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Mi Salvaje Concubina

Mi Salvaje Concubina

Status: Terminada
Genre:Fantasía / Contratadas / Naruto / My Hero Academia / Completas
Popularitas:349.3k
Nilai: 4.6
nombre de autor: Kelly Lea Barros

¿Será que una mujer solo tiene una única oportunidad para amar?

Mi Salvaje Concubina es una novela sobre libertad, identidad femenina y el precio de amar sin perderse.

NovelToon tiene autorización de Kelly Lea Barros para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Mensaje

Salvaje y Princesa:

Al caer el sol, la caravana llegó a la ciudad de Sebor. En la gran entrada de la ciudad amurallada, a ambos lados del camino, el ejército de Krey prestaba seguridad.

Él se había adelantado, tal como se lo había ordenado Kailer, para preparar a la ciudad ante la llegada del príncipe heredero.

En lo alto de la gran puerta de entrada aguardaban el gobernador con su familia, junto a varios funcionarios y generales del ejército.

Cuando la caravana cruzó las murallas, una multitud se volcó a los costados del camino, arrojando flores y produciendo toda clase de ruidos y vítores, apenas contenidos por los soldados.

Así, escoltada con solemnidad, la comitiva fue conducida hasta la residencia destinada a alojar a la familia real cada vez que uno de sus miembros visitaba la ciudad.

La llegada de cualquier miembro de la realeza solía causar conmoción entre los sirvientes de la mansión. Pero nada se comparaba con el impacto que provocaba la presencia del príncipe heredero.

La tradición del reino exigía que, en cada ciudad que él visitara, se escogieran diez vírgenes de las familias de mayor estatus para ser presentadas ante el príncipe y servirle en la cama.

La doncella elegida por él obtenía desde ese momento el privilegio de convertirse en concubina de segundo nivel, también llamada servidora de la cama real.

Las concubinas de primer nivel solo podían ser hijas de altos funcionarios, de linaje real extranjero o de la gran aristocracia. Al segundo nivel podían aspirar las hijas de comerciantes destacados y de elevado estatus. Las hijas de simples funcionarios tenían muy pocas posibilidades.

Dentro del palacio, la diferencia entre ambos rangos era clara: las concubinas de segundo nivel compartían un gran pabellón, administrado por un eunuco, donde cada una disponía apenas de una habitación. Las de primer nivel, en cambio, poseían su propio palacio.

Cuando Kailer descendió del carruaje frente a la mansión, cientos de sirvientes permanecían inmóviles, postrados rostro abajo a lo largo del camino que él recorrería hasta el gran salón, donde, según la tradición, lo esperaban los altos funcionarios y las diez doncellas seleccionadas.

Melia tenía la intención de quedarse afuera hasta que todos se incorporaran tras la entrada de Kailer. Observaba la escena sin poder comprenderla.

No podía entender cómo aquellas personas idolatraban a Kailer.

¿Acaso no pueden ver lo que yo veo?, se preguntó. Es solo un hombre. Por más que lo intente, creo que nunca comprenderé por qué tantos configuran la realidad de esta manera.

Melia sabía que los seres humanos, por lo general, vivían en entornos que eran producto de la realidad creada por alguien más.

La tierra de Ranson era un claro ejemplo. Doscientos años atrás, cuando el imperio se había desmembrado, Ranson Co., un antepasado de su familia, reclamó la soberanía de los territorios que hoy llevaban su nombre.

A diferencia de los cinco reinos, Ranson Co. rompió con la tradición monárquica y estableció reglas sencillas para la convivencia de quienes, en aquel tiempo, partieron con él a habitar esas tierras.

Melia pensaba en ello, distraída, cuando de pronto escuchó la voz de Krey.

—Oye, pequeña salvaje —dijo—. ¿Piensas quedarte en la puerta y no entrar?

Extendió la mano con exagerada cortesía, como un caballero ayudando a descender a una dama.

Al ver el gesto, Melia se mordió el labio. Bajó del caballo sin aceptar la mano ofrecida y se encaminó hacia la entrada, ignorándolo por completo.

Krey intentó sujetarla, pero Melia, que lo esperaba, esquivó el movimiento y, en un instante, colocó la espada contra su cuello.

Krey sonrió con aire seductor.

—Está bien, pequeña salvaje… soy todo tuyo —dijo, alzando apenas las manos en señal de rendición.

Rafell, que había recibido la orden de Kailer de acompañar a su prima —pues el príncipe ya había previsto que Melia se quedaría rezagada al llegar a la mansión—, se acercó a ella y habló con voz medida:

——Melia, este sirviente te conducirá a una habitación para que descanses…

Melia bajó la espada y siguió al sirviente, bajo la mirada pícara del príncipe Krey y de algunos comandantes y soldados del ejército.

Cuando Melia se alejó, Rafell centró la mirada en Krey. En su rostro se dibujaba una irritación apenas contenida, lo suficientemente evidente como para que Krey la notara.

Krey, el famosos principe lujurioso de Kandor, nunca le había caído bien. Rafell había escuchado suficientes historias sobre sus hazañas, especialmente sobre su trato con las mujeres. Pero presenciar su comportamiento con Melia le revolvió el estómago y aceleró su pulso.

Que el príncipe Kailer le hubiera encomendado el cuidado de su prima no solo era una orden: era una responsabilidad que fortalecía su determinación.

Aunque desde pequeños le habían enseñado que las gemelas sabían defenderse por sí mismas, Rafell no permitiría que Krey le hiciera daño a Melia.

—¿Qué pasa? —preguntó Krey—. ¿Hay algo que quieras decirme?

Empuñó el puño y lo miró con desafío, interrumpiendo sus pensamientos.

Rafell respondió con voz firme:

—Solo te doy un consejo. No te atrevas a hacerle nada a Melia.

Krey sonrió con burla y lo interrumpió:

—¿Y tú lo impedirías…?

En ese momento, el sirviente personal de Kailer se acercó a Rafell y anunció:

—El príncipe requiere su presencia.

******************************************

Al caer el sol, la caravana llegó a la ciudad de Sebor. En la gran entrada de la ciudad amurallada, a ambos lados del camino, el ejército de Krey prestaba seguridad.

Él se había adelantado, tal como se lo había ordenado Kailer, para preparar a la ciudad ante la llegada del príncipe heredero.

En lo alto de la gran puerta de entrada aguardaban el gobernador con su familia, junto a varios funcionarios y generales del ejército.

Cuando la caravana cruzó las murallas, una multitud se volcó a los costados del camino, arrojando flores y produciendo toda clase de ruidos y vítores, apenas contenidos por los soldados.

