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"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Brujas / Maldición / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Claudette

En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.

Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.

Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.

Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.

NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7: LAS GRIETAS EN EL HIELO

La mañana siguiente amaneció con un sol que no lograba calentar del todo. Alessandra lo sintió antes de abrir los ojos: la luz filtrándose por las cortinas, el canto de los pájaros en los árboles, el aroma a tierra mojada que entraba por la ventana entreabierta.

Y algo más.

Las sombras.

Pero ya no estaban en los bordes de su visión. Estaban a su alrededor, quietas, esperando. Como si supieran que hoy era un nuevo día. Como si supieran que ella estaba lista para enfrentarlas.

Se levantó con un gesto que ya no era automático. Se vistió con menos prisa, eligió un suéter suave en lugar del traje impecable que siempre usaba. Sus manos temblaron apenas cuando se cepilló el cabello, pero no era miedo. Era anticipación.

Bajó las escaleras con pasos lentos, sintiendo la madera crujir bajo sus pies. La casa estaba despierta. Desde la cocina llegaban voces: Clarissa riendo, Fiorella discutiendo por algo, Sebastián respondiendo con paciencia infinita.

Aeron no estaba.

Alessandra lo supo antes de entrar a la cocina, antes de verlo con sus propios ojos. Lo supo por la ausencia de ese peso en el aire, por la forma en que las sombras no se agitaban, por la calma que no era su calma.

—Buenos días —dijo Clarissa cuando la vio, con una sonrisa que intentaba ser normal pero no lo era—. ¿Dormiste bien?

—Sí. —Mentira. Había pasado la noche en vela, mirando el techo, sintiendo las sombras moverse a su alrededor, preguntándose qué iba a hacer con todo lo que había descubierto—. ¿Dónde está Aeron?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Fiorella levantó una ceja. Clarissa sonrió de esa manera que tenía cuando sabía algo que las demás no.

—Salió temprano. Dijo que tenía que revisar algo en el bosque. Pero creo que volverá pronto.

Alessandra asintió y se sirvió una taza de café. No preguntó más. No quería que notaran que lo estaba buscando.

Pero lo estaban buscando.

Después del desayuno, Clarissa la llevó a una habitación que no había visto antes. Estaba en el ala este de la casa, al final de un pasillo que olía a madera vieja y a incienso. La puerta era de roble macizo, con un picaporte de bronce que brillaba como si lo hubieran pulido recientemente.

—Esto era de nuestra abuela —dijo Clarissa, abriendo la puerta—. Cuando vivía aquí.

—¿Nuestra abuela vivió aquí?

—Hace mucho tiempo. Antes de que se fuera. Antes de que mamá decidiera que no quería saber nada de ella.

La habitación era pequeña, apenas un cuarto. Pero cada centímetro estaba lleno. Estantes con libros viejos, cajas de madera con símbolos grabados, frascos de vidrio que contenían hierbas secas y piedras de colores. En el centro, una mesa cubierta con un mantel oscuro, y sobre ella, un libro abierto.

Alessandra se acercó. Las páginas eran amarillas, con bordes desgastados, y la letra era pequeña, apretada, de alguien que había escrito mucho y con prisa.

—¿Qué es esto? —preguntó, pasando los dedos por el papel sin atreverse a tocarlo del todo.

—El diario de nuestra abuela. Su historia. La historia de nuestra familia. Lo que nos pasó. Por qué nos sellaron.

Clarissa se sentó en una silla junto a la ventana, con las manos en el regazo y la mirada fija en su hermana.

—Nuestra abuela no fue mala, Al. Tuvo miedo. Toda su vida tuvo miedo. Del aquelarre que quería matarnos. De la profecía. De lo que podrías llegar a ser. Por eso puso el sello. Porque creyó que era la única forma de protegerte.

—¿Protegerme de qué?

—De ellos. Del aquelarre que lleva siglos esperando que nazca la primogénita de nuestra línea. Porque según la profecía, ella romperá la maldición que separó a los lobos de las brujas. Y hay quienes no quieren que eso pase.

Alessandra cerró el libro. No podía leerlo ahora. No podía cargar con más palabras, más secretos, más verdad.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, y su voz sonó más cansada que enojada.

—Porque no ibas a creerlo. Porque ibas a analizarlo, a buscar explicaciones lógicas, a archivarlo en esa parte de tu mente donde guardas todo lo que no quieres enfrentar. Necesitabas verlo. Necesitabas sentirlo. Por eso te trajimos aquí.

—¿Y ahora qué? ¿Ahora qué se supone que haga?

Clarissa se levantó y se acercó a ella. En sus ojos avellana había una ternura que Alessandra no sabía cómo recibir.

—Ahora lees. Ahora aprendes. Ahora permites que tu magia despierte. Porque no puedes seguir así, Al. No puedes seguir vacía. No cuando tienes tanto dentro de ti esperando salir.

