A sus 36 años, Alessandro De Luca es el heredero del imperio de moda más importante de Italia. Dueño de una prestigiosa agencia de modelos con sedes en Milán y Colombia, vive rodeado de lujo, poder y mujeres. Es un hombre frío, arrogante y mujeriego. Ninguna mujer ha logrado conquistar su corazón.
Desde niño, su padre decidió su futuro. Lo comprometió con Bianca Conti, una reconocida modelo italiana e hija de su mejor amigo y socio de la empresa. Para Alessandro, Bianca nunca ha sido el amor de su vida, solo la mujer perfecta para mantener la imagen de la familia ante la alta sociedad.
Antes de entregarle el control absoluto del imperio familiar, su padre le impone una última condición:
—Si quieres convertirte en el único dueño del Grupo De Luca, tendrás que casarte con Bianca. De lo contrario, jamás recibirás la presidencia ni la totalidad de la herencia.
Lo que Alessandro desconoce es que Bianca nunca ha permanecido a su lado por amor. La fortuna de su familia ha desaparecido y están
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Capítulo 7: Un orgullo contra otro
La mañana transcurrió con rapidez. A las diez en punto, Valentina ya se encontraba en el estudio principal de la agencia. El lugar era enorme: paredes blancas, enormes ventanales que dejaban entrar la luz natural, focos profesionales, cámaras de última generación y un equipo de maquillaje que trabajaba sin descanso.
Mientras una maquilladora retocaba su rostro con delicadeza, Valentina respiraba profundo para controlar los nervios.
Era su primera sesión de fotos profesional.
Sabía que de ese trabajo dependía gran parte de su futuro.
—Relájate, tienes una piel hermosa. Solo necesitamos resaltar tus facciones —comentó la maquilladora con una sonrisa.
—Gracias... la verdad estoy un poquito nerviosa.
—Es normal. Todas llegan así el primer día.
La mujer continuó maquillándola hasta que, de repente, miró hacia la puerta.
—El jefe ya llegó.
Valentina abrió los ojos.
—¿El jefe? ¿Cuál de todos?
—El dueño... bueno, en realidad el hijo del dueño. Seguramente vendrá a ver tu sesión de fotos.
Un pequeño escalofrío recorrió el cuerpo de Valentina.
—Dios mío... ojalá le guste mi trabajo y decida dejarme en la agencia.
—No te preocupes. Solo disfruta la sesión.
Terminó el maquillaje y una asistente le entregó el primer vestuario.
Minutos después, Valentina salió al escenario principal.
El fotógrafo levantó la cámara.
—Muy bien, Valentina. Olvídate de nosotros. Imagina que este estudio es solo para ti.
Ella respiró profundamente.
En cuanto escuchó el primer disparo de la cámara, todos sus nervios desaparecieron.
Su expresión cambió por completo.
Sonrió con naturalidad.
Giró lentamente.
Jugó con su cabello.
Caminó con seguridad.
Cada pose parecía salir de forma instintiva.
Era como si hubiera nacido para estar frente a una cámara.
Mientras tanto, Alessandro se encontraba en la oficina de Marco revisando algunos documentos.
Uno de los asistentes tocó la puerta.
—Señor Bellini, la nueva modelo ya comenzó su sesión de prueba.
Marco sonrió.
—Perfecto.
Miró a Alessandro.
—¿Vienes?
Él se levantó con aparente indiferencia.
—Vamos.
Ambos caminaron hasta el estudio.
Cuando llegaron, Alessandro observó a la modelo que posaba frente a las cámaras.
Su expresión cambió de inmediato.
—No puede ser...
Marco lo miró confundido.
—¿Qué sucede?
Alessandro señaló discretamente hacia el escenario.
—¿Esa es la nueva modelo?
Marco sonrió orgulloso.
—Sí. Se llama Valentina Benítez.
Alessandro soltó una risa incrédula.
—¿Hablas en serio?
—¿La conoces?
—Claro que la conozco. Es la chica grosera con la que tuve el inconveniente esta mañana.
Marco soltó una carcajada.
—¿En serio?
—No le veo la gracia.
—Pues yo sí.
Alessandro cruzó los brazos.
—No la quiero trabajando aquí.
Marco lo observó con incredulidad.
—¿Cómo dices?
—Quiero que canceles su contrato.
Marco negó lentamente con la cabeza.
—Alessandro... deja el orgullo.
—No es orgullo.
—Sí lo es.
Los dos volvieron la vista hacia el estudio.
Valentina seguía posando sin darse cuenta de que ambos la observaban.
El fotógrafo apenas necesitaba darle indicaciones.
Ella entendía cada movimiento.
Cada expresión.
Cada giro.