Así, escoltada con solemnidad, la comitiva fue conducida hasta la residencia destinada a alojar a la familia real cada vez que uno de sus miembros visitaba la ciudad.

La llegada de cualquier miembro de la realeza solía causar conmoción entre los sirvientes de la mansión. Pero nada se comparaba con el impacto que provocaba la presencia del príncipe heredero.

La tradición del reino exigía que, en cada ciudad que él visitara, se escogieran diez vírgenes de las familias de mayor estatus para ser presentadas ante el príncipe y servirle en la cama.

La doncella elegida por él obtenía desde ese momento el privilegio de convertirse en concubina de segundo nivel, también llamada servidora de la cama real.

Las concubinas de primer nivel solo podían ser hijas de altos funcionarios, de linaje real extranjero o de la gran aristocracia. Al segundo nivel podían aspirar las hijas de comerciantes destacados y de elevado estatus. Las hijas de simples funcionarios tenían muy pocas posibilidades.

Dentro del palacio, la diferencia entre ambos rangos era clara: las concubinas de segundo nivel compartían un gran pabellón, administrado por un eunuco, donde cada una disponía apenas de una habitación. Las de primer nivel, en cambio, poseían su propio palacio.

Cuando Kailer descendió del carruaje frente a la mansión, cientos de sirvientes permanecían inmóviles, postrados rostro abajo a lo largo del camino que él recorrería hasta el gran salón, donde, según la tradición, lo esperaban los altos funcionarios y las diez doncellas seleccionadas.

Melia tenía la intención de quedarse afuera hasta que todos se incorporaran tras la entrada de Kailer. Observaba la escena sin poder comprenderla.

No podía entender cómo aquellas personas idolatraban a Kailer.

¿Acaso no pueden ver lo que yo veo?, se preguntó. Es solo un hombre. Por más que lo intente, creo que nunca comprenderé por qué tantos configuran la realidad de esta manera.

Melia sabía que los seres humanos, por lo general, vivían en entornos que eran producto de la realidad creada por alguien más.

La tierra de Ranson era un claro ejemplo. Doscientos años atrás, cuando el imperio se había desmembrado, Ranson Co., un antepasado de su familia, reclamó la soberanía de los territorios que hoy llevaban su nombre.

A diferencia de los cinco reinos, Ranson Co. rompió con la tradición monárquica y estableció reglas sencillas para la convivencia de quienes, en aquel tiempo, partieron con él a habitar esas tierras.

Melia pensaba en ello, distraída, cuando de pronto escuchó la voz de Krey.

—Oye, pequeña salvaje —dijo—. ¿Piensas quedarte en la puerta y no entrar?

Extendió la mano con exagerada cortesía, como un caballero ayudando a descender a una dama.

Al ver el gesto, Melia se mordió el labio. Bajó del caballo sin aceptar la mano ofrecida y se encaminó hacia la entrada, ignorándolo por completo.

Krey intentó sujetarla, pero Melia, que lo esperaba, esquivó el movimiento y, en un instante, colocó la espada contra su cuello.

Krey sonrió con aire seductor.

—Está bien, pequeña salvaje… soy todo tuyo —dijo, alzando apenas las manos en señal de rendición.

Rafell, que había recibido la orden de Kailer de acompañar a su prima —pues el príncipe ya había previsto que Melia se quedaría rezagada al llegar a la mansión—, se acercó a ella y habló con voz medida:

——Melia, este sirviente te conducirá a una habitación para que descanses…

Melia bajó la espada y siguió al sirviente, bajo la mirada pícara del príncipe Krey y de algunos comandantes y soldados del ejército.

Cuando Melia se alejó, Rafell centró la mirada en Krey. En su rostro se dibujaba una irritación apenas contenida, lo suficientemente evidente como para que Krey la notara.

Krey, el famosos principe lujurioso de Kandor, nunca le había caído bien. Rafell había escuchado suficientes historias sobre sus hazañas, especialmente sobre su trato con las mujeres. Pero presenciar su comportamiento con Melia le revolvió el estómago y aceleró su pulso.

Que el príncipe Kailer le hubiera encomendado el cuidado de su prima no solo era una orden: era una responsabilidad que fortalecía su determinación.

Aunque desde pequeños le habían enseñado que las gemelas sabían defenderse por sí mismas, Rafell no permitiría que Krey le hiciera daño a Melia.

—¿Qué pasa? —preguntó Krey—. ¿Hay algo que quieras decirme?

Empuñó el puño y lo miró con desafío, interrumpiendo sus pensamientos.

Rafell respondió con voz firme:

—Solo te doy un consejo. No te atrevas a hacerle nada a Melia.

Krey sonrió con burla y lo interrumpió:

—¿Y tú lo impedirías…?

En ese momento, el sirviente personal de Kailer se acercó a Rafell y anunció:

—El príncipe requiere su presencia.

******************************************

El Mensaje

Habían pasado un par de horas desde que Melia había llegado a su habitación.

El baño caliente —el primero tras un día entero sin poder hacerlo— le devolvió algo de calma al cuerpo. El vapor aún parecía adherido a su piel cuando se miró al espejo.

El cabello mojado le caía como una cortina oscura sobre los hombros. Alzó una mano, intentó recogerlo y lo dejó caer con un suspiro. Extrañó, sin querer admitirlo, a su hermana… o a su tía Ramelia, que siempre sabía domar aquel caos con paciencia. Bastaba mirarlo para saber que secarlo sola sería una tarea larga.

Se quedó inmóvil frente al espejo.

Observó su propio rostro: los pómulos marcados, los ojos atentos, la cicatriz apenas visible junto a la ceja, imperceptible sin una cercanía minuciosa. Pensó —sin buscarlo— en Kailer. En el príncipe rodeado de mujeres bellas, siempre dispuestas.

¿A un hombre así podía gustarle alguien en particular?

El pensamiento la sobresaltó. Se abofeteó a sí misma. El sonido seco resonó en la habitación. La piel clara se le enrojeció al instante.

—No es tu problema —murmuró, molesta consigo misma.

Si ese príncipe engreído era capaz o no de enamorarse, no le incumbía.

Entonces llamaron a la puerta.

Toc. Toc.

Melia abrió.

Rafel estaba de pie al otro lado.

—Melia, el príncipe heredero solicita tu presencia en la cena de esta noche —dijo, sin adornos.

Ella frunció el ceño.

—¿Solicita… o exige?

Rafel sostuvo su mirada.

—Melia, por favor. Recuerda que representas a Ranson. En esta invitación representas a tu tío Rener. ¿Qué crees que él te diría que hicieras?

Melia lo tenía claro.