Alessandra tomó el libro entre sus manos. Las páginas crujieron bajo sus dedos, y las sombras a su alrededor se agitaron, como si reconocieran algo en esas palabras escritas hace décadas.

—¿Y si no quiero? —preguntó, aunque sabía que era mentira—. ¿Y si prefiero seguir como estoy?

—No puedes. —La voz de Clarissa fue firme, pero no cruel—. El sello no va a durar para siempre. Y si no lo rompes tú, alguien lo hará por ti. Y no te va a gustar cómo.

Alessandra pasó la mañana en la habitación de su abuela. Leyó páginas sueltas, saltando de un año a otro, buscando respuestas que no sabía cómo formular.

La abuela Elena había sido joven una vez. Había sido hermosa, según las palabras de quienes la conocían. Había sido poderosa, según las historias que contaban los libros. Había tenido miedo. Eso decían todas las páginas: miedo al aquelarre, miedo a la profecía, miedo a lo que le harían a su hija, a sus nietas.

“La primogénita nacerá con un poder que no hemos visto en siglos”, escribió en una página, con la letra temblorosa. “Y ese poder será su condena si no aprendemos a protegerla.”

“He decidido sellarlo. Prefiero que viva vacía a que la maten antes de nacer.”

“No sé si alguna vez me perdonará. Pero al menos vivirá.”

Alessandra cerró el libro. Las sombras se arremolinaban a su alrededor, inquietas, como si sintieran su confusión.

—¿Me sellaste para protegerme? —susurró al vacío—. ¿Me condenaste a no sentir para que no me mataran?

Nadie respondió. La habitación estaba en silencio, y las sombras no tenían voz.

Salió al jardín cuando el sol estaba en lo más alto. El roble junto al lago se veía distinto bajo la luz del mediodía: sus ramas se extendían como brazos, y en la base del tronco, las raíces formaban un círculo casi perfecto. Como un altar. Como un lugar de encuentro.

Aeron estaba ahí.

Lo vio desde lejos, de pie junto al árbol, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el agua. Su cabello brillaba bajo el sol, y por un momento, Alessandra se quedó quieta, observándolo.

No era la primera vez que lo miraba. Pero era la primera vez que se permitía hacerlo sin apartar los ojos.

Se acercó despacio. Las sombras la seguían, danzando a sus pies como niños traviesos. Aeron no se giró hasta que ella estuvo a su lado.

—Leíste el diario —dijo. No era una pregunta.

—Parte de él.

—¿Y?

Alessandra miró el lago. El agua estaba quieta, reflejando el cielo con una perfección que dolía.

—Mi abuela me selló para protegerme. Me condenó a no sentir para que no me mataran.

—Eso creyó.

—¿Tú crees que fue un error?

Aeron tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era suave, como si cada palabra pesara.

—Creo que tuvo miedo. Y que el miedo la llevó a tomar una decisión que no era la única. Pero también creo que lo hizo por amor. Aunque el amor a veces duela. Aunque el amor a veces lastime.

Alessandra sintió algo en el pecho. Ese eco otra vez, esa vibración lejana. Pero esta vez no se apartó. Dejó que estuviera.

—No sé si voy a poder perdonarla —dijo—. No sé si voy a poder perdonar a nadie.

—No tienes que hacerlo ahora. Solo tienes que dejar de huir.

—¿De qué?

—De ti misma.

El sol se movió detrás de una nube, y por un momento, la luz se volvió gris. Las sombras de Alessandra crecieron, alargándose hacia el lago como si quisieran tocarlo.

—Ayer me dijiste que te quedara —dijo, sin mirarlo—. Que te dejara enseñarme. ¿Qué tienes que enseñarme?

Aeron se giró hacia ella. En sus ojos dorados había algo que Alessandra no había visto antes. No era paciencia. No era deseo. Era algo más antiguo. Algo que había estado esperando doscientos años para decir.

—A conocerte. A aceptar lo que eres. A dejar de tener miedo de lo que sientes.

—No siento nada.

—Mientes.

Alessandra apretó los puños. Las sombras a su alrededor se agitaron, creciendo, oscureciéndose.

—No miento. No siento. No sé cómo se hace.

—Ya sientes. Lo que no sabes es cómo nombrarlo. Cómo dejarlo estar sin que te consuma. Pero vas a aprender. Porque no puedes seguir así. Porque el sello no va a durar para siempre.

—¿Y si cuando se rompa no haya nada?

—Sí hay. Hay mucho. Lo sé porque te vi leer el diario de tu abuela. Porque te vi llorar esta mañana cuando pensaste que nadie te veía. Porque me buscas con la mirada cada vez que entras a una habitación.

El corazón de Alessandra dio un salto. No supo si era miedo. No supo si era rabia. No supo si era algo que no había sentido nunca.

—No te busco —dijo, y su voz sonó extraña.

