En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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Testigo del tiempo
Sandra notó de inmediato que el color abandonaba el rostro de su amiga.
—Anya, ¿estás bien? —preguntó Sandra, tocándole el hombro con genuina preocupación.
Anya parpadeó, ajustándose la bata con manos que no dejaban de temblar. El nombre de la habitación resonaba en su cabeza como una advertencia.
—Sí... la 402. Voy para allá ahora mismo —logró decir, aunque sentía las piernas de plomo.
Caminó hacia el ala de medicina interna, sintiendo que cada paso la alejaba más de la lógica médica y la acercaba más a eventos inexplicables. Si el paciente de esa habitación tenía la marca que el detective describió, su mundo racional se acabaría para siempre.
Al entrar, el aroma a jazmín que la perseguía fue reemplazado por el olor inconfundible de los medicamentos y el cansancio acumulado. Encontró a un anciano recostado en la camilla; a su lado, una mujer de cabello canoso sostenía su mano con devoción, rodeados por cuatro jóvenes que observaban el monitor cardíaco con angustia.
—Buenos días, señor Hernández. Mi nombre es Anya Linares y seré su doctora —dijo, tratando de recuperar su voz profesional.
El anciano giró la cabeza con lentitud. Al verla, un brillo especial, casi sobrenatural, iluminó sus ojos cansados. Una sonrisa débil se dibujó en sus labios agrietados.
—Pareces un ángel... —susurró el hombre—. Creo que finalmente ha llegado mi hora de partir.
—No soy un ángel, señor Hernández —respondió Anya, acercándose para revisar el monitor—. Solo vengo a revisar su historia médica y ver qué está pasando con su corazón.
La esposa del hombre suspiró, mirando a Anya con disculpa.
—Lo siento, doctora. Mi esposo ha estado delirando toda la mañana. Habla de ángeles, de deudas pendientes y de vidas pasadas. Dice que hoy su alma finalmente descansará en paz.
Un frío helado recorrió la columna de Anya. La imagen de Ian Vásquez en el pasillo del hospital volvió a su mente con una fuerza aterradora. “Pregúntele cómo murió en su vida pasada”, le había dicho él la noche anterior.
—Necesito revisarlo a solas un momento, por favor —pidió Anya—. En cuanto termine, les daré un informe.
Cuando la familia salió, el silencio de la habitación se volvió sofocante. Anya comenzó a tomar la presión del hombre, pero sus ojos buscaban una sola cosa. Al bajar la sábana para colocar el estetoscopio, lo vio.
En el lado izquierdo de su cuello, justo sobre la carótida, el anciano tenía una mancha oscura y rugosa, una cicatriz que parecía el rastro de una quemadura antigua o el roce violento de una soga.
—Esta marca en su cuello... ¿cómo se la hizo? —preguntó Anya, olvidando por un segundo el protocolo.
El anciano cerró los ojos, disfrutando del contacto de las manos de la doctora como si fuera una bendición.
—Nací con ella. A medida que los años pasaban, se hacía más profunda, como si me recordara que mi cuello No siempre fue libre —respondió con una calma absoluta—. Sabe, doctora... las cosas no son siempre lo que parecen. Ahora que mis días llegan al final, entiendo que podemos cambiar nuestro destino.
—Trate de descansar, señor Hernández —murmuró Anya, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.
—Los Rastreadores están equivocados —continuó el anciano, tomando la mano de Anya con una fuerza sorprendente—. Las almas pueden cambiar. Yo fui un hombre violento una vez, hace mucho tiempo... pero esta vida la dediqué a amar. Díselo a él. Dile que la marca no es el final.
En ese instante, el monitor lanzó un pitido largo y agudo. El ritmo cardíaco del señor Hernández se desplomó. Anya reaccionó por puro instinto profesional, activando el código rojo. En cuestión de segundos, la habitación se llenó de médicos, desfibriladores y gritos de mando. Anya realizó compresiones, luchando con todas sus fuerzas, pero era como si el alma del hombre ya hubiera decidido soltarse.
A pesar de los esfuerzos, el reloj marcó la hora del deceso.
Anya salió al pasillo visiblemente afectada, con el sudor frío corriéndole por la frente. Tenía que dar la noticia, la parte más amarga de su vocación. La esposa del anciano se acercó a ella antes de que Anya pudiera hablar. La anciana no gritó; simplemente tomó las manos de Anya y sonrió a través de las lágrimas.
—Gracias por escucharlo, doctora —dijo la mujer—. Él vivió toda su vida atormentado por un pasado que decía no haber vivido, pero por el que se sentía culpable. Al verla a usted, sus ojos se llenaron de una paz que nunca le conocí. Murió libre.
Anya regresó a la sala de descanso de médicos, dejándose caer en un sofá desvencijado. Estaba confundida y aterrada. El anciano sabía que alguien la enviaba. “Díselo a él”, había dicho.
Se llevó las manos a la cara y, al hacerlo, sintió algo en el bolsillo de su bata. Sacó la pequeña flor de jazmín que había encontrado en su casa. El aroma seguía siendo intenso, pero ahora, en lugar de miedo, le provocaba una melancolía insoportable.
Anya regresó a la sala de descanso de médicos, dejándose caer en un sofá desvencijado que olía a café rancio y turnos interminables. Estaba confundida y aterrada. El anciano sabía que alguien la enviaba. “Díselo a él”, había dicho con su último aliento.
Si el señor Hernández tenía razón y las almas podían cambiar... ¿Qué significaba eso para ella? ¿A quién debía decírselo? Las piezas no encajaban en su mundo de diagnósticos y evidencias científicas. No estaba entendiendo nada; por primera vez en su carrera, consideró seriamente la posibilidad de que estaba perdiendo la cordura.
No habían pasado ni diez minutos cuando Sandra interrumpió su breve descanso.
—Jefa, tiene una visita en la recepción —anunció Sandra, asomando la cabeza por la puerta con una expresión de curiosidad mal disimulada.
Anya abrió los ojos, que había mantenido cerrados tratando de sofocar el vértigo.
—A mí nadie me visita, Sandra. Recuerda que no tengo familia y mi única amiga eres tú —respondió Anya sin moverse del sillón, con la voz apagada por el cansancio.
—Pues yo que tú iría a ver de quién se trata —insistió su colega, entrando en la habitación y bajando el tono a un susurro cómplice—. Ese hombre es guapísimo, pero tiene un aire que... no sé, grita "peligro" por todos lados. Es como si hubiera salido de una película de gángsters antigua.
Al escuchar la descripción de su amiga, Anya sintió un vuelco en el estómago. Supo inmediatamente de quién se trataba. El rastro de jazmín en su mente pareció intensificarse. Había tenido la estúpida esperanza de que, tras el encuentro de la madrugada, él no la buscaría más, pero ahí estaba otra vez.
Ian Vásquez no era un hombre que se rendía. Estaba allí para seguir atormentándola con su locura, o para obligarla a aceptar una verdad que ella no estaba lista para cargar.