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BIENVENIDOS A LOS JUEGOS DE LA CRIPTA

BIENVENIDOS A LOS JUEGOS DE LA CRIPTA

Status: Terminada
Genre:Demonios / Venganza / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:420
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

24 culpables. 12 juegos. Una sola salida.

La noche de Halloween, una reunión de padres e hijos del prestigioso Instituto Saint Charles se convierte en una pesadilla.

Veinticuatro personas son arrastradas a una dimensión gobernada por el misterioso Sistema de la Redención y la Justicia: seis alumnos, tres autoridades del instituto y quince padres y patrocinadores.

Todos están relacionados con un secreto que terminó en muerte.

Ahora deberán superar doce juegos. Quien falle, muere. Y después de cada prueba, el Sistema revelará una nueva pieza de la historia de la víctima que todos ayudaron a destruir.

Entre ellos está Lucas, el número 24, quien aparentemente no debería estar allí. Él solo entró para devolver un pendiente.

Pero nada ocurre por casualidad.

Porque en los Juegos de la Cripta, todos son culpables.
Y cuando llegue el último juego, descubrirán que la verdadera pregunta nunca fue quién sobrevivirá...
sino quién estuvo jugando desde el principio.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL JUICIO DEL SILENCIO

La inmensa reja de bronce se cerró tras ellos con un estampido sordo que hizo temblar el suelo, atrapándolos en una penumbra húmeda y sofocante.

El pasillo descendía en espiral hacia un anfiteatro subterráneo cavado en la roca viva, dominado por el hedor fétido a moho, oxido y grasa quemada. En el centro del recinto no había salidas visibles; solo veintiún pedestales de piedra colocados en un círculo perfecto alrededor de un patíbulo central de hierro oxidado. Sobre cada pedestal colgaba una grotesca máscara de hierro macizo, salpicada de antiguas manchas oscuras, y una pesada cadena con ganchos afilados que serpenteaba hacia las sombras del suelo.

—Otra habitación... ¡Dios mío, nos van a matar a todos! —gimió la Sra. Victoria Vance, sofocada, hiperventilando mientras se aferraba al saco del Senador hasta desgarrar la tela.

—¡Cállate y mantén la compostura! —bramó el Senador Vance, aunque un sudor frío le chorreaba por el cuello, empapándole la camisa de seda.— Solo buscan quebrarnos la mente. Son ilusiones. Tienen que serlo...

A su lado, el Profesor Harrison avanzaba a trompicones, con la mirada vacía y desorbitada. Se mordía las uñas con tal ferocidad que se había arrancado la piel de los nudillos, dejando correr un hilo de sangre sobre sus manos temblorosas. La revelación de los expedientes en la pantalla anterior lo había sumergido en un trance de pánico absoluto.

En un rincón, Lucas Fontaine se dejó caer de rodillas sobre la piedra húmeda, abrazándose los hombros mientras un temblor incontrolable le sacudía el pecho. El horror de haber visto la firma de su propio padre en las actas de encubrimiento lo estaba destruyendo por dentro.

—Mi papá... mi papá pagó para tapar la golpiza... —sollozaba Lucas entre hipos ahogados, frotándose los ojos con furia—. Yo no lo sabía... ¡se los juro por Dios que yo no sabía nada! ¡Solo vine a devolver el maldito pendiente de mi hermano!

Mason Reed, visiblemente pálido, con las pupilas dilatadas y la respiración agitada por el mismo terror de todos, se arrodilló torpemente junto a él. Le puso una mano en la espalda con torpeza, aterrorizado.

—Respira, Lucas... por favor, respira —murmuró Mason, con la voz quebrada por el miedo puro.— Nadie aquí sabía lo que hacían los adultos... Mis padres tampoco me dijeron la verdad. Tengo tanto miedo como tú, pero no te me caigas ahora... si nos separamos, nos van a matar a todos.

—Gracias, Mason... no sé cómo aguantas... —susurró Lucas, buscando refugio en la cercanía del muchacho mientras el aire de la sala se volvía insoportablemente frío.

De pronto, un chispazo eléctrico resonó en el techo y las antorchas se apagaron de golpe, sumiendo el lugar en una oscuridad casi total. Un segundo después, un proyector cenital escupió un haz de luz carmesí de intensidad ciega, enfocando directamente el patíbulo central.

De la piedra misma emergió la voz del Sistema, áspera, metálica y cargada de una sádica diversión:

—Bienvenidos al Juego 2: 'El Juicio del Silencio'. Para las lenguas cobardes que callaron por miedo... y para las manos burguesas que pagaron para fabricar el olvido.

Un estruendo de engranajes oxidados desgarró el aire. Las cadenas del suelo cobraron vida, disparándose como ganchos de matadero. Las argollas de hierro se cerraron con fuerza brutal alrededor de los tobillos de los veintiún sobrevivientes, aplastando carne y cartílago con un crujido seco. Las cadenas se tensaron, arrastrando a todos sin piedad contra sus respectivos pedestales.

—¡Aaaah! ¡Mi pierna! ¡Me rompió la pierna! —chilló Chloe Thorne, cayendo de bruces al suelo antes de ser levantada a tirones hacia la piedra.

—Las reglas son crueles y sencillas —retumbó la voz del Sistema, saboreando cada palabra—. Para abrir la puerta de salida, EXACTAMENTE DOS CÓMPLICES deben ser ejecutados en la Máscara de la Vergüenza. Si el grupo no elige en noventa segundos, las veintiuna máscaras se activarán a la vez, perforando los rostros de todos los presentes.

