En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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capítulo 8: Advertencia
Leonardo se dirigió con paso firme al salón de juntas.El aire en el salón era denso, cargado de la solemnidad y el incienso de las decisiones de poder. "Dejaremos pasar las tropas y sacaremos grandes beneficios", afirmaba una voz autoritaria. "Estamos de acuerdo", secundó otra. Leonardo escuchaba en silencio las discusiones sobre las tropas que provenían de otro territorio, su mente ya varios pasos por delante.
"Usted, ¿qué piensa, eminencia?", preguntó un miembro de la junta, dirigiéndose a él.
Leonardo, con una serenidad inquebrantable y su voz suave como una pluma, respondió: "Es la peor idea que he escuchado, eminencia".
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. "¿Cómo dice, joven Trastámara?", inquirió el comandante, su voz teñida de una seriedad que helaba la sangre.
"Digo que no hay garantía de que se vayan en paz una vez que ingresen las tropas", replicó Leonardo, la calma en su voz solo acentuando la audacia de sus palabras.
Toda la sala estalló en susurros y una risa condescendiente y segura de sí misma. "Confiamos en nuestras estrategias y en la sabiduría del rey, joven", sentenció el comandante, desestimando su advertencia.
"Entonces no tengo nada más que hacer aquí", dijo Leonardo, levantándose de su asiento y saludando cortésmente, una reverencia impecable que ocultaba su desdén. Al dirigirse a la puerta, un leve suspiro casi inaudible escapó de sus labios. La palabra, un susurro sombrío, se perdió en el aire, imperceptible para todos menos para él: "caerán"
El silencio en la sala de juntas de la corte fue apenas un respiro antes de que las risas condescendientes ahogaran la voz de la razón. La advertencia de Leonardo, tan clara y concisa como una espada desenvainada, fue desestimada con la ligereza de quien se cree invulnerable. Los altos dignatarios, engolosinados con la promesa de "grandes beneficios", sellaron el destino de su reino con una decisión fatal, permitir la entrada de las tropas de Napoleón al territorio.
"Confiamos en nuestras estrategias, joven", había sido la sentencia del comandante, un eco de ceguera política que aún resonaba en los oídos de Leonardo mientras se alejaba. Para él, aquello no era estrategia, era una invitación abierta a la perdición.
En la hacienda Trastámara, el sol se ponía sobre los campos de cultivo, bañando la tierra con un resplandor dorado que parecía acariciar la piel de Esperanza. A medida que crecía, su belleza se hacía cada vez más evidente.Su cabello largo y oscuro caía como una cascada hasta su cintura, enmarcando un rostro que parecía esculpido por la mano de un artista. Su cuerpo era delgado, pero el trabajo forzado en los campos le había moldeado unas curvas espectaculares que destacaban su feminidad.La piel morena de Esperanza brillaba cálidamente bajo la luz del sol, como el ébano pulido y sus ojos verdes cada vez más definidos. Era como una hermosa una flor de loto que crecía en las aguas más oscuras de la esclavitud.
A pesar de su deplorable realidad, Esperanza se había vuelto excelente en la cosecha y en la cura de heridas. Su bondad y su sobresaliente carácter la habían convertido en una persona muy querida por los más grandes, y deseada por los jóvenes esclavos que la rodeaban. Pero Águeda, la mujer que la había criado, no estaba muy tranquila con la figura de Esperanza.
Águeda sabía que la belleza y la bondad de Esperanza podrían volverse en su contra tarde o temprano y más en un mundo donde la esclavitud era una realidad cruel y despiadada.