SOY LA VILLANA QUE SALVARÁ A SU FAVORITO
Violeta Alber ha vivido tres vidas: mercenaria letal en la Metrólis Feudal, mariscala de élite en la era moderna y diseñadora de moda exitosa, pero la traición la ha acompañado siempre. Al morir por tercera vez, despierta en el cuerpo de Roxana Ruiz —la esposa por contrato del personaje que más admiró en una novela: Bruno Castellano, un CEO brillante pero paralizado y sumido en la depresión, condenado a morir para que los protagonistas oficiales vivan felices.
Conociendo el destino trágico que les espera a Bruno y su familia, Roxana decide cambiar el curso de la historia. Convertirá su imagen de mujer despreciada en la de una líder imponente, luchará contra la manipulación de Orquídea y Gael, salvará a los hermanos de Bruno y protegerá sus bienes —incluyendo tierras en París con minas de diamantes y oro que le garantizarán libertad.
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6 DESASTRES Y MALENTENDIDOS
Al día siguiente de la cena, mientras ordenaba los papeles en la sala de estar, Sonia entró con una sobre de seda dorada.
—Señora, llegó una invitación: es un banquete familiar de los Castellano, en tres días —anunció, entregándomela. Asentí con la cabeza —era el momento de mostrarle a toda la familia quién ahora dirigía el hogar.
Después de cenar, decidí llevar a Bruno a su habitación. Él se resistía con todas sus fuerzas.
—¡No quiero que me lleves! —gritó, intentando girar su silla de ruedas en dirección contraria.
—Te llevaré quieras o no —respondí con firmeza, agarrando los mangos de su silla—. ¡Ustedes demás, vayan a cepillarse los dientes y a dormir! ¡Julio, no olvides que mañana iré a la escuela contigo! —grité hacia los hermanos, que se retiraron apresuradamente.
Al llegar a su habitación, cerré la puerta y me acerqué a él.
—Quítate la ropa —dije sencillamente.
—¿Qué estás diciendo, mujer vulgar?! —gritó Bruno, poniéndose la mano sobre la camisa como si yo fuera una depredadora.
—Si no te la quitas tú, te la quitaré yo —anuncié, empezando a desabrocharle los botones.
—¡Suéltame! ¡Eres una pervertida! —gritó, aunque no hacía nada para detenerme realmente.
—Somos esposos, es mi deber cuidarte —respondí mientras le quitaba la camisa. Al ver su torso, pensé en mi mente: Wow, qué cuerpo tan fornido... definitivamente mi favorito es un papucho tallado por el cielo! Este monumento de belleza debe vivir —me tragué saliva, tratando de mantener la compostura.
Bruno puso cara de enojo, con las mejillas ligeramente rojas.
—¡Quítate el bóxer, Bruno! Somos esposos, no importa si te veo —dije, extendiendo la mano hacia su cintura.
Bruno:
—¡Vulgar! ¡Insolente! ¡Eres una pervertida! —repetía, pero se quedó quieto mientras yo le quitaba la prenda interior.
—¡Santa cachucha! Esa cosa paga impuesto... mejor bañate tú solo, vengo cuando esté listo —exclamé sin pensarlo, saliendo corriendo y dejándolo en la bañera con el agua a punto de rebosar. En mi mente seguía diciéndome: Definitivamente me iré cuando se sane... tal y como en la novela le describen eso enorme, no quiero morir nuevamente! Aunque es guapo —en mi mundo las mujeres lo desearían —me tapé la cara con las manos de vergüenza.
Bruno terminó muerto de vergüenza, pero cuando regresé estaba ya bañado y con una bata de baño. Lo llevé a su cama con mucho cuidado. Luego fui a mi habitación a bañarme y volví con mi bata de seda negra.
Roxana:
—¡Mujer! ¡Debes tener decoro! ¡Tápate tus pechos, eres desvergonzada! —gritó Bruno, tapándose los ojos con las manos pero dejando un pequeño hueco para mirar.
—¿Te pusiste rojo solo por ver mis pechos? ¡Pareces un virgen, y tuviste dos hijos! —le dije riéndome.
—¡Fuera de mi habitación! —ordenó, aunque su voz temblaba un poco.
—No, Bruno. Dormiré en esta habitación como corresponde: soy tu esposa, aunque solo sea por contrato. Además, en tu estado no te puedo descuidar —respondí, acercándome a la cama.
—¡Estoy bien así, así que vete! —insistió.
