Renace en una época diferente.. ahora es rica y hermosa por lo que su único objetivo es disfrutar la vida..
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Sol
Michael no perdió tiempo.
Apenas Abigail desapareció escaleras arriba, llamó a su hombre de confianza y dio una orden que muy pocos en el reino habrían entendido del todo.
—Envía un mensajero al templo. Quiero a un mago aquí lo antes posible.
Porque si había algo que los eruditos místicos podían detectar, era la llamada, marca de alma.. el rastro que dejaban aquellos que habían atravesado un renacimiento consciente o habían recuperado memorias de una vida anterior.
No era un mito popular. Era un fenómeno raro… y llamativo..
Su consejero se acercó con expresión calculadora.
—Majestad, aunque parta ahora mismo, el mago no llegará antes de que la comitiva Stevens retome el camino.
Michael frunció el ceño apenas.
—Entonces averigua su destino final.
El consejero ya lo había hecho.
—Lady Stevens se dirige a la capital. Permanecerá allí una temporada. Asuntos personales, al parecer.
Hubo un instante de silencio.
Y luego, algo inesperado.. el rey sonrió.
No fue una sonrisa estratégica. Fue ligera. Casi juvenil.
No supo explicar por qué aquella información lo alegraba.
La capital significaba tiempo.
Proximidad.
Oportunidad.
Alzó la vista hacia el interior de la posada.
Y la encontró.
Abigail estaba junto a una ventana, hablando con Mila. Gesticulaba con energía, moviendo las manos mientras parecía recrear alguna escena absurda. En un momento llevó ambas manos al corazón exageradamente, luego alzó los ojos al cielo como si dramatizara una tragedia… y terminó riéndose sola.
Mila, más contenida, intentaba mantener compostura.
Michael apoyó un hombro contra el marco de la entrada y la observó.
Cada movimiento de ella parecía espontáneo.
Cada expresión, honesta.
Se inclinaba hacia su doncella como si no existiera jerarquía entre ellas.
—Mila, si el carruaje decide romperse otra vez en la capital, lo juro, me compro un burro.. Al menos los burros son honestos cuando se detienen.
—Señorita, por favor —susurraba Mila, mirando alrededor.
—¿Qué? Es verdad. El carruaje tiene más drama que yo en mi primera vida.
Michael entrecerró los ojos.
Primera vida.
La frase volvió a resonar en su mente.
Si realmente había renacido… si realmente poseía recuerdos anteriores… eso la convertía en algo extraordinario.
Y extraordinario podía significar muchas cosas.
Peligro.
Milagro.
Destino.
El rey, que había crecido rodeado de traiciones, no podía permitirse ignorar algo así. Pero tampoco podía ignorar la sensación que lo atravesaba al verla reír.
No parecía una amenaza.
Parecía… luz.
Abigail se inclinó hacia Mila y bajó la voz, aunque no lo suficiente como para que Michael no notara la chispa divertida en sus ojos.
—Además, si vuelvo a cruzarme con el señor de cara cansada, tengo que asegurarme de que practique la sonrisa. No quiero que ande por la capital con esa cara de funeral.
Michael sintió que una risa amenazaba con escaparle.
Ella no tenía idea de que el “señor de cara cansada” estaba a pocos metros, observando cada gesto.
No lo buscaba.
No lo vigilaba.
No intentaba acercarse.
Ni siquiera había notado su presencia en la entrada de la posada.
Y eso, para un rey acostumbrado a que cada mirada lo detectara aunque estuviera disfrazado, resultaba desconcertante.
La mayoría sentía el peso de su autoridad incluso cuando no sabían que era él.
Abigail no sentía nada.
Hablaba libremente.
Reía sin filtro.
Se burlaba del destino.
Y planeaba su estancia en la capital como si el mundo fuera simplemente un escenario para disfrutar.
Michael la estudió con atención renovada.
Si el mago confirmaba la marca de alma, tendría que decidir qué hacer.
Si no la confirmaba… también.
Pero por primera vez, la decisión no giraba únicamente en torno a seguridad del reino.
Giraba en torno a ella.
A su risa.
A su desprecio por los hombres poderosos.
A su decisión de no volver a sufrir.
El rey de Bernicia sintió algo que no experimentaba desde hacía años.. Expectativa.. Emoción..
La capital sería interesante.
Muy interesante.
Y mientras Abigail seguía hablando animadamente con Mila, ajena a la mirada fija desde la puerta, Michael comprendió que, por primera vez en mucho tiempo, el destino no se sentía como una carga política.
Se sentía como una historia a punto de comenzar.
El resto de la mañana se convirtió en un pequeño caos organizado.
Con el carruaje averiado, los cocheros iban y venían del patio, los sirvientes discutían soluciones y la posada se llenaba de rumores improvisados. Michael intentó, en más de una ocasión, encontrar el momento exacto para acercarse nuevamente a Abigail.