Guardó silencio un segundo. Suspiró.

—Entonces iré.

No por él. No por Sebor. Sino porque su ausencia sería un gesto político… y ella no pensaba regalarle un insulto diplomático a un reino que no le importaba lo suficiente. Conocía demasiado bien la diplomacia firme y silenciosa que su tío Rener practicaba en Ranson.

Rafel se apartó. Unas sirvientas dieron un paso al frente, sosteniendo bandejas con un vestido recargado y varios adornos.

—Esto es lo apropiado que deberías vestir —dijo él.

Melia empuñó las manos y lo miró con desafío.

Rafel entendió esa mirada.

No insistió.

Guardó silencio y se marchó.

******************************

El gran salón de Sebor brillaba en oro, cristal y seda.

Las mujeres parecían arreglos florales vivientes: pedrería en el cuello, en el cabello, en las mangas. Telas pesadas que hablaban de linaje antes que de comodidad.

Rafel, avisado de la llegada de Melia, se levantó de su mesa y fue hacia la entrada.

Se detuvo frente a ella, mirándola a los ojos.

—No respondas a provocaciones —murmuró.

Ella desvió la mirada.

—No sé de qué hablas, primo. No tengo mayor interés que divertirme interpretando en mi mente la personalidad de los asistentes, a partir de lo que hacen… o de lo que visten.

Rafel regresó a su mesa, una de las principales, donde Krey estaba sentado entre generales, cerca de la mesa central en la que Kailer ocupaba el lugar de honor, de frente a todo el salón.

Melia entró.

Llevaba un vestido de líneas limpias, de un color profundo y mate, sin bordados ni brillos. La tela era fina, evidente para el ojo entrenado, pero discreta. El corte marcaba su figura sin exagerarla. El cabello oscuro caía suelto en ondas naturales.

No deslumbraba.

Pero tampoco se perdía.

Un sirviente asignado en la entrada la condujo hasta su lugar: una mesa individual, ubicada no lejos del eje central del salón…

Sola.

Demasiado sola.

Los murmullos no tardaron.

—¿Quién es? —¿Por qué está ahí, tan cerca de la mesa del príncipe heredero? —No viste como noble… —¿Es extranjera? —¿Una favorita nueva?

Las jóvenes y damas mayores apenas la miraban a ella; la atención se la llevaba su ropa modesta, sin joyas que evidenciaran estatus.

Un susurro se deslizó entre las mesas:

—¿Qué hace una sirvienta de bajo nivel sentada en este salón, en una mesa tan cerca del príncipe?

En los cinco reinos era casi una regla no escrita: entre menos atavíos y joyas luciera una mujer, menor era su rango. Incluso la servidumbre de cierto nivel ostentaba adornos.

Melia tomó asiento con naturalidad. Espalda recta. Manos tranquilas. Mirada atenta.

No fingía pertenecer. Simplemente no pedía permiso.

Un sirviente se inclinó para servirle vino.

Ella miró de reojo el salón. Muchos ojos seguían sobre ella. Incluso Kailer y Kramín la observaban, evaluando su atuendo, su cabello suelto, sin ningún peinado elaborado.

Como si esa sencillez revelara una libertad que contrastaba con las arquitecturas de cabello que el resto de las muchachas lucían.

Kailer se tensó. Pensó que había aceptado la invitación solo para desafiarlo. Para dejar claro que él aún estaba lejos de ejercer algún control sobre ella.

Había sido ignorado.

Unos segundos después, la atención comenzó a dispersarse.

Melia, en cambio, observaba el salón como si fuera un mapa.

Sostuvo, con una sonrisa leve pero firme, las miradas persistentes de las jóvenes que no dejaban de clasificarla.

Observó a los asistentes.

Quién reía demasiado. Quién miraba antes de hablar. Quién buscaba la aprobación de Kailer incluso desde lejos.

Comen como si nadie los observara, pensó. Y todos están actuando.

En la mesa principal del gobernador de Sebor se encontraban dos ilustres comerciantes de Bedolia, reino vecino de Lecitor y Kandor.

Uno de ellos, un hombre mayor de barba bien cuidada y ojos agudos, llevaba varios minutos mirando a Melia.

No su vestido.

Su rostro.

Frunció levemente el ceño.

—¿Sucede algo? —preguntó el gobernador.

El comerciante no respondió de inmediato.

—Esa joven… —murmuró—. No puede ser.

Volvió a mirarla, esta vez con total atención.

Los pómulos. La mirada firme. La forma de sostener la cabeza.

Sintió un vuelco en el pecho.

—Se parece a su madre… —susurró.

—¿A quién? —preguntó el otro comerciante.

El hombre ya se estaba poniendo de pie.

—A la princesa de Lecitor, An de Chuster.

El reconocimiento no fue inmediato.

Primero fue el silencio.

El comerciante cruzó el salón con paso respetuoso pero firme. Al llegar a la mesa de Melia, se inclinó en una reverencia profunda, impropia para una joven “desconocida”.

Las conversaciones cercanas se apagaron.

Melia volvió a ser el centro de atención.

—Alteza… —dijo con voz clara—. Es un honor volver a verla.

Melia lo miró con atención. Tardó un segundo.

No lo reconoció de inmediato. Tenía apenas cinco años la última vez que lo vio.

—Disculpe… ¿nos conocemos?

—Probablemente no me recuerde, Su Alteza. Solo soy un comerciante que tuvo la fortuna de alojarse en Lecitor, en la misma posada que su madre, la hermana del rey, reconocida por sus artes médicas. Su madre salvó la vida de mi esposa y de mi hija menor.

Entonces lo recordó.

Un cuarto humilde. Una mujer gritando de dolor. Su madre arrodillada, firme, segura. Ella y Mina observando desde una esquina.

—Lo recuerdo —dijo con calma.

A su mente volvió la escena del agradecimiento: el comerciante entregando joyas y telas preciosas, que su madre aceptó solo para luego repartirlas entre los necesitados.

Sus palabras cayeron como una piedra en el agua.

Los oídos alrededor se afilaron.

—No esperaba encontrarla aquí —continuó el hombre—. Permítame presentarle mis respetos… y ofrecerle un humilde gesto de cortesía.

Hizo una señal a un sirviente, que salió apresurado.

El silencio se expandía por las mesas cercanas.

—¿Alteza…? —¿Princesa…? —¿De Lecitor?

Desde la mesa principal, Krey dejó de sonreír.

Rafel no se movió… pero sus ojos sí.

Kailer observaba.

El sirviente regresó con una caja de madera fina. El comerciante la abrió frente a ella: joyas antiguas de Bedolia, de trabajo delicado, piezas que no se ofrecían a cualquiera.

