Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.
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Capítulo 12 — Estar y No Estar
El barrio amaneció con olor a pan recién hecho.
No combinaba con el ruido lejano de helicópteros.
Cael lo notó al salir del edificio, mochila al hombro, el cuerpo todavía tibio por el café. No miró hacia el cielo. Mirar demasiado arriba a veces hacía que uno empezara a esperar problemas.
Caminó hasta la parada del colectivo sin prisa. El día no tenía urgencias marcadas. Había quedado de verse con el Equipo Gris para revisar rutas y equipo. Trabajo previo. Invisible. Necesario.
El teléfono vibró.
Maira:
“¿Puedes venir antes? Tuvimos un problema chico anoche.”
La palabra chico le raspó por dentro.
“Voy.”
El galpón estaba medio a oscuras cuando llegó.
Lara estaba sentada en una caja de herramientas, los brazos apoyados en las rodillas, mandíbula apretada. Ivo limpiaba sangre seca del lateral de la camioneta con movimientos metódicos. No era mucha.
Suficiente.
—¿Qué pasó? —preguntó Cael.
Maira cerró el dispositivo que tenía en la mano.
—Una anomalía se desdobló. No grande. Pero nos separó.
Lara levantó la vista.
—No fue grave. Fue… torpe. De esas cosas que salen mal cuando uno baja la guardia un segundo.
Cael recorrió con la mirada la escena.
—¿Heridos?
—Ivo se raspó —dijo Lara—. Yo me caí. Nada heroico.
Ivo levantó una mano sin dejar de limpiar.
—Un golpe tonto.
El alivio fue inmediato.
Y, detrás, algo más incómodo.
—Pude haber estado —dijo Cael, sin proponérselo.
El silencio no se tensó.
Lara respondió sin dureza.
—No era necesario. No todos los problemas necesitan más gente. A veces necesitan menos apuro.
No sonó a consuelo.
Sonó a aprendizaje.
Cael asintió. No discutió.
Se sentaron a revisar mapas, rutas de evacuación, puntos donde las inestabilidades solían “engancharse”. Trabajo gris. Nada épico. Cael tomó notas a mano, subrayando puntos como si al escribirlos pudiera ordenar también su propia cabeza.
El Sistema no apareció.
Agradeció esa ausencia.
La misión de la tarde fue en un centro cultural cerrado por reformas.
No había denuncias directas. Solo sensores marcando irregularidades leves.
Demasiada calma.
El auditorio estaba vacío. Filas de butacas cubiertas con plástico, polvo suspendido en la luz que entraba por una ventana alta. El escenario parecía más pequeño sin público.
El foco estaba detrás del telón.
No se veía nada concreto.
Solo esa ondulación apenas perceptible en el aire.
Maira colocó anclajes con precisión.
—Un minuto —dijo—. Si esto funciona, cerramos sin pelea.
Cael observó el temblor. Sintió el tirón interno. Ese impulso de intervenir antes de que algo saliera mal.
No lo hizo.
Esperó.
El anclaje falló con un chasquido seco.
La ondulación se abrió como una costura mal hecha y algo se deslizó hacia afuera.
No era grande.
No era rápido.
Era insistente.
Se arrastró por el piso del escenario dejando una estela que hacía vibrar el polvo.
—Retrocedan —ordenó Lara.
La anomalía se impulsó con un movimiento torpe pero decidido, directo hacia Maira.
Cael avanzó para cubrirla.
Activó el Filo con control.
La luz azul iluminó las cortinas viejas y el aire se llenó de partículas suspendidas.
El primer corte atravesó parte del cuerpo… pero no lo deshizo.
La cosa se replegó.
Se estiró de nuevo.
Aprendía.
—Corten la fuente —dijo Maira, ya en pie—. No el cuerpo.
Cael giró la muñeca, cambió el ángulo y buscó el borde del temblor detrás de la criatura.
El filo raspó esa línea invisible.
El aire vibró como una cuerda tensa.
La anomalía perdió forma.
Se fragmentó en pedazos que se evaporaron antes de tocar el suelo.
El auditorio volvió al silencio.
Ivo soltó el aire.
—Eso estuvo mejor.
Cael sintió el pulso en el hombro.
No dolor.
Advertencia.
Respiró lento hasta que el cuerpo volvió a alinearse.
Afuera, al anochecer, un pequeño grupo de vecinos observaba desde la vereda.
No hubo aplausos.
Una mujer con abrigo largo dijo un “gracias” casi en susurro.
Cael asintió.
No sabía qué hacer con ese tipo de gratitud.
No se sentía un salvador.
Se sentía alguien que llegó a tiempo hoy.
Nada más.
En el camino de regreso, Lara rompió el silencio.
—Ayer no estabas. Hoy sí. Ninguna de las dos cosas te hace mejor o peor.
—No es tan simple —respondió Cael.
—No —admitió ella—. Pero tampoco es tan dramático como lo pintas en tu cabeza.
Maira cerró el estuche del equipo.
—Lo importante es que cuando estás… no te rompas por estar.
La frase se quedó con él.
No te rompas por estar.
Esa noche, el barrio estaba demasiado tranquilo.
Cael subió las escaleras con la mochila al hombro. En el rellano del tercer piso, la vecina mayor estaba sentada en una silla plegable, respirando con cuidado.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—Me mareé un poco. Ya pasó.
Se quedó con ella unos minutos.
En silencio.
El pasillo olía a detergente y sopa recién hecha.
—Usted es de los que ayudan, ¿no? —preguntó ella de pronto.
Cael dudó.
No le gustaba esa etiqueta.
—A veces —respondió.
La mujer sonrió apenas.
—Eso alcanza.
No fue grandilocuente.
Fue sencillo.
Cuando entró a su departamento, dejó la mochila en el suelo y se sentó en la cama.
El Sistema apareció.
[Estado: Estable.]
[Experiencia acumulada: 63%.]
[Recomendación: Recuperación ligera.]
Nada más.
Nada dramático.
Cerró los ojos un momento.
No todo lo que ocurre cuando no estás es culpa tuya.
A veces lo que queda es espacio para que otros también hagan su parte.
La idea seguía siendo incómoda.
Pero ya no dolía.
Y eso, aunque pequeño, era avance.
...****************...
No todos los días terminan con explosiones o portales abiertos.
A veces el avance es simplemente no romperse.
Pero Cael sabía algo…
si el sistema lo marcaba como anomalía,
tarde o temprano alguien vendría a comprobarlo.
Y cuando eso ocurriera,
la tranquilidad de este barrio sería lo primero en desaparecer.
¿Creen que la Asociación dejará a Cael en paz…
o ya están preparando algo contra él? 👀