—Sí. Y yo te busco a ti. Desde antes de que llegaras.

El viento sopló desde el lago, trayendo el aroma a tierra mojada y algo más. Algo que Alessandra no sabía nombrar, pero que su cuerpo reconocía.

—¿Y si no puedo? —preguntó, y esta vez su voz no fue firme—. ¿Y si llego a los veintisiete y sigo sin sentir nada?

Aeron se acercó. No tocó su rostro esta vez. Solo se paró frente a ella, tan cerca que podía ver las pequeñas vetas doradas en sus ojos.

—Entonces habré esperado doscientos años por nada. Pero al menos habré conocido lo que es esperar por algo que valía la pena.

Alessandra sintió algo en el pecho. Algo que no era el eco de siempre. Algo que no era la vibración lejana. Era más agudo. Más real. Como un cuchillo que cortaba el hielo que la había envuelto toda la vida.

—No sé cómo se hace —susurró—. No sé cómo se siente.

Aeron levantó una mano. Rozó su mejilla con los dedos, con una suavidad que dolía.

—Ya lo estás haciendo.

Y tenía razón. Porque en ese momento, con sus dedos en su mejilla y sus ojos dorados mirándola como si ella fuera la única luz en la oscuridad, Alessandra sintió algo que no había sentido en veintiséis años.

Calor.

No era el calor del sol. No era el calor del café. Era un calor que venía de adentro, que subía desde su pecho hasta su garganta, que la hacía temblar sin frío.

—¿Qué es esto? —preguntó, y su voz tembló.

—Es el sello rompiéndose —dijo Aeron, y en sus ojos había algo que no era solo esperanza. Era alivio—. Es tu corazón despertando.

Las sombras a su alrededor explotaron en un remolino de oscuridad y luz. Alessandra sintió que el suelo se movía bajo sus pies, sintió que algo dentro de ella se abría, se rompía, se liberaba. Y por un momento, solo un momento, todo lo que había reprimido durante años salió a la superficie.

Miedo. Rabia. Tristeza. Soledad.

Y algo más. Algo pequeño, frágil, que apenas se atrevía a existir.

Esperanza.

Cayó de rodillas, con las manos en el suelo, respirando con dificultad. Aeron se arrodilló frente a ella, sin tocarla, solo estando ahí.

—¿Qué pasó? —preguntó ella, con la voz rota.

—El sello se debilitó. No se rompió del todo, pero se debilitó. Porque sentiste. Porque dejaste que algo entrara.

Alessandra levantó la vista. En sus ojos grises había lágrimas que no recordaba haber llorado.

—Duele —susurró—. Duele todo.

—Lo sé. Pero es el único camino.

Aeron extendió una mano. Ella la miró. Las sombras a su alrededor se calmaron, quietas, esperando su decisión.

Alessandra tomó su mano.

Era cálida. Firme. Y cuando sus dedos se entrelazaron, sintió que el mundo se detenía. No era magia. No era destino. Era algo más simple y más profundo.

Era la certeza de que, por primera vez en su vida, no estaba sola.

Esa noche, Alessandra se sentó en la terraza con sus hermanas. La luna estaba llena, redonda, brillando sobre el lago con una intensidad que dolía.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Fiorella, con una voz que intentaba ser casual pero no lo era.

—No lo sé —respondió Alessandra, y fue honesta—. Como si algo se hubiera roto. Como si algo estuviera empezando.

Clarissa sonrió. En la penumbra, sus ojos avellana brillaban con una luz que no era solo reflejo de la luna.

—Eso es sentir. Duele. Confunde. Pero también es maravilloso.

—¿Tú lo sientes? —preguntó Alessandra, mirando a Clarissa—. ¿Con Sebastián?

Clarissa sonrió de esa manera que tenía cuando hablaba de él.

—Todo el tiempo. Da miedo. Pero también es lo mejor que me ha pasado.

Fiorella soltó una risa.

—Ya, no empieces con la cursilería.

—¿Y tú? —preguntó Alessandra, mirando a su hermana del medio—. ¿Tú también sientes algo?

Fiorella se puso seria. Por un momento, Alessandra vio algo en sus ojos que no esperaba: vulnerabilidad.

—No sé. Tal vez. Pero no quiero hablar de eso ahora.

Las tres se quedaron en silencio, mirando la luna reflejada en el lago. Las sombras de Alessandra descansaban a sus pies, quietas, como si por primera vez en mucho tiempo estuvieran en paz.

—¿Creen que voy a lograrlo? —preguntó Alessandra, y su voz sonó pequeña—. ¿Creen que voy a aprender a sentir?

Clarissa tomó su mano. Fiorella hizo lo mismo.

—Ya lo estás logrando —dijo Clarissa.

—Ya lo sientes —dijo Fiorella.

Y por primera vez en veintiséis años, Alessandra Montenegro Valerius creyó que tal vez tenían razón.

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