Camilo Casadiego es heredero único ,de los CASADIEGO con una gran responsabilidad, Pero sin intenciones de dejar herederos, su padres intervendrán para asegurar su legado.
NovelToon tiene autorización de Diris Basto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
el desmayo
Uff, Sergio! Qué gran mañana —exclamó Camilo con entusiasmo mientras entraba al estudio de la casa—. Estoy seguro de que cuando le contemos todo a mi padre estará muy feliz.
El joven se acercó al pequeño bar de madera oscura que decoraba la habitación. Con tranquilidad tomó una botella de whisky y sirvió dos copas. Luego le entregó una a su amigo.
—Por cierto… —continuó Camilo mientras giraba el vaso entre sus dedos—. ¿Cuál era esa otra noticia que querías contarme?
Le indicó a Sergio que se sentara en los amplios muebles de cuero del estudio, los mismos que su padre había mandado traer de Italia años atrás.
Sergio tomó la copa, pero no bebió de inmediato. Parecía nervioso.
—Bueno… amigo —dijo finalmente—. Es algo muy importante. La verdad quería preguntarte antes de tomar una decisión… pedir tu opinión.
Camilo frunció ligeramente el ceño.
—Pero últimamente hemos estado tan ocupados con los negocios… —continuó Sergio—. Aunque debo admitir que ha valido la pena. El resultado ha sido grandioso.
Camilo soltó una pequeña risa.
—No des tantas vueltas, Sergio. ¡Ve al grano! Me estás preocupando.
Sergio sonrió con una mezcla de nervios y picardía. Dejó su copa sobre la mesa, se acomodó en el sofá y luego se levantó lentamente. Caminó hasta quedar frente a Camilo.
—Está bien… —murmuró.
Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una pequeña cajita de terciopelo color perla.
Camilo lo miró con sorpresa.
—¿Qué es eso, amigo?
Sergio no respondió de inmediato. Colocó la cajita frente a él y la abrió lentamente.
Dentro brillaba un anillo de compromiso.
Por un instante el silencio se apoderó del estudio.
Camilo observó la joya con expresión confusa, como si tratara de comprender lo que estaba ocurriendo.
Justo en ese momento la puerta del estudio se abrió.
Don Guillermo apareció en el umbral.
—Hijo, quería saber qué… —comenzó a decir.
Pero sus palabras se quedaron suspendidas en el aire.
Sus ojos se clavaron en la escena: Sergio frente a Camilo, la cajita abierta, el anillo brillando bajo la luz de la lámpara.
El rostro del hombre cambió de color en cuestión de segundos.
—¿Pe… pe…? —intentó hablar.
No logró terminar la frase.
Su cuerpo se tambaleó y cayó al suelo desmayado.
—¡Papá! —gritó Camilo mientras corría hacia él.
Sergio reaccionó de inmediato. Cerró la cajita con rapidez y la guardó dentro de su chaqueta antes de arrodillarse para ayudar.
—¡Don Guillermo!
En cuestión de segundos la casa se llenó de movimiento.
—¡¿Qué pasó?! —exclamó Laura entrando al estudio.
Las empleadas corrían por el pasillo.
—¡Traigan agua!
—¡Llamen al doctor!
—¡Rápido!
Una de las empleadas levantó la voz por encima del caos.
—¡Ya llamé al doctor! ¡Súbanlo a la habitación!
Entre todos lograron llevar a don Guillermo hasta su cuarto.
Un par de horas después la casa volvió poco a poco a la calma.
Don Guillermo descansaba en su cama, todavía pálido, mientras el médico revisaba sus signos vitales. Laura permanecía a su lado, visiblemente preocupada.
En el pasillo, Camilo y Sergio caminaban de un lado a otro sin hablar. Solo se cruzaban miradas cargadas de tensión.
Finalmente, dentro de la habitación, el doctor terminó de revisar al paciente.
—Señor Guillermo, ¿cómo se siente?
—Mejor… —respondió el hombre con voz débil—. ¿Qué fue lo que me pasó?
—Parece que sufrió una baja de presión —explicó el médico—, pero ya está controlado. Sin embargo… ¿ocurrió algo que lo alterara? ¿Recibió alguna mala noticia?
Guillermo dudó.
—No… bueno… en realidad… no estoy seguro.
La imagen que había visto en el estudio seguía dando vueltas en su cabeza.
Sergio… frente a su hijo… con un anillo.
El médico lo observó con atención.
—Doctor —murmuró Guillermo—, quisiera comentarle algo… pero en privado.
Laura comprendió la intención de su esposo. Hizo un gesto a las empleadas para que salieran de la habitación y cerró la puerta con seguro.
Guillermo bajó la voz.
—Verá… mi esposa y yo estamos preocupados por nuestro hijo. Tal vez este desmayo pueda ayudarnos a descubrir algo… pero Camilo no debe saberlo.
El médico se inclinó para escuchar mejor.
Guillermo le habló en voz muy baja, mencionando algunas inquietudes que llevaba tiempo guardando.
El doctor asintió lentamente.
—Entiendo… entiendo. Creo que puedo ayudarles.
Laura observaba en silencio, cada vez más inquieta.
—Podemos aprovechar algo que me contó hace tiempo sobre su familia —continuó el médico—. Tal vez eso nos permita examinar a Camilo sin levantar sospechas.
—Gracias, doctor… —susurró Guillermo.
Luego se inclinó un poco más hacia él.
—Pero también debo contarle por qué me desmayé realmente.
Laura se acercó para escuchar.
Cuando Guillermo terminó de hablar, ella llevó una mano a su boca.
Su expresión mezclaba sorpresa y temor.
—Laura… —dijo Guillermo con seriedad—. Por favor, no le digas nada al muchacho de lo que vi.
El silencio que siguió fue pesado.
Afuera, en el pasillo, Camilo y Sergio seguían esperando… sin imaginar que sus padres alimentaban serías sospechas.