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Deseo Prohibido

Deseo Prohibido

Status: En proceso
Genre:Romance / Yaoi / CEO / Viaje a un juego / Romance oscuro / Completas
Popularitas:814
Nilai: 5
nombre de autor: Morgh5

Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.

NovelToon tiene autorización de Morgh5 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Ciudad de Montelumbre

Diego acababa de salir del ascensor cuando se dio cuenta de que algo no estaba bien. Era media tarde, hora en que la empresa solía funcionar en piloto automático, pero el aire parecía denso, cargado de una tensión silenciosa que se extendía por todo el piso.

Todavía se estaba acomodando el saco cuando su secretaria sale de detrás del mostrador y camina rápido/corriendo hacia él, casi tropezando con sus propios pasos. La Tablet estaba siendo prensada contra su pecho, los dedos demasiado inquietos, las uñas sufriendo visiblemente por el nerviosismo. La mirada afligida lo entregaba todo antes incluso de que ella consiguiera hablar.

—Jefe… —comenzó bajando la voz y acercándose aún más, parando milimétricamente cerca de él—. El señor Gonzalo llegó buscándolo. Está furioso. Preguntó por usted tres veces en menos de diez minutos.

Diego arqueó una ceja, más divertido que preocupado, como si aquello fuese apenas un contratiempo común de la tarde. Se desvió de ella y comenzó a caminar en dirección al pasillo que lleva hasta su sala y la sala de su padre, obligándola a acompañarlo, aún intentando organizar sus propias palabras.

—Y… —ella continuó tragando saliva— la videoconferencia comienza en pocos minutos. Casi no hay tiempo para que el señor se prepare.

Sin darse cuenta, ella llevó la mano a la boca y se royó la uña del pulgar. Diego paró de repente. Se volteó hacia ella con calma, apoyando las manos en sus hombros, la sonrisa demasiado leve para el caos que se anunciaba.

—Oye, respira —dijo, en tono leve—. Si continúas así, voy a tener que pedirle a la empresa que contrate a un terapeuta solo para ti.

Ella soltó una risa nerviosa, aún tensa.

—Jefecito, esto no tiene gracia…

—Claro que la tiene —respondió él, guiñando un ojo—. Si Gonzalo está furioso, es porque el almuerzo no hizo efecto. Ya enfrenté cosas peores antes del fin del expediente.

Diego retomó el camino hasta su sala, ahora con pasos firmes. Detrás de él, la secretaria respiró hondo, intentando recomponerse. Por algunos instantes, el nerviosismo disminuyó —poco, pero lo suficiente. Era raro, pero Diego también sabía ser leve, usando el humor como arma silenciosa para mantener el control cuando todo amenazaba con salirse del eje.

Diego volvió algunos pasos en dirección a la recepción, como si hubiese olvidado algo esencial en el camino. Paró al lado del mostrador y llamó a la secretaria con un gesto breve.

—Antes que nada —dijo, en tono calmo—, pide que lleven un café solo a mi sala. Sin azúcar.

Ella asintió rápidamente, ya anotando el pedido, aún con el trazo del nerviosismo en los dedos.

—Inmediatamente, jefe.

Él hizo un leve gesto de cabeza y siguió por el pasillo, seguro de que aquel amargor simple y directo sería suficiente para colocarlo en el eje antes de encarar a Gonzalo y la videoconferencia.

La pantalla se encendió delante de mí con un leve retraso, y luego los dos rostros surgieron en ventanas lado a lado. Alessandro Moretti, en Milán, estaba impecable como siempre —traje oscuro, postura rígida, el tipo de hombre que mide cada palabra como si fuese un número en planilla. Lorenzo Bellandi apareció en seguida, directo de Verona, con un semblante más tranquilo, aunque atento.

—Buenas tardes, señor Del Toro —dijo Alessandro, con la formalidad precisa.

—Buenas tardes, señor Del Toro —reforzó Lorenzo justo después.

—Buenas tardes, señores —respondí, apoyando los antebrazos en la mesa—. Vamos directo al punto: volumen, plazos y condiciones de la próxima remesa.

Alessandro fue el primero en avanzar, sin rodeos.

—Señor Del Toro, Milán está dispuesta a aumentar el volumen, pero no con estos plazos. Si ampliamos la compra, necesitaremos de más flexibilidad en la entrega.

Antes de que yo pudiese responder, Lorenzo entró en la conversación.

—Para Verona, el plazo es viable —dijo él, inclinándose levemente hacia la cámara—, pero las condiciones de pago continúan rígidas demás.

Mantuve la expresión calma.

—Entiendo las dos posiciones —comencé—. Pero el contrato fue estructurado exactamente para sustentar el aumento de volumen que ustedes están solicitando. Alterar plazos o condiciones ahora desequilibra todo el acuerdo.

Alessandro frunció el ceño.

