Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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El rosa no combina con el concreto
...CAPÍTULO 9...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
El viaje de regreso fue largo. Después del caos en Isla bonita —donde milagrosamente logramos que mi padre no se divorciara de mi madre (aunque ella le dejó claro que de ahora en adelante pensaba bailar cuando se le diera la gana)—, lo único que quería era silencio. O, mejor dicho, nuestro silencio.
Cuando finalmente llegamos al edificio, sentí que me quitaba una armadura de mil kilos. Subir por ese ascensor, el mismo donde días antes casi nos despedimos para siempre, y ver a Luciana girar la llave en la cerradura, se sintió como regresar de nuestra propia y extraña luna de miel. Una luna de miel nacida del desastre, pero real.
En cuanto la puerta se abrió, no pude evitarlo. Pasé por su lado casi corriendo, tirando las llaves sobre la mesa de la entrada.
Tenía prioridades.
—¡Sera! ¡Kiki! ¡Papá volvió de la guerra! —exclamé, dirigiéndome directo al sofá.
Ahí estaban. Sera, con su elegancia de reina destronada, ni siquiera se movió; solo me lanzó una mirada de soslayo que gritaba "¿Y tú quién eres y por qué interrumpes mi siesta?". Kiki, por su parte, soltó un maullido corto, se estiró con una pereza insultante y procedió a lamerse una pata, ignorando por completo mis dos brazos abiertos. Como si mi ausencia de una semana hubiera sido apenas un parpadeo molesto en su agenda de siestas.
—Vaya... yo también extrañaba su menosprecio —murmuré, agachándome para acariciar a Sera, quien aceptó el gesto con una resignación digna de ella—. No hay nada como el hogar para que te recuerden que solo eres un servidor que abre latas de atún. Es bueno saber que hay cosas que nunca cambian, ¿verdad, chicas?
Escuché la risa de Luciana detrás de mí. Se había quitado los tacones y caminaba descalza por el piso de madera, dejando su bolso sobre la mesa.
—Dales un minuto, Sebas. Están castigándote por haberte ido —dijo ella, acercándose a mí.
Me giré para mirarla. La luz de la tarde entraba por el ventanal, iluminando el apartamento que hace poco parecía una zona de guerra. Me acerqué a ella, rodeándole la cintura y atrayéndola hacia mi pecho.
—Bueno, las gatas me odian, mi padre probablemente me desheredó por llevar a mi madre a una discoteca, y todavía tengo arena hasta en las orejas—murmuré, hundiendo la cara en su cuello—, pero estoy exactamente donde quiero estar.
Luciana me rodeó el cuello con los brazos, y sentí que su cuerpo se relajaba completamente contra el mío.
—Estamos donde tenemos que estar —corrigió ella con una sonrisa—. Y ahora que las gatas ya te dieron la bienvenida... creo que tenemos una tarea pendiente que continuar, ¿no?
Miré a Sera y a Kiki. Ambas nos observaban ahora con fijeza, como juzgando nuestras decisiones de vida.
—Lo siento, chicas —les dije, guiñándoles un ojo—. Papá y mamá tienen que ir a continuar lo que empezamos. No molesten.
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El lunes por la mañana no era un lunes cualquiera; era el debut de mi nueva vida. Entré a la oficina prácticamente levitando, con una sonrisa que me ocupaba media cara y tarareando una canción pegajosa a todo pulmón. Me importaba un bledo que los planos se estuvieran acumulando o que el café supiera a calcetín quemado.
—¡Buenos días, mundo! ¡Buenos días, genios de la arquitectura! —exclamé al aire.
Luciana, que venía a mi lado, soltó una risita contenida. Se detuvo frente a mi cubículo, me plantó un beso rápido en los labios que me dejó con ganas de más y se despidió con la mano.
—A trabajar, Sebastián. No espantes a los clientes con tu felicidad —me dijo antes de caminar con esa elegancia suya hacia su propio escritorio.
