¿Será que una mujer solo tiene una única oportunidad para amar?
Mi Salvaje Concubina es una novela sobre libertad, identidad femenina y el precio de amar sin perderse.
NovelToon tiene autorización de Kelly Lea Barros para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Mensaje
—¿Quién es? —preguntó, girándose de inmediato hacia la puerta.
—Señorita, le he traído unos bocadillos —respondió una voz femenina al otro lado.
Melia frunció el ceño y abrió.
—No solicité ningún servicio de comida. ¿Quién los envía?
La sirvienta bajó más la cabeza.
—Su Alteza, el príncipe Rafel.
Melia lo notó de inmediato.
Ahora la servidumbre la trataba como princesa.
Bajó la mirada hacia la bandeja. Eran sus favoritos. Su primo lo sabía.
Tomó la bandeja sin decir nada más. La sirvienta se retiró sin atreverse a sostenerle la mirada. Melia cerró la puerta con cuidado.
Comió despacio, de pie, mientras intentaba domar su cabello frente al espejo.
Pensó en lo fácil que habría sido si alguien la ayudara… y en lo imposible que eso sería ahora.
Después de su reacción cuando le enviaron sirvientas. Después de ignorar el vestuario que él había escogido para la cena.
Kailer no volvería a intentarlo.
Horas más tarde, con el cabello por fin recogido y el cuerpo agotado, se recostó.
Habían pasado un par de horas cuando algo cambió.
El aire.
Melia abrió los ojos.
No fue un sonido. Fue una presencia.
Saltó de la cama y tomó la espada antes de pensar. La figura frente a ella era apenas una sombra entre las velas casi consumidas y la luz blanca de la luna llena que se filtraba por la ventana.
El intruso se movía con agilidad inquietante. Negro de pies a cabeza. Enmascarado.
Melia atacó.
Acero contra acero. Pasos rápidos. Respiraciones contenidas.
Pero algo no encajaba.
El hombre no intentaba herirla. Solo desviaba. Bloqueaba. Retrocedía.
—Señorita Melia… soy yo. Z…
La voz detuvo su espada a medio recorrido.
Melia entrecerró los ojos. El hombre se quitó la máscara.
Lo reconoció al instante.
Era el mismo al que había salvado cinco años atrás, durante una incursión en Lecitor. El hombre sin nombre. Z, como ella lo había llamado cuando creyó que había perdido la memoria.
Z dio un paso… y se tambaleó.
Melia vio su mano ir al vientre. La sangre brotaba entre sus dedos. Su rostro se contrajo por el dolor; el sudor le empapó la frente y su piel empezaba a tornarse de un azul enfermizo.
—Veneno… —susurró ella.
No lo pensó.
Corrió hacia él, lo sostuvo antes de que cayera y lo llevó hasta la cama. Sacó su daga, se hizo un corte rápido en la palma y llevó la herida a los labios de Z.
—Bebe. Ahora.
Era cuestión de minutos. Tal vez menos.
—¿Qué haces aquí, Z? —preguntó, conteniendo la rabia—. ¿Cómo llegaste hasta mi habitación?
Su voz temblaba entre enojo y miedo.
—Me prometiste que cambiarías… que llevarías una vida digna…
Z no respondió.
Sus ojos se cerraron.
Melia se quedó allí, sosteniéndolo, sabiendo que las respuestas tendrían que esperar.
Pasó un tiempo indefinido antes de que se apartara.
Había limpiado la herida con cuidado, presionado hasta frenar la hemorragia y ajustado las vendas con manos firmes. Cuando terminó, permaneció a su lado, contando su respiración.
El tono azulado de su piel empezó a ceder. El pulso, débil, se volvió regular.
Su sangre había surtido efecto.
Entonces lo miró de verdad.
Era Z… y no lo era.
Cinco años lo habían transformado. La suavidad juvenil había desaparecido. Mandíbula marcada. Hombros más anchos. Músculos tensos incluso en reposo. El cuerpo hablaba de entrenamiento constante, de huida y combate.
Aun inconsciente, parecía listo para levantarse y pelear.
Recordó al joven de unos veinte años al que había rescatado del caos. Ya entonces era fuerte… pero lo que vio esa noche —la precisión con la que se defendió sin herirla— confirmó lo que no quería admitir:
No había dejado el peligro. Lo había convertido en su oficio.
