VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.
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el choque del destino
María
Elegí algo simple pero funcional: un pantalón deportivo gris, holgado y a la rodilla, a juego con una camiseta sin mangas del mismo tono. Dejé mi cabello ondulado al natural y no llevé nada más que mi teléfono; en él tendría que documentar, por obligación, cómo es un día de trabajo con mi padre.
—Ya estoy lista —dije con pesadez, hundiendo las manos en los bolsillos mientras observaba a mi padre, quien fumaba su pipa con esa parsimonia típica de los señores de otra época.
—Vamos entonces, mia principessa —respondió con su característica voz, una mezcla de gruñido y diversión.
Rodé los ojos con irritación cuando comenzó a mover los hombros para animarme.
—¡Vamos, principessa! Un día de campo con tu padre, ¿no es emocionante?
No pude evitar reír. Desde que tenía doce años, ese bailecito ridículo era su método infalible para desarmar mi mal humor.
—Ya, ya. Será divertido, supongo —admití mientras subíamos al auto. Mariano, nuestro chofer, nos esperaba. Es joven, aparenta unos veintiuno, aunque su mirada sugiere que ha visto demasiado para su edad.
—Mariano, llévanos al consorcio de mi amigo José Veraldi. Tengo que recoger unos documentos.
Mi padre es hostil y gélido con el resto del mundo, pero conmigo y con mi madre es distinto: un lobo sobreprotector que vigila su territorio con celo. Mientras atravesábamos las calles de Verona, nos detuvimos frente a una estructura imponente.
—Mira, hija —mi padre señaló por la ventanilla un edificio que parecía un palazzo antiguo—. El Consorzio Veraldi es el corazón de la economía oculta en Verona. Para el público, son desarrolladores inmobiliarios; para nosotros, es un banco de lavado de dinero a nivel corporativo. Controlan licitaciones, transporte y contratos. Su poder no es la violencia callejera, sino la influencia financiera. Son intocables porque trabajan con números y abogados.
Bajamos del auto frente al Palazzo. Piedra oscura, ventanas altas y una pulcritud que proyectaba una estabilidad monumental. No había letreros, solo una presencia que exigía respeto.
—¿Qué hacemos aquí realmente, papá?
—A recuperar tu cámara, obvio —dijo dándome un empujoncito hacia la entrada.
Caminé por los pasillos de mármol, esquivando hombres de traje y maletines, hasta que alguien capturó mi atención. Un hombre de unos veintinueve años, de facciones frías y ceño fruncido. Tenía la nariz arrugada en un gesto de fastidio que, de lejos, resultaba casi tierno, pero el miedo que inspiraba en quienes lo rodeaban borraba cualquier rastro de ternura.
—Ese es el hijo de José: Maximiliano Lucca Veraldi —susurró mi padre con malicia—. Ve a pedirle tu cámara si te atreves, pero ten cuidado. Ese perro muerde si no le agradas.
Me tomé el desafío en serio. Caminé hacia él mientras mi padre observaba divertido. Al llegar a su espalda, le toqué el hombro. Era enorme, casi el doble de mi tamaño. Cuando se giró, su belleza me impactó, pero sus ojos estaban inyectados en una ira descontrolada.
—Oiga, disculpe...
—¡¿Qué mierda quieres, niña?! —su voz fue un gruñido animal. Sus guardias se tensaron, temiendo lo que él pudiera hacerme.
Maximiliano
Papeleo, logística y tormentas de contratos. Estaba por salir del Consorzio cuando sentí una presencia que me revolvió el estómago: mi tío Gregorio. Ese maldito canalla siempre aparecía cuando menos lo necesitaba.
—Sobrino mío, qué grande estás...
—Si vienes a ver a mi madre, pierdes el tiempo —le corté, mirándolo con desprecio—. ¿No aprendiste nada de la paliza que te dio mi padre por ponerle un dedo encima?
Mi voz era un pozo de amenazas. Me acerqué a él como un depredador acorralando a su presa.
—No... creo que te faltan unos golpes más... extremos —abrí los ojos con una expresión maníaca. Me fascina causar ese terror, ver cómo el pánico hace temblar a los demás.
—¡Maximiliano! —el grito de mi padre y su mano firme en mi hombro me detuvieron—. ¡¿Se puede saber qué carajos haces?!
—Perdón —mascullé, mirando con odio a mi tío, quien sonreía triunfante.
—Deberías controlar a tu animal, hermano —se burló Gregorio.
En ese momento llegó mi madre, Alessia. Corrió hacia mí y envolvió mi cintura con sus brazos frágiles. Me tensé, pero el calor de su abrazo disipó parte de mi rabia.
—Estoy bien, madre... —murmuré contra su cabello.