Se desenvolvía con una naturalidad impresionante.
—Mírala bien —dijo Marco.
—Ya la estoy viendo.
—Tiene presencia.
Tiene actitud.
No le teme a la cámara.
Eso no se aprende tan fácilmente.
Alessandro permaneció en silencio.
Aunque le molestara admitirlo...
Marco tenía razón.
La chica era muy buena.


El fotógrafo pidió un cambio de vestuario.
Valentina desapareció unos minutos detrás del camerino.
Marco aprovechó para volver a insistir.
—No podemos dejar ir a una modelo así por una discusión de cinco minutos.
—Hay muchas mejores.
—No.
Como ella, pocas.
Además...
ya firmó contrato.
Si la despedimos sin justificación puede demandar a la empresa.
Y la indemnización sería bastante alta.
Alessandro suspiró con fastidio.
—Entonces cualquiera puede venir a faltarme al respeto en mi empresa.
—El problema es que ella ni siquiera sabía quién eras.
Alessandro no respondió.
Marco sonrió.
—Acepta la verdad.
Lo que realmente te molestó fue que no reaccionó como las demás mujeres.
Él lo miró serio.
—¿Qué quieres decir?
—Todas intentan impresionarte.
Se disculpan aunque no tengan la culpa.
Buscan llamar tu atención.
Ella hizo exactamente lo contrario.
Te enfrentó.
Y eso hirió tu orgullo.
Alessandro desvió la mirada.
Le fastidiaba reconocer que, en el fondo, Marco tenía razón.
En ese momento Valentina regresó con un segundo cambio de ropa.
Vestía un elegante conjunto blanco que resaltaba perfectamente su figura.
Su cabello caía en suaves ondas sobre los hombros.
El fotógrafo volvió a disparar la cámara.
Alessandro no pudo evitar observarla detenidamente.
Era bajita.
Sí.
Pero tenía una figura armoniosa.
Un rostro delicado.
Y una seguridad poco común.
Cada fotografía transmitía personalidad.
Sin darse cuenta, comenzó a seguir cada uno de sus movimientos.
Marco sonrió de lado.
—¿Y ahora qué opinas?
Alessandro tardó unos segundos en responder.
—Todavía no me convence.
Marco soltó una pequeña risa.
—Claro...
Lo que no te convence es tu orgullo.
Alessandro no respondió.
Continuó observando la sesión.
Aunque intentaba convencerse de que podía encontrar otra modelo igual de buena...
Cada minuto que pasaba era más evidente que Valentina tenía algo especial.
Después de casi dos horas de trabajo, el fotógrafo bajó la cámara.
—Excelente trabajo, Valentina.
La joven sonrió.
—¿Ya terminamos?
—Por hoy sí. Mañana continuaremos desde temprano.
—Muchas gracias.
Todo el equipo comenzó a felicitarla.
Ella agradeció una por una las palabras de apoyo.
Sin darse cuenta, Alessandro seguía observándola desde el otro extremo del estudio.
Ella nunca levantó la mirada hacia él.
Simplemente tomó su bolso y caminó hacia el área de vestuario.
Dentro del camerino, Rosita, la encargada del vestuario, la esperaba con una sonrisa.
—Listo, mi niña. Terminaste por hoy.
—Sí, Rosita. Aunque en la tarde debo regresar para unas capacitaciones.
—Así es. Vas muy bien.
—Gracias.
Valentina comenzó a quitarse la ropa del estudio para ponerse nuevamente su ropa de calle.
Después pasó al área de maquillaje para desmaquillarse.
Mientras lo hacía, alguien golpeó suavemente la puerta.
Era Marco.
—¿Puedo pasar?
—Claro, señor Marco.
Él sonrió.
—Primero quiero felicitarte.
Estuviste excelente.
De verdad me encantó tu trabajo.
Valentina sonrió con timidez.
—Muchas gracias.
Marco respiró profundamente.
Ahora venía la parte difícil.
—Valentina...
Necesito hablar contigo de un asunto.
Ella levantó la mirada.
—¿Pasó algo?
—Sí...
Resulta que el hijo del dueño está aquí.
—¿Y?
—Está un poco molesto contigo.
Valentina frunció el ceño.
—¿Conmigo? ¿Por qué?
Marco respiró hondo.
—Porque dice que esta mañana lo trataste mal.
Ella abrió los ojos.
—No entiendo...
Yo ni siquiera conozco al hijo del dueño.
Marco sonrió con paciencia.
—Esta mañana, cuando llegabas...
¿Chocaste con un hombre saliendo del ascensor?
Valentina recordó inmediatamente el incidente.
—Claro que sí.