Toc. Toc. Toc.
El sonido la arrancó de sus pensamientos.
—¿Señorita Melia? ¿Se encuentra bien?
Voz masculina. Desconocida.
Melia se puso de pie y abrió la puerta solo lo necesario.
El pasillo estaba ocupado por guardias altos, con armaduras oscuras. Al frente, un hombre de porte rígido dio un paso.
—Comandante Gálvez. Su Alteza nos ordenó verificar su seguridad.
Melia no respondió.
—Un asesino enmascarado se infiltró en la mansión —continuó—. Dejó un lobo muerto y desollado en la cama del príncipe heredero mientras él se bañaba.
Un frío le recorrió la espalda. No se le notó.
—¿Escuchó algo sospechoso? —preguntó Gálvez, intentando mirar al interior.
Melia avanzó medio paso, bloqueándole la vista.
—No. Todo está en orden.
—Reforzaremos la seguridad. Habrá guardias en puertas y pasillos.
Melia sostuvo su mirada.
—Dicen que el enmascarado no intentó matar al príncipe —dijo con calma—. Solo dejó un animal muerto y desollado en su cama.
Nadie se movió.
—¿De verdad nadie entiende lo que eso significa? —continuó—. No fue un intento de asesinato. Fue un mensaje.
Pausa.
—¿O alguien cree que quien quiere matar se toma la molestia de entrar a mi habitación?
El silencio se volvió más pesado.
—¿Está insinuando que fui yo, comandante?
—No, señorita Melia —respondió de inmediato—. No me malinterprete. Estamos aquí por su seguridad. Es una orden directa del príncipe heredero.
Melia inclinó apenas la cabeza, como quien confirma algo que ya sabía.
—Entonces vaya y dígale a su príncipe —replicó con frialdad— que nadie entra aquí sin que yo lo note. Que sé cuidarme sola. Y que no necesito guardias apostados en la puerta de la habitación donde duermo.
Algunos guardias intercambiaron miradas. La recordaban. Recordaban el gesto seco con el que devolvió las monedas que el heredero le lanzó creyéndola una pordiosera. La rapidez de sus manos. La ausencia total de vergüenza o sumisión.
No buscaba atención. Nunca lo había hecho. Simplemente actuaba como pensaba.
—No podemos obedecerle, señorita —dijo el comandante, más rígido—. Tenemos órdenes. Solo el príncipe puede revocarlas.
Algo se tensó en el pecho de Melia. No era miedo.
Era la incomodidad de sentirse contenida. Vigilada. Encerrada en reglas que no eran las suyas.
—Entonces cumplan sus órdenes.
Cerró la puerta con firmeza.
Antes de que la madera encajara en el marco, dejó escapar una sonrisa breve y tensa.
No era cortesía.
Era puro desagrado
Al quedarse sola, apoyó la espalda en la madera y respiró. Luego se giró.
La cama.
Z seguía allí, inconsciente, exactamente como lo había dejado. Su respiración era baja, regular. Demasiado regular para alguien que hubiese sido atacado.
Melia lo observó en silencio.
Ya no había interrogantes.
Había sido él.
Y, aun así, una parte de ella se aflojó. Nadie había muerto. El príncipe seguía con vida. No había sido un intento de asesinato.
Era un mensaje.
Alguien lo había enviado a entregarlo. De quién provenía seguía siendo una incógnita. Dudaba incluso que Z lo supiera
Melia esperó unos minutos más junto a la cama. Lo justo.
Z no se movió.
La vigilancia en la puerta seguía allí. Demasiado visible. Demasiado cerca.
Tomó la capucha y se la echó sobre la cabeza. No para ocultarse, sino para no dar explicaciones. Abrió la puerta.
Los guardias se giraron al instante.
—Señorita—
Melia no respondió. Avanzó.
El pasillo se abrió ante ella, largo, iluminado, lleno de presencia armada. No era un lugar para equivocarse. Tampoco para mujeres. Todos lo sabían.
Uno de los hombres dio un paso al frente.
—No puede—
Ella no lo empujó. No lo miró siquiera. Simplemente siguió caminando, obligándolo a moverse para no quedar en medio.
