Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.
NovelToon tiene autorización de Gabriela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El expediente.
La mañana en la ciudad comenzaba como cualquier otra. Las calles estaban llenas de autos, taxis, coches y personas caminando apresuradas hacia sus trabajos. La ciudad nunca dormía, y quienes vivían en ella aprendían rápido a seguir su ritmo.
En el piso treinta y dos de un elegante edificio de oficinas en Manhattan, Isabella Montesini continuaba revisando un expediente que estaba sobre su escritorio.
Su oficina era amplia, moderna y silenciosa. Desde la enorme ventana de cristal se podía ver gran parte de la ciudad extendiéndose hasta el horizonte. Para muchos, aquel despacho representaba éxito.
Pero para Isabella, aquel lugar era también una responsabilidad enorme.
Se recostó ligeramente en su silla mientras hojeaba aquella carpeta, que desde hace días llamó su atención.
—Otro caso … —murmuró.
Tomó un bolígrafo y firmó una hoja. Luego cerró el expediente y lo dejó a un lado.
Era joven para ser una abogada tan reconocida, pero su inteligencia y su determinación la habían convertido en una de las profesionales más prometedoras del bufete.
Sin embargo, su apellido siempre llamaba más la atención que su talento.
Montesini.
Un nombre que en New York estaba asociado a muchas cosas.
Dinero.
Poder.
Influencia.
Y también… miedo.
Isabella suspiró mientras se levantaba de su silla.
Caminó hasta la ventana y observó el tráfico abajo.
Había crecido rodeada de lujos, pero también de secretos. Desde niña había escuchado rumores sobre los negocios de su familia, aunque nadie hablaba de ellos directamente frente a ella.
Su padre siempre decía lo mismo:
—Algunas cosas es mejor no preguntarlas.
Pero Isabella nunca había sido una persona que aceptara las cosas sin cuestionarlas.
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Adelante. Dijo ella.
La puerta se abrió y apareció su asistente.
—Señorita Montesini, su padre quiere verla.
Isabella frunció ligeramente el ceño.
—¿Ahora?
—Está en la sala de reuniones. Dijo el joven.
Isabella asintió.
—Gracias.
Tomó su chaqueta del respaldo de la silla y salió de la oficina.
Mientras caminaba por el elegante pasillo del edificio, varias personas la saludaron con respeto.
Ella respondió con una leve sonrisa.
Pero su mente ya estaba en otra parte.
Su padre no solía visitarla en la oficina sin motivo.
Y eso solo podía significar una cosa.
Algo importante estaba ocurriendo.
La sala de reuniones era amplia, con una mesa larga de madera oscura en el centro.
Cuando Isabella abrió la puerta, encontró a tres hombres dentro.
Uno de ellos estaba sentado en la cabecera de la mesa.
Antonio Montesini.
Su padre.
Un hombre de más de cincuenta años, cabello oscuro con algunas canas y una mirada profunda que imponía respeto incluso en silencio.
Los otros dos hombres vestían trajes elegantes y permanecían de pie cerca de la pared.
Isabella los reconoció.
Eran hombres de confianza de su padre.
—Papá —saludó Isabella entrando en la sala.
Antonio levantó la mirada.
Su rostro serio se suavizó ligeramente al verla.
—Isabella. Dijo su padre.
La joven tomó asiento frente a él.
—¿Ocurre algo? Pregunto la joven.
Antonio entrelazó las manos sobre la mesa.
—Solo quería saber cómo va el trabajo.
Isabella levantó una ceja.
—¿Viniste hasta aquí solo para preguntarme eso?
Uno de los hombres cerca de la pared soltó una leve risa.
Antonio lo miró y el hombre volvió inmediatamente al silencio.
Luego volvió su atención hacia su hija.
—También quería hablar contigo sobre un asunto.
Isabella cruzó los brazos.
—Te escucho.
Antonio tomó un periódico que estaba sobre la mesa y lo deslizó hacia ella.
En la portada había una noticia que Isabella ya había visto días atrás.
“Hijo de empresario asesinado en un edificio abandonado”.
Debajo del titular había una fotografía.
El rostro de Valentino.