Me quedé mirándola como un bobo un segundo hasta que sentí tres pares de ojos clavados en mí. Gabriel, Fernando y Felipe estaban en un semicírculo, mirándome como si fuera un espécimen de laboratorio que acababa de mutar. Sus caras eran un poema: confusión, alivio y una pizca de "¿y a este qué le picó?" "ya volvió el payaso".
Antes de que pudieran soltar el primer interrogatorio sobre mi repentina reconciliación, la puerta principal se abrió.
Una chica joven, de unos veintitrés—creo—años, entró con paso tímido cargando un bolso de diseñador. Tenía el cabello negro azabache cortado al estilo bob justo hasta el cuello y una mirada de diva tierna que hacía que el resto de nosotros pareciéramos gárgolas de catedral. Se le notaba en la cara que estaba terminando la carrera; tenía esa mezcla de entusiasmo y pánico que solo tienen los pasantes antes de graduarse.
Gabriel se levantó de inmediato, suavizando su expresión.
—Ah, hola. Pasa, no muerden... bueno, Sebastián a veces, pero hoy parece que está de buenas —dijo Gabriel dándole la bienvenida—. Sé que estás algo nerviosa por ser tu primer día de práctica, pero deja que te presente al equipo.
Gabriel hizo el recorrido rápido por los puestos de Fernando y Felipe, y luego llegó a nosotros.
—Muchachos, ella es Vanesa Jiménez. Es la nueva pasante que nos va a apoyar con los renders y el modelado. Vanesa, ellos son Fernando, Felipe, Sebastián y Luciana.
Luciana y yo intercambiamos una mirada de absoluta confusión. Nos perdimos apenas unos días y, de la nada, había sangre nueva —y mucho más joven— en el estudio. Vanesa nos saludó con una timidez encantadora y se fue directo al que sería su nuevo escritorio. En cuestión de minutos, la chica empezó a sacar un montón de cosas: plantitas en macetas minúsculas, figuritas y organizadores de colores. Estaba convirtiendo esa cueva en un jardín zen de estudiante aplicada.
Gabriel se acercó a mi escritorio mientras yo seguía procesando el cambio.
—Bueno, Sebas... te veo muy alegre. ¿Pasó el huracán? —me preguntó en voz baja.
—El huracán se convirtió en brisa tropical, Gabo —le respondí, dándole un golpe amistoso en el hombro—. Todo en orden en el paraíso. Pero cuéntame... ¿Vanesa? ¿Cuándo carajos contrataron a la pasante?
—El viernes —respondió Gabriel con una sonrisa—Necesitamos manos extras, estamos llenos de trabajo y todavía no encontramos un candidato digno para ser el reemplazo de Diego, así que llamamos a la facultad y nos mandaron a Vanesa. Es de las mejores de su clase, así que trátala bien y no la corrompas con tus chistes, que la niña se ve que es seria.
Me quedé mirando a Gabriel, que estaba apoyado contra el borde de mi escritorio con los brazos cruzados y esa expresión de "aquí mando yo". Todavía tenía el sabor del beso de Luciana en los labios y el ánimo por las nubes, pero la mirada de mi jefe me decía que el idilio de lunes por la mañana estaba a punto de chocar con la realidad laboral.
—Bueno, Sebas —soltó Gabriel, bajando el tono para que solo yo lo escuchara, aunque Fernando y Felipe estaban con la oreja pegada desde sus puestos—. Te veo muy recuperado y muy feliz, lo cual me alegra por tu salud mental y la de todos en este edificio. Pero no creas que tu comportamiento de la semana pasada salió gratis.
—¿De qué hablas, Gabo? Si ya pedí perdón, ya volví con mi mujer y hasta estoy tarareando canciones pop —respondí, girando un poco en mi silla con una sonrisa despreocupada.
Gabriel no se inmutó. Señaló con la cabeza hacia el escritorio donde la nueva chica, Vanesa, terminaba de acomodar una pequeña planta de bambú.
—Ella es Vanesa Jiménez. Tiene veintidós años, está terminando la carrera y es brillante, pero no conoce cómo es la vida profesional fuera de la facultad. Y tú, Sebastián, vas a ser su mentor —sentenció Gabriel con una firmeza que no dejaba espacio a réplicas.
