Emanuel lo tiene todo… menos la libertad de ser quien realmente es.
El mejor alumno de la universidad, el hijo perfecto, un secreto que pesa demasiado.
Una cita equivocada lo lleva a conocer a Sasha y a su hermano Héctor, alguien que vive sin esconderse y despierta en él lo que siempre negó.
Entre miradas prohibidas, decisiones difíciles y una verdad que amenaza con salir a la luz, Emanuel deberá elegir entre seguir fingiendo o amar sin miedo.
Porque hay silencios que duelen más que cualquier verdad.
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Capítulo XVI Miedos que se dicen en voz baja
La noche había caído por completo sobre el campus. El murmullo lejano de algunos estudiantes y el canto suave de los grillos acompañaban el camino de Emanuel y Santiago hasta la recámara. Ambos estaban cansados, no solo por el día largo, sino por todo lo que se había removido por dentro.
Emanuel se dejó caer sobre la cama primero, mirando el techo, respirando hondo. Santiago dejó su mochila a un costado, se sentó a su lado y lo miró de reojo. Lo conocía demasiado bien como para no notar que algo le daba vueltas en la cabeza.
—Te quedaste raro desde que Héctor te habló —dice Santiago, rompiendo el silencio—. ¿Querés contarme?
Emanuel tarda unos segundos. Se pasa una mano por el cabello, nervioso, y finalmente asiente.
—Héctor… encontró a mi papá.
Santiago se gira de golpe hacia él, con una sonrisa genuina.
—¿En serio? ¡Eso es buenísimo, Manu!
—Está viviendo en un pueblo chico —continúa Emanuel—. Está bien… es doctor. Tiene su vida hecha.
Santiago apoya el codo en la cama, escuchándolo con atención.
—Entonces… ¿vas a ir a verlo?
Emanuel baja la mirada. Sus dedos juegan con la manga de su buzo.
—No lo sé… me da miedo.
Santiago frunce un poco el ceño.
—¿Miedo de qué?
Emanuel suspira, como si soltara algo que pesaba hace años.
—De que se sienta mal conmigo… de que piense que falló. Soy gay, Santi… y él también lo era. Tengo miedo de que al verme sienta que me condenó a pasar por lo mismo que él pasó.
Santiago se queda en silencio unos segundos. Luego se acerca un poco más y le habla con una voz suave, segura.
—Escuchame… tu papá no va a sentirse mal. Al contrario.
Emanuel lo mira, con los ojos brillosos.
—¿Y si sí? ¿Y si piensa que por su culpa yo voy a sufrir?
Santiago sonríe con ternura.
—Entonces va a querer protegerte el doble. Porque él ya sabe lo que es crecer sin apoyo. Y justamente por eso, Manu… él va a hacer todo distinto con vos.
Emanuel traga saliva.
—A veces pienso que debe estar esperando… esperando que aparezca su hijo. Esperando saber que estoy bien. Que soy feliz.
—Exacto —dice Santiago—. Y cuando te vea, no va a ver “errores”. Va a verte a vos. A su hijo. Vivo, fuerte, queriendo, amando.
Emanuel se frota los ojos, riéndose un poco para disimular la emoción.
—Siempre sabés qué decir…
—No —responde Santiago, apoyando su hombro contra el de él—. Solo digo la verdad.
Emanuel se queda callado un momento, apoyando la cabeza en el hombro de su amigo.
—Tal vez… algún día me anime.
—No hay apuro —dice Santiago—. Pero cuando lo hagas, no vas a ir solo.
Emanuel sonríe, esta vez con calma.
—Gracias, Santi. En serio.
—Para eso estamos —responde él, dándole un golpecito suave—. Ahora descansá. Mañana seguimos conquistando el mundo.
Ambos se recuestan, la habitación queda en silencio. Pero ya no es un silencio pesado: es uno lleno de esperanza, de cosas que tal vez duelen… pero que también prometen sanar.
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Emanuel no durmió casi nada esa noche.
Las palabras de Santiago le daban vueltas en la cabeza una y otra vez. “Tu papá debe estar esperando”. Cada vez que cerraba los ojos, se imaginaba un rostro que no recordaba del todo, una voz que no sabía si reconocería… y un abrazo que nunca tuvo.
