📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
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Capítulo 5: Una noche de mil vueltas
Me quedé mirando la pantalla hasta que se oscureció. Sus palabras —el papel de cuadros, la corona de princesa, el recuerdo de mi temblor— flotaban en el aire de mi habitación como si fueran fantasmas. El pánico me cerró la garganta. Dejé el teléfono en la mesa de noche, boca abajo, como si ocultarlo pudiera apagar mis sentimientos. Pero el brillo de la notificación seguía quemando en mi mente.
—Mañana hay que trabajar, Emma. Mañana... —susurré, tratando de convencerme de que el mundo seguía siendo el mismo de siempre.
Decidí darme una ducha, esperando que el agua caliente se llevara la confusión. Me quedé bajo el chorro un buen rato, viendo cómo el vapor empañaba el espejo, igual que mis recuerdos empañaban mi presente. Me puse el pijama, me metí bajo las sábanas y apagué la luz. El silencio de la casa debería haber sido relajante, pero para mí era ensordecedor.
Cerré los ojos. Una vuelta a la derecha.
Visualicé el patio de la escuela. Una vuelta a la izquierda.
Visualicé su mensaje en Instagram.
Me senté de golpe en la cama, frustrada, y me froté la cara con las manos. Mis ojos ardían de cansancio, pero mi cerebro estaba encendido como una máquina de la fábrica a máxima potencia.
—¿Qué te pasa? —me regañé a mí misma en voz baja, sintiendo el vacío de la habitación—. Es solo un mensaje. Es solo un chico de hace trece años. No seas tonta, Emma. ¡Duérmete!
Me volví a acostar, pero era inútil. Mis pensamientos eran como una de esas series coreanas que tanto me gustan, repitiendo la misma escena una y otra vez. Cada vez que cerraba los ojos, aparecía el nombre: J_Castillo94. Me imaginaba a Julián al otro lado de la pantalla. ¿Cómo sería ahora? ¿Tendría la misma sonrisa? ¿Se habría arrepentido de escribirme al ver que lo dejé en visto?
Las horas empezaron a desfilar en el reloj digital con una lentitud cruel: 1:00 a.m., 2:15 a.m., 3:30 a.m.
Sentía una mezcla de culpa por no haber respondido y un terror absoluto ante la idea de hacerlo. ¿Y si ahora que me encontró esperaba que yo fuera una mujer segura, exitosa y decidida? ¿Cómo iba a explicarle que seguía siendo la misma niña que huía de las miradas, solo que ahora lo hacía en una fábrica de zapatos? La timidez no era algo que se curaba con los años; para mí, era una sombra que crecía conmigo.
Me senté de nuevo, apoyando la espalda contra el respaldo de madera. La oscuridad parecía burlarse de mi indecisión. Pensé en mi cuenta anónima, donde era tan valiente escribiendo frases tristes, y luego miré mi cuenta personal, donde mi nombre real me hacía sentir expuesta, desnuda ante sus ojos.
Mañana el ruido de las máquinas de coser en la fábrica sería una tortura con este cansancio. Podía imaginarme el dolor de cabeza, el café amargo de la mañana y la mirada de Doña Marta si me veía distraída. Pero ahora mismo, mi mente hacía mucho más ruido que cualquier motor industrial.
Miré de reojo el celular. Estaba ahí, a pocos centímetros, guardando el secreto de que él nunca me olvidó. Julián estaba en algún lugar, quizás también despierto, mirando su teléfono y preguntándose por qué la niña que le dibujó una corona chueca ahora le respondía con el silencio.
—Solo un poco más de sueño, por favor —supliqué al techo, pero sabía que esa noche, la paz era un lujo que no me podía permitir.