Está historia trata de una joven hermosa y muy humilde,su principal objetivo es superarse para ayudar a su mamá.
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Cap.7
Ella se levantó, agarró una copa y vertió whisky, luego se dio un trago. Él se sorprendió. — David, si sabes lo que te convienes, me vas a dar trabajo, salud.— levantó la copa.
— Eso significa que voy a ver tu rostro a cada instante.
— Eso significa que soy tu mujer, quieras o no.
— Veré qué puedo hacer por ti.
— Pensando bien, tengo derecho a esa constructora, soy tu esposa.— ella se acercó a él y le susurró al oído. — No lo olvides.
Cayó la noche, otra vez se presentó el conflicto por la habitación, pero David tenía sueño, quería descansar y estando ahí con ella, era imposible. Anais fue muy astuta, se acomodó en el medio la cama, tal cual hizo él. Ella lucía tan radiante, está vez tenía una bata de seda negra, y una cola en el cabello.
David se reprochó al verla fingiendo dormir. ¿Cómo demonios no se acordaba de lo que pasó entre ellos? ¿Qué clase de monstruo era que abusó de una dama? Con todos esos pensamientos decidió irse a otra habitación.
David era uno de los mejores arquitectos del país, y dueño de la mejor constructora. Esa era una ventaja que Anais iba a aprovechar al máximo. Trabajando en esa constructora se nutría más de conocimientos.
Al día siguiente, despertaron relajados, sin ojeras, y fingiendo no verse el uno al otro.
David se preguntaba si de verdad a Anais no le daba vergüenza, andar casi desnuda. Estaban disfrutando de un café, ya que coincidían al mismo tiempo. — Señora de Peyles, si quieres mando a revisar la calefacción de la casa.— sugirió David, con sarcasmo.
Ella, al escucharlo decir, señora de Peyles, sintió una pulsada en el corazón. Realmente era la señora de Peyles, pero sentía que no era merecedora del mismo.
— ¿Pasa algo con la calefacción?— preguntó ella, ajena a su comentario.
— Lo digo porque tú vives constantemente acalorada.
— Si lo dices por la bata, lo siento, olvide que te provoco asco, al verme así.
— Que no vuelva a pasar. Arruina mi buen humor.
— Pensándolo bien, si no me quieres ver así, no me mires. No tengo que cambiar por ti, porque al final de cuentas, ¿quién eres tú?
Una semana después.
Una semana llena de insultos e indiferencias, y de miradas malvadas.
David estaba trabajando en unos planos, pero no lograba el resultado deseado. Tenía muchas dudas sobre lo que pasó con Anais, y necesitaba hablar con ella. En esta semana conviviendo juntos, no de buenas ganas, pero igual bajo el mismo techo. Sintió curiosidad de saber que pasó esa noche.
Todas las noches discutían por la habitación, y él le quería preguntar, pero no sé atrevía.
Anaís estaba aburrida de estar todo el día en casa. Estaba en su habitación mirando por la ventana. David llegó de la constructora, está confundido y tiene muchas dudas. Subió a la habitación en dónde se encontraba ella, y entró sin tocar.
— ¿Podemos hablar como adultos?— pidió él.
— ¿Por qué no tocas antes de entrar?
— ¿Podemos hablar?
— Es la primera vez que te veo tan calmado. ¿Qué quieres?— preguntó ella, con curiosidad, y se sentó en el sofá.
Él se sentó cerca de ella, y se acomodó reclinado hacia atrás. Exhaló y tragó saliva con pereza.
— ¿Qué pasó entre nosotros esa noche? Dime la verdad, ya estamos casados, tienes tu casa, vas a empezar a trabajar, por ley te toca de mi dinero, saliste ganando.— dijo con serenidad.
— Si no recuerdas nada ¿Para qué quieres saber?— preguntó atemorizada.
— Porque estoy a punto de perder a la mujer que amo. Por lo menos debo saber cómo sucedieron las cosas.— contestó con dudas.
— ¿Solo por eso?
— No, tengo una curiosidad… ¿Fui el primer hombre en tu vida, oh había tenido relaciones sexuales antes?
Anais pensó que le podía decir la verdad, total, ya estaban casados, y como dijo él, por ley le toca dinero. Pero no, todavía no era el momento para decirle la verdad. Además, ella, después de conocer un poco más de él, se estaba arrepintiendo de lo que hizo.
— David, me apena mucho decir esto. La verdad es que esa noche fue… Mi primera vez. Te robaste mi inocencia, fuiste tan salvaje. Nunca había estado con ningún hombre. ¿Ahora entiendes por qué tenía que casarte conmigo?
Sin más, Anais continuó con sus mentiras. No hubo violación, y mucho menos fue el primer hombre en su vida.
David bajó la cabeza con frustración, no recuerda nada, pero solo de imaginar cómo sucedieron los hechos se sentía un miserable. — Perdóname ¿No sé qué me pasó? Soy incapaz de hacerle daño a una mujer.
— Tranquilo, ya todo está resuelto.
— Para ti sí. Para mí apenas empieza. ¿Sabes? Tengo que felicitarte, lograste en unos días, lo que muchas nunca antes habían podido lograr, casarte con David Peyles.
— Casarme con el codiciado multimillonario, David Peyles, ¡vayas! Que bien suena decir eso. No quiero que pienses que quiero tu dinero.
— Todavía hay algo que no entiendo. ¿Por qué, envés de una denuncia, preferiste una boda?
— Por dignidad, por orgullo, por miedo, por venganza.
— ¿Venganza? Entiendo.
David no quería hacerle más daño a Anais. Ella no se merecía que él abruptamente. Sentía un dolor en el pecho que le oprimía el corazón. Él nunca imaginó llegar abusar de una mujer.
— Te dejo la habitación.— dijo él
— Me parece bien. La habitación de al lado es linda. De toda manera, solo te vas a quedar aquí por un año.
— Cierto. Adiós.
Esa fue la primera vez que ambos hablaron pacíficamente. David fue muy sincero con ella, lamentaba mucho lo que pasó, se sentía un canalla y un completo imbécil. En cambio, Anaís, continuó con sus mentiras.
Al día siguiente
Anais se despertó temprano, se duchó, se vistió, y esperó a David en la sala de estar. Estaba disfrutando de una taza de café, cuando él descendió las escaleras. Ella se apresuró a darle los buenos días. — Buen día, David.
— Buen día.— contestó con frialdad. La empleada doméstica le llevó un café.
— Te estaba esperando, para que me lleves a la constructora. Me dijiste que hoy empiezo a trabajar.
Él la miró rápidamente. La analizó mientras se tomaba su café. — Lo siento. Pide un taxi.— terminando de decir esas palabras, se marchó sin omitir nada más.