Pero cada vez que avanzaba… alguien ya estaba con ella.
Un cochero consultándole algo.
Un sirviente pidiéndole instrucciones.
Un soldado agradeciéndole el vino del día anterior.
Incluso la posadera se detenía a escuchar sus ocurrencias.
Ella estaba en el centro de todo.
No por imponerse.
No por buscar atención.
Sino porque la atención parecía gravitar hacia ella.
Michael, apoyado contra una columna del patio, la observó reír con dos de los empleados, mientras les enseñaba.. según parecía.. cómo “evaluar” un vino con exageración teatral.
—Primero se huele.. Luego se prueba. Y si sabe horrible, se escupe con dignidad. La dignidad es clave.
Las risas estallaban a su alrededor.
Y el rey lo sintió con claridad..
Ella era como el sol en ese lugar.
No pedía brillar.
Simplemente lo hacía.
Las personas se relajaban cerca de ella. Sonreían más. Hablaban más fuerte. Hasta el ambiente parecía menos tenso.
Michael intentó avanzar de nuevo.
Pero antes de que pudiera acercarse, Abigail giró bruscamente hacia uno de los jóvenes criados de la casa Stevens, que tenía el rostro más rojo que una manzana madura.
—A ver, a ver.. Repítemelo.
—Yo no dije nada, mi lady —balbuceó el muchacho.
—Oh, sí dijiste.. Dijiste que “tal vez” alguien debería hablar con Mila antes de que lleguemos a la capital.
El joven miró alrededor, desesperado.
Mila, que estaba cerca revisando unas telas, levantó la vista apenas.
Michael se detuvo.
Abigail bajó la voz, pero no lo suficiente.
—¿Te le vas a declarar?
El criado abrió la boca… la cerró… volvió a abrirla.
—Perdoneme mi lady.. pero, es un asunto personal
—¡Claro que es asunto mío! Yo protejo a mis doncellas. Y además me encanta el chisme.
Un par de sirvientes soltaron risas contenidas.
Michael observaba la escena con creciente fascinación.
Ella, que minutos antes hablaba de renacimientos y hombres importantes, ahora estaba completamente absorta en el posible romance entre un criado nervioso y su doncella.
Y lo disfrutaba.
—¿Desde cuándo te gusta Mila? —insistió Abigail, inclinándose hacia él con curiosidad infantil.
—Desde… hace un tiempo —murmuró el muchacho.
—¿Mucho tiempo o “me enamoré ayer cuando me pasó la sal”?
Las carcajadas estallaron.
Mila, al darse cuenta de que era el centro de la conversación, se acercó con el ceño fruncido.
—¿Qué sucede aquí?
Abigail la miró con una sonrisa traviesa.
—Nada. Solo estamos evaluando confesiones románticas potenciales.
—¡Señorita! —susurró Mila, horrorizada.
Michael dio un paso adelante, creyendo encontrar por fin una oportunidad de intervenir.
Pero Abigail ya había tomado la mano del criado y lo estaba empujando suavemente hacia Mila.
—Habla.. La vida es corta. Y yo no voy a tolerar dramas románticos sin resolución.
El joven tragó saliva.
Mila lo miró con mezcla de confusión y nerviosismo.
Michael se quedó quieto.
Invisible.
Por primera vez desde que la había visto, Abigail no parecía consciente de nada más que del pequeño escándalo amoroso que estaba a punto de estallar frente a ella.
No lo buscaba con la mirada.
No lo incluía en su atención.
No intentaba provocarlo.
Simplemente… lo ignoraba.
Y él sintió algo extraño.
No molestia.
No orgullo herido.
Sino una especie de asombro desarmante.
Estaba acostumbrado a ser el centro, incluso disfrazado. A que su presencia alterara el ambiente.
Con ella no.
Ella era el centro.
Y él, por primera vez en años, era solo un espectador.
Abigail se inclinó hacia Mila, susurrándole algo que la hizo enrojecer hasta las orejas.
Luego miró al joven criado y dijo en voz alta..
—Si la haces llorar, te hago beber el vino horrible de anoche hasta que le pidas perdón.
El patio volvió a llenarse de risas.
Michael la observó en silencio.
La mujer que rechazaba hombres poderosos estaba completamente involucrada en una historia sencilla, pequeña, humana.
No buscaba coronas.
Buscaba emociones.
Vínculos.
Vida.
Y mientras intentaba una vez más acercarse, otra persona la rodeó para preguntarle algo… y él comprendió que competir con la luz del sol era inútil.
Abigail no lo estaba ignorando por desprecio.
Simplemente estaba viviendo.
Y el rey de Bernicia, de pie entre soldados y decisiones políticas, entendió que nunca había visto a alguien tan presente en el momento.
Eso lo inquietó.
Y lo fascinó aún más.