Eso bastó.
Algunos la reconocieron. Otros solo sintieron algo difícil de nombrar: no desafío, no arrogancia… decisión. Nadie alzó la voz. Nadie dio la orden de detenerla.
—Va hacia las habitaciones del príncipe —murmuró alguien.
Otro guardia dudó. Dio medio paso. Luego se detuvo. No porque no pudiera impedirlo, sino porque no supo cómo hacerlo sin exponerse.
Melia caminaba recta, sin prisa. No buscaba atención. No buscaba testigos. Pero el pasillo se iba abriendo a su paso como si la reconociera.
Cuando llegó al último tramo, uno de los capitanes logró reaccionar.
—Está prohibido —dijo, ya sin convicción—. Ninguna mujer puede acercarse al heredero sin ser llamada.
Melia se detuvo por primera vez. Lo miró.
—Avise —dijo simplemente.
El capitán tragó saliva. No estaba en las normas qué hacer cuando alguien no pedía permiso.
Golpearon la puerta.
Desde dentro, la respuesta fue inmediata:
—Déjenla pasar.
El pasillo quedó en silencio.
Melia avanzó. Detrás de ella, los guardias permanecieron inmóviles, conscientes de que algo había cambiado, aunque aún no supieran qué.
Y lejos de allí, en una habitación vigilada, Z seguía inconsciente
Kailer estaba sentado en una silla majestuosa, elevada apenas sobre el resto de la habitación. No era un trono, pero cumplía la misma función. Su postura era relajada, segura. Las dos muchachas seguían a cada lado, una peinándole el cabello con dedos lentos, la otra secándole los pies con una tela suave, casi reverencial.
Melia avanzó lo justo para quedar frente a él.
No se inclinó.
No saludó.
Kailer la observó con atención. La escena estaba dispuesta. Él también.
—Has cruzado un límite —dijo—. Lo sabes.
—Sí —respondió ella.
Nada más.
Él esperó una explicación que no llegó. Alzó la mano y una de las muchachas se detuvo. La otra tardó un segundo más en comprender.
—¿Entonces? —preguntó—. ¿Qué vienes a pedirme?
Melia sostuvo su mirada sin desafío.
—Que retires a los guardias de la habitación que me asignaron.
Kailer sonrió, seguro de haber entendido mal.
—No.
—Si no lo haces —continuó ella, sin alterar el tono—, me iré a una posada del pueblo.
El aire cambió.
Las manos sobre Kailer se quedaron inmóviles. No por orden. Por intuición.
—Eso no está permitido —dijo él, ahora más serio—. No es seguro.
—No te estoy pidiendo permiso.
El silencio cayó pesado. Kailer la miró con detenimiento, como si recién entonces la estuviera midiendo de verdad.
Sabía que no era una amenaza vacía.
Sabía que, si ella decía que se iría, lo haría.
Y sabía algo más, algo que le resultó profundamente molesto: no había nada que pudiera hacer para detenerla sin exponerse.
—Te protegeré aquí —dijo, con firmeza—. Esa fue mi orden.
Melia negó una sola vez.
—No necesito que me protejas.
Y aun así…
Algo incómodo se agitó en el pecho de Kailer. Una sensación áspera, fuera de lugar. Ella sabía cuidarse. Lo había demostrado. Y, sin embargo, la idea de verla sola en una posada, fuera de sus muros, le provocó una punzada que no supo nombrar.
Protección.
Control.
No eran lo mismo.
Y eso lo irritó.
Apretó la mandíbula.
—Retiraré a los guardias —dijo al fin—. Pero no porque tú lo exijas.
Melia asintió apenas, como si el motivo no tuviera importancia.
—Gracias.
Se dio la vuelta para marcharse.
Kailer la observó salir, consciente de algo que no le gustó en absoluto:
había cedido…
y no había sido una derrota pública, sino una privada. La escena que se había molestado en construir aun en medio del caos por causa del enmascarado, ya no funcionaba.
Y él lo sabía.
Melia avanzó por el pasillo sin prisa.
Kailer permaneció inmóvil unos segundos después de que Melia saliera de la habitación.
No era costumbre suya quedarse sin la última palabra.