—Para la hija de una mujer a quien mi casa debe bienestar, prosperidad y honor.

Melia no mostró sorpresa. Solo inclinó levemente la cabeza.

—Su memoria es generosa, señor…

—Arved —respondió él.

Pero el salón ya había entendido.

Las miradas cambiaron de dirección. Las espaldas se enderezaron. Las sonrisas se corrigieron.

Donde antes había duda, ahora había cálculo.

Una princesa.

Sentada sola. Sin anunciarse. Sin exhibirse. Sin necesitarlo.

Y aun así…

imposible de ignorar.

Krey soltó una risa baja.

—Mira eso… —murmuró—. La salvaje tenía corona.

Rafel no respondió.

Kailer tampoco.

Pero sus ojos no se apartaron de Melia.

No porque brillara.

Sino porque no lo había intentado… y aun así, todo el salón había terminado girando hacia ella.

Desde su mesa, el gobernador de Sebor sintió un frío lento recorrerle la espalda.

A esa joven… él ya la había notado desde su llegada al palacio.

Vestida con discreción, sí, pero con una postura que no se enseñaba… se heredaba. Había preguntado quién era. Le dijeron que acompañaba a la delegación de Ranson. Nada más.

Luego llegaron los informes silenciosos de los sirvientes.

El príncipe había enviado telas a su habitación. Joyas escogidas personalmente. Un vestido preparado para la cena.

Y ella no lo había usado.

Eso no era protocolo.

Eso era atención personal.

Cuando una mujer recibe ese tipo de consideración y, aun así, su rango no se anuncia, el mensaje en corte es claro:

Esto le pertenece al príncipe, no al salón.

Así que el gobernador hizo lo que un hombre prudente hace cuando un heredero guarda un asunto en reserva:

Calló.

Porque si era un romance, no le correspondía exponerlo. Y si era diplomacia matrimonial, menos aún.

Pero ahora un comerciante de Bedolia estaba inclinado ante ella, llamándola Alteza con voz firme.

Y medio salón había oído.

El cálculo cambió en un segundo.

El silencio ya no protegía al príncipe.

El silencio convertía a Sebor en un reino que no reconocía a una princesa extranjera.

Y eso era imperdonable.

El gobernador se puso de pie.

Alzó su copa.

El sonido del cristal pidiendo atención se expandió como una orden elegante. Las conversaciones murieron una a una.

—Esta noche —declaró con voz clara— Sebor comete una falta que no puede permitirse repetir.

Las miradas comenzaron a girar.

—Hemos tenido entre nosotros, desde el inicio de la velada, a una invitada cuya presencia honra a este reino… y cuya debida presentación fue omitida.

El silencio se volvió absoluto.

Giró hacia la mesa solitaria.

—Su Alteza, la princesa Melia de Lecitor, sobrina de Su Majestad el Rey.

El impacto fue físico. Sillas que se movían. Copas que se detenían en el aire.

—Que el protocolo de los Cinco Reinos se cumpla como corresponde.

Como una ola ensayada desde la infancia, el salón entero se puso de pie.

Las reverencias descendieron al unísono.

Y entre los principales de la ciudad, mientras inclinaban la cabeza, un pensamiento empezó a repetirse con la rapidez de la pólvora:

Habrá matrimonio. Sebor está tejiendo lazos con Lecitor. Este es un augurio de prosperidad para el reino.

Las jóvenes sintieron un nudo de envidia en el pecho.

La muchacha que habían tomado por sirvienta… podía convertirse en su futura reina

En la mesa principal, Kailer ya estaba de pie. Su porte era impecable. Sereno. Dueño del gesto.

Pero por dentro, la tensión se había convertido en una línea firme atravesándole el pecho.

Volvió a ver la escena de minutos atrás: El comerciante arrodillado. La caja abierta. Las joyas ofrecidas. Melia aceptándolas.

No por vanidad. Por memoria.

Y, sin embargo…

Había rechazado las suyas. Las telas que él eligió. Las joyas que mandó. El vestido que debía marcarla como distinguida en su corte.

No se los devolvió. Peor. Los ignoró.

Acepta obsequios de un comerciante… pero no los de un príncipe heredero.

No eran celos.

Era una grieta en algo que siempre le había funcionado: su posición, su gesto, su poder… nunca eran rechazados en silencio.

Ella no estaba rechazando objetos. Estaba rechazando lo que implicaba recibirlos de él. Posesión. Preferencia. Señal pública.

Y lo hizo sin desafío. Sin palabras. Solo siendo inalcanzable.

Aun así, habló cuando el gobernador terminó.

—Sebor se honra esta noche con su presencia, Alteza —dijo con voz firme y perfectamente modulada—. Lamento que el protocolo no haya estado a la altura de quien nos visita.

Inclinó la cabeza, apenas. De heredero a heredera.

Sus ojos se sostuvieron en los de ella un segundo más de lo necesario.

Esta vez no la miraba como a una invitada incómoda. La miraba como a una fuerza que acababa de alterar el equilibrio de su propia corte.

A su lado, Kramín hizo una ligera inclinación, respaldando lo dicho por su hermano. Medido. Correcto. Pero su mirada, más analítica que emocional, ya evaluaba consecuencias.

Un movimiento en falso aquí podía convertirse en un tratado… o en una guerra diplomática.

Rafel, desde su mesa, no apartaba los ojos de Melia. No sonreía. No bebía. No intervenía. Pero sus dedos, apoyados sobre la mesa, se habían tensado apenas. Conocía esa quietud en ella. Era la antesala de una decisión.

Entonces Krey soltó una risa baja y también se puso de pie.

—Vaya… —dijo, con diversión sincera—. Parece que pasar inadvertida para usted es imposible. Lamento que su esfuerzo por no hacerse notar no diera frutos. Ahora ya todos lo tienen claro: entre Lecitor y Kandor se están tejiendo conversaciones para alianzas matrimoniales…

El salón reaccionó con una oleada de murmullos contenidos. Sonrisas tensas. Miradas rápidas entre mesas.

Kailer no se movió. Pero su mandíbula se marcó con fuerza.

Kramín giró levemente la cabeza hacia su hermano. No dijo nada. No hacía falta. Ambos entendían el peligro de lo que Krey estaba haciendo: convertir un equilibrio frágil en un anuncio público.

Rafel entrecerró los ojos. Krey no estaba brindando. Estaba empujando.

—Desde ahora me ofrezco a aceptarla en matrimonio para reforzar las relaciones entre los dos reinos —continuó Krey—. Claro, siguiendo el protocolo, si al final se decide que el matrimonio no puede ser con Su Alteza el príncipe heredero o con el príncipe Kramín.