Me quedé helado. Mi sonrisa se desvaneció más rápido que la suerte de Seraphine.
Me quedé mirando a Gabriel con la boca medio abierta, esperando el remate del chiste. Pero su cara de "jefe autoritario" no se movió ni un milímetro. A mi lado, alcancé a ver cómo Fernando y Felipe agachaban la cabeza para ocultar una risita.
Miré a Gabriel con una expresión de incredulidad absoluta. ¿Mentor? ¿Yo?
—¿Mentor? Gabriel, por favor, apenas estoy recuperando mi estabilidad emocional y tú me quieres poner una “Poli pocket” de veintidós años —dije, señalando con la cabeza hacia el escritorio donde Vanesa seguía acomodando sus cosas con una precisión matemática.—Gabo, yo apenas puedo ser mentor de mis gatas para que no se coman los cables. ¿Estás seguro de que quieres confiarle la educación de la juventud a este servidor? Además, tengo mil cosas que entregar.
Gabriel ni siquiera parpadeó. Cruzó los brazos sobre el pecho y me sostuvo la mirada con esa autoridad de jefe que solo saca cuando ya no hay marcha atrás.
—Te vas a ir acostumbrando, Sebastián, porque ella será tu responsabilidad esta semana —sentenció con una calma que me dio escalofríos—.La vas a guiar paso a paso como castigo por lo de la otra semana, por ese despliegue de soberbia y pedantería que te cargabas. Me hiciste perder años de vida, así que ahora te toca compensarlo formando a la nueva generación.
Me eché hacia atrás en la silla, indignado.
—Esto ya es personal, Gabriel —le solté, entornando los ojos—. Me estás cobrando la factura con intereses de usurero.
—Sí, es obvio, ¿no? —respondió él con una sonrisa cínica que me recordó por qué somos amigos—Así que ahora mismo te levantas de esa silla. Porque tienes que ir a hacer trabajo de campo. Primero, tienes que ir a la alcaldía por los permisos que nos tienen frenados, y de ahí se van directo al nuevo al nuevo parque que se piensa inaugurar en seis meses. Y vas en compañía de Vanesa para que vea cómo se manejan las cosas aquí. Básicamente es tu pasante, así como Felipe lo es de Fernando. Exijo liderazgo, madurez y responsabilidad, Sebastián. No quiero bromas pesadas ni que la asustes el primer día.
Suspiré profundamente, derrotado por su lógica de jefe vengativo. Miré hacia Vanesa, que nos observaba desde su puesto con esos ojos grandes y curiosos, seguramente preguntándose qué clase de loco le había tocado como guía.
—Está bien, "jefe" —dije, agarrando las llaves del auto y mi libreta—. Pero si la niña termina queriendo ser abogada después de un día conmigo, la culpa será tuya.
Gabriel simplemente me dio una palmadita en el hombro y salió de mi cubículo con aire de victoria.
Me puse de pie y le hice una seña a Vanesa.
—Bueno, Vanesa... agarra tu bloqueador y una botella de agua. Bienvenida al mundo real. Soy Sebastián Vélez, y hoy vamos a descubrir por qué la burocracia es el verdadero villano de la arquitectura.
Subir al auto con Vanesa fue como meter un frasco de perfume francés en una caja de herramientas. Ahí estaba yo, atrapado en un trancón que parecía diseñado por el mismo Gabriel, con el aire acondicionado a tope y una pasante que, en lugar de estar revisando los planos que le pasé, acababa de convertir el asiento del copiloto en un camerino de Sephora.
Vanesa sacó de su bolso de marca un arsenal de maquillaje: un espejo con luces LED portátiles, tres brochas y un brillo labial que olía a fresa artificial a tres kilómetros de distancia. Se arreglaba con una precisión quirúrgica, retocándose el delineado mientras se miraba con una adoración que solo los de su estrato socioeconómico pueden profesar frente a un espejo. Se notaba a leguas que tenía ínfulas de "diva"; de esas niñas que no pisan un charco sin antes verificar si combina con sus zapatos.