A la mañana siguiente entraron a clases como cualquier otro día, pero Emanuel no estaba ahí del todo. Miraba el pizarrón sin ver, copiaba palabras que no entendía, y cada tanto se perdía mirando por la ventana. Santiago lo notó enseguida, pero no dijo nada. Sabía que había silencios que necesitaban espacio.
Héctor, en cambio, no dejaba de mirarlo desde el fondo del aula. Emanuel evitaba cruzar miradas, no por enojo… sino porque no sabía qué decir todavía.
Cuando sonó el timbre de salida, Emanuel guardó sus cosas con lentitud. El pasillo se fue llenando de risas, mochilas, pasos apurados. Héctor caminó hacia él con cuidado, como si temiera romper algo frágil.
—Emanuel… —dice al fin—. ¿Estás enojado conmigo?
Emanuel se detiene. Levanta la vista sorprendido.
—¿Enojado? No… ¿por qué?
—Porque estás distinto —responde Héctor, sincero—. Y pensé que tal vez te apuré… con lo de tu papá.
Emanuel baja la mirada unos segundos. Respira hondo. Todo el día había tenido un nudo en el pecho y, de pronto, entendió por qué: no era miedo… era decisión.
Levanta la cabeza otra vez y lo mira directo a los ojos.
—No estoy enojado —dice despacio—. Estaba pensando.
Héctor asiente, esperando.
Emanuel traga saliva, el corazón le late fuerte. Entonces, sin rodeos, sin dar marcha atrás, suelta:
—¿Querés ir conmigo… a conocer a mi padre?
Héctor se queda en silencio. Sus ojos se agrandan apenas, como si no estuviera seguro de haber escuchado bien.
—¿De verdad?
Emanuel asiente. Hay nervios en su sonrisa, pero también valentía.
—Sí. Tengo miedo… pero no quiero hacerlo solo.
Héctor no lo piensa más. Da un paso adelante y lo abraza, fuerte pero con cuidado.
—Gracias por confiar en mí —dice en voz baja—. Voy a ir con vos. A donde sea.
Emanuel cierra los ojos un segundo, apoyando la frente en su hombro. Por primera vez, el miedo no le gana. Porque ahora no está solo. Porque el pasado empieza a abrir una puerta… y él ya se animó a tocar.

Emanuel y Héctor seguían abrazados en medio del campus, tan metidos en su momento que no se daban cuenta de nada más. Demasiado tarde.
Desde unos metros más atrás, Sasha y Santiago se habían quedado clavados, mirando la escena con cara de “¿y nosotros qué?” 👀
Santiago se cruza de brazos, frunce el ceño y suelta: —Cheeee… ¿pueden despegarse un poco? Me están dando envidia 😒
Héctor recién ahí se da cuenta y se separa apenas, medio incómodo. Emanuel se sonroja.
Sasha no se queda atrás y agrega, dramática: —Es verdad… comen delante de los pobres. Un poquito de respeto, ¿no? 😩
Emanuel se ríe: —Perdón, perdón… no fue nuestra intención.
Santiago lo mira de arriba abajo y dice con picardía: —No, si se nota… abrazo largo, miradita intensa… faltaba la música romántica nomás 🎶
Héctor levanta una ceja: —¿Estás celoso, Santi?
—¡Obvio! —responde sin vergüenza—. Mirá lo que abrazás y yo acá solo con mis traumas.
Sasha se ríe fuerte y, señalando a Santiago, tira sin piedad: —Igual, disculpame Santi… el tuyo tiene novia 😏
Santiago se lleva la mano al pecho: —¡Eso duele!
Pero Sasha no termina ahí: —Peeero… —dice alargando la palabra— me busca a mí 💅
Silencio total.
Héctor abre la boca: —¿Cómo que te busca a vos?
Emanuel mira a Santiago: —Explícate.
Santiago levanta las manos rápido: —¡Ey, ey! Pará, pará. Yo no tengo la culpa de ser irresistible.
Sasha se ríe a carcajadas: —Tranquilos, exagero… un poquito. Pero sonríe raro cuando me ve 😌
Héctor niega con la cabeza: —Este grupo está loco.
Emanuel se ríe, relajado por primera vez en el día: —Sí… pero es nuestro caos.
Los cuatro terminan riéndose juntos en medio del campus, entre celos falsos, chistes sin filtro y abrazos que ya no se esconden.
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Luna Aoul 🌸