El reino de los hombres bestia prospera bajo el mando del rey alfa Samuel Costa… o al menos así lo cree el mundo.
Porque detrás de la reina falsa que ocupa el trono, Samuel oculta un secreto mortal: su verdadero cónyuge es un omega humano, Camilo, cuya mera existencia está prohibida por la ley.
Cuando la verdad sale a la luz, la traición cae como un golpe implacable. Uno a uno, sus aliados son asesinados. Samuel y Camilo mueren juntos sin haber podido aceptarse como los destinados que siempre fueron… hasta que el destino les concede un milagro.
Samuel renace en el instante en que su tragedia comenzó. Ahora, con la memoria intacta y el corazón ardiendo de arrepentimiento, hará lo que no hizo antes: proteger a su omega, desafiar al consejo real y reescribir el futuro, aunque para ello deba destruir enemigos ocultos y el propio sistema que lo traicionó.
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SABIO
Para Samuel era increíble volver a caminar entre los pasillos repletos de puestos de los comerciantes. En su primera vida no se había atrevido siquiera a estar cerca de Camilo después de su rut; no solo eso, sino que incluso había corrido el rumor de que había lastimado al omega.
El recuerdo le oprimía el pecho.
Sentía un profundo remordimiento por lo ocurrido.
En aquel entonces, el miedo, las normas del reino y su propia cobardía lo habían llevado a alejarse de Camilo, aun cuando en su corazón ardía el deseo de protegerlo. No había sido capaz de acercarse… y ahora pagaba el precio de ese error.
—Hijo, ¿te sientes bien? —preguntó Brisa al notar el silencio de Samuel, acercándose con suavidad.
—Estoy bien, madre mía —respondió él, forzando una leve sonrisa—. ¿Por qué no vas con padre a ver los puestos? Hay algunos que te gustarán.
Samuel buscaba dejarlos solos. Necesitaba tiempo con Camilo, lejos de miradas inquisitivas.
Brisa lo observó detenidamente, como si pudiera ver más allá de sus palabras.
—Está bien —aceptó al fin—. Solo no le hagas daño, ¿entendido?
—Jamás, madre —respondió Samuel con firmeza.
Sabía, por palabras de su padre, que su madre poseía un don especial: podía ver las auras de las personas, sentir sus emociones y detectar intenciones ocultas. Por esa razón, ella había insistido tanto en que Camilo no se acercara a Félix.
Algo oscuro rodeaba al alfa… algo que Brisa percibía con claridad.
Mientras Samuel y Camilo caminaban juntos, las miradas no tardaron en llegar. Algunos los observaban con fascinación, curiosos por aquella extraña pareja; otros, en cambio, los miraban con abierta desaprobación.
Era bien sabido que los descendientes de bestias no debían relacionarse con humanos. Mucho menos convertirlos en consortes reales.
Pero Samuel estaba decidido a cambiar eso.
—Príncipe Samuel —llamó un comerciante, haciéndole una seña—. Ya está listo.
El corazón de Samuel se estremeció al recordar ese momento. En su vida anterior, había casi suplicado a ese mismo comerciante que fabricara la joya más exquisita para Alexandra. En aquel entonces no valoró a Camilo… y lo había hecho quedar en ridículo al entregarle el collar a otra persona frente a todos.
Esta vez sería diferente.
—Ven, Camilo —dijo Samuel, tomándolo de la mano
—. Es un regalo de mi parte.
El omega se sorprendió, pero no se resistió. Al entrar a la tienda, quedaron rodeados de joyas y piedras preciosas de todos los colores, brillando bajo la luz
cálida.
—Aquí está —anunció el comerciante, sacando un collar de una caja aterciopelada.
Para Samuel, aquel collar significaba entregarse por completo. Para Camilo, sin saberlo aún, representaba el amor que comenzaba a nacer en su corazón, tímido pero sincero.
—Le agradezco su trabajo —dijo Samuel, entregándole una bolsa con monedas de oro.
—El placer ha sido mío —respondió el comerciante con una sonrisa—. Debo admitir que me sorprendió escuchar que ya se ha comprometido.
