Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 5: Cerebrito y alianzas forzadas
Keily
La mañana empezó como cualquier otra… para mí. Café humeante, auriculares puestos y apuntes abiertos sobre la mesa. Tenía un problema de programación que resolver, y si algo podía concentrarme, era eso.
Hasta que la puerta del departamento se abrió de golpe.
—¡Buenos días, cerebrito! —la voz de Gastón me sobresaltó, y casi derramo el café—. ¿Ya estás lista para otro día de aventuras en el mundo de los mortales?
—¿Cerebrito? —pregunté, parpadeando incrédula—. ¿Ahora me llamas así?
—Sí, me cansé de “gordita nerd”. Muy hiriente. Prefiero algo más… tolerable. —Sonrió con suficiencia.
Lo miré con una mezcla de sorpresa y exasperación.
—Tolerable… dice el rey de la arrogancia. Al menos esta vez no me insulta directamente.
—Técnicamente sí te insulta indirectamente —replicó
—.Pero se siente más elegante.
—¿Elegante? —dije, cruzándome de brazos—. Mejor usa tu energía en arreglar ese desastre de departamento que llamas sala.
Gastón me lanzó una sonrisa torcida y se alejó hacia la cocina, dejándome con el café que ya estaba frío. Aun así, no pude evitar sonreír por dentro. Que cambiara el apodo era un pequeño triunfo… aunque todavía lo odiaba profundamente.
—Oye, Cerebrito —volvió a llamar, con la voz cargada de diversión—, ¿vas a desayunar o solo vas a mirar la pantalla todo el día?
—Primero dime cómo llamas a tus amigos ruidosos “invitados sorpresa” —gruñí—. Ellos fueron los culpables de que no durmiera anoche.
—Oh, vamos —dijo—. Solo vinieron a divertirse un poco. No es culpa mía si tú eres una ermitaña que vive con libros.
—Ermitaña… gracias por la descripción exacta de mi vida social. —Me acerqué y le señalé el libro de algoritmos sobre la mesa—. Ahora si me disculpas, Cerebrito —dije con un gesto dramático—, tengo que salvar el mundo de mis clases antes de que tú arruines tu aura de chico guapo.
Gastón rio, pero antes de que pudiera replicar, sonó el teléfono. Era mi mamá.
—Keily, ¿ya sabes lo de la facultad? —preguntó, intentando sonar calmada.
—Sí, mamá, estoy ocupada —contesté—. Estoy estudiando para un proyecto.
—¡Justamente por eso! —su tono cambió, y pude sentir la tensión que siempre escondía detrás de su voz dulce—. Tus padres y los Moretti quieren que demuestren unidad. Hay… rumores sobre ustedes en la universidad. Es mejor que trabajen juntos en público.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Rumores? ¿Qué rumores?
—No me hagas perder tiempo explicando. Solo… haz lo que te dicen. Ellos están muy serios.
Colgué y me dejé caer en la silla, incrédula. Gastón me miró con curiosidad.
—¿Qué pasó ahora? —preguntó—. ¿Tus padres te pusieron otra tarea imposible?
—Casi —respondí, resoplando—. Ahora también tenemos que fingir que somos la pareja perfecta, porque hay rumores sobre nosotros y nuestros padres no toleran que hagamos lo que queramos.
—¿Fingir? —repitió, arqueando una ceja—. Suena divertido.
—Divertido para ti, seguro —gruñí—. Para mí es humillante.
Gastón se encogió de hombros y se acercó, con esa sonrisa que me irritaba tanto.
—Bueno, Cerebrito, al menos esto significa que vamos a pasar más tiempo juntos. No todo es malo.
—¡No me llames así de nuevo! —exclamé.
—Solo cuando sea necesario. Y créeme, será necesario.
La universidad esa mañana fue un caos. Ambos nos encontramos en el campus y noté que algunos compañeros nos miraban con curiosidad. Intentamos caminar “coordinados”, como si fuéramos una pareja, y fue… desastroso.
—Tienes que sonreír —susurró Gastón mientras nos acercábamos a la cafetería.
—No pienso sonreír solo porque tú me lo digas —susurré de vuelta—.
—Sí, pero tus padres y los míos probablemente estén viendo esto. —Me guiñó un ojo.
Lo ignoré y me senté con mis compañeros, intentando concentrarme en la clase. Pero en la cafetería, nos volvimos a topar con un profesor que nos exigió presentarnos juntos para un proyecto grupal.
—¡Perfecto! —dije entre dientes—. Justo lo que necesitaba.
—¡Cálmate, Cerebrito! —dijo él con una sonrisa burlona—. No es tan terrible.
—No, lo terrible es que tú pienses que esto es divertido.
El resto de la mañana pasó entre discusiones susurradas y miradas cómplices forzadas. Mientras actuábamos como “pareja unida”, no podía evitar notar pequeños gestos de respeto: él me dejaba hablar primero, se ajustaba a mi ritmo y, aunque lo hacía con sarcasmo, ya no era completamente hiriente.
Al final del día, regresamos al departamento agotados. La sala seguía hecha un desastre, sus amigos habían desaparecido, y el silencio era casi reconfortante.
—¿Ves? No fue tan horrible —dijo Gastón mientras dejaba caer su mochila en el sofá.
—Horrible es verte sonreír como si todo esto fuera un juego mientras me haces la vida imposible —replicqué.
—Eso también es parte del encanto, Cerebrito —dijo, sonriendo con un toque de orgullo.
Rodé los ojos, pero algo en su mirada me hizo sentir que, aunque siguiéramos peleando, algo estaba cambiando.
Me dejé caer en mi cama, agotada pero con una extraña sensación de satisfacción. Por primera vez, sentí que quizás podríamos sobrevivir a esta convivencia… sin matarnos mutuamente.
Mientras me acomodaba entre mis libros y apuntes, escuché su voz desde el otro cuarto:
—Buenas noches, Cerebrito.
—Buenas noches, Gastón —respondí, con el ceño fruncido pero un ligero suspiro escapando de mis labios.
Ese día terminó con la sensación de que, aunque la guerra continuaba, había surgido una tregua silenciosa. Y, en algún lugar, debajo de los insultos y el sarcasmo, empezaba a formarse un respeto que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir todavía.