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FUERA DE PROTOCOLO

FUERA DE PROTOCOLO

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?

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capitulo 24

—Estará allí en diez minutos, Marcos. No me interrumpas hasta entonces —respondo con una frialdad que me sorprende incluso a mí.

Él asiente y se retira. Me quedo mirando mis manos sobre el teclado. El lenguaje de mis manos aquí es mecánico: escribir, firmar, señalar. Pero mis dedos recuerdan otra cosa. Recuerdan la aspereza de la máscara de cuero de Él, el calor de su nuca, la forma en que sus nudillos se marcan cuando me sujeta.

La disociación es completa. Siento que Alicia Vázquez es un traje que me pongo para que la sociedad no me devore, pero que la verdadera "yo" está atrapada en un viernes eterno, esperando que la lluvia limpie la mentira.

El viernes llega con una tormenta que parece querer inundar la ciudad. El cielo se desploma en torrentes de agua que azotan los ventanales del bufete. Mi padre ha estado de un humor insoportable, presionando para cerrar tres acuerdos antes del fin de semana. He tenido que fingir una sonrisa mientras mi alma gritaba por salir de allí.

A las ocho, finalmente, me deslizo hacia el parking. El cambio de ropa en el coche se siente hoy más íntimo, más necesario. Me quito la chaqueta gris y me pongo el vestido de seda roja. Me ajusto la peluca. El color rojo destaca contra la oscuridad del interior del coche, iluminado por los relámpagos que cruzan el cielo.

El trayecto hacia Anónimos es un viaje a través de un río. El agua golpea el parabrisas y apenas puedo ver la carretera, pero mis manos guían el volante con una certeza instintiva. No necesito ver; necesito llegar.

Entro en el club empapada. El vestíbulo está casi vacío; la tormenta ha ahuyentado a los curiosos, dejando solo a los devotos del secreto. Subo las escaleras y el sonido de mis tacones es devorado por el trueno que retumba en el techo.

Abro la puerta de la 402. La habitación está a oscuras, solo iluminada por los destellos violetas que se filtran entre las lamas de la persiana. El olor a sándalo me recibe como un abrazo físico. Él está de pie junto a la ventana, observando la lluvia. No lleva camisa. La luz de un rayo recorre los músculos de su espalda, esculpiéndolo en sombras.

Me quedo en el umbral, sin decir nada. El agua resbala por mi peluca, goteando sobre el suelo de madera.

Él se gira. No camina hacia mí con la urgencia sexual de otras veces. Se queda allí, observándome con una quietud que me estremece.

—Te has arriesgado mucho viniendo con este tiempo —dice. Su voz es profunda, compitiendo con el estruendo exterior.

—Necesitaba escucharte —confieso, y mi voz suena rota—. Fuera de aquí, el ruido es ensordecedor. Siento que me estoy ahogando en mi propia vida.

Se acerca lentamente. Sus manos, esas manos que pueblan mis sueños, toman las mías. Están calientes, un contraste violento con mis dedos gélidos por la lluvia. Me guía hacia el centro de la habitación y, sin decir una palabra, empieza a secarme el rostro con una toalla de seda. Sus movimientos son de una delicadeza que me desarma. No hay rastro del depredador de la semana pasada; hoy solo queda el hombre que parece leerme el alma a través de la máscara.

—Aquí no hay ruido —murmura él, dejando la toalla a un lado y acunando mi rostro entre sus manos—. Solo estamos tú, yo y la lluvia.

Me obliga a mirarlo. Sus pulgares acarician mis mejillas, justo por debajo del borde de mi máscara. Siento su pulso en la yema de sus dedos, un ritmo constante que calma mi propia taquicardia.

—A veces —confieso en un susurro—, tengo ganas de decirte quién soy. Tengo ganas de gritar mi nombre para saber si seguirías mirándome así. Pero tengo tanto miedo de que ames a la mujer de rojo y desprecies a la mujer que se sienta en esa oficina...

Él guarda silencio. Un rayo ilumina la habitación y veo la tensión en su mandíbula.

—Yo también soy un prisionero de un nombre, rojo —dice finalmente—. Lo que tenemos aquí es lo único real que me queda. El resto... el resto es solo un guion que me obligan a interpretar. No quiero saber tu nombre porque no quiero que el mundo exterior contamine lo que siento cuando te toco.

Esa declaración es un puñal de doble filo. Me ama en mi anonimato, pero ¿es eso amor o es solo la adoración de una fantasía? La vulnerabilidad se instala entre nosotros, desplazando por un momento el deseo carnal.

Se sienta en la cama y me atrae hacia él. Me siento a su lado, apoyando mi cabeza en su hombro desnudo. Sus manos envuelven las mías, protegiéndolas. El lenguaje de nuestras manos hoy es de consuelo. Me acaricia los nudillos, uno a uno, con una paciencia infinita.

—Si te dijera que eres mi único punto de anclaje... —empieza él, pero se calla.

La sensualidad surge de esa vulnerabilidad compartida. Sus labios encuentran los míos en un beso que no busca el éxtasis, sino la comunión. Sus manos bajan por mi espalda, desabrochando el vestido con una lentitud que me hace estremecer. No hay prisa. La tormenta fuera es el caos, pero aquí dentro, el tiempo se ha detenido.

Nos tumbamos en las sábanas de seda, rodeados por el sonido rítmico de la lluvia contra el cristal. Sus caricias son exploratorias, tiernas, como si estuviera tratando de memorizar mi piel a través del tacto para cuando las luces se enciendan de nuevo. Entrelazo mis piernas con las suyas, buscando su calor, sintiendo cómo nuestras respiraciones se sincronizan.

En la penumbra, mientras sus manos recorren mis curvas y su aliento me calienta la piel, me doy cuenta de que el miedo al rechazo ya no es solo una idea. Es una barrera física. Cada vez que quiero hablar, el miedo me cierra la garganta. ¿Y si Alicia Vázquez es demasiado aburrida, demasiado rígida, demasiado "gris" para el hombre que ama al fuego?

El placer llega como un suspiro largo en mitad de la noche, una liberación de toda la tensión acumulada durante la semana. Pero cuando nos quedamos quietos, abrazados mientras la tormenta empieza a amainar, el peso de la realidad vuelve a caer sobre mis hombros.

Él me aprieta más fuerte contra su pecho.

—Eres lo único real en mi vida —repite él, y sé que lo dice en serio.

Muero por decirle: "Mi nombre es Alicia. Soy abogada. Odio mi vida y te quiero". Pero el miedo es un guardián implacable. Me limito a apretar su mano, sintiendo el metal de su anillo contra mi piel, y me prometo que, por ahora, ser la mujer de rojo es suficiente para no morir de frío.

La noche termina con el eco de la lluvia y el peso de un secreto que cada vez se vuelve más difícil de cargar.

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