—El señor sabe que el mercado de Milán suele exigir concesiones cuando el volumen crece.

—Sé —respondí, sin prisa—. Y sé también cuando esas concesiones comprometen la operación.

Lorenzo cruzó los brazos.

—Estamos hablando de una sociedad antigua, señor Del Toro. Un ajuste puntual no debería ser un problema.

Me incliné un poco más hacia la cámara.

—Justamente por ser una sociedad antigua es que ella funciona —dije—. Las cláusulas que discutimos no son nuevas. Las copias del contrato ya fueron enviadas por e-mail, y todos los términos están claros. Lo que está allí garantiza previsibilidad para ambos lados.

Hubo un breve silencio. Alessandro respiró hondo.

—Aún considero arriesgado mantener todo como está con ese volumen.

—Arriesgado es cambiar reglas que siempre funcionaron —respondí, manteniendo el tono firme—. El contrato ofrece seguridad: ustedes saben cuánto reciben, cuándo reciben y bajo qué condiciones. Es eso lo que sustenta la confianza.

Lorenzo inclinó la cabeza, pensativo.

—¿Y si hay retrasos externos? Transporte, clima…

Di una sonrisa contenida.

—En esas situaciones, siempre actué con buen sentido —dije—. Nunca usé el contrato contra ustedes cuando no fue necesario. Y acredito que eso habla por sí.

Los dos se miraron entre sí por la pantalla. Alessandro fue el primero en ceder.

—Milán puede aceptar, señor Del Toro… desde que el cronograma sea seguido con rigor.

—Como siempre fue —respondí—. Y como continuará siendo.

Lorenzo soltó un suspiro corto.

—Verona prefiere flexibilidad, pero valora estabilidad. Vamos a firmar sin alteraciones.

Asentí, manteniendo la postura serena.

—Excelente. La próxima remesa seguirá exactamente en los términos abordados: volumen ampliado, plazos mantenidos, condiciones inalteradas.

—El señor siempre sabe conducir esas negociaciones, señor Del Toro.

Me recosté en la silla, con una leve sonrisa.

—No es conducción —respondí—. Es consistencia.

La pantalla se mantuvo estable por algunos segundos antes de que yo retomase la palabra, aprovechando el clima más controlado de la conversación.

—Entonces estamos todos de acuerdo, ¿cierto, señor Moretti y señor Bellandi? —dije, mirando directamente hacia la cámara—. Para formalizar todo sin prolongaciones, propongo que la firma presencial del contrato acontezca el día 18 de mayo, en nuestra sede. Así cerramos esta etapa y ya alineamos personalmente los detalles finales de la próxima remesa.

Alessandro Moretti fue el primero en reaccionar. Ajustó el nudo de la corbata e hizo un breve gesto de cabeza.

—Milán está de acuerdo, señor Del Toro. La fecha funciona para nosotros.

Lorenzo Bellandi sonrió de forma contenida, pero confiante.

—Verona también concuerda, señor Del Toro. Estaremos ahí el día 18 de mayo.

Asentí, satisfecho, manteniendo el tono profesional.

—Perfecto. Mi equipo enviará la confirmación por e-mail aún hoy. Agradezco la disponibilidad de ambos.

Las dos ventanas comenzaron a apagarse casi al mismo tiempo. Cuando la videoconferencia fue cerrada, permanecí algunos segundos en silencio, seguro de que el contrato seguiría exactamente como había sido redactado —sin concesiones, sin alteraciones, y con todo bajo control.

Así que la videoconferencia fue definitivamente cerrada, dejé el cuerpo ceder por primera vez en aquella tarde. Aflojé el nudo de la corbata con un gesto lento, casi automático, y retiré el saco, abriendo tres casas del botón de la camisa como si necesitase de más aire para el silencio que se instalaba en la sala.

Caminé hasta la mesa lateral y tomé la taza. El café ya se había enfriado un poco, pero continuaba amargo del modo correcto. Di un sorbo largo, dejando el gusto denso asentarse. Era el tipo de amargor que organiza los pensamientos, que no pide nada a cambio.

Volví a la mesa y presioné el botón del teléfono interno.

—Puede entrar en la línea, por favor.

La voz de la secretaria surgió casi de inmediato, aún cuidadosa.

—¿Sí, jefe?

—Prepare un e-mail confirmando la presencia del señor Alessandro Moretti y del señor Lorenzo Bellandi —dije, en tono firme, pero calmo—. Firma presencial del contrato el día 18 de mayo, aquí en la sede. Incluya que la agenda será enviada hasta el fin de la semana.

—Cierto, enviaré aún hoy.

—Óptimo —respondí, cerrando la ligación.

Desligué el teléfono y me recosté en la silla, llevando la taza nuevamente a los labios. El café descendió despacio, amargo y preciso, como el fin de una negociación bien conducida. Todo estaba en movimiento ahora, exactamente del modo que yo había planeado.

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