Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 18: Fuego cruzado y piel quemada
El asedio a la "Caja de Sombras" había comenzado. El eco de los rotores del helicóptero de Thorne sacudía los cimientos de la cabaña mientras las primeras ráfagas de balas trazadoras rasgaban la oscuridad del bosque, impactando contra los troncos de los pinos. Dentro, el ambiente era una olla a presión de adrenalina y deseo reprimido.
Mateo estaba encorvado sobre su laptop, con el sudor corriéndole por la sien. El resplandor azul de la pantalla iluminaba su rostro, marcando las líneas de una determinación casi maníaca.
—¡Matt, el perímetro norte ha caído! —gritó Javier desde la ventana, devolviendo el fuego con una ráfaga corta—. ¡Tenemos que movernos al sótano blindado o nos van a llover granadas de gas!
El estallido de la tensión
Adrián, que estaba recargando su arma junto a Mateo, lo agarró bruscamente por el hombro. Sus ojos estaban dilatados, no solo por el miedo, sino por la ferocidad de saberse acorralado.
—Vete al sótano con Javier —ordenó Adrián, su voz una vibración baja que resonó en el pecho de Mateo—. Yo me quedaré arriba para ganarles tiempo.
—¡No te voy a dejar solo! —replicó Mateo, cerrando la laptop de un golpe y poniéndose de pie.
Se quedaron frente a frente, a escasos centímetros. El sonido de las explosiones exteriores parecía desvanecerse ante el estruendo de sus propios corazones. En ese momento, rodeados por la muerte inminente, la máscara de "estudiantes" o "fugitivos" desapareció. Solo quedaban dos hombres que se amaban con una intensidad tóxica y desesperada.
Adrián acortó la distancia y estampó a Mateo contra la mesa de operaciones. Fue un contacto eléctrico, violento. El beso fue un choque de dientes y lenguas, una lucha por el aliento que sabía a pólvora y a la urgencia de quienes no saben si tendrán un mañana. Las manos de Adrián buscaron desesperadamente la piel de Mateo bajo la camiseta, mientras Mateo enterraba sus dedos en el cabello de Adrián, tirando con una fuerza que buscaba dolor para sentirse vivo.
—Si vamos a morir —jadeó Adrián contra los labios de Mateo, su respiración quemando el cuello del arquitecto—, quiero que sea recordándote así. Sin secretos. Solo tú y yo.
—No vas a morir —respondió Mateo, su voz quebrada por un gemido ahogado mientras Adrián mordía el lóbulo de su oreja—. Porque todavía no he terminado contigo.
La tensión sexual, acumulada durante meses de fingir desinterés en el campus, estalló en un breve pero feroz encuentro entre el caos de la batalla. Fue un momento de posesión absoluta, una forma de reclamar soberanía sobre el otro antes de que el mundo los reclamara a ellos.
El Tercer Jugador: La Sombra de Donato
Justo cuando los hombres de Thorne lanzaban la primera granada aturdidora a través de la ventana principal, un nuevo sonido desgarró la noche. No fue el silbido de las balas de los mercenarios, sino el estruendo de un motor diesel pesado y el tableteo de una ametralladora de calibre .50 que empezó a segar las filas de Thorne desde el flanco este.
—¿Qué demonios es eso? —gritó Javier, cubriéndose la cara mientras los cristales saltaban por los aires.
Mateo se asomó a la pantalla de vigilancia externa, que milagrosamente seguía activa. Una columna de vehículos militares negros, sin insignias oficiales pero con un blindaje que solo el dinero del narcotráfico o el tráfico de armas podía comprar, estaba masacrando al equipo de Thorne.
De la camioneta líder bajó un hombre que Mateo reconoció al instante, a pesar de que los informes decían que estaba en una prisión de máxima seguridad en el extranjero: Julián "El Ruso" Varga, el antiguo socio logístico de Donato de la Vega y el hombre que Beatriz había intentado asesinar para quedarse con el control de las rutas.
—No son federales —dijo Mateo, palideciendo—. Es la vieja guardia de mi padre. Han venido a reclamar lo que Beatriz les robó.
El pacto con el diablo
El fuego cruzado convirtió el claro del bosque en un infierno. Los mercenarios de Thorne, atrapados entre la cabaña y los hombres de Varga, empezaron a caer como moscas. Thorne, viendo que la situación se le escapaba de las manos, ordenó la retirada hacia el helicóptero, dejando a Beatriz sin su "brazo ejecutor" en el terreno.
Julián Varga caminó hacia la puerta de la cabaña, ignorando las balas que silbaban a su alrededor. Se detuvo en el porche y golpeó la madera con la culata de su fusil.
—¡Adrián! ¡Sal con el chico! —gritó Varga—. Tu madre es una aficionada que juega a ser reina. Yo soy el que construyó el trono donde tu padre se sentaba. No vengo a matarlos... todavía.
Mateo y Adrián se miraron. Javier les hizo una señal de "espera", pero Mateo sabía que no tenían opción. Si se quedaban, Varga quemaría la cabaña. Si salían, entraban en un nuevo tipo de esclavitud.
Salieron al porche con las manos en alto, pero con la frente en alto. Varga miró a Adrián y soltó una carcajada ronca.
—Te pareces a Donato cuando era joven. Tenía esa misma mirada de perro rabioso. Y tú... —Varga señaló a Mateo—, tú eres el arquitecto que puso a la "Viuda Negra" de rodillas. Me gusta tu estilo, muchacho.
—¿Qué quiere de nosotros? —preguntó Adrián, colocándose protectoramente frente a Mateo, aunque todavía sentía el calor de su reciente encuentro en la piel.
—Quiero el "Archivo Cero" original —dijo Varga, acercándose hasta que el cañón de su arma rozó el pecho de Adrián—. No esa basura viral que lanzaste en la universidad. Quiero los códigos de acceso a las cuentas suizas que Beatriz bloqueó. Ella cree que el dinero es suyo, pero ese capital pertenece a los socios que ella traicionó. Entréguenme los códigos y les daré la cabeza de su madre en una bandeja. Y después, podrán desaparecer de verdad.
El clímax de la traición
Mateo sintió el disco duro en su mochila. Contenía no solo la ruina de los políticos, sino la ubicación de la fortuna que Varga buscaba. Era el tesoro de guerra definitivo.
—Si se lo damos, nos matará en cuanto el primer dólar llegue a su cuenta —susurró Mateo al oído de Adrián.
—Lo sé —respondió Adrián—. Pero si no se lo damos, Thorne volverá con refuerzos y Beatriz nos cazará hasta el fin de los tiempos. Varga es nuestra única salida del tablero de mi madre.
Javier salió de la cabaña, bajando su arma.
—Varga, si los tocas, el Servicio de Inteligencia enviará un ataque de drones a tus coordenadas antes de que puedas decir "lavado de dinero". Déjalos ir conmigo y te daré los códigos.
Varga sonrió, mostrando unos dientes de oro.
—El agente federal quiere jugar al héroe. Bien. Tenemos un trato temporal. Suban a las camionetas. Vamos a la capital. Mañana, Beatriz de la Vega dará su último discurso... y nosotros seremos la audiencia principal.
Mientras subían a los vehículos blindados, Mateo tomó la mano de Adrián. La tensión sexual de hace unos minutos se había transformado en una complicidad fría y letal. El Volumen 3 ya no era una historia de supervivencia universitaria; se había convertido en un heist de alto nivel.