La observó salir con una atención incómoda, intentando atrapar algo que siempre se le escapaba de ella: una emoción reconocible, una grieta, una señal de haber tocado un punto sensible. No encontró nada. Ni orgullo herido. Ni triunfo. Ni sumisión.
Nada.
Y eso lo irritó más que una provocación abierta.
Había dispuesto la escena con precisión: el espacio, la luz, las mujeres, el silencio. Todo había sido pensado para descolocarla, para obligarla a reaccionar. Y, sin embargo, Melia había atravesado la habitación como si aquello no le perteneciera. Como si él no fuera el centro.
No la entendía.
No lograba anticiparla.
No lograba leerla.
Y ese desconocimiento —esa imposibilidad— le provocó una sensación áspera, casi física. No era deseo. No era rabia. Era algo más inquietante: la conciencia de que había cedido sin saber por qué, de que había querido protegerla sin haberlo decidido.
Protección sin control.
Apretó la mano contra el brazo de la silla.
Las muchachas retomaron sus gestos suaves, obedientes, bellas. El orden volvió a la habitación. El mundo siguió funcionando como debía.
Pero Kailer no se sintió restituido.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, el poder no le había servido para comprender.
Y eso —lo supo entonces— no iba a dejarlo en paz
Esta vez nadie intentó detenerla. Las miradas la siguieron apenas, con una cautela distinta, como si algo se hubiera reacomodado sin que nadie diera la orden. Las antorchas crepitaban bajo la piedra clara y el murmullo de la mansión había vuelto a su cauce habitual.
Al llegar al corredor abierto, se detuvo.
La noche estaba limpia. La luna, alta y redonda, se reflejaba sobre el cuerpo de agua que bordeaba los jardines interiores. La superficie era tan quieta que parecía una extensión del cielo. Melia se acercó unos pasos, atraída sin pensarlo. No era evasión; era pausa.
Apoyó las manos en la baranda de piedra.
Respiró.
Fue entonces cuando oyó las voces.
—Te digo que no pudimos tocarlo —decía uno de los guardias, en tono bajo, casi admirado—. Se movía como si conociera cada sombra.
—Ni un rasguño —respondió el otro—. Ni uno. Revisamos después. Nada. Como si no hubiera habido enfrentamiento.
Melia no se giró. No tensó el cuerpo. Siguió observando el reflejo de la luna, inmóvil.
—Y eso que éramos varios —continuó el primero—. Pensé que al menos lo alcanzaríamos antes de que escapara.
—Escapar no es la palabra —corrigió el otro—. Se fue cuando quiso.
Hubo una breve risa, incrédula.
—Nunca vi algo así.
El silencio volvió a instalarse entre ellos. Los pasos se alejaron.
Melia permaneció allí unos segundos más.
El agua no se movía.
La luna seguía intacta.
Entonces algo, apenas perceptible, se desacomodó en su interior.
No una certeza.
No una acusación.
Una pregunta.
Se apartó de la baranda y retomó el camino, esta vez con el paso un poco más lento, como quien guarda algo que no piensa usar todavía.
Muy lejos de allí, una habitación seguía vigilada.
Y Melia, sin saberlo aún, había empezado a mirar a Z desde otro ángulo
Cuando Melia volvió a la habitación. La habitación estaba en silencio.
Demasiado.
Melia se detuvo en el umbral. La vela seguía encendida, consumida apenas hasta la mitad. Las sábanas estaban intactas, salvo por el leve hundimiento donde había estado el cuerpo. El aire conservaba un rastro tibio, casi imperceptible.
Z ya no estaba.
Avanzó despacio. No hubo sobresalto. Ninguna prisa. Se acercó a la cama y apoyó los dedos en la tela, como si confirmara algo que ya sabía. No había señales de lucha. Ningún desorden. Ni siquiera una huella apresurada.
Afuera, los pasos de los guardias seguían su ronda.
Una habitación rodeada. Vigilada. Cerrada.
Y aun así, él se había ido.
Melia dejó caer la mano.
La inquietud que había sentido antes —esa presión breve, inesperada— se disipó. No porque ya no importara, sino porque había sido innecesaria desde el inicio. Con la habilidad que él tenía, ningún cerco podía retenerlo. Ninguna vigilancia.
Ni siquiera ella.