En el patíbulo central, dos nombres se encendieron en gruesas letras de luz roja que chorreaban como sangre viva:

PROFESOR HARRISON (El encubridor que cambió su conciencia por un sueldo) 2. SRA. PATRICIA HAYES (La madre patrocinadora que compró la complicidad del aula)

—¡No! ¡Por el amor de Dios, no! —chilla la Sra. Patricia Hayes, revolviéndose desesperada mientras una grúa mecánica descendía sobre ella, clavándole dos ganchos de hierro bajo las axilas para arrastrarla hacia el centro—. ¡Yo solo firmé cheques! ¡Mi esposo me obligó! ¡Yo no le puse una mano encima a ese muchacho!

—¡Harrison, asume tu culpa! —bramó el Director Sterling desde su pedestal, sudando helado mientras apretaba los dientes con desesperación por salvar su vida—. ¡Eres el profesor! ¡Era tu deber proteger a los alumnos y fallaste! ¡Sacrifícate por la institución!

—¡Usted me amenazó, maldito cínico! —aulló el Profesor Harrison, arrastrado por el suelo de piedra mientras sus uñas se quebraban al intentar frenar su avance—. ¡Usted me dijo que me destruiría la carrera si mencionaba las fracturas de Julian! ¡Usted es el monstruo!

01:30... 01:29... 01:28...

Un contador rojo gigante parpadeaba en la pared de roca, acompañado por el chasquido sordo y rítmico de una prensa hidráulica preparándose en el techo.

El pánico devoró cualquier pizca de humanidad en la élite de Saint Charles. Nadie quería ser el cuerpo que rellenara la cuota de sangre.

—¡Condénenlos ya! ¡Presionen el botón! —gritó el magnate Marcus Miller, golpeando frenéticamente el interruptor de su pedestal con la palma ensangrentada.

—¡Chloe, vota por ellos! ¡Hazlo o nos matan a todos! —le ordenó Robert Thorne a su hija, aplastando su propio botón sin dudar un segundo.

—¡Perdóname, Patricia, pero prefiero tu muerte a la mía! —chilló la Sra. Victoria Vance, hundiendo la palanca.

Mason Reed, temblando descontroladamente y con lágrimas de pavor rodándole por las mejillas, miró a su alrededor; viendo que todos votaban para no morir achicharrados, presionó la palanca con la mano helada.

00:08... 00:07...

—Votación completada. Condena unánime. —anunció el Sistema con una risotada rasposa y maquiavélica.

Las cadenas del patíbulo se izaron con un chasquido violento. La Sra. Hayes y el Profesor Harrison fueron elevados a tres metros de altura, suspendidos en el aire por los tobillos y los brazos, pataleando e hiperventilando en medio de alaridos ensordecedores.

—¡Tengo hijos! ¡Por favor, no me dejen morir así! —suplicaba la Sra. Hayes, bañada en lágrimas y vómito de pura histeria.

Desde las sombras del techo descendieron dos enormes cascos de hierro macizo, forrados internamente con largos clavos de metal oxidado y mordazas de presión en forma de engranaje.

Las máscaras cayeron a plomo, encajándose a la fuerza sobre las cabezas de los dos condenados.

El impacto inicial fue horripilante: un sonido sordo de huesos faciales astillándose resonó en todo el recinto. Los gritos de la Sra. Hayes y del Profesor Harrison se volvieron chillidos ahogados y borboteantes cuando los clavos de la máscara penetraron sus mejillas, pómulos y cuencas oculares.

El mecanismo hidráulico comenzó su trabajo final: la prensa interna empezó a cerrarse.

El sonido fue grotesco y despiadado. Se escuchó claramente el crujido de la mandíbula del Profesor Harrison desencajándose y la fractura masiva del cráneo de la Sra. Hayes cediendo bajo la presión de toneladas de hierro. Un chorro denso, caliente y purpúreo de sangre y fluido cerebral brotó por las ranuras del metal, salpicando con fuerza las túnicas y los rostros de los sobrevivientes que estaban más cerca del patíbulo.

Los cuerpos de ambos se sacudieron convulsivamente en el aire, pataleando en una agonía espantosa mientras el metal seguía aplastando carne y hueso hasta que la prensa se cerró por completo con un golpe seco de hierro contra hierro.

Luego, el silencio más absoluto inundó la sala, roto solo por el goteo constante y rítmico de la sangre cayendo desde las máscaras de hierro hacia el charco que se formaba en el suelo de piedra.

00:02.

Los grilletes de los diecinueve sobrevivientes se liberaron de golpe. Varios padres de familia cayeron de rodillas sobre los restos de sangre, vomitando violentamente por el asco y el shock traumático. Chloe Thorne comenzó a hiperventilar, cubriéndose los oídos para intentar borrar el sonido del hueso molido.

—El precio del silencio ha sido cobrado con creces —celebró el Sistema, retumbando en las paredes—. Dos parásitos menos en la nómina de la injusticia. Sobreviven diecinueve.

Al fondo del recinto, una pesada puerta de hierro desgastado se abrió de par en par con un gemido metálico, revelando un túnel aún más oscuro y helado.

Lucas estaba hecho un ovillo en el suelo, sollozando sin control, con la cara oculta entre las rodillas para no ver los dos cadáveres mutilados que colgaban sobre sus cabezas. Mason Reed, temblando de pies a cabeza y con el rostro pálido de puro espanto, se acercó despacio, lo ayudó a levantarse e intentó no mirar las gotas de sangre que caían del techo mientras se alejaban juntos, aterrados por lo que vendría después.

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