La copa de Kailer no tembló. Pero no bebió.

Sus ojos, fijos en Melia, se volvieron más oscuros. No por posesión. Por algo mucho más incómodo:

Había subestimado el tablero… y ella ya estaba jugando mejor que todos.

Kramín sí alzó la copa, apenas, como exige el protocolo… pero no sonrió. Estaba midiendo a Krey. Midiendo a Melia. Midiendo cuánto costaría cada camino a partir de ahora.

Rafel, en cambio, no levantó la suya. No porque olvidara el protocolo. Sino porque no estaba brindando por matrimonios decididos en una mesa que no era la de ella.

—Bienvenida a Sebor, Alteza —terminó Krey.

Alzó la copa.

El salón lo imitó.

Pausa.

Melia sintió que algo le subía desde el estómago al escuchar las palabras de Krey. Una presión caliente. Un rechazo instintivo.

Pero dominó la reacción. Su respiración no cambió. Su postura tampoco.

Por dentro, su pensamiento fue claro como el filo de una hoja:

Kailer ahora mide consecuencias. Krey aprovecha lo que no controla. Kramín observa. Rafel espera mi decisión.

Y el salón entero, que al inicio la había observado con duda, ahora la miraba con cálculo.

Una princesa. Sentada sola. Sin anunciarse. Sin exhibirse. Sin aceptar lo que no quería.

Melia se puso de pie.

No levantó la copa.

Primero miró al gobernador. Luego al comerciante Arved. Finalmente, a los tres príncipes.

Cuando habló, su voz no fue alta. Pero el salón calló igual.

—Sebor ha sido generoso al abrirme sus puertas esta noche. Agradezco el respeto mostrado hacia la memoria de mi madre… y hacia mi casa.

Pausa.

—Pero las alianzas entre reinos no nacen en medio de un brindis… ni bajo la sorpresa de un anuncio.

Sus ojos se posaron un instante en Krey. No con rabia. Con precisión.

—Los matrimonios políticos no se ofrecen. Se negocian. Y nunca… sin que ambas coronas hayan hablado primero.

Silencio absoluto.

No era un rechazo. Era algo peor para quien intentaba precipitarla.

Era control.

Melia hizo una leve inclinación de cabeza.

—Esta noche estoy aquí como invitada. No como promesa.

Entonces tomó asiento.

Y por primera vez desde que había entrado al salón…

nadie volvió a verla como una muchacha sola en una mesa pequeña

**************************

El Mensaje:

—¿Quién es? —preguntó, girándose de inmediato hacia la puerta.

—Señorita, le he traído unos bocadillos —respondió una voz femenina al otro lado.

Melia frunció el ceño y abrió.

—No solicité ningún servicio de comida. ¿Quién los envía?

La sirvienta bajó más la cabeza.

—Su Alteza, el príncipe Rafel.

Melia lo notó de inmediato.

Ahora la servidumbre la trataba como princesa.

Bajó la mirada hacia la bandeja. Eran sus favoritos. Su primo lo sabía.

Tomó la bandeja sin decir nada más. La sirvienta se retiró sin atreverse a sostenerle la mirada. Melia cerró la puerta con cuidado.

Comió despacio, de pie, mientras intentaba domar su cabello frente al espejo.

Pensó en lo fácil que habría sido si alguien la ayudara… y en lo imposible que eso sería ahora.

Después de su reacción cuando le enviaron sirvientas. Después de ignorar el vestuario que él había escogido para la cena.

Kailer no volvería a intentarlo.

Horas más tarde, con el cabello por fin recogido y el cuerpo agotado, se recostó.

Habían pasado un par de horas cuando algo cambió.

El aire.

Melia abrió los ojos.

No fue un sonido. Fue una presencia.

Saltó de la cama y tomó la espada antes de pensar. La figura frente a ella era apenas una sombra entre las velas casi consumidas y la luz blanca de la luna llena que se filtraba por la ventana.

El intruso se movía con agilidad inquietante. Negro de pies a cabeza. Enmascarado.

Melia atacó.

Acero contra acero. Pasos rápidos. Respiraciones contenidas.

Pero algo no encajaba.

El hombre no intentaba herirla. Solo desviaba. Bloqueaba. Retrocedía.

—Señorita Melia… soy yo. Z…

La voz detuvo su espada a medio recorrido.

Melia entrecerró los ojos. El hombre se quitó la máscara.

Lo reconoció al instante.

Era el mismo al que había salvado cinco años atrás, durante una incursión en Lecitor. El hombre sin nombre. Z, como ella lo había llamado cuando creyó que había perdido la memoria.

Z dio un paso… y se tambaleó.

Melia vio su mano ir al vientre. La sangre brotaba entre sus dedos. Su rostro se contrajo por el dolor; el sudor le empapó la frente y su piel empezaba a tornarse de un azul enfermizo.

—Veneno… —susurró ella.

No lo pensó.

Corrió hacia él, lo sostuvo antes de que cayera y lo llevó hasta la cama. Sacó su daga, se hizo un corte rápido en la palma y llevó la herida a los labios de Z.

—Bebe. Ahora.

Era cuestión de minutos. Tal vez menos.

—¿Qué haces aquí, Z? —preguntó, conteniendo la rabia—. ¿Cómo llegaste hasta mi habitación?

Su voz temblaba entre enojo y miedo.

—Me prometiste que cambiarías… que llevarías una vida digna…

Z no respondió.

Sus ojos se cerraron.

Melia se quedó allí, sosteniéndolo, sabiendo que las respuestas tendrían que esperar.

Pasó un tiempo indefinido antes de que se apartara.

Había limpiado la herida con cuidado, presionado hasta frenar la hemorragia y ajustado las vendas con manos firmes. Cuando terminó, permaneció a su lado, contando su respiración.

El tono azulado de su piel empezó a ceder. El pulso, débil, se volvió regular.

Su sangre había surtido efecto.

Entonces lo miró de verdad.

Era Z… y no lo era.

Cinco años lo habían transformado. La suavidad juvenil había desaparecido. Mandíbula marcada. Hombros más anchos. Músculos tensos incluso en reposo. El cuerpo hablaba de entrenamiento constante, de huida y combate.

Aun inconsciente, parecía listo para levantarse y pelear.

Recordó al joven de unos veinte años al que había rescatado del caos. Ya entonces era fuerte… pero lo que vio esa noche —la precisión con la que se defendió sin herirla— confirmó lo que no quería admitir:

No había dejado el peligro. Lo había convertido en su oficio.