Se quedó de pie, mirando el espacio vacío.
Entonces lo entendió.
El hombre que había conocido como Z no había sido del todo honesto. No podía haberlo sido. Nadie con esa precisión, con ese dominio del cuerpo y del tiempo, era común. Nadie se movía así sin haber sido formado para algo más grande.
Poder, tal vez.
La idea se asentó sin resistencia.
El ataque no había sido un arrebato. Tampoco una provocación ciega. Todo apuntaba a Kailer. El mensaje. El símbolo. El riesgo calculado.
Y, sin embargo, ella estaba en medio.
Melia frunció apenas el ceño.
¿Qué lugar ocupaba ella en esa estrategia?
Caminó hasta la ventana. Afuera, la noche seguía abierta, indiferente. Pensó en la primera vez que lo vio, cinco años atrás. No como príncipe. No como heredero. Solo como un muchacho silencioso que observaba más de lo que hablaba.
Ella tampoco había dicho quién era.
Para él, había sido solo una muchacha de tierra salvaje.
Sin nombre. Sin linaje. Sin corona.
Melia apoyó la frente contra el marco frío.
¿Sabía Z quién era ella ahora?
¿Lo había sabido entonces?
La pregunta no trajo respuesta. Solo una certeza nueva, más incómoda que el peligro: no entendía aún cómo encajaba en su juego.
Y eso, por primera vez desde que lo conocía, la obligaba a mirarlo no como refugio…
sino como incógnita.
La vela titiló.
Melia se enderezó, apagó la llama y dejó la habitación a oscuras, guardando la pregunta donde no pudiera alcanzarla nadie más.
Todavía no.
Melia se recostó en la cama sin desvestirse del todo.
Tenía dieciocho años ahora, pero el recuerdo llegó intacto. Tenía trece entonces.
Había sido comisionada para llevar medicinas a su tío, el rey de Lecitor. Por eso viajaba escoltada, integrada a una caravana. Aun joven, tenía mando; lo ejercía sin alzar la voz. Iba a caballo cuando se detuvieron a descansar. Ella se apartó hacia un río cercano.
Lo oyó antes de verlo.
Un quejido breve, contenido, entre los matorrales.
Estaba herido. No de muerte. Lo suficiente para no seguir. Había peleado. Eso era evidente. No llamó a la escolta. Se arrodilló a su lado, limpió la herida, aplicó las medicinas. Cuando no bastó, se cortó la mano y dejó caer su sangre.
Él la observó en silencio.
—No recuerdo mi nombre —dijo.
Ella no lo creyó. No importó.
—Entonces te llamarás Z —respondió.
Ordenó a la caravana continuar sin ella. Se quedó en una posada, cuidándolo durante días. Alimentándolo. Vigilando la fiebre. Él fingía no saber de dónde venía, pero su cuerpo decía otra cosa: disciplina, alerta constante, control.
Cuando pudo caminar, le pidió acompañarla hasta Lecitor. Ella aceptó. Al despedirse, quiso que fuera con ella a Ranson.
—Después —dijo él—. Primero debo entender mi pasado.
Ella lo esperó.
No volvió.
Melia abrió los ojos.
Ahora entendía que Z no era común. Que nunca lo había sido. Y aun así, no sabía cómo encajaba ella en su estrategia de poder. Si el ataque era contra Kailer, ¿por qué cruzarla a ella?
Cinco años atrás, él solo había conocido a una muchacha de tierra salvaje.
Ella nunca le dijo quién era.
Eso lo sabía con certeza.
¿Y si aun así lo sabía?
Era la única manera en que encajaría en un juego de poder contra Kailer. Como princesa. No como coincidencia.
Recordó las facciones de su rostro, demasiado definidas para alguien común. Y recordó sus manos. Cómo entonces lo había tocado sin pensarlo, sin conciencia alguna.
Ahora era distinto.
Ahora, con más edad, el recuerdo se le imponía de otra forma: observarlo, tocarlo, no había sido lo mismo. No era deseo. Pero tampoco indiferencia.
Cerró los ojos.
Si Z sabía quién era ella, nada había sido casual.
Si no lo sabía, su lugar en todo aquello seguía siendo un misterio.
Y ese misterio… no la dejaba en paz