—Aún no es oficial —aclaró Samuel, señalando a Camilo—. Estamos buscando una forma de que la gente lo acepte.
Camilo, ajeno a la conversación, observaba fascinado las piedras preciosas, tocándolas con cuidado.
—Le diré algo, alteza —dijo el comerciante con voz baja—. No debería importarle la opinión ajena. La decisión de con quién casarse solo le corresponde a usted.
Samuel lo miró con gratitud.
—Le doy la razón. Espero que pueda asistir a la celebración, una vez se confirme.
—Estaré encantado, su alteza.
Al salir de la tienda, Samuel notó cómo los demás comerciantes los observaban. Pero no era a él a quien miraban con insistencia… era a Camilo.
Como aves de rapiña, esperando el momento de verlo caer para devorarlo.
Continuaron caminando. Algunos intentaban venderles productos con exagerada amabilidad; otros, en cambio, retiraban sus mercancías con gestos despectivos, murmurando que no querían que “se contaminasen con manos humanas”.
Eso hirió a Camilo más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—No los escuches —dijo Samuel, llevándolo hacia una fuente cercana.
—No te preocupes, estaré bien —respondió Camilo, sentándose—. No es la primera vez que ocurre.
Samuel apretó los dientes, conteniendo la rabia.
—Iré por algo para que comas. Si alguien te dice o te
hace algo… grita mi nombre y vendré corriendo.
Camilo asintió.
Mientras esperaba, varios niños se acercaron con curiosidad. Un humano era algo extraño para ellos… y más aún un omega. Al principio lo rodearon con cautela, pero pronto comenzaron a jugar, invitándolo a participar de sus travesuras.
Las risas no tardaron en llenar el ambiente.
El corazón de Camilo saltaba de alegría. Aquellos momentos le recordaban su infancia, sencilla y feliz.
Las personas comenzaron a tocar instrumentos, llenando el festival de música y vida.
Más tarde, se detuvieron a dar de comer a las palomas. Al regresar hacia la fuente, Camilo notó a un anciano sentado a un costado.
Parecía hambriento.
Camilo recordaba bien los libros que había leído sobre Lycanthe; en ninguno se mencionaba que se permitiera a los ancianos morir de hambre. Se acercó con cautela y le ofreció una de las frutas que uno de los niños le había dado.
Samuel observaba a la distancia, alerta.
El anciano sonrió… y con un chasquido, sus ropas cambiaron por completo.
—Qué maravillosa sorpresa me ha dado, alteza —dijo el hombre con voz profunda.
—¿Usted?… pero hace un momento… —murmuró Camilo, sorprendido.
—He sido enviado para probar su corazón, su mente y su alma —explicó el anciano, entregando dulces a los niños—. Gracias por su ayuda.
—Camilo, ¿estás bien? —preguntó Samuel, acercándose de inmediato.
—Saludos, su alteza —dijo el anciano—. Fui convocado por el pueblo para investigar a su prometido.
Ya no quedaba rastro del mendigo.
—Debo decirle —continuó— que ha escogido muy bien a su pareja. Los actos de bondad y un corazón puro pesan más que cualquier tesoro en esta tierra.
El anciano se inclinó profundamente ante Camilo.
—Que la diosa luna lo proteja y nos conceda el honor de ser sus súbditos.
Uno a uno, los presentes comenzaron a acercarse al omega, inclinándose con respeto, tocando apenas el borde de sus ropas. La desconfianza se transformó en admiración.
A la distancia, Félix y Alexandra observaban la escena con los dientes apretados por la ira.
Ahora lo sabían.
Debían deshacerse del omega… costara lo que costara.
—Habitantes de Lycanthe —anunció el anciano—, el corazón de este omega ha sido probado. Hoy puedo asegurarles que será un gran rey omega junto a su
alteza, el príncipe Samuel.
Las ovaciones estallaron.
Pero Samuel lo sabía bien: donde hay felicidad, siempre existe algo que la equilibra.
El mal no existe sin el bien… y el bien no existe sin el mal.