“Prometió no amar a otra mujer… hasta que ella llegó”
Él era un hombre roto.
Ella, la tormenta que lo hizo sentir de nuevo.
Entre el aroma de la tierra mojada y el calor de las noches en la granja, el granjero descubrió que el amor puede florecer incluso en el suelo más árido.
🔥 El corazón del granjero — cuando el amor renace donde el dolor parecía eterno.
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Capítulo 8
Francisco…
Entré puntualmente a las ocho en el hotel, como siempre. Allí era mi versión gestor de negocios.
—¡Buenos días! —Saludé a todos los funcionarios y huéspedes que encontré camino a mi oficina.
Al entrar, encontré a Verónica, contadora del Hotel, amiga de infancia y el escape de mis necesidades masculinas, cuando lo necesitaba.
—¡Buenos días, jefecito!
—Buenos días Verónica, ¿qué haces aquí tan temprano, problemas?
Ella se levantó y vino hacia mi dirección. Me saludó con un beso en el rostro. Nunca permití que nuestro caso fuera expuesto, al final ella sabía, era solo sexo.
—Noté que bloqueaste el acceso de Gabriel a su cuenta particular. ¿Qué ocurrió?
—Ella hizo de las suyas en la escuela nuevamente. Está suspendido y puede hasta ser expulsado si no cambia de actitud.
—¿Entonces es un castigo?
—Sí. Y uno de los grandes. Le quité el celular, esa porquería de audífonos y lo puse a trabajar limpiando los establos de las cinco de la mañana a las cuatro de la tarde.
—Finalmente resolviste darle una lección al chico. Fran... —La miré firme, ella sabía que no debía llamarme de esa manera—. Rezende, Gabriel necesita aprender a ser gente.
Me senté en mi silla, ella se sentó frente a mí. Cruzó las piernas dejando la abertura de la falda mostrar lo que ella sabía que llamaba mi atención.
—¿Nuestra cena en mi casa, esta noche, sigue en pie? —Ella habló sexy.
—Tendremos que reprogramar. Hoy es la primera clase de Gabriel con la tutora. Quiero observar de cerca, cómo los dos se desenvolverán.
—¿Tutora?
—Él necesita recuperar matemáticas e inglés, contraté a una chica, por el currículo, necesito saber si ella es realmente tan buena como muestra en ese papel. Sin contar que, nadie en la ciudad aceptó el empleo, todos ya conocen la fama de Gabriel.
—¿Entonces es una chica de afuera?
—Sí, de la capital.
Ella solo balanceó la cabeza e hizo esa cara que yo conocía bien, cara de quien con certeza iba a buscar saber más sobre mi nueva funcionaria.
—Ahora déjame solo, tengo mucho trabajo que hacer. Y tú, ya que estás aquí tan temprano, aprovecha para hacer lo que te pedí. Busca información sobre las tierras al lado de las mías. Quiero saber quién compró.
—Claro, voy a ver eso para ti.
Ella se levantó, me lanzó otra mirada sexy y salió. Pasé el restante del día allí, entre papeles, firmas de contratos y conversaciones con el personal.
A las tres de la tarde, volví a casa. Las acomodaciones del hotel quedaban en la parte del frente de la hacienda. Quise construir la casa más al fondo, para que los turistas no interfirieran en el día a día de la casa. Tomé la camioneta y fui despacio, sintiendo el viento en el rostro. Estacioné la camioneta frente a casa y caminé hasta el establo. Quería ver cómo Gabriel se estaba desenvolviendo en el primer día.
Di la vuelta a la casa y anduve por el camino de piedra. Aún vestido con el paletó. Al aproximarme al chalet donde la tutora estaba alojada, la vi sentada, concentrada haciendo anotaciones. Paré en el umbral de la galería.
—¡Tarde, profesora!
Ella levantó la cabeza.
—Buenas tardes, Sr. Manolo!
—Estuve pensando, ¿podemos alterar el horario de las clases de Gabriel? Luego él volverá a las clases en la escuela, trabajará por la tarde. Creo que estará cansado para estudiar por la noche. Entonces pensé que podríamos poner esas clases para más temprano. ¿De las cuatro y media a las seis y media?
—Claro, como el señor prefiera.
—Estoy yendo a buscarlo al establo. Nos vemos en la biblioteca.
Hice un gesto de cabeza y caminé hasta el establo. Al llegar aguanté la risa para no darle osadía al niño. Él estaba con estiércol de vaca de la cabeza a los pies, en otra llevaba una carretilla de heno.
Lo observé por algún tiempo, ahora sí estaba trabajando.
—¡Tarde, patrón! —João habló al verme.
—¡Tarde, João! ¿Cómo le fue a Gabriel hoy?
—Muy bien patrón. Él aprende rápido, ¿no es Gabriel?
—Sí, ¿verdad? —Él habló visiblemente cansado.