Toc. Toc. Toc.

El sonido la arrancó de sus pensamientos.

—¿Señorita Melia? ¿Se encuentra bien?

Voz masculina. Desconocida.

Melia se puso de pie y abrió la puerta solo lo necesario.

El pasillo estaba ocupado por guardias altos, con armaduras oscuras. Al frente, un hombre de porte rígido dio un paso.

—Comandante Gálvez. Su Alteza nos ordenó verificar su seguridad.

Melia no respondió.

—Un asesino enmascarado se infiltró en la mansión —continuó—. Dejó un lobo muerto y desollado en la cama del príncipe heredero mientras él se bañaba.

Un frío le recorrió la espalda. No se le notó.

—¿Escuchó algo sospechoso? —preguntó Gálvez, intentando mirar al interior.

Melia avanzó medio paso, bloqueándole la vista.

—No. Todo está en orden.

—Reforzaremos la seguridad. Habrá guardias en puertas y pasillos.

Melia sostuvo su mirada.

—Dicen que el enmascarado no intentó matar al príncipe —dijo con calma—. Solo dejó un animal muerto y desollado en su cama.

Nadie se movió.

—¿De verdad nadie entiende lo que eso significa? —continuó—. No fue un intento de asesinato. Fue un mensaje.

Pausa.

—¿O alguien cree que quien quiere matar se toma la molestia de entrar a mi habitación?

El silencio se volvió más pesado.

—¿Está insinuando que fui yo, comandante?

—No, señorita Melia —respondió de inmediato—. No me malinterprete. Estamos aquí por su seguridad. Es una orden directa del príncipe heredero.

Melia inclinó apenas la cabeza, como quien confirma algo que ya sabía.

—Entonces vaya y dígale a su príncipe —replicó con frialdad— que nadie entra aquí sin que yo lo note. Que sé cuidarme sola. Y que no necesito guardias apostados en la puerta de la habitación donde duermo.

Algunos guardias intercambiaron miradas. La recordaban. Recordaban el gesto seco con el que devolvió las monedas que el heredero le lanzó creyéndola una pordiosera. La rapidez de sus manos. La ausencia total de vergüenza o sumisión.

No buscaba atención. Nunca lo había hecho. Simplemente actuaba como pensaba.

—No podemos obedecerle, señorita —dijo el comandante, más rígido—. Tenemos órdenes. Solo el príncipe puede revocarlas.

Algo se tensó en el pecho de Melia. No era miedo.

Era la incomodidad de sentirse contenida. Vigilada. Encerrada en reglas que no eran las suyas.

—Entonces cumplan sus órdenes.

Cerró la puerta con firmeza.

Antes de que la madera encajara en el marco, dejó escapar una sonrisa breve y tensa.

No era cortesía.

Era puro desagrado

Al quedarse sola, apoyó la espalda en la madera y respiró. Luego se giró.

La cama.

Z seguía allí, inconsciente, exactamente como lo había dejado. Su respiración era baja, regular. Demasiado regular para alguien que hubiese sido atacado.

Melia lo observó en silencio.

Ya no había interrogantes.

Había sido él.

Y, aun así, una parte de ella se aflojó. Nadie había muerto. El príncipe seguía con vida. No había sido un intento de asesinato.

Era un mensaje.

Alguien lo había enviado a entregarlo. De quién provenía seguía siendo una incógnita. Dudaba incluso que Z lo supiera

Melia esperó unos minutos más junto a la cama. Lo justo.

Z no se movió.

La vigilancia en la puerta seguía allí. Demasiado visible. Demasiado cerca.

Tomó la capucha y se la echó sobre la cabeza. No para ocultarse, sino para no dar explicaciones. Abrió la puerta.

Los guardias se giraron al instante.

—Señorita—

Melia no respondió. Avanzó.

El pasillo se abrió ante ella, largo, iluminado, lleno de presencia armada. No era un lugar para equivocarse. Tampoco para mujeres. Todos lo sabían.

Uno de los hombres dio un paso al frente.

—No puede—

Ella no lo empujó. No lo miró siquiera. Simplemente siguió caminando, obligándolo a moverse para no quedar en medio.

Eso bastó.

Algunos la reconocieron. Otros solo sintieron algo difícil de nombrar: no desafío, no arrogancia… decisión. Nadie alzó la voz. Nadie dio la orden de detenerla.

—Va hacia las habitaciones del príncipe —murmuró alguien.

Otro guardia dudó. Dio medio paso. Luego se detuvo. No porque no pudiera impedirlo, sino porque no supo cómo hacerlo sin exponerse.

Melia caminaba recta, sin prisa. No buscaba atención. No buscaba testigos. Pero el pasillo se iba abriendo a su paso como si la reconociera.

Cuando llegó al último tramo, uno de los capitanes logró reaccionar.

—Está prohibido —dijo, ya sin convicción—. Ninguna mujer puede acercarse al heredero sin ser llamada.

Melia se detuvo por primera vez. Lo miró.

—Avise —dijo simplemente.

El capitán tragó saliva. No estaba en las normas qué hacer cuando alguien no pedía permiso.

Golpearon la puerta.

Desde dentro, la respuesta fue inmediata:

—Déjenla pasar.

El pasillo quedó en silencio.

Melia avanzó. Detrás de ella, los guardias permanecieron inmóviles, conscientes de que algo había cambiado, aunque aún no supieran qué.

Y lejos de allí, en una habitación vigilada, Z seguía inconsciente

Kailer estaba sentado en una silla majestuosa, elevada apenas sobre el resto de la habitación. No era un trono, pero cumplía la misma función. Su postura era relajada, segura. Las dos muchachas seguían a cada lado, una peinándole el cabello con dedos lentos, la otra secándole los pies con una tela suave, casi reverencial.

Melia avanzó lo justo para quedar frente a él.

No se inclinó.

No saludó.

Kailer la observó con atención. La escena estaba dispuesta. Él también.

—Has cruzado un límite —dijo—. Lo sabes.

—Sí —respondió ella.

Nada más.

Él esperó una explicación que no llegó. Alzó la mano y una de las muchachas se detuvo. La otra tardó un segundo más en comprender.

—¿Entonces? —preguntó—. ¿Qué vienes a pedirme?

Melia sostuvo su mirada sin desafío.

—Que retires a los guardias de la habitación que me asignaron.

Kailer sonrió, seguro de haber entendido mal.

—No.

—Si no lo haces —continuó ella, sin alterar el tono—, me iré a una posada del pueblo.

El aire cambió.

Las manos sobre Kailer se quedaron inmóviles. No por orden. Por intuición.

—Eso no está permitido —dijo él, ahora más serio—. No es seguro.

—No te estoy pidiendo permiso.

El silencio cayó pesado. Kailer la miró con detenimiento, como si recién entonces la estuviera midiendo de verdad.

Sabía que no era una amenaza vacía.

Sabía que, si ella decía que se iría, lo haría.

Y sabía algo más, algo que le resultó profundamente molesto: no había nada que pudiera hacer para detenerla sin exponerse.

—Te protegeré aquí —dijo, con firmeza—. Esa fue mi orden.

Melia negó una sola vez.

—No necesito que me protejas.

Y aun así…

Algo incómodo se agitó en el pecho de Kailer. Una sensación áspera, fuera de lugar. Ella sabía cuidarse. Lo había demostrado. Y, sin embargo, la idea de verla sola en una posada, fuera de sus muros, le provocó una punzada que no supo nombrar.

Protección.

Control.

No eran lo mismo.

Y eso lo irritó.

Apretó la mandíbula.

—Retiraré a los guardias —dijo al fin—. Pero no porque tú lo exijas.

Melia asintió apenas, como si el motivo no tuviera importancia.

—Gracias.

Se dio la vuelta para marcharse.

Kailer la observó salir, consciente de algo que no le gustó en absoluto:

había cedido…

y no había sido una derrota pública, sino una privada. La escena que se había molestado en construir aun en medio del caos por causa del enmascarado, ya no funcionaba.

Y él lo sabía.

Melia avanzó por el pasillo sin prisa.

Kailer permaneció inmóvil unos segundos después de que Melia saliera de la habitación.

No era costumbre suya quedarse sin la última palabra.

La observó salir con una atención incómoda, intentando atrapar algo que siempre se le escapaba de ella: una emoción reconocible, una grieta, una señal de haber tocado un punto sensible. No encontró nada. Ni orgullo herido. Ni triunfo. Ni sumisión.

Nada.

Y eso lo irritó más que una provocación abierta.

Había dispuesto la escena con precisión: el espacio, la luz, las mujeres, el silencio. Todo había sido pensado para descolocarla, para obligarla a reaccionar. Y, sin embargo, Melia había atravesado la habitación como si aquello no le perteneciera. Como si él no fuera el centro.

No la entendía.

No lograba anticiparla.

No lograba leerla.

Y ese desconocimiento —esa imposibilidad— le provocó una sensación áspera, casi física. No era deseo. No era rabia. Era algo más inquietante: la conciencia de que había cedido sin saber por qué, de que había querido protegerla sin haberlo decidido.

Protección sin control.

Apretó la mano contra el brazo de la silla.

Las muchachas retomaron sus gestos suaves, obedientes, bellas. El orden volvió a la habitación. El mundo siguió funcionando como debía.

Pero Kailer no se sintió restituido.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, el poder no le había servido para comprender.

Y eso —lo supo entonces— no iba a dejarlo en paz

Esta vez nadie intentó detenerla. Las miradas la siguieron apenas, con una cautela distinta, como si algo se hubiera reacomodado sin que nadie diera la orden. Las antorchas crepitaban bajo la piedra clara y el murmullo de la mansión había vuelto a su cauce habitual.

Al llegar al corredor abierto, se detuvo.

La noche estaba limpia. La luna, alta y redonda, se reflejaba sobre el cuerpo de agua que bordeaba los jardines interiores. La superficie era tan quieta que parecía una extensión del cielo. Melia se acercó unos pasos, atraída sin pensarlo. No era evasión; era pausa.

Apoyó las manos en la baranda de piedra.

Respiró.

Fue entonces cuando oyó las voces.

—Te digo que no pudimos tocarlo —decía uno de los guardias, en tono bajo, casi admirado—. Se movía como si conociera cada sombra.

—Ni un rasguño —respondió el otro—. Ni uno. Revisamos después. Nada. Como si no hubiera habido enfrentamiento.

Melia no se giró. No tensó el cuerpo. Siguió observando el reflejo de la luna, inmóvil.

—Y eso que éramos varios —continuó el primero—. Pensé que al menos lo alcanzaríamos antes de que escapara.

—Escapar no es la palabra —corrigió el otro—. Se fue cuando quiso.

Hubo una breve risa, incrédula.

—Nunca vi algo así.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. Los pasos se alejaron.

Melia permaneció allí unos segundos más.

El agua no se movía.

La luna seguía intacta.

Entonces algo, apenas perceptible, se desacomodó en su interior.

No una certeza.

No una acusación.

Una pregunta.

Se apartó de la baranda y retomó el camino, esta vez con el paso un poco más lento, como quien guarda algo que no piensa usar todavía.

Muy lejos de allí, una habitación seguía vigilada.

Y Melia, sin saberlo aún, había empezado a mirar a Z desde otro ángulo

Cuando Melia volvió a la habitación. La habitación estaba en silencio.

Demasiado.

Melia se detuvo en el umbral. La vela seguía encendida, consumida apenas hasta la mitad. Las sábanas estaban intactas, salvo por el leve hundimiento donde había estado el cuerpo. El aire conservaba un rastro tibio, casi imperceptible.

Z ya no estaba.

Avanzó despacio. No hubo sobresalto. Ninguna prisa. Se acercó a la cama y apoyó los dedos en la tela, como si confirmara algo que ya sabía. No había señales de lucha. Ningún desorden. Ni siquiera una huella apresurada.

Afuera, los pasos de los guardias seguían su ronda.

Una habitación rodeada. Vigilada. Cerrada.

Y aun así, él se había ido.

Melia dejó caer la mano.

La inquietud que había sentido antes —esa presión breve, inesperada— se disipó. No porque ya no importara, sino porque había sido innecesaria desde el inicio. Con la habilidad que él tenía, ningún cerco podía retenerlo. Ninguna vigilancia.

Ni siquiera ella.

Se quedó de pie, mirando el espacio vacío.

Entonces lo entendió.

El hombre que había conocido como Z no había sido del todo honesto. No podía haberlo sido. Nadie con esa precisión, con ese dominio del cuerpo y del tiempo, era común. Nadie se movía así sin haber sido formado para algo más grande.

Poder, tal vez.

La idea se asentó sin resistencia.

El ataque no había sido un arrebato. Tampoco una provocación ciega. Todo apuntaba a Kailer. El mensaje. El símbolo. El riesgo calculado.

Y, sin embargo, ella estaba en medio.

Melia frunció apenas el ceño.

¿Qué lugar ocupaba ella en esa estrategia?

Caminó hasta la ventana. Afuera, la noche seguía abierta, indiferente. Pensó en la primera vez que lo vio, cinco años atrás. No como príncipe. No como heredero. Solo como un muchacho silencioso que observaba más de lo que hablaba.