—Oye, Vanessa... no es por presionarte, pero vamos a una oficina de la alcaldía, no a la alfombra roja de los Grammy —comenté, tamborileando los dedos sobre el volante mientras el semáforo cambiaba a rojo por quinta vez en el mismo sitio.
Ella soltó una risita suave, cerrando su polvera con un clac elegante. Tenía una energía femenina arrolladora, de esa que te hace sentir que tú eres el que está despeinado aunque te hayas peinado hace diez minutos.
—Ay, señor Vélez, por favor. La imagen es el 50% de la arquitectura. Si no te ves exitoso, ¿quién te va a creer que puedes construir un parque? —Me lanzó una mirada rápida, entre tímida y coqueta, pero con ese tonito de "niña bien" que gritaba “odiosa” por todos los poros—. Además, esa oficina de la alcaldía es súper gris, necesita un poquito de brillo, ¿no le parece?
Suspiré. Gabriel me había mandado una bomba de tiempo con perfume caro. Vanesa era extrovertida, hablaba hasta por los codos, pero se le notaba ese aire de quien prefiere mandar a que le traigan el café que ensuciarse las manos con el trabajo duro.
—Y cuénteme, jefe... —continuó ella, acomodándose el cabello corto frente al espejo del auto—¿Cómo es el ambiente de verdad en la oficina? Él CEO parece súper estricto, y esa mujer, la arquitecta Luciana... ella es como la jefa de todo, ¿cierto? Se ve súper seria. ¿Son amigos de hace mucho o ella siempre tiene esa cara de que está calculando la resistencia de los materiales de la silla donde se sienta?
Me reí. No pude evitarlo.
—Luciana es... especial. Y sí, es brillante, probablemente la mejor de todos nosotros —dije, tratando de mantener la compostura—. Y en cuanto a nosotros, bueno, digamos que llevamos mucho tiempo trabajando juntos. Mucho.
—¿Y usted, arqui? —Vanesa se inclinó un poco hacia mi lado, con una chispa de curiosidad genuina—. ¿Siempre es así de... energético? Los arquitectos en la oficina dicen que usted es el alma de la fiesta, pero el Jefe Gabriel te miraba como si fueras un niño travieso en el rincón de pensar.¿Qué hizo la semana pasada para que lo pusieran de niñero conmigo?
Sentí cómo se me borraba la sonrisa. Una cosa era ser el bromista de la oficina y otra muy distinta era que una pasante de primer día, que aún no sabía distinguir un plano de cimentación de un dibujo de servilleta, intentara meterse en mis asuntos personales y en los chismes de la firma.
Enderecé la espalda y sujeté el volante con más firmeza. Mi tono de voz bajó un par de octavas, volviéndose seco y profesional.
—Mira, Vanesa —la interrumpí, cortando su atmósfera de "cafecito entre amigos"—. A la oficina se va a trabajar, no a recolectar chismes de pasillo. Si Gabriel me puso a cargo de tu pasantía no es para que hablemos de por qué me mira mal o de qué tan "energético" soy.
Ella parpadeó sorprendida, echándose un poco hacia atrás. La seguridad de niña rica se le tambaleó por un segundo.
—En lugar de preguntar por lo que pasó la semana pasada, deberías estar aprovechando el tiempo para preguntarme sobre el proyecto del parque —continué, lanzándole una mirada de reojo—. ¿Sabes cuáles son los requerimientos técnicos de la alcaldía para el uso de suelos? ¿Leíste la normativa de espacios públicos que te envié al correo antes de salir? Porque si crees que tu trabajo de campo consiste en arreglarte el maquillaje y preguntar por mi vida privada, estamos empezando muy mal.
Vanesa guardó silencio, visiblemente incómoda. Se le notó que no estaba acostumbrada a que le pusieran límites, y mucho menos de forma tan directa. Su energía de "diva" se apagó un poco bajo mi reprimenda.
