Abril sabe lo que es amar hasta perderse a sí misma.
Cuando acepta un trabajo inesperado, jamás imagina que la llevará a conocer a Darío, un hombre atrapado en una relación donde los celos, el control y la manipulación se confunden con amor.
Él cree que su pareja lo cuida. Ella sabe que lo está destruyendo.
Mientras Abril intenta ayudarlo a abrir los ojos, se ve envuelta en un triángulo peligroso donde los sentimientos reales chocan con secretos, mentiras y decisiones que pueden romperlo todo.
¿Es posible amar sin dolor cuando el pasado aún sangra?
¿O algunas personas están destinadas a perderse antes de encontrarse?
Corazones en Juego es una historia intensa sobre relaciones tóxicas, segundas oportunidades y el valor de elegir un amor que no duela.
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Capítulo 8: Cuando el control busca raíces
Camila no era una mujer impulsiva. Nunca lo había sido. Mientras otros explotaban en gritos o escenas visibles, ella prefería algo más efectivo: el silencio estratégico, la observación paciente, la recopilación minuciosa de información. Por eso, después de la conversación con Victoria y del cambio evidente en Darío, no hizo nada… al menos, no de inmediato.
Se limitó a observar.
Notó cómo Darío ya no compartía cada detalle de su día. Cómo respondía con frases cortas. Cómo evitaba el contacto visual cuando ella hacía preguntas que antes contestaba sin pensar. Ese distanciamiento la enfurecía, pero también la confirmaba algo: había una causa. Y esa causa tenía nombre.
Abril.
Camila abrió su computadora una noche en la que Darío se había quedado dormido temprano. No revisó su teléfono; ya no lo necesitaba. Tenía suficiente con un nombre y una intuición. Empezó por lo básico: redes sociales, búsquedas simples, rastros digitales.
Abril Sánchez.
Aparecieron fotos antiguas, pocas pero reveladoras. No era una mujer llamativa a simple vista, pensó Camila con desdén. Pero había algo en su expresión que la irritó: una calma que parecía aprendida a la fuerza. Como si hubiera sobrevivido a algo y hubiera salido más fuerte.
Eso la incomodó.
Siguió investigando. Cambios de ciudad. Empleos interrumpidos. Un pasado que no estaba del todo a la vista. Camila sonrió levemente. Nadie huía sin motivo.
—Así que escondes cosas —murmuró.
Mientras tanto, Darío empezaba a sentir el peso de su propio despertar. No era solo Camila. Era todo. El trabajo, los amigos que había dejado de ver, las actividades que había abandonado sin darse cuenta. Se dio cuenta de que hacía meses que no llamaba a nadie por iniciativa propia.
Cuando un antiguo amigo le escribió para invitarlo a salir, dudó antes de responder. Miró el mensaje durante varios minutos, sintiendo una ansiedad que no supo explicar.
—¿Desde cuándo esto me cuesta tanto? —se preguntó.
Aceptó la invitación, pero no se lo dijo a Camila. No fue una decisión consciente; simplemente… no lo hizo. Y eso, para él, ya era un cambio enorme.
Esa noche, cuando Camila le preguntó cómo había estado su día, Darío respondió con evasivas.
—Normal —dijo—. Trabajo, nada más.
Camila lo miró fijamente.
—Antes me contabas más.
Darío se encogió de hombros.
—No todo es importante.
Esa frase quedó flotando entre ellos, cargada de algo nuevo. Camila no insistió. No todavía. Se limitó a asentir y a sonreír. Pero por dentro, su mente ya estaba trabajando.
Al día siguiente, Abril recibió un mensaje que la descolocó.
—“Hola, soy Camila. Creo que tenemos algo pendiente de qué hablar.”
El corazón le dio un salto. Se quedó mirando la pantalla durante largos segundos, sintiendo cómo una vieja alarma se encendía dentro de ella. No era miedo puro; era reconocimiento.
—“No creo que tengamos nada que hablar” —respondió finalmente.
La respuesta llegó casi de inmediato.
—“No seas grosera. Solo quiero aclarar algunas cosas. Por el bien de Darío.”
Abril cerró los ojos. Esa frase. Por tu bien. Por el bien de…
La había escuchado demasiadas veces en su vida.
Decidió no responder más.
Pero Camila no se quedó ahí.
Ese mismo día, Victoria recibió una llamada inesperada.
—Me preocupa mi hijo —dijo Camila con un tono suave, casi vulnerable—. Últimamente está distante. Creo que alguien lo está confundiendo.
Victoria sintió una punzada de culpa.
—Darío es adulto —respondió—. Puede tomar sus propias decisiones.
—Claro —dijo Camila—. Pero cuando alguien herido se acerca a él, las cosas se vuelven peligrosas.
Victoria frunció el ceño.
—¿A qué se refiere?
Camila sonrió, aunque Victoria no podía verla.
—Solo digo que no todas las personas que parecen buenas lo son.
Cuando colgó, Victoria se quedó pensativa. Por primera vez desde que inició todo, dudó. ¿Había subestimado a Camila? ¿Había puesto a Abril en una posición más peligrosa de lo que creyó?
Esa noche, Victoria escribió a Abril.
—“Ten cuidado. Camila está empezando a moverse.”
Abril leyó el mensaje con un nudo en el estómago.
—“Esto se está saliendo de control” —respondió—. “No quiero que Darío pague por una guerra que no pidió.”
—“Lo sé” —contestó Victoria—. “Y empiezo a pensar que yo tampoco debí pedirte esto.”
Mientras tanto, Darío caminaba solo por la ciudad, intentando ordenar sus pensamientos. Sentía culpa por hablar con Abril, culpa por callar frente a Camila, culpa incluso por empezar a pensar en sí mismo. Todo en su vida parecía girar alrededor de no molestar, no provocar, no fallar.
Se detuvo frente a un reflejo en una vidriera y se miró con atención.
—No me reconozco —susurró.
Esa misma noche, escribió a Abril.
—“Siento que estoy perdiendo cosas sin darme cuenta. A mí.”
Abril tardó en responder, midiendo cada palabra.
—“Eso pasa cuando vives para no incomodar. Pero aún estás a tiempo.”
Darío leyó el mensaje varias veces.
—“¿Y si me equivoco?”
—“Equivocarse también es una forma de elegir” —respondió ella.
Desde su departamento, Camila observaba la ciudad por la ventana. En su mente, Abril ya no era solo una amenaza romántica. Era un riesgo a su control, a su narrativa, a la versión de la historia que siempre había impuesto.
Y Camila no perdía lo que consideraba suyo sin luchar.
Mientras Darío comenzaba a aislarse, Abril empezaba a sentir el peso real de estar en medio de algo mucho más grande de lo que imaginó.
Y Victoria, por primera vez, entendió que no todos los planes se pueden controlar…
ni siquiera los que nacen con buenas intenciones.
pero más gracias por una historia muy diferente...
definitivamente cuando la obsesión y los celos te nublan el juicio te vuelves peligroso porque no entiendes de razones...
no va a dejarlo tan fácil
si vuelve siempre fue para ti, si no nunca lo fue...
Camila en verdad tiene serios problemas