Ella tampoco había dicho quién era.

Para él, había sido solo una muchacha de tierra salvaje.

Sin nombre. Sin linaje. Sin corona.

Melia apoyó la frente contra el marco frío.

¿Sabía Z quién era ella ahora?

¿Lo había sabido entonces?

La pregunta no trajo respuesta. Solo una certeza nueva, más incómoda que el peligro: no entendía aún cómo encajaba en su juego.

Y eso, por primera vez desde que lo conocía, la obligaba a mirarlo no como refugio…

sino como incógnita.

La vela titiló.

Melia se enderezó, apagó la llama y dejó la habitación a oscuras, guardando la pregunta donde no pudiera alcanzarla nadie más.

Todavía no.

Melia se recostó en la cama sin desvestirse del todo.

Tenía dieciocho años ahora, pero el recuerdo llegó intacto. Tenía trece entonces.

Había sido comisionada para llevar medicinas a su tío, el rey de Lecitor. Por eso viajaba escoltada, integrada a una caravana. Aun joven, tenía mando; lo ejercía sin alzar la voz. Iba a caballo cuando se detuvieron a descansar. Ella se apartó hacia un río cercano.

Lo oyó antes de verlo.

Un quejido breve, contenido, entre los matorrales.

Estaba herido. No de muerte. Lo suficiente para no seguir. Había peleado. Eso era evidente. No llamó a la escolta. Se arrodilló a su lado, limpió la herida, aplicó las medicinas. Cuando no bastó, se cortó la mano y dejó caer su sangre.

Él la observó en silencio.

—No recuerdo mi nombre —dijo.

Ella no lo creyó. No importó.

—Entonces te llamarás Z —respondió.

Ordenó a la caravana continuar sin ella. Se quedó en una posada, cuidándolo durante días. Alimentándolo. Vigilando la fiebre. Él fingía no saber de dónde venía, pero su cuerpo decía otra cosa: disciplina, alerta constante, control.

Cuando pudo caminar, le pidió acompañarla hasta Lecitor. Ella aceptó. Al despedirse, quiso que fuera con ella a Ranson.

—Después —dijo él—. Primero debo entender mi pasado.

Ella lo esperó.

No volvió.

Melia abrió los ojos.

Ahora entendía que Z no era común. Que nunca lo había sido. Y aun así, no sabía cómo encajaba ella en su estrategia de poder. Si el ataque era contra Kailer, ¿por qué cruzarla a ella?

Cinco años atrás, él solo había conocido a una muchacha de tierra salvaje.

Ella nunca le dijo quién era.

Eso lo sabía con certeza.

¿Y si aun así lo sabía?

Era la única manera en que encajaría en un juego de poder contra Kailer. Como princesa. No como coincidencia.

Recordó las facciones de su rostro, demasiado definidas para alguien común. Y recordó sus manos. Cómo entonces lo había tocado sin pensarlo, sin conciencia alguna.

Ahora era distinto.

Ahora, con más edad, el recuerdo se le imponía de otra forma: observarlo, tocarlo, no había sido lo mismo. No era deseo. Pero tampoco indiferencia.

Cerró los ojos.

Si Z sabía quién era ella, nada había sido casual.

Si no lo sabía, su lugar en todo aquello seguía siendo un misterio.

Y ese misterio… no la dejaba en paz

1
será que sí?
más veces de lo que la sociedad quiere aceptar...!!😭
Blanca Ramirez
excelente historia
Danita 🥰
Lamentablemente me aburrió la historia, así q hasta el cap 10 llegó sorry 🤷‍♀️
Danita 🥰
Sabía q ese tío las traicionaria😡
Danita 🥰
Tan tonta cayó redondito, y tanto q hablaba
Danita 🥰
Mejor para ella si no le hablas
Danita 🥰
En esa época era así, doy gracias a Dios x haber nacido en el siglo XXI libre de todo eso, aunque aún siguen habiendo hombres machistas, pero no tan exagerado como en esa época
guadaupe castro
hay no melia es tan estúpida como se deja engañar por su tío y juzga a terr si a sido el único que realmente a dado todo por ella hasta su propia vida por proteger a ella y su hijo,que mal agradecida y egoísta solo piensa en ella y el otro idiota del emperador Keiler no a echo nada por ella ni por su hijo y todavía se cree con derechos, agradecido debería de estar con terr por proteger a melia,autora por favor que melia deje de amar a Keiler y se quede con terr..🙏.
Martha Maria Fernández Morán
me estancado ganas de a banda nar esta historia y qui tarde los gusta
Martha Maria Fernández Morán
ay no.ya me esta aburriendo tanta estupidez de verdad
Martha Maria Fernández Morán
valla por lo menos no están mmm nose pero eso de aser luchar por su hijo por cambiar esa manera de ser de los poderosos y no nadamas.pensar en que si me quiere o no para en pesar uno.mismo se da el valor como persona no se de be de pender de nadien si te quieren bien y si no.pues ni modos ellos se lo.pierde tu te lo harros el sufrimiento es mejor que duela una ves que estar sufriendo siempre por las.personas que no te valoran ay más aya ella que vive en un lujar que es diferente que hay respeto por las personas que ko importa de donde y como sean nos e donde wsta todo lo que le en seño su tío tanto como ha melia y mina
Martha Maria Fernández Morán
valla por lo menos no están mmm nose pero eso de aser luchar por su hijo por cambiar esa manera de ser de los poderosos y no nadamas.pensar en que si me quiere o no para en pesar uno.mismo se da el valor como persona no se de be de pender de nadien si te quieren bien y si no.pues ni modos ellos se lo.pierde tu te lo harros el sufrimiento es mejor que duela una ves que estar sufriendo siempre por las.personas que no te valoran ay más aya ella que vive en un lujar que es diferente que hay respeto por las personas que ko importa de donde y como sean nos e donde wsta todo lo que le en seño su tío tanto como ha melia y mina
Susana Cabrera
bellísima espectacular
Susana Cabrera
bellísima felicitaciones
Mary
Es muy larga la novela perdón escritora pero ya la borre lo siento pero es tonta
Rosalia Martinez Hernandez
Excelente
Mara
de por sí lo odiaba. es un invesil 🤬
Irma Rocha Cruz
gracias escritora.... ésto fue.... adrenalina pura.... excelente... gracias por compartir... bendiciones y hasta pronto.
Irma Rocha Cruz
creo.... que me faltó...... si ...me faltó comprenderla....
Irma Rocha Cruz
pues...yo ya no entendí....
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