—Bruno, te dije que no me iré. Si me haces enfadar, te voy a amarrar en la cama —amenacé con una sonrisa. Justo en ese momento, escuchamos risitas ahogadas detrás de la puerta: los hermanos estaban escuchando todo.
Mientras me preparaba para acostarme, mi brasiel se me atascó en el pelo —se había enganchado con fuerza.
—¡Bruno, ayúdame! ¡Sácalo, me duele! —grité, inclinándome hacia él.
Los chicos detrás de la puerta murmuraron en voz baja:
—¡No puede ser! Ellos están... ¡Bruno aún inválido funciona, jajajaja! —dijo Diego entre risas.
—¡Espérate, solo salió un poquito! —respondió Bruno, intentando desenganchar el tejido con cuidado.
Los hermanos siguieron murmurando:
—¡Qué lascivos! ¡Jamás pensé que mi hermano fuera un pervertido! —susurró Sebastián, mientras Sasha se tapaba la boca para no reírse en voz alta.
Después de unos minutos de lucha, finalmente logramos desengancharlo.
—¡Finalmente salió! ¡Me dolía mucho! —grité de alivio.
Los chicos se fueron corriendo, malinterpretando todo por completo. Bruno y yo nos miramos y luego nos tapamos la cara al mismo tiempo.
Después nos acostamos en lados opuestos de la cama. Al día siguiente, desperté encima de él, con mis brazos alrededor de su cuello y mis pechos pegados a su pecho.
—¡Bruno, tienes muchas ojeras! ¿Qué pasó? —pregunté, confundida.
—¡Mujer! Me pateaste toda la noche y te aferraste a mí como una succión. No pude dormir porque tus pechos estaban en mi cara todo el tiempo —exclamó, con la cara más roja que un tomate.
—¡Perdón! Bueno, iré a preparar el desayuno —dije, intentando levantarme pero agarrándome de algo duro y largo que estaba debajo de las sábanas—. ¡Hay una serpiente en la cama! ¡Está dura, qué raro! —grité.
—¡Roxana! ¡Estás agarrando otra cosa! ¡Definitivamente eres una pervertida, suelta! —gritó Bruno, tapándose la zona con las manos.
—¡Perdón! ¡Pensé que ya no levantabas...! —me callé de golpe, poniéndome tan roja como una cereza. En mi mente pensaba: Qué vergüenza... este tipo pensará que soy una pervertida. Yo, una mujer que morí virgen en mis dos vidas pasadas y en esta también lo soy... ¡quedé como una pervertida! —salí corriendo de la habitación como si el diablo me persiguiera.
Bruno se quedó solo en la cama, pero luego puso una leve sonrisa.
—¿Quién diría que esa mujer tímida pudiera lucir tan avergonzada... y tan feroz como ayer? —murmuró para sí mismo—. Este fue un matrimonio arreglado, le dejé esa tarjeta para que se fuera lejos, pero decidió quedarse. No tiene sentido que se quede con un inválido inservible como yo... solo soy un hombre inútil y sin valor, no puedo ni proteger a mi propia familia —su expresión se tornó triste por un momento.
En la cocina, preparé un desayuno riquísimo: panqueques con miel, huevos revueltos, frutas frescas y café recién hecho. También bañé a los mellizos Flor y Santiago, les puse su uniforme azul marino y los llevé a la mesa. Los demás hermanos bajaron poco después, con cara de haber pasado una noche entretenida. El mayordomo bajó a Bruno en su silla de ruedas, quien lucía un poco más relajado.
—¡Bruno, bajaste! Eso me pone feliz —dije, sentándome a su lado—. Tú eres nuestro sostén, sin ti todos caeremos por favor ponte fuerte.
—Yo soy el sostén... gracias —murmuró, mirándome con ojos cálidos—. Además, tú me hubieras ido a buscar —añadió con una pequeña sonrisa.
Los chicos empezaron a murmurar entre ellos:
—La cuñada se ve cansada... seguro que anoche fue muy intenso, ella gritaba que le dolía mucho —dijo Julio entre risas, mientras los demás se tapaban la boca para no reírse en voz alta.
—¡Chicos, qué secretos se están contando! —dije con severidad, aunque me sentía como si me quemara la cara.
—¡Nada, cuñada! Solo que estamos felices —respondió Julio, intentando mantener la seriedad pero sin poder evitar sonreír—. ¡Muy felices! —repitieron los demás en coro.