—Lo siento, arqui... solo quería romper el hielo —murmuró, desviando la mirada hacia la ventana.
—El hielo se rompe hablándose las cosas que realmente importan—respondí, mientras el trancón por fin empezaba a moverse—. Así que saca tu libreta. Te voy a explicar por qué el trámite que vamos a hacer es vital para que no nos cierren la obra en dos meses. Y espero que tomes nota de cada palabra.
No iba a permitir que su falta de ganas de trabajar y su actitud de figurar afectaran mi ritmo, y mucho menos ahora que acababa de poner mi vida en orden con Luciana. Si Gabriel quería que fuera un mentor, lo sería, pero a mi manera: con exigencia.
Llegamos a la alcaldía y el contraste no podía ser más ridículo. Yo bajé del auto con mi carpeta bajo el brazo, listo para pelearme con el sistema, mientras Vanesa bajaba acomodándose su bolso de marca como si estuviera entrando a un club de golf.
Nada más cruzar la puerta giratoria, la magia empezó a suceder.
—¡Pero si es la señorita Jimenez! ¡Vane, qué milagro! —gritó un guardia de seguridad, enderezándose como si acabara de ver a una celebridad.
—Hola, Don Jorge —respondió ella con una sonrisa de concurso de belleza, pero sin detener su paso elegante.
Caminamos hacia la ventanilla de Urbanismo, donde suele haber una fila de arquitectos frustrados y gente a punto de tener un colapso nervioso. Pero antes de que yo pudiera sacar mi ficha de turno, la funcionaria de la ventanilla 4, una señora que normalmente tiene cara de pocos amigos, se puso de pie de un salto.
—¡Niña Vanesa! ¡Qué alegría verla! ¿Cómo está su mamá? Por favor, no se le olvide mandarle muchos saludos a la doctora Jiménez. Dígale que todavía guardo el detalle que me envió en Navidad.
Vanesa asintió con una gracia natural, repartiendo saludos a diestra y siniestra. Parecía que íbamos caminando con la dueña del edificio. El recepcionista, el del café, hasta el que sella las licencias; todos la conocían y todos tenían un recado para su madre.
Me quedé ahí parado, con la boca media abierta, sintiéndome como el guardaespaldas contratado de una princesa de Disney. La curiosidad me ganó y, mientras esperábamos a que nos trajeran los expedientes (que milagrosamente aparecieron en segundos), me incliné hacia ella.
—Oye, "Niña Vanesa" —susurré, tratando de no sonar demasiado impresionado—. ¿Qué onda con esto? ¿Tu mamá es la dueña de la ciudad o qué? ¿Por qué hasta el gato de la entrada le manda saludos?
Vanesa ni siquiera me miró. Sacó su celular, revisó sus notificaciones con una calma exasperante y luego me lanzó una mirada gélida, devolviéndome exactamente el mismo tono que yo había usado en el auto.
—Arqui, con todo respeto —dijo ella, alzando una ceja perfectamente depilada—, creo que ese tema no tiene absolutamente nada que ver con el trabajo técnico que venimos a hacer.
Me quedé mudo. Touché. La mocosa me la había devuelto completita.
—Usted me dijo que el "hielo se rompe hablando de las cosas que realmente importan"—continuó ella, con una sonrisita de suficiencia mientras recibía los documentos sellados de manos de la funcionaria que casi le hace una venia—. Así que, si no le molesta, aquí están los permisos. Todo en orden, como verá. ¿Podemos irnos ya al parque o prefiere quedarse a preguntar por mi árbol genealógico?
Me arrebató la carpeta de las manos con una elegancia que me dolió y empezó a caminar hacia la salida, dejando una estela de perfume de diseñador y funcionarios suspirando a su paso.
—Bueno —murmuré para mí mismo, siguiendo sus pasos mientras trataba de recuperar mi dignidad de mentor—, parece que la "diva" va a ser un grano en el trasero.
Gabriel me iba a escuchar cuando volviéramos. Me había mandado a la guerra con una pasante que tenía más influencias que un senador y el ego más afilado que mis propios estilógrafos.