Con un tipo poco caballeroso que iba corriendo, me hizo caer y ni siquiera fue capaz de ayudarme a levantarme.
Marco sonrió con resignación.
—Ese hombre era Alessandro De Luca.
Valentina quedó completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Sí...
Es el hijo del dueño.
Ella soltó una risa incrédula.
—No puede ser.
—Y quedó bastante ofendido por lo que le dijiste.
Valentina negó con la cabeza.
—Marco, con todo respeto...
Ese hombre fue quien me hizo caer.
Ni siquiera se disculpó.
Encima me echó la culpa.
¿Y ahora resulta que la que debe disculparse soy yo?
Marco conocía perfectamente a Alessandro.
Sabía lo orgulloso que era.
—Créeme...
Lo conozco desde hace muchos años.
Tiene un carácter complicado.
Pero no es mala persona.
Solo es demasiado orgulloso.
—Pues yo también tengo orgullo.
—Lo sé.
Pero necesito que me ayudes.
Si Alessandro insiste en despedirte...
yo no podré hacer mucho.
Valentina bajó la mirada.
Necesitaba ese trabajo.
Había luchado demasiado para conseguir aquella oportunidad.
No podía perderla el primer día.
—¿Entonces qué hago?
—Ve a su oficina.
Discúlpate.
Solo eso.
Después yo hablaré con él.
Valentina suspiró con resignación.
—Me siento humillada...
Todo porque es un hombre rico que cree que el mundo gira a su alrededor.
Marco sonrió con pena.
—Solo piensa que lo haces por tu futuro.
Ella cerró los ojos unos segundos.
Finalmente asintió.
—Está bien.
Iré.
Minutos después terminó de desmaquillarse.
Tomó su bolso.
Respiró profundamente varias veces.
Y caminó hacia la oficina principal.
La secretaria levantó la vista al verla.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
¿El señor De Luca está disponible?
—Sí.
¿Tiene cita?
—No...
Él necesita hablar conmigo.
La secretaria llamó por teléfono.
—Señor De Luca, la modelo Valentina Benítez desea hablar con usted.
Hubo unos segundos de silencio.
—Puede pasar.
La secretaria sonrió.
—Adelante.
Valentina volvió a respirar profundamente.
Tocó la puerta.
—Siga.
Entró lentamente y cerró la puerta detrás de ella.
Alessandro permanecía sentado detrás de su enorme escritorio revisando unos documentos.
Levantó la vista.
La recorrió de pies a cabeza con absoluta calma.
—¿En qué puedo ayudarte?
Valentina mantuvo la compostura.
—Buenos días, señor De Luca.
Mi nombre es Valentina Benítez.
Soy la nueva modelo de la agencia.
Él dejó los papeles sobre el escritorio.
—Sí.
Ya te había visto.
Ella tragó saliva.
—Vengo a disculparme por lo que ocurrió esta mañana.
No sabía que usted era el hijo del dueño de la empresa.
Alessandro arqueó una ceja.
Se levantó lentamente de la silla.
Caminó hasta quedar frente a ella.
—¿Entonces solo te disculpas porque descubriste quién soy?
Valentina sostuvo su mirada sin bajar los ojos.
—Voy a ser muy sincera.
Con todo el respeto que usted merece...
si analizamos lo que realmente ocurrió...
la persona que debería disculparse no soy yo.
Pero no quiero problemas.
Por eso estoy aquí.
Alessandro sonrió apenas.
Había esperado verla intimidada.
Nerviosa.
Incluso asustada.
Pero la joven seguía firme.
Sin retroceder un solo paso.
Se acercó un poco más.
Quería comprobar si al menos la ponía nerviosa.
—¿Estás insinuando que yo soy quien debería pedirte disculpas?
Valentina levantó ligeramente el rostro para mirarlo directamente a los ojos.
—No lo estoy insinuando.
Lo estoy diciendo.
Usted iba corriendo.
Yo fui quien terminó en el suelo.
Y ni siquiera intentó ayudarme a levantarme.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
El silencio llenó toda la oficina.
Alessandro soltó una pequeña risa.
Aquella chica realmente era diferente.
No intentaba conquistarlo.
No buscaba impresionarlo.
Simplemente decía lo que pensaba.
—Está bien.
Acepto tus disculpas.
Pero procura que no vuelva a repetirse.
Valentina sonrió con educación, aunque por dentro seguía pensando exactamente lo mismo.
"Aunque sea el dueño...
sigue siendo el hombre más arrogante y prepotente que he conocido."
Y Alessandro, mientras la veía salir de la oficina, no pudo evitar admitir algo que jamás habría confesado en voz alta.
Aquella pequeña modelo acababa de convertirse en la primera mujer que no parecía impresionada por él.