Isabella frunció ligeramente el ceño.
—Sí, escuché sobre este caso —dijo en tono tranquilo.
Antonio la observó con atención.
—Quiero que te mantengas alejada de esto.
Isabella levantó la mirada.
—¿Por qué?
El silencio se instaló en la sala.
Antonio respiró profundamente.
—Porque no es asunto tuyo.
Isabella apoyó las manos sobre la mesa.
—Soy abogada, entonces si es mi asunto..
investigar casos es literalmente mi trabajo.
Antonio la miró fijamente.
—No este caso.
La tensión en la sala comenzó a crecer.
Isabella inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Ese hombre tenía algo que ver contigo?
Los hombres junto a la pared intercambiaron miradas.
Antonio permaneció en silencio unos segundos.
Luego habló con voz calmada.
—Era hijo de alguien importante.
Isabella volvió a mirar el periódico.
—Según las noticias, el culpable ya está en prisión.
—Así es.
—Entonces ¿por qué parece preocuparte tanto?
Antonio se levantó lentamente de la silla.
Caminó alrededor de la mesa.
Se detuvo junto a la ventana.
—Porque hay cosas que es mejor dejar enterradas.
Isabella lo observó.
—Eso suena muy sospechoso.
Antonio giró la cabeza para mirarla.
—Escúchame bien, Isabella.
Su tono se volvió más firme.
—Ese hombre, Valentino Rossi, ya fue juzgado.
—Tal vez injustamente. Dijo ella.
Las palabras salieron antes de que Isabella pudiera detenerlas.
El silencio volvió a llenar la sala.
Antonio la observó con detenimiento.
—¿Qué te hace pensar eso?
Isabella se encogió ligeramente de hombros.
—Leí el expediente.
Los ojos de su padre se estrecharon.
—¿Y?
—Hay inconsistencias.
Uno de los hombres en la pared cambió de posición con incomodidad.
Isabella continuó hablando.
—Las pruebas parecen demasiado… convenientes.
Antonio no respondió inmediatamente.
Finalmente suspiró.
—A veces la justicia no es perfecta.
Isabella lo miró directamente.
—Pero debería intentarlo.
Antonio caminó de regreso a su silla.
—Isabella.
—¿Sí?
—No te metas en esto.
La joven sostuvo su mirada.
—¿Por qué?
Antonio tardó unos segundos en responder.
Luego dijo algo que hizo que el ambiente se volviera más frío.
—Porque hay personas involucradas que no quieren que se investigue más.
Isabella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Personas peligrosas?
Antonio no respondió.
Pero su silencio fue suficiente.
Horas después, Isabella regresó a su oficina.
Se sentó frente a su escritorio y observó nuevamente el expediente de Valentino que había dejado a un lado.
Sus dedos tamborilearon sobre la mesa.
Las palabras de su padre seguían resonando en su mente.
“No te metas en esto.”
Eso solo lograba que quisiera hacerlo más.
Abrió el expediente.
Las fotografías estaban ahí.
El informe policial.
Las declaraciones.
Las pruebas.
Isabella comenzó a leer otra vez.
Cada página reforzaba una sensación que no podía ignorar.
Algo estaba mal.
Muy mal.
Se detuvo en una línea del informe.
El acusado fue encontrado con el arma en la mano junto al cuerpo de la víctima.
Demasiado simple.
Demasiado limpio.
Isabella tomó la fotografía de Valentino.
Observó su rostro durante unos segundos.
Los ojos de aquel hombre no parecían los de un asesino.
Parecían los de alguien atrapado.
Alguien que no entendía cómo había llegado hasta ahí.
Isabella apoyó la foto sobre el escritorio.
Luego tomó su teléfono.
Marcó un número.
—Hola, necesito programar una visita.
Hubo una breve pausa.
—Sí.
Isabella respiró profundamente.
—A la prisión de Blackstone.
Miró nuevamente la fotografía.
—Quiero hablar con el preso Valentino Rossi.
No sabía exactamente por qué lo hacía.
Tal vez intuición.
Tal vez terquedad.
O tal vez algo más.
Pero aquella decisión estaba a punto de abrir demasiadas puertas.