Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 6
Olivia
Camino al lado de Sofía y cada paso se siente como si llevara un secreto escrito en la frente que todos pueden ver.
La ciudad suena normal, autos, conversaciones, nuestros tacones contra la vereda. Todo sigue funcionando como si yo no hubiera hecho añicos mi propia consciencia anoche en la oscuridad de un lago.
Sofía habla de algo —un diseñador, una cena o no sé que— y yo asiento cuando creo que corresponde. Mi mente sigue atrapada entre el agua, luna y una voz que no logro borrar.
Entramos a una joyería y el aire cambia: frío, perfumado, silencioso. Todo brilla y las vitrinas se encuentran ordenandas a la perfección. odo ordenado.
—Anoche en la fiesta…— Empiezo, fingiendo casualidad mientras observo un collar que no veo del todo. —Me parece haber visto a un hombre allí. Creí escuchar que su nombre era Alex.
Idiota. Idiota. Idiota. Como vas a confesarle lo que hiciste si actuas como si no lo conocieras en lo absoluto.
Sofía se inclina sobre un mostrador, fascinada por unos aretes.
—¿Alex? Mmm… no lo sé. Pudo haber sido cualquiera. ¿Tienes idea de cómo lucía?
Claro que sí. Lo sé con una precisión que me quema la piel.
—Era alto… musculoso… ojos oscuros… pelo negro, no muy largo. Piel oliva. Y… tiene un leve acento ruso…
Me callo al notar que ya no está mirando las joyas. Me está mirando a mí. No como amiga curiosa, sino como investigadora.
Ella entrecierra los ojos, rebuscando en su memoria, y de pronto su expresión cambia.
—Creo que estás hablando de Alexander Rozanov.
El nombre cae entre nosotras como una piedra.
Bajo la mirada hacia el vidrio del mostrador, fingiendo interés en un anillo que vale más que un departamento.
Rozanov. Claro.
Ahora todo tiene sentido. La forma en que se movía como si el mundo fuera suyo, la seguridad, esa manera de hablar como si las reglas fueran sugerencias.
Nadie con ese apellido vive como una persona normal. Ellos no caminan por la vida… la atraviesan.
Poder, dinero e nfluencia. Ellos tienen eso y más. Y sobre todo, tienen una arrogancia que tan solo es compensada por su belleza.
—Ah— Murmuro, como si no significara nada. —No recuerdo haberlo visto en la lista. Seguro mamá lo invitó.
Por dentro algo se aprieta. No voy a contarle a Sofia esto, no voy a darle importancia a ese tipo.
Fue tan solo un hombre que me hizo olvidar mi propio nombre por un rato y nada más. Mi boda no va a cancelarse por eso y tampoco me interesa volver a repetir con él lo que pasó.
—¿Por qué preguntas por él?— Dice de pronto, girando la cabeza para mirarme con curiosidad real, no con chisme.
Siento un pequeño tirón en el estómago, pero mantengo la expresión neutra mientras finjo revisar una pulsera en la vitrina.
—Fue solo simple curiosidad, ya que no lo reconocí entre los invitados.
Mi voz sale más ligera de lo que me siento.
Sofía me observa un segundo más, como si evaluara si hay algo raro… pero al final se encoge de hombros, satisfecha con la respuesta. Su atención se desvía cuando la vendedora se acerca con una bandeja.
—Estos acaban de llegar esta semana— Afirma la mujer, colocando frente a nosotras unos pendientes deslumbrantes.
Sofía se inclina de inmediato, fascinada.
Son hermosos. Cada pendiente tiene un diamante grande en el centro, rodeado por un aro perfecto de piedras más pequeñas que lanzan destellos blancos bajo las luces de la joyería.
Sofía los toma con cuidado y mientras se los prueba frente al espejo, me habla a través del reflejo.
—No vuelvas a desaparecer como anoche sin antes decirme nada, Olivia— Mi pecho se aprieta. —Tuve que decirles a tus padres que no te había sentado bien la champaña y que por eso te habías ido antes. No sabes lo histéricos que estaban cuando se dieron cuenta de que te habías ido sin tu auto y sin seguridad.
Asiento, sintiendo otra vez el peso de lo que obtuve al despertar.
—Lo sé. Esta mañana me gané la reprimenda de mi vida apenas desperté. Me recordaron lo irresponsable que fui al abandonar la fiesta así… y sobre todo al irme sin seguridad.
Sofía baja los pendientes un momento, mirándome seria.
—Y tienen toda la razón. ¿Sabes todo el peligro que corres? Tu vida vale millones, Oliv. Literalmente. No tienes hermanos y eres la única heredera de una inmensa fortuna.
Niego con la cabeza, cansada.
—No me recuerdes lo poco normal que es mi vida a causa de eso. Mejor hablemos de esos pendientes— Le digo acercandome a ella. —Te quedan hermosos, amiga.
Sofía sonríe, volviendo a mirarse en el espejo. Ladea la cabeza y observa cómo los diamantes capturan la luz.
Pero su sonrisa se debilita poco a poco. Se quita los pendientes con cuidado y los deja sobre el terciopelo.
—Son hermosos…— Murmura decaída.
—¿Qué pasa? ¿No te gustan?— Pregunto cuando Sofía deja los pendientes sobre el terciopelo.
Ella niega con la cabeza, evitando mi mirada.
—No es eso. Sabes bien que yo no puedo permitirme algo así.