—Vamos Gabriel, por hoy ya es suficiente. Cambié el horario de tu clase con la profesora. Ven a tomar un baño y comer algo. A las cuatro y media ella te estará esperando en la biblioteca.
Gabriel soltó la carretilla como si estuviera liberándose de una prisión. Pasó frente a mí rápido, como si yo pudiera cambiar de idea y mandarlo volver al trabajo.
Lo acompañé y cuando pasamos por el frente del chalet, la profesora ya no estaba allí. Seguimos para casa. Al ver a Gabriel Amparo casi le da un ataque. Si él estuviera solo con certeza ella iba a llenarlo de mimos.
—Niño, ve a tomar un baño y baja a merendar. Hice ese pastel de zanahoria con chocolate que tanto te gusta.
Él sonrió y subió a bañarse. Amparo no tenía remedio, ella siempre daría su maña de mimar a Gabriel, pasando por encima de cualquier cosa que yo hablara. Pero estaba todo bien, al final, ella lo había criado.
Cuando bajé a la biblioteca, el reloj marcaba cuatro y cuarenta. El olor del pastel aún flotaba en el aire, viniendo de la cocina, pero yo no estaba con cabeza para comer. Quería ver cómo esa chica —Cristina— se desenvolvería frente a mi hijo.
Me apoyé discretamente en el marco de la puerta de vidrio, sin ser notado. Ella ya estaba allí, puntual, con los cabellos recogidos de forma simple y los ojos atentos sobre el cuaderno abierto. Gabriel, con cara de pocos amigos, se tiró en la silla, cruzando los brazos.
—Buenas tardes, Gabriel. —Ella comenzó, la voz calma, pero firme.
—Buenas... —él respondió arrastrado, más por educación que por voluntad.
Cristina abrió una carpeta, sacó algunas hojas y le entregó una a él.
—Antes de comenzar, quiero entender cómo piensas. Resuelve este problema a tu manera. No te preocupes si te equivocas.
Gabriel la miró como si hubiera oído una ofensa.
—¿A mi manera? —preguntó con ironía.
—Eso mismo. Quiero ver lo que ya sabes.
La paciencia de ella me sorprendió. Ella no se inmutó con el tono de él, solo esperó. El chico bufó, tomó el lápiz y comenzó a garabatear.
Desde donde yo estaba, veía todo. Ella observaba, sin interrumpir, anotando algo en un cuaderno. Cuando él terminó, dejó el lápiz sobre la mesa, desafiante.
Cristina tomó la hoja, analizó por un instante y entonces se giró para él:
—Piensas rápido. Solo necesitas organizar el razonamiento. Mira aquí —ella apuntó el error—, te saltaste una etapa importante, y es justamente ella la que cambia todo el resultado.
Gabriel frunció el ceño y se inclinó para mirar.
—¿Yo hice eso? —preguntó, confuso.
—Hiciste. ¿Y sabes lo que es bueno en eso? Quiere decir que entendiste el problema, solo no prestaste atención al orden.
Yo aguanté una sonrisa. Hacía tiempo que no veía a alguien conseguir hacer al chico prestar atención en algo por más de dos minutos.
Cristina continuó explicando, escribiendo de forma clara, con letra bonita y segura. Había convicción en cada palabra. Ella no era solo una chica con un buen currículo, ella sabía lo que estaba haciendo.
—¿Vamos a intentar de nuevo? —ella dijo, entregando otra hoja.
—Está bien. —respondió el niño, ya más interesado.
Mientras él resolvía, Cristina lo observaba con atención. De vez en cuando, ella lo elogiaba por un razonamiento correcto, o lo hacía pensar con preguntas simples.
Aquel juego de preguntas y respuestas, de calma y firmeza, estaba domando el pequeño tornado que era mi hijo.
A cada minuto que pasaba, yo me veía más seguro de la elección que hice.
—Muy bien, Gabriel —ella dijo al final de la hora—, tienes buena base, solo necesitas disciplina.
Él la miró, y por un segundo, vi algo diferente en su mirada, respeto.
Cristina comenzó a guardar el material, y yo di un paso para dentro de la sala.
—Excelente clase, profesora. —dije, llamando la atención de los dos.
Ella se giró, un leve rubor coloreando sus mejillas.
—Gracias, señor Manolo.
—Continúe así. —Crucé los brazos, observando a Gabriel—. Y tú, espero que mantengas ese ánimo en las próximas clases.
Él rodó los ojos, pero no respondió.
Cristina sonrió, discreta, y se despidió. La observé saliendo y noté lo cuán bonita ella era. Bajita, piel clara, cabellos negros ondulados que iban hasta la altura de la cintura. Ojos grandes y marcantes. Pero al mismo tiempo eran leves y perturbados. Por las ropas, no parecía ser una chica que necesitara de aquel trabajo. Uñas bien hechas, zapatos y bolso de marca. Y aquel apellido, no me era extraño.