—Vete a la empresa, Max —ordenó mi padre. Obedecí sin rechistar.
(Más tarde, en la oficina de la empresa)
El día era un desastre. Mi asistente entró temblando.
—Señor... tenemos un problema. El cargamento por tierra fue robado y el envío marítimo fue interceptado por los Russo.
Me puse en pie de un salto, golpeando el escritorio. La furia me quemaba la garganta.
—¡¿Me dices que perdimos ambos?! ¡¿Quiénes eran los responsables?!
—Miguel está muerto en la costa oeste y Pedro está inconsciente en el hospital, señor.
—¡Los quiero a todos muertos! ¡Nadie sabe hacer su maldito trabajo! —salí de la oficina hecho una furia, golpeando la pared hasta agrietar el concreto.
Hice que los guardias y transportistas sobrevivientes se formaran contra la pared. Parecían perros apaleados bajo mi mirada de odio.
—¡¿Les parece justo que por su incompetencia perdamos más de un millón de dólares?!
Justo cuando estaba por estallar, sentí un toque en el hombro. Me giré bruscamente, listo para despedazar a quien fuera.
—¡¿Qué mierda quieres, niña?! —le grité a la figura pequeña que tenía delante.
Los hombres se tensaron, esperando una masacre. Pero la chica no retrocedió.
—Primero que nada, se dice "hola". Segundo: no me grites. Y tercero: necesito mi cámara —dijo con una calma insultante.
—¿Sabes con quién hablas, mocosa? —amenacé con voz ronca.
—Sí, con Maximiliano, un niño mimado que hace berrinches si no le dan lo que quiere —me señaló con el dedo.
—¡¿Quién te crees que eres?!
—La hija de Marcos Correa... y quiero mi maldita cámara. Mi padre te la prestó.
Sus ojos verde oliva me desafiaron con una intensidad que, muy a mi pesar, empezó a interesarme.
—Está en mi oficina. Eres muy maleducada, bellissima.
—Y tú un mimado de segunda. Dame mi cámara, ya.
—No, perché non me lo stai chiedendo correttamente (No, porque no me lo estás pidiendo correctamente) —me crucé de brazos, disfrutando de su impaciencia.
Ella respiró hondo, conteniendo las ganas de golpearme.
—...potresti restituirmi la mia macchina fotografica... per favore? —masculló entre dientes.
—Sì, principessa ribelle —reí, algo muy poco común en mí.
Mi asistente le entregó el equipo. Ella lo revisó como si fuera un tesoro sagrado.
—Por cierto, me llamo Maria Bianchelli —extendió su mano. La tomé con firmeza, me incliné hacia su oído y susurré con mi aliento caliente contra su piel—: Un placer, Maria. Pero no hace falta que me presente. Ya me conoces.
María
«¿Quién se cree que es? Un idiota patético», pensé con furia.
—Quítate si no quieres que te golpee —amenacé.
Él estalló en una risa burlona. —¿Tú? ¿Golpearme a mí?
No le di tiempo a reaccionar. Le lancé un golpe seco y directo al plexo solar. Maximiliano se dobló hacia adelante, sin aire, maldiciendo por lo bajo.
—Sei... una fottuta stronza... (Eres una maldita perra...)
—Cosa hai detto? Non ho sentito (¿Qué dijiste? No escuché) —le susurré al oído con malicia.
En ese momento, nuestros padres entraron en la sala.
—Mi pequeña rebelde —dijo mi padre, divertido—. Veo que ya se conocieron.
—Vaya, vaya —añadió José, el padre de Max—. Parece que a la bestia se le bajaron los humos con un buen golpe.
—Marcisci all'inferno, vecchio pezzo di merda... —jadeó Maximiliano mientras se recuperaba.
Tras las presentaciones y las burlas de José, mi padre me llevó a una de sus principales refinerías. Mientras él cerraba tratos, yo comencé a documentar el proceso técnico de la "mercancía":
Notas de campo:
Sustancias Químicas: Precursores y solventes controlados.
Proceso: Destilación y filtrado en sistemas industriales.
Protocolo de Empaque:
Capa Primaria: Plástico de alta resistencia para evitar fugas.
Capa Compresora: Cinta industrial para maximizar volumen.
Capa Anti-Olor: Uso de café, grasa o sellado al vacío extremo para evadir caninos.
Camuflaje: Dobles fondos en resina o láminas metálicas.
Es un mundo oscuro y técnico que detesto, pero las imágenes que capturé tenían una fuerza cruda. Al llegar a casa, me refugié en la ducha. Estaba exhausta, pero su rostro no abandonaba mi mente. «¿Quién es realmente ese hombre? Es un idiota... pero un idiota con la presencia de un dios griego». Con ese pensamiento, el sueño me venció finalmente.