La vendedora cambia la expresión. Su sonrisa profesional se afila, como si de pronto Sofía fuera una pérdida de tiempo envuelta en ropa bonita.
Ese gesto me enciende algo por dentro. Doy un paso hacia mi amiga.
—No tienes por qué preocuparte por esas cosas, Sofía.
Luego me giro hacia la vendedora.
—Nos llevaremos los pendientes y también quiero una gargantilla que combine.
Es casi automático. Una decisión que no pasa por ningún filtro.
La actitud de la mujer cambia de inmediato. La calidez regresa a su voz, a sus manos y a su postura.
—Por supuesto, señorita.
Sofía me mira como si hubiera anunciado que voy a comprar la luna.
—No tienes que hacer eso, Olivia. No quiero que sientas que debes darme cosas o…
La interrumpo con suavidad.
—Te doy estas cosas porque así lo quiero. Porque eres mi amiga… y me gusta verte feliz.
Y eso sí es verdad. Más verdad que muchas otras cosas en mi vida.
Su expresión se derrite. Sus ojos se humedecen un poco y me rodea con los brazos.
—Gracias…— Murmura contra mi hombro.
Le devuelvo el abrazo, pero algo en mi pecho se siente extraño.
Dar es fácil. Siempre lo ha sido. Es la única forma que conozco de querer sin que me lo impidan.
La vendedora regresa con una caja larga y elegante.
—La gargantilla hace juego perfecto. Mismo corte y pureza.
Sofía observa fascinada cómo la colocan junto a los pendientes, todo sobre almohadillas de terciopelo negro.
Yo saco mi tarjeta sin pensarlo. El gesto es tan mecánico como respirar.
La máquina pita aprobando la compra.
Mientras guardan las cajas en bolsas con el logo dorado de la joyería, veo a Sofía sonreír como una niña y no puedo evitar imitarla.
Hasta que mi teléfono vibra dentro de mi bolso. Aunque quisiera ignorarlo, si es Marcos o mis padres, tendría que lidiar con sus reproches después.
Lo saco y en la pantalla veo un mensaje enviado por un número desconocido.
“¿Te duele la mano?”
El mundo alrededor sigue igual, pero algo dentro de mí se detiene.
Sofía sigue hablando con la vendedora, sin notar cómo la sangre se me enfría.
“Golpeas fuerte, señorita Grimaldi.”
Trago saliva porque sé de quién se trata y lo que reclama.
Levanto la mirada instintivamente hacia la calle, a través del vidrio de la joyería queriendo encontrar si alguien está observandome.
Pero por suerte no veo más que autos y personas pasando.
“La próxima vez avísame cuando quieras huir para asegurarme de mantenerte clavada a mi verga toda la noche"
El recuerdo me recorre la piel como un fantasma, y guardo el teléfono en el bolso como si quemara.
No respondo.
No voy a hacerlo.
Levanto la vista justo cuando Sofía se acerca, cargando las bolsas con una sonrisa que ilumina toda la tienda.
—Lista— Dice, balanceando las asas. —Vámonos antes de que me dé un infarto de tanta felicidad.
Intento sonreírle de vuelta. Creo que medio logro algo convincente. Algo que no delata que mi pulso va demasiado rápido y a la que le va a dar el infarto es a mi.
Caminamos hacia la salida, con nuestro taconeo marcando el ritmo sobre el mármol brillante.
—Me encargaré de lucir estas bellezas en la cena de Alfred el viernes.
Parpadeo.
—¿La… cena?
Sofía me mira como si acabara de olvidar mi propio nombre.
—¡Olivia, la cena de Alfred Betancour! Te estuve hablando de eso todo el camino.
La cena, claro.
El evento del que lleva semanas hablando. El evento al que yo debo ir en representación de mis padres porque estarán fuera el fin de semana y al cual insistí en que la dejaran acompañarme ya que la invitación era para dos.
Asiento.
—Cierto… la cena.
Debería estar emocionada. Cualquiera lo estaría. Alfred Betancour no invita personas, invita estatus. Poder, belleza y todos muy cuidadosamente seleccionados.
Pero mi cabeza está en otro lugar. En alguien que no debería tener mi número.
Salimos de la joyería y el aire de la calle me golpea el rostro, pero no despeja nada.
¿Cómo hizo Alexander Rozanov para conseguir mi teléfono?
No es información pública. Mi número personal está protegido, blindado por capas de asistentes, secretarias y protocolos absurdos creados por mi padre.
Y aun así… Este hombre burló toda la seguridad y lo obtuvo.
—¿Estás bien?— Pregunta Sofía, bajando un poco la voz. —Te sigo hablando pero parece que te fuiste a saturno con nuestros hijos.
—Sí— Miento con suavidad sin poder apreciar el chiste. —Solo estoy cansada. No dormí mucho.
Eso sí es verdad, pero no por las razones que ella seguro está pensando.
Sofía engancha su brazo con el mío mientras caminamos por la vereda.
—El viernes vas a distraerte. Necesitas salir, arreglarte, brillar un poco. Últimamente estás… no sé, como estresada. Estás dejandote abrumar por todo el tema de la boda y yo no voy a permitir que te apagues.
Apagarme, si ella supiera. No estoy apagada, estoy encendida en el peor lugar posible.
Mi bolso vibra otra vez y me niego a sacarlo. Voy a fingir que ese no es mi telefono y que todo en mi vida sigue tal cual. Alexander Rozanov no va a invadir mis pensamientos.
Sofía Thomas