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Bajo La Máscara De La Venganza.

Bajo La Máscara De La Venganza.

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mafia / CEO / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo donde la traición y el deseo son moneda corriente, una mujer se alza entre las sombras para reclamar su lugar en el trono del poder, desatando una tormenta de venganza y seducción.

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Capítulo 07

La luz del alba entró en el ático como un intruso, dibujando líneas de un gris metálico sobre las sábanas de seda revueltas. Clara abrió los ojos y, por un segundo, la calidez del cuerpo de Gabriel a su lado la hizo olvidar el peso de la corona que llevaba sobre la cabeza. Pero el olvido era un lujo que "La Sombra" no podía permitirse. Se incorporó con lentitud, sintiendo el leve roce de las sábanas contra su piel todavía sensible, y observó a Gabriel. Incluso dormido, él emanaba una peligrosidad latente, una tensión en los hombros que delataba a un hombre que nunca bajaba la guardia por completo.

Se levantó y caminó hacia el ventanal. La ciudad despertaba bajo una capa de neblina, ignorante de que su reina estaba trazando el mapa de una masacre silenciosa. El deseo de la noche anterior se había transformado en una claridad gélida. La pasión era el combustible, pero la estrategia era el motor.

—Ya estás pensando en cómo quemar el mundo, ¿verdad? —La voz de Gabriel, ronca por el sueño, rompió el silencio desde la cama.

Clara no se giró. Seguía mirando los edificios que se alzaban como lápidas de cristal.

—El mundo ya está ardiendo, Gabriel. Solo estoy decidiendo quién merece morir en el incendio y quién debe mirar cómo se consume todo lo que ama —respondió ella, su voz desprovista de la suavidad de la madrugada.

Él se levantó, caminando hacia ella con una desnudez despreocupada y poderosa. Se detuvo a su espalda, pero esta vez no la tocó. Respetaba el espacio de la mujer que estaba a punto de ir a la guerra.

—Julián está en el almacén. Esteban dice que ha empezado a hablar, aunque la mitad de lo que dice son súplicas y la otra mitad son mentiras —informó Gabriel—. ¿Quieres que yo termine el trabajo o vas a ensuciarte las manos tú misma?

Clara se giró finalmente. Sus ojos eran dos pozos de obsidiana, duros y brillantes.

—Julián no es el trabajo, Gabriel. Julián es el mensaje. El verdadero trabajo son los Beltrán. Quiero que sientan que el cielo se les cae encima antes de que se den cuenta de que yo soy la que sostiene la gravedad.

***

Dos horas después, Clara descendía las escaleras de hormigón del almacén subterráneo. El olor a humedad y a miedo era tan denso que casi podía palparse. En el centro de la habitación, iluminado por una única bombilla que parpadeaba con un zumbido eléctrico, Julián estaba atado a una silla metálica. Su rostro, antes apuesto y cuidado, era una masa de hematomas y sangre seca. Al verla entrar, un destello de esperanza patética cruzó sus ojos hinchados.

—Clara... por favor... —gimió él, su voz apenas un susurro quebrado—. Yo te amaba... todo lo que hice fue porque los Beltrán me amenazaron... me obligaron...

Clara se detuvo a un metro de él. Llevaba un traje sastre gris humo, perfectamente entallado, y unos tacones que resonaban contra el suelo como disparos de gracia. Se cruzó de brazos, observándolo con una curiosidad clínica, como quien mira a un insecto retorciéndose bajo una lupa.

—Es fascinante, Julián —dijo ella, su tono era casi conversacional—. Incluso ahora, con tu vida colgando de un hilo, sigues intentando manipularme. No me subestimes más. Los Beltrán no te obligaron. Tú te vendiste por una fracción del poder que yo ya te había dado. Te vendiste porque tu ego no soportaba ser el consorte de la mujer más poderosa de este país.

—¡No es cierto! —gritó él, tosiendo sangre—. ¡Te cuidé! ¡Te hice creer que eras segura!

Clara se inclinó hacia él, invadiendo su espacio con una frialdad que hizo que Julián se encogiera.

—Me hiciste creer que era vulnerable para poder robarme —corrigió ella—. Pero lo que no sabías es que "La Sombra" no necesita protección. Necesita lealtad. Y tú, cariño, eres el recordatorio de por qué la lealtad es la moneda más cara del mercado negro.

Hizo una seña a Esteban, que esperaba en las sombras con una tableta.

—Los códigos, Julián —ordenó Clara—. Ahora. Si me das los accesos a las cuentas que desviaste y los nombres de los contactos que los Beltrán usan en el puerto, tal vez... solo tal vez, tu muerte sea rápida.

Julián sollozó, el sonido de un hombre que sabe que ha perdido todo. Durante la siguiente hora, desgranó cada secreto, cada traición y cada nombre. Clara escuchaba, procesando la información con la precisión de una computadora. Los Beltrán estaban usando las rutas de Mendoza Logistics para mover no solo droga, sino algo mucho más oscuro: tráfico de personas en el Sector 7.

Al terminar, el silencio en el sótano era sepulcral. Julián la miró, temblando.

—Ya te lo di todo, Clara. Déjame ir. Me iré del país, nunca volverás a saber de mí... lo juro.

