Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
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Beber
La cena llevaba aproximadamente una hora y ya había llegado a una conclusión.
Aquello no era una cita.
Era un castigo.
No sabía para quién.
Probablemente para los dos.
Knox estaba frente a mí, terminándose su segundo trago con la misma tranquilidad con la que había pasado los últimos diez años consiguiendo irritarme.
Yo tenía el mío en la mano.
Y no pensaba admitir que ya estaba empezando a sentir el alcohol.
—¿Vas a seguir mirándome así? —preguntó.
—Estoy pensando.
—Eso siempre termina mal.
—Estoy pensando en cuánto tiempo tendría que pasar para que nuestras madres dejaran de intentar juntarnos.
—Probablemente nunca.
—Entonces tendré que mudarme.
—¿A otro país?
—Si es necesario.
Knox tomó otro sorbo.
—Te encontraría.
—¿Para qué?
—Para recordarte que todavía me debes una pierna.
Solté una risa incