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Desafiando Al Sistema

Desafiando Al Sistema

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12 — Estar y No Estar

El barrio amaneció con olor a pan recién hecho.

No combinaba con el ruido lejano de helicópteros.

Cael lo notó al salir del edificio con la mochila al hombro y el café todavía tibio en el estómago. No miró hacia el cielo. Había aprendido que mirar demasiado arriba a veces es la manera más eficiente de empezar a esperar problemas que todavía no existen.

Caminó hasta la parada del colectivo sin prisa. El día no tenía urgencias marcadas: había quedado de verse con el Equipo Gris para revisar rutas y puntos de inestabilidad recurrente. Trabajo previo, invisible, el tipo que no genera videos borrosos en grupos de vecinos pero que determina si lo que viene después sale bien o sale torpe.

El teléfono vibró antes de que llegara la parada.

Maira: "¿Puedes venir antes? Tuvimos un problema chico anoche."

La palabra chico le raspó por dentro de una manera que no correspondía a su tamaño.

"Voy."

El galpón estaba medio a oscuras cuando llegó, con esa luz de mañana temprana que entra por los laterales y no alcanza a iluminar los rincones.

Lara estaba sentada sobre una caja de herramientas con los brazos apoyados en las rodillas y la mandíbula apretada de esa manera que tiene la gente cuando está procesando algo que preferiría no tener que procesar. Ivo limpiaba sangre seca del lateral de la camioneta con movimientos metódicos, la atención puesta en el trabajo como cuando se usa una tarea concreta para no pensar en lo que rodeó la tarea.

No era mucha sangre.

Suficiente para cambiar el peso del aire cuando entraste.

—¿Qué pasó? —preguntó Cael.

Maira cerró el dispositivo que tenía en la mano.

—Una anomalía se desdobló mientras hacíamos el reconocimiento. No era grande, pero usó el espacio para separarnos. Ivo quedó en un ángulo sin salida limpia y cuando forzó la salida se golpeó.

Lara levantó la vista con esa expresión de quien está siendo honesta con más esfuerzo del que hace falta.

—No fue grave. Fue torpe. De esas cosas que salen mal cuando uno baja la guardia un segundo porque lleva tres semanas sin que nada salga realmente mal.

—¿Heridos serios?

—Ivo se raspó el costado. Yo me caí en la retirada y tengo el hombro molesto. Nada que requiera más que dos días de cuidado. —Hizo una pausa—. Pero feo, sí.

Ivo levantó una mano sin dejar de limpiar.

—Un golpe tonto de los que te recuerdan que el tonto sos vos cuando bajas la guardia.

El alivio que sintió Cael fue inmediato y real. Y detrás de él, casi superpuesta, una incomodidad que tardó un momento en nombrarse.

—Pude haber estado —dijo, sin proponérselo del todo.

Nadie respondió de inmediato. No fue silencio tenso. Fue el silencio de gente que está eligiendo cómo decir algo que importa.

Lara respondió primero, sin dureza y sin suavizar demasiado.

—No era necesario. No todos los problemas se resuelven con más personas. A veces lo que falta no es gente sino menos apuro.

No sonó a consuelo. Sonó a algo que había aprendido de la manera difícil y ahora podía decirlo sin que doliera contarlo.

Cael asintió. No discutió, porque no había nada que discutir. Lo que había pasado había pasado, y la única pregunta útil era qué hacer con esa información.

Se sentaron a revisar mapas durante la mañana. Rutas de evacuación de los corredores más activos, puntos donde las inestabilidades tendían a engancharse según la terminología que Maira había desarrollado para describir los lugares donde la energía residual de un portal se acumulaba en lugar de disiparse. Trabajo gris, sin ningún tipo de gloria, del tipo que determina si en tres semanas alguien llega a tiempo o llega tarde.

Cael tomó notas a mano en lugar de en el teléfono. Había algo en escribir con lápiz sobre papel que obligaba a procesar de otra manera, más lento y más definitivo.

El Sistema no apareció en ningún momento de toda la mañana.

Agradeció esa ausencia.

La misión de la tarde fue en un centro cultural cerrado por reformas, en ese estado particular de los edificios que están entre lo que fueron y lo que van a ser: andamios en los pasillos exteriores, olor a pintura nueva mezclado con el polvo de lo que se estaba removiendo, señales de obras que convivían con restos de lo anterior.

No había denuncias directas de vecinos. Solo los sensores de Maira marcando irregularidades leves con esa persistencia de los datos que no saben si son importantes hasta que alguien los interpreta.

El auditorio estaba vacío. Filas de butacas cubiertas con plástico translúcido, polvo suspendido en la luz que entraba por una ventana alta en ángulo oblicuo. El escenario parecía más pequeño sin nadie mirándolo, como la mayoría de las cosas que están diseñadas para ser observadas.

El foco estaba detrás del telón.

No había nada visible, pero el aire cerca del escenario tenía esa calidad específica que Cael había aprendido a reconocer antes de que la mente le pusiera nombre: una ondulación mínima, como cuando el calor distorsiona el asfalto, pero en un lugar donde el calor no tenía razón de estar.

Maira colocó los anclajes con la precisión de alguien que ha hecho eso suficientes veces como para saber exactamente dónde tiene que ir cada uno.

—Un minuto —dijo—. Si los anclajes sostienen, cerramos el foco sin necesidad de pelea.

Cael observó la ondulación desde el borde del escenario. Sintió el tirón interno, ese reconocimiento del cuerpo que precedía a la energía azul, el impulso de intervenir antes de que algo saliera mal.

Esperó.

El anclaje falló con un chasquido seco que resonó en el auditorio vacío como algo más definitivo de lo que era.

La ondulación se abrió como una costura que cede bajo presión sostenida, y algo se deslizó hacia afuera con la lentitud de lo que no necesita velocidad porque ha decidido que va a llegar de todas formas.

No era grande. No era rápido. Era insistente de esa manera específica que resulta más difícil de manejar que la velocidad, porque la insistencia no da la señal clara de cuándo actuar.

Se arrastró por el suelo del escenario dejando una estela que hacía vibrar el polvo suspendido en pequeños patrones circulares.

—Retrocedan del escenario —ordenó Lara, ya reposicionándose.

La anomalía se impulsó con un movimiento torpe pero completamente decidido, directo hacia Maira, con esa lógica de las cosas que identifican el punto de menor resistencia y van hacia él sin calcular el costo.

Cael avanzó para cubrirla antes de que la decisión fuera consciente.

Activó el Filo con control. La luz azul iluminó el telón viejo y el polvo suspendido se volvió visible en todas las direcciones, una nube de partículas que hacía todo más difícil de leer.

El primer corte atravesó parte del cuerpo de la anomalía y la dividió.

No la deshizo.

La cosa se replegó, evaluó, se estiró de nuevo con una configuración diferente. Había aprendido algo en el tiempo que llevaba instalada ahí.

Aprende rápido, pensó Cael. Demasiado.

—No ataques el cuerpo —dijo Maira desde el costado, ya de pie y con el dispositivo activo—. Corta la fuente. Lo mismo que en el pasillo del edificio del sur.

Cael giró la muñeca y cambió el ángulo de ataque, moviendo la atención de la forma visible a lo que la sostenía, ese borde donde el aire ondulaba detrás de la criatura, el punto donde la realidad había cedido y que alimentaba todo lo demás.

El filo raspó esa línea invisible.

El auditorio entero vibró como una cuerda tensa a punto de romperse.

La anomalía perdió coherencia. Sus bordes se volvieron imprecisos, luego se fragmentaron en piezas que se evaporaron antes de llegar al suelo, dejando solo el polvo asentándose despacio y el silencio del auditorio que volvía a ser el silencio de un edificio vacío.

Ivo soltó el aire que había estado administrando.

—Eso estuvo considerablemente mejor que esta mañana.

Cael sintió el pulso en el hombro. No dolor todavía. Advertencia, el cuerpo llevando su propia contabilidad. Respiró lento, con esa técnica aprendida de la necesidad de convencer al sistema nervioso de que el peligro había pasado, hasta que el pulso volvió a su ritmo habitual.

Afuera, al anochecer, un pequeño grupo de vecinos observaba desde la vereda con la quietud de la gente que ha aprendido a no acercarse demasiado pero tampoco a mirar para otro lado.

No hubo aplausos.

Una mujer con abrigo largo, de esas que salen a caminar al final del día independientemente del clima, dijo un gracias casi en susurro cuando pasaron junto a ella.

Cael asintió.

No sabía qué hacer con ese tipo de gratitud, la que no viene con contexto ni con expectativas sino simplemente con el reconocimiento de que alguien hizo algo que necesitaba hacerse. No se sentía un salvador. Se sentía alguien que había llegado a tiempo ese día, que era una cosa diferente y más verdadera.

Nada más que eso.

En el camino de regreso, cuando la camioneta llevaba suficientes cuadras de silencio, Lara lo rompió.

—Ayer no estabas. Hoy sí. Ninguna de las dos cosas define lo que eres.

—No es tan simple —respondió Cael.

—No —admitió ella—. Pero tampoco es tan dramático como te suena en la cabeza a las dos de la madrugada cuando estás dándole vueltas.

Maira cerró el estuche del equipo con un clic.

—Lo que importa es que cuando estás, no te rompas por estar.

La frase se quedó con él de una manera que tenía la calidad de las cosas que son más útiles que bonitas, el tipo que no suena bien en voz alta pero que el cuerpo reconoce como verdad desde antes de que la mente termine de procesarla.

No te rompas por estar.

El barrio estaba demasiado tranquilo cuando llegó.

No la tranquilidad normal de una noche de semana, sino una especie de quietud más densa, como cuando el ruido de fondo que siempre está ahí sin que lo notes decide tomarse un descanso.

Subió las escaleras con la mochila al hombro y en el rellano del tercer piso encontró a la vecina mayor sentada en una silla plegable que había colocado junto a su puerta, con la postura de alguien que ha salido a buscar un poco de aire sin querer alejarse demasiado.

—¿Todo bien? —preguntó Cael.

—Me mareé un rato. Ya pasó. El médico dice que es la tensión. —Hizo un gesto pequeño con la mano—. Siempre dice que es la tensión.

Se quedó con ella unos minutos. No dijo nada útil ni intentó resolver nada. Solo estuvo ahí, apoyado en la pared del pasillo, mientras el edificio hacía sus ruidos de siempre: el ascensor subiendo, una televisión en algún piso de arriba, el olor a sopa que salía por debajo de una puerta.

—Usted es de los que ayudan, ¿no? —dijo la vecina de pronto, mirando el pasillo en lugar de mirarlo a él.

Cael pensó un momento. No le gustaba esa etiqueta, la de los que ayudan, con todo lo que implicaba sobre el rol y la expectativa permanente.

—A veces —respondió.

La mujer sonrió apenas, con esa sonrisa de la gente que ha vivido suficiente como para saber que la honestidad vale más que la versión grandilocuente.

—Eso alcanza —dijo.

No fue un cumplido grande. Fue algo mejor: una observación simple que no pedía nada más de lo que él tenía ese día.

Dentro del departamento dejó caer la mochila junto a la puerta y se sentó en la cama sin encender más luces de las necesarias. El Sistema apareció con su discreción habitual.

[Estado: Estable.]

[Experiencia acumulada: 63%.]

[Recomendación: Recuperación ligera.]

Nada más. Ninguna advertencia nueva, ningún porcentaje crítico, ningún aviso sobre patrones que requerían atención inmediata.

Cael miró los paneles un momento.

No todo lo que ocurría cuando él no estaba era consecuencia de su ausencia. Esa idea todavía le resultaba incómoda de sostener, la de un mundo que seguía funcionando en los espacios donde él no estaba, que no era abandono sino simplemente la manera en que funcionaban las cosas cuando más de una persona asumía responsabilidad.

Pero ya no dolía sostenerla.

Y eso, aunque fuera un cambio pequeño y sin testigos, era exactamente el tipo de cambio que importaba.

Cerró los ojos.

Tres pisos más abajo, en la calle, un auto oscuro había estado estacionado frente al edificio desde las siete de la tarde.

El conductor llevaba dos horas mirando la entrada con la paciencia de alguien que no está esperando que ocurra algo sino simplemente registrando lo que ya ocurrió, construyendo el mapa de los movimientos de alguien cuya rutina todavía estaba aprendiendo.

En el asiento del acompañante, una tablet mostraba el perfil que la Asociación había construido en las últimas semanas: encargos, ubicaciones, patrones de uso energético, las condiciones que había impuesto en la reunión bajo la lluvia.

El conductor tomó nota de la hora en que se apagó la luz del departamento del cuarto piso.

Luego envió un mensaje breve a un número que no figuraba en ningún directorio oficial de la Asociación.

"Rutina confirmada. Perfil completo. Esperando instrucciones."

La respuesta llegó en menos de un minuto.

"Observación continua. No intervención todavía. Queremos ver hasta dónde llega solo."

El auto siguió estacionado.

La ciudad siguió siendo la ciudad.

Y Cael Verdan durmió sin saber que alguien estaba aprendiendo exactamente cuándo dormía.

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David Gonzalez Cruz
al proncipio buen argumento drspues sease monotonoaburrido
Annyelizabeth: Gracias por darle una oportunidad a la historia ✨ igualmente agradezco mucho tu opinión 😊
total 1 replies
Annyelizabeth
“¡Gracias por leer, Dalia! Me alegra que te esté gustando. ¿Hay algún personaje que te llame más la atención?”
Annyelizabeth
“Gracias por leer y por los me gusta ❤️
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”
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