Clara lo miró por última vez. No sentía odio. El odio es una emoción que requiere importancia, y Julián ya no era nada para ella. Era un residuo, una mancha que debía limpiarse.

—Gabriel —llamó ella sin apartar la vista del hombre roto—. No lo mates todavía. Quiero que vea las noticias mañana por la mañana. Quiero que vea cómo su "nueva familia" desaparece. Luego, haz lo que tengas que hacer.

Salió del sótano ignorando los gritos desgarradores de Julián, que pedía misericordia a una mujer que la había enterrado hacía mucho tiempo.

Subió a la oficina principal del almacén, donde Gabriel y Esteban la esperaban frente a una pantalla gigante que mostraba el mapa logístico de la ciudad.

—Bien —comenzó Clara, señalando un punto en el puerto—. Los Beltrán creen que tienen el control del Sector 7. Pero lo que no saben es que el Ministro de Seguridad me debe un favor desde hace cinco años. Esteban, quiero que filtres de forma anónima el cargamento de esta noche a la unidad de asuntos especiales. Pero no a la policía local, ellos están comprados. Envíalo directamente a la Interpol.

—¿Interpol? —Gabriel arqueó una ceja—. Eso va a quemar la ruta para siempre, Clara. Vas a perder millones.

—No se trata del dinero, Gabriel. Se trata de la reputación —replicó ella, golpeando la mesa con el dedo—. Si los Beltrán caen bajo una investigación internacional, nadie en este negocio volverá a tocarles ni con un palo de diez metros. Sus socios se retirarán, sus cuentas serán rastreadas y su apellido se convertirá en veneno. Quiero que pierdan el respeto antes de que pierdan la vida.

—Y mientras la Interpol se encarga del ruido —continuó Gabriel, entendiendo el plan—, nosotros nos encargamos del silencio.

—Exacto —asintió Clara—. Mientras Lorenzo Beltrán intenta explicarle a la prensa por qué hay cincuenta personas en sus contenedores, tú y tus hombres entrarán en su hacienda. No quiero que dejen piedra sobre piedra. Quiero que recuperen los archivos físicos de su caja fuerte. Allí están los nombres de los jueces y políticos que los protegen. Esas son mis nuevas armas.

Clara se sirvió una copa de vino tinto, observando cómo el líquido se movía en el cristal. Sus ojos brillaban con una determinación feroz. La traición la había herido, sí, pero la herida se había cauterizado con el fuego de la ambición.

—¿Y qué hay de la otra facción? —preguntó Esteban—. Los que están esperando a que tú caigas para ocupar tu lugar.

Clara sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos.

—Ellos van a recibir una invitación a una reunión de emergencia esta noche. Les diré que he decidido "retirarme" debido a la presión de los Beltrán. Los invitaré a que se unan a ellos si quieren.

Gabriel soltó una carcajada seca.

—Los vas a marcar como blancos.

—Los que acepten irse con los Beltrán morirán con ellos —sentenció Clara—. Es el filtro perfecto. Solo los leales sobrevivirán a la purga de esta noche.

Se acercó a Gabriel, quien la miraba con una mezcla de respeto y una atracción que volvía a encenderse en el aire cargado de la oficina.

—Esta noche la ciudad recordará por qué me llaman "La Sombra" —dijo ella, bajando la voz—. No soy una mujer que fue traicionada, Gabriel. Soy la mujer que permitió que la traicionaran para poder ver quiénes eran sus verdaderos enemigos.

Gabriel le tomó la mano, besando sus nudillos con una reverencia que no tenía nada de sumisión y todo de complicidad.

—Entonces, que empiece el espectáculo, jefa. Estoy ansioso por ver cómo se ve el infierno cuando tú diriges la orquesta.

Clara asintió, sintiendo el frío reconfortante de la venganza recorriendo sus venas. La traición de Julián había sido el fin de una mentira, pero el inicio de un reinado absoluto. Mientras la noche volvía a caer sobre la ciudad, Clara Mendoza se preparaba para servir el plato más frío de su carrera, y sabía que el sabor sería delicioso.

La guerra no acababa de empezar; ella ya la había ganado, los demás solo estaban esperando a que se les notificara su derrota. Y en la oscuridad de su oficina, con Gabriel a su lado y el eco de la desesperación de sus enemigos en el aire, Clara finalmente sonrió. Era una sonrisa hermosa, letal y eterna. El imperio estaba a salvo, y su alma, aunque oscura, nunca se había sentido tan poderosa.

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Mar Sol
Clara está confiada en que está vez va a resultar su plan, ella es astuta, espera no haya errores.
Equipo Motorola
excelente felicitaciones escritora, muy diferente a todo lo recurrente, solo me quedo la duda de Julian, osea, no murió jajaja
Mar Sol
Al igual que Julián, hay otra persona que no sabe de lealtad, la ambición es tan fuerte que no le importó vender información a los enemigos de Clara.
Mar Sol
¡¡Que interesante!! ¡¡esto apenas va a empezar!!
Mónica Aulet
Que fuerte!!
Mónica Aulet
Y que se queme todo!!!!
Mónica Aulet
Impresionante ,la verdad que me tiene atrapada la historia.
Irma Ruelas
❤️😍😍😍😍😍😍
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