gesto vago con la mano— no sé, distinta. Y no es solo cosa mía.
—Nunca es solo cosa tuya —dije, intentando mantener el tono ligero.
—No, en serio —insistió, esta vez más bajo—. ¿Te metiste en algo?
Lo miré un segundo. Demasiado tiempo.
Y él lo notó.
—Genial —murmuró—. Sí te metiste en algo.
—No es asunto tuyo.
La respuesta salió más seca de lo que esperaba. Ian se quedó quieto, no ofendido, pero tampoco indiferente.
—Claro —dijo después de un momento—. Obvio.
Se alejó medio paso, como si de repente no supiera muy bien qué hacer con eso.
Y eso… eso no me gustó.
—Así que era eso.
La voz de Maxime llegó desde atrás, pero no con esa seguridad habitual. Había algo más duro en su tono.
—Estás ocultando cosas.
Me giré.
—No es nuevo.
—Sí lo es —respondió enseguida—. Antes no era así.
Ian soltó una risa corta, sin humor.
—Antes tampoco nos ignoraba.
—No los estoy ignorando —dije, aunque sonó más a defensa que a otra cosa.
Maxime se acercó un poco más.
—Entonces explícalo.
Lo miré.
—No puedo.
Silencio, no era incómodo, era pesado.
—No quieres —corrigió.
—No puedo —repetí.
Y esta vez no aparté la mirada, eso pareció frenarlo. Pero no del todo.
—Tiene que ver con ellos —dijo de pronto.
No preguntó, afirmó.
—No —mentí.
Y fue tan obvio que ni siquiera intenté disimularlo demasiado.
Ian resopló.
—Ni te molestaste en hacerlo creíble.
—No tengo que hacerlo.
Maxime apretó la mandíbula.
—Claro que sí.
—¿Por qué?
La pregunta salió antes de que pudiera filtrarla y se hizo silencio… uno distinto. Porque nadie respondió de inmediato.
Maxime fue el primero en reaccionar, pero no como esperaba.
—Porque… —empezó, y se detuvo—. Porque sí.
Ian soltó una risa baja.
—Buena respuesta.
—Cállate —murmuró Maxime.
—No, en serio —insistió Ian—, suena muy convincente.
—No es un chiste.
—Ya lo sé.
Y eso fue lo que más me llamó la atención, no estaba bromeando.
—No es solo eso.
Alexei, no me había dado cuenta de cuándo se acercó.
—No es que no quieras decirlo —continuó—. Es que ya tomaste una decisión.
Lo miré.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Se encogió de hombros, como si fuera obvio.
—Y no piensas cambiarla.
No respondí, porque otra vez… tenía razón.
Ian me miró, entrecerrando los ojos.
—¿Y nosotros qué? —preguntó de repente.
—¿Qué cosa? —pregunté de vuelta, confundida.
—¿En qué quedamos nosotros? —aclaró.
La pregunta no tenía forma clara, pero se entendía igual.
—No cambia nada.
—Sí cambia —dijo Maxime, más rápido de lo esperado—. Cambia todo.
—No.
—Sí —insistió—. Porque ya no estás aquí.
Fruncí el ceño.
—Estoy, literalmente, aquí.
—No —negó—. No como antes.
Antes, esa palabra quedó flotando en mi mente y no me gustó. Porque me traía recuerdos que prefería olvidar.
—Dos años.
La voz de Kael cortó la tensión de golpe. No estaba cerca, no estaba lejos. Simplemente, apareció, como siempre.
—Faltan dos años —repitió, acercándose con calma.
Lo miré confundida, no entendía a qué se refería. Los demás tampoco.
—Para la academia.
Asentí, entendiendo.
—Sí.
Kael se quedó en silencio unos segundos, mirando a los otros antes de volver a enfocarse en mí.
—Y ya estás pensando en eso.
No era reproche, era observación.
—Sí.
—Claro que sí —murmuró Ian.
—Tiene sentido —añadió Alexei.
Maxime no dijo nada, solo me miraba.
Kael suspiró, como si algo le molestara.
—No me gusta.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—Esto —respondió, señalando vagamente entre todos—. Esta… situación.
Ian soltó una risa.
—A nadie le gusta.
—No es gracioso.
—No estoy riendo —respondió Ian, aunque claramente lo estaba haciendo un poco.
Kael ignoró el comentario.
—No sabemos qué está pasando —continuó—. Y tú sí.
No del todo, pero suficiente.
—No completamente —dije.
—Pero más que nosotros.
No lo negué. El silencio volvió, pero esta vez no fue incómodo. Fue… honesto.
—Dos años es mucho tiempo —dijo Maxime de pronto.
—No tanto —respondí.
—Depende.
—¿De qué?
Me miró.
—De lo que estés haciendo en ese tiempo.
No contesté.
Ian se cruzó de brazos.
—Bueno, genial. Entonces nos vemos en dos años y listo.
—No es eso —dijo Alexei.
—¿Ah no?
—No.
Ian lo miró.
—Entonces explícalo tú.
Alexei negó levemente.
—No hace falta.
No, no hacía falta. Ya había comprendido.
El carruaje ya estaba listo. Lo sabía, todos lo sabíamos.
—Nos vemos cuando vuelva de la academia —dijo Kael finalmente.
No fue una promesa, fue un hecho.
—Sí —respondí.
Ian levantó una ceja.
—Si no desaparece antes.
Lo miré.
—No voy a desaparecer.
—Eso espero.
Maxime no dijo nada más, solo sostuvo mi mirada un segundo más de lo normal. Como si quisiera decir algo, pero no lo hizo. Y eso fue peor.
Subí al carruaje sin despedirme otra vez, no porque no quisiera, sino porque no sabía cómo hacerlo sin mentir.
El carruaje se puso en marcha sin esperar demasiado. El movimiento fue suave, pero suficiente para marcar la distancia.
No miré atrás enseguida, no quería, pero lo hice igual. Ellos seguían ahí; los cuatro. No juntos, pero tampoco separados del todo. Como si ninguno supiera muy bien qué hacer ahora. Como si algo hubiera quedado inconcluso.
Apoyé la cabeza contra el vidrio, frío… real.
Mi padre volvería más tarde, tenía asuntos que resolver en el palacio.
El número volvió, más pesado ahora… más concreto.
Dos años hasta la academia. Dos años para entender qué estaba pasando. Dos años para encontrar respuestas o para que todo se volviera peor.
Cerré los ojos.
Y ahí estaba otra vez: no la voz, no del todo, pero sí la sensación. Más débil, más lejana, pero constante. Como si no se hubiera ido, como si nunca se fuera.
—… encuéntrame…
Abrí los ojos de golpe.
Mi reflejo en el vidrio parecía exactamente igual: tranquilo, controlado. Era una mentira.
Exhalé lentamente.
—Lo sé —murmuré.
No sabía si podía escucharme, pero ya no importaba.
El paisaje empezó a cambiar. Menos estructuras, más bosque, más silencio.
Casa.
Esa palabra debería haber significado descanso, pero no lo hizo. Porque ahora sabía que no iba a encontrar paz ahí, no completamente.
Me acomodé en el asiento, mirando hacia adelante.
Dos años, no era tanto tiempo, no para esto. Porque algo ya había empezado y no iba a esperar.
Ni por mí, ni por nadie.
La que la llama es ella del futuro o quien puede ser!?