Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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EL REGRESO DE LOS ELEGIDOS
Tras años de entrenamiento y pruebas que los llevaron al límite, los cuatro hermanos fueron guiados por sus mentores hacia un lugar oculto entre montañas antiguas. El sitio parecía suspendido fuera del tiempo: un claro rodeado por árboles cuya corteza irradiaba una luz tenue, constante, y un viento suave que no hacía ruido al moverse. Sobre ellos, el cielo se abrió en una claridad serena, como si aprobara lo que estaba por suceder.
Allí estaban los cuatro guías.
Los hermanos avanzaron desde distintos extremos del claro… y se vieron.
Por un instante, ninguno habló.
Habían pasado años. Sus cuerpos eran otros. Sus posturas distintas. La infancia había quedado atrás. Pero en sus ojos seguía ardiendo algo idéntico.
Jeik fue el primero en romper la distancia. Su respiración se agitó apenas, y en su rostro firme apareció una sonrisa que no pudo contener.
—…Son ustedes —murmuró, como si todavía le costara creerlo.
Se acercó rápido. No caminando como líder, sino como hermano mayor que vuelve a casa. Los abrazó sin medir fuerza, rodeándolos a todos como pudo.
—Ya se me había olvidado cómo eran sus rostros —dijo, riendo con emoción contenida—. Cuando me fui… eran tan pequeños.
Gael respondió al abrazo con firmeza, dándole una palmada fuerte en la espalda.
—Pues crecimos bien, ¿no? —dijo con una media sonrisa—. No te preocupes, hermano. No nos rompimos.
Maikel soltó una risa ligera, abrazando también.
—Habla por ti. A mí casi me comen varias veces.
Dervis observaba la escena con una calma profunda, pero sus ojos estaban húmedos. Se acercó y apoyó la mano en el hombro de Jeik.
—Nunca dejamos de sentirte cerca —dijo con voz baja y serena—. Aunque no estuvieras.
Jeik respiró hondo. Cerró los ojos un segundo, como quien guarda ese momento dentro del pecho. Cuando los abrió, el líder volvió a su mirada.
Los guías avanzaron entonces, interrumpiendo el reencuentro con presencia firme, no invasiva.
—Ahora son dignos —declaró el guía del Fénix.
El guía del Dragón miró a Dervis con profundidad.
—Que tu corazón nunca olvide por qué lucha… y que tu ira nunca gobierne tu espíritu.
Dervis inclinó ligeramente la cabeza.
—Sí, señor.
El guía del Oso se detuvo frente a Gael.
—Eres fuerte, pero tu mayor poder no está en tu golpe… está en tu disciplina.
Gael sostuvo la mirada, serio, sin bromas esta vez.
El guía del León se acercó a Maikel.
—Tu alegría será escudo para muchos. No la pierdas, ni siquiera en guerra.
Maikel asintió con una sonrisa tranquila.
—No pienso hacerlo.
Entonces los cuatro guías extendieron sus manos hacia sus elegidos.
La transformación no fue estruendosa. Fue profunda. La esencia de sus atuendos cambió sin alterar su forma. Las heridas antiguas desaparecieron. Las cicatrices se cerraron. Una energía limpia recorrió sus cuerpos, afirmándolos desde dentro, como si algo se alineara finalmente en su lugar correcto.
Ya no eran solo guerreros, Eran portadores.
El guía del Fénix habló primero.
—Jeik… desde hoy serás llamado Jael, el Fénix de Luz.
Jael inclinó la cabeza con firmeza. No habló. Solo aceptó.
El guía del Dragón declaró:
—Dervis… serás llamado Dervián, el Portador del Silencio Divino.
—Sí, señor —respondió con serenidad.
El guía del Oso avanzó.
—Gael… serás llamado Gahiel, el Filo de la Disciplina.
Gahiel cerró el puño lentamente. Su expresión era firme, madura.
Finalmente:
—Maikel… serás llamado Maion, el Rugido del Espíritu.
Maion parpadeó, luego sonrió apenas.
—Suena bien —murmuró, sin perder la ligereza que lo caracterizaba.
Los cuatro cerraron los ojos al escuchar sus nuevos nombres. Algo dentro de ellos se ajustó como piezas de un diseño antiguo.
El guía del Fénix alzó la voz hacia todos.
—Ustedes son protagonistas del mundo que viene. Elegidos desde antes del tiempo. Protegerán la Tierra, resistirán la oscuridad y levantarán a quienes caigan. Donde vayan, llevarán luz. Donde
luchen, habrá esperanza.
Los demás guías asintieron.
El guía del Dragón añadió:
—Sus caminos podrán separarse cuando sea necesario, pero su espíritu ya es uno. La luz no compite consigo misma… se multiplica.
Jael miró a sus hermanos.
—Entonces iremos donde tengamos que ir. Pero iremos sabiendo que no estamos solos.
Los guías los observaron por última vez. Luego, uno a uno, desaparecieron en la claridad del cielo.
El viento volvió a soplar.
los cuatro descendieron juntos.
El Hogar
En una casa humilde, Aloriah preparaba el almuerzo con la misma dedicación de siempre. Sus manos estaban cubiertas de harina. En su rostro había marcas del paso de los años, pero sus ojos seguían brillando con esa fe que nunca se había extinguido.
En el patio, Albiel estaba sentado en silencio. No hacía nada en particular. Solo respiraba el aire, atento a algo que aún no se veía.
El viento cambió.
Albiel levantó la mirada al cielo.
—Ya vienen —susurró, como quien reconoce un eco antiguo.
Una figura descendió primero, con firmeza y serenidad. Jael tocó el suelo sin estruendo. Su presencia era distinta, pero su mirada seguía siendo la de un hijo.
El corazón de Albiel se estremeció.
—Aloriah —llamó, sin alzar demasiado la voz, pero con emoción profunda—. Ven.
Ella salió apresurada, aún con harina en las manos. Se detuvo en seco al verlo, No gritó. No hizo escándalo, Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mi hijo… —susurró.
Uno a uno fueron llegando los demás.
Dervián caminó hacia ellos con una paz que parecía envolver el aire. Gahiel llegó firme, sólido. Maion entró casi corriendo, con una sonrisa
amplia.
Aloriah los abrazó a todos. Tocaba sus rostros como asegurándose de que eran reales.
—Han vuelto —decía entre lágrimas suaves—. Sabía que volverían.
Albiel se acercó y puso una mano sobre el hombro de Jael.
—Han crecido —dijo con voz profunda—. Pero no perdieron lo esencial.
Jael sostuvo la mirada de su padre.
—Usted nos enseñó a no perderlo.
Gahiel miró alrededor del patio.
—Huele igual —comentó, casi sorprendido—. Pensé que lo recordaba diferente.
Maion sonrió.
—Yo solo quiero comer algo que no tenga que cazar primero.
Aloriah rió entre lágrimas.
—Entonces entren. Hoy la casa vuelve a estar completa.
Esa noche hubo risas. Hubo historias que aún no podían contarse del todo, pero que se intuían en las miradas. La mesa volvió a llenarse.
Y aunque el mundo no lo sabía aún, bajo ese techo humilde se había reunido la esperanza de muchos.
La historia, ahora sí, comenzaba.