La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 17 El alma de Malakor
Hace mil años, un hombre llamado Malakor amó a una mujer.
Era elfo, ella humana. Estaba prohibido, pero a ellos no les importaba. Se encontraban al atardecer en un claro del bosque negro, donde la luz violeta se filtraba entre las ramas y teñía sus pieles de tonos imposibles.
Ella se llamaba Lúthien.
Y era una Aelindel.
Malakor no lo supo al principio. Solo supo que la luz de sus manos era más cálida que cualquier fuego, que su voz calmaba las tormentas y que cuando lo tocaba, todas sus heridas sanaban.
—Eres especial —le decía él—. Diferente.
—Todos somos especiales —respondía ella—. Solo que algunos lo recuerdan.
Aprendió su magia. No para usarla, sino para entenderla. Pasaba horas observando cómo la luz bailaba en sus dedos, cómo tejía hechizos de sanación y protección con la misma facilidad con la que otras personas respiraban.
Y entonces los dioses se fijaron en ella.
No se sabe por qué. Quizá porque su luz era demasiado brillante. Quizá porque su amor era demasiado puro. Quizá porque los dioses, en su infinita crueldad, no soportan la felicidad de los mortales.
Una mañana, Lúthien amaneció muerta.
Sin heridas. Sin enfermedad. Sin explicación.
Solo una sonrisa en los labios y las manos frías sobre el pecho.
Malakor enloqueció.
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—No fue enfermedad —dijo, arrodillado junto a su cadáver—. No fue vejez. No fue accidente. Fueron ellos. Los dioses. No soportaban que existieras.
Había jurado servirles toda su vida. Había construido templos en su nombre, había sacrificado animales en sus altares, había rezado sus plegarias cada noche.
Y ellos le habían arrebatado lo único que amaba.
—Si esto es lo que ofrecéis —susurró—. Si esto es lo que sois... entonces no merecéis existir.
Y así comenzó su guerra.
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Mil años después, Malakor seguía luchando.
Había aprendido a robar la luz de los Aelindel para alimentar su poder. Había creado la maldición de la oscuridad devoradora para vengarse de los elfos que adoraban a los dioses. Había matado a más personas de las que podía recordar.
Pero nunca había vuelto a amar.
—¿Crees que ella te perdonaría? —preguntó Leila.
Estaban en el salón del trono, rodeados de sombras y cenizas. Malakor flotaba frente a ella, envuelto en su oscuridad milenaria, pero sus ojos rojos habían perdido parte de su brillo.
—No me atrevo a creerlo —respondió—. He hecho demasiado daño.
—No me pregunté si tú crees. Te pregunté si ella te perdonaría.
Él dudó.
—Lúthien era... buena. Más buena de lo que nadie merecía. Perdonaba incluso a quienes la herían.
—Entonces sí.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque yo también amo a alguien que se cree monstruo. Y lo perdono cada día.
Malakor la miró largamente.
—Eres como ella —dijo—. Tu luz... es la misma.
—No soy como ella. Soy yo. Y tú no eres como el hombre que la amó.
—¿Cómo sabes cómo era?
—Porque el hombre que amó a Lúthien no masacraba inocentes. No esclavizaba niños. No corrompía almas por venganza.
—Hice todo eso por ella.
—No. Lo hiciste por ti. Para llenar el vacío que te dejó. Pero el vacío nunca se llena con odio.
Malakor guardó silencio.
—Entonces, ¿con qué? —preguntó al fin.
—Con amor. Con propósito. Con perdonarte a ti mismo.
—No sé cómo hacer eso.
—Yo tampoco. Pero lo intento cada día.
Por un instante —solo un instante—, los ojos rojos de Malakor se suavizaron.
Y en ese instante, Angrod atacó.
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La espada lo atravesó de lado a lado.
Malakor abrió los ojos con sorpresa, como si no esperara que el dolor fuera tan real. Miró el acero que sobresalía de su pecho, la sangre negra que manaba de la herida.
—Príncipe —susurró—. Has esperado mucho tiempo para esto.
—Mil años —respondió Angrod—. Tú empezaste esta guerra. Yo voy a terminarla.
—¿Y crees que matarme la terminará?
—No. Pero es un buen comienzo.
Malakor sonrió. Era una sonrisa triste, casi agradecida.
—Tienes razón —dijo—. Empecé esta guerra por amor. Pero la continué por odio. Y el odio... el odio no construye nada.
Miró a Leila.
—Cuídalo —dijo—. Es terco y está roto, pero tiene un buen corazón.
—Lo sé —respondió ella—. Por eso lo elegí.
—Entonces... entonces quizá...
No terminó la frase.
Su cuerpo se desvaneció en cenizas, igual que sus sombras, igual que su maldición. La oscuridad que lo había envuelto durante mil años se disipó lentamente, como la niebla al amanecer.
Y en el suelo, donde había caído, solo quedó un pequeño brote de flor azul.
—Tayannis —dijo Círdan, que había llegado en algún momento—. La flor que solo crece en las grietas de las montañas. La que Lúthien llevaba en el cabello la primera vez que lo vio.
Leila se arrodilló y tocó el brote con la yema de los dedos.
—Descansa —susurró—. Ya terminó.
La flor brilló débilmente, como un último suspiro.
Y luego se apagó.