Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
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El cazador y la promesa
Aelion no volvió a dormir esa noche.
Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos negros de Kael mirándolo con una intensidad imposible de ignorar. No había dureza en ellos. No había crueldad. Solo una calma peligrosa, como la de un mar que parecía tranquilo antes de la tormenta.
¿Por qué me protegió…?
Se incorporó en la cama estrecha de la posada y se llevó una mano al pecho. Su corazón latía demasiado rápido. No era solo miedo. Era algo más profundo, más antiguo.
Un recuerdo.
Un niño que le ofrecía un trozo de pan a escondidas.
Un abrazo torpe, pero sincero.
Una promesa susurrada en la oscuridad: “Algún día te sacaré de aquí.”
—No puede ser él… —murmuró.
Pero su cuerpo parecía reconocerlo antes que su mente.
A la mañana siguiente, la ciudad despertó bajo una tensión invisible.
Los mercenarios seguían allí. Más que el día anterior. Aelion lo notó de inmediato. Sus pasos eran más firmes, sus miradas más incisivas.
—Elion —susurró el dueño de la posada—. Hoy no salgas solo.
Aelion asintió, agradecido.
Sin embargo, el destino no parecía dispuesto a darle tranquilidad.
Mientras llevaba unas cajas al almacén trasero, una sombra se movió demasiado cerca. Aelion sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Así que aquí estabas…
La voz era baja. Amenazante.
Aelion se giró de golpe.
El mercenario del día anterior bloqueaba la salida.
—No sé de qué habla —respondió, retrocediendo.
El hombre sonrió.
—Cabello blanco. Ojos claros. Omega. Coincides demasiado con la descripción.
Aelion sintió cómo el miedo antiguo regresaba con fuerza. La torre. Las cadenas. El hambre.
No… no otra vez.
—Suéltalo.
La voz de Kael cortó el aire como una espada desenvainada.
El mercenario se giró con fastidio.
—No te metas—
No terminó la frase.
Kael estaba frente a él en un instante. Su movimiento fue limpio, preciso. Un golpe seco. El mercenario cayó al suelo sin un sonido.
Aelion se quedó inmóvil, temblando.
Kael se volvió hacia él de inmediato.
—¿Te hizo daño?
Aelion negó con la cabeza.
—Yo… gracias.
Kael lo observó con atención, como si intentara memorizar cada detalle.
—Ya no puedes quedarte aquí —dijo con firmeza—. Te están cazando.
La palabra le heló la sangre.
—No sé por qué —susurró Aelion—. Yo no le importo a nadie.
Kael apretó los labios.
—Eso no es verdad.
Aelion lo miró, confundido.
Kael respiró hondo, como si luchara consigo mismo.
—Ven conmigo —dijo finalmente—. Al menos hasta que esto se calme.
—¿Por qué me ayudarías? —preguntó Aelion, con un hilo de voz.
Kael sostuvo su mirada.
—Porque… —se detuvo— no puedo ignorarte.
Aelion sintió que algo se rompía dentro de él.
Abandonaron la ciudad al anochecer.
Kael conocía caminos secundarios, senderos que evitaban patrullas. Se movía con la seguridad de un soldado experimentado, pero nunca soltó demasiado a Aelion.
Cuando acamparon en el bosque, Aelion se sentó cerca del fuego, observando las llamas.
—Eres fuerte —dijo de pronto—. No solo físicamente.
Kael lo miró sorprendido.
—No lo creo.
—Sí lo eres —insistió Aelion—. Los fuertes no necesitan ser crueles.
Kael bajó la mirada.
—He hecho cosas que no puedes imaginar.
—Yo también —respondió Aelion suavemente.
El silencio se volvió cómodo.
De pronto, el bosque se iluminó.
Criaturas luminosas aparecieron entre los árboles: bestias mágicas de formas suaves, ojos brillantes, presencia tranquila.
Aelion se quedó paralizado.
El recuerdo de su vida anterior lo golpeó como una ola. Bestias. Garras. Muerte.
Comenzó a temblar.
Kael se acercó de inmediato.
—No te harán daño —dijo—. Solo aparecen ante almas puras.
Aelion lo miró, incrédulo.
—¿Puras…?
Una de las criaturas se acercó a él y rozó su mano con suavidad.
Aelion rompió a llorar.
No de miedo.
De alivio.
Kael lo sostuvo sin pensarlo.
—Estoy aquí —susurró—. No dejaré que nadie te encierre otra vez.
Aelion cerró los ojos, apoyando la frente contra su pecho.
En ese instante, algo invisible se selló entre ellos.
Muy lejos, en una sala oscura, el Duque Vhalderion escuchaba el informe con el rostro desencajado.
—¿Un delta lo acompaña?
—Sí, mi señor.
El duque golpeó la mesa con furia.
—Maldita sea…
Sus ojos brillaron con odio.
—Si el emperador lo encuentra primero… —murmuró— todo habrá terminado.
Aelion no lo sabía aún.
Pero la promesa que acababa de aceptar
lo había puesto en el centro del imperio.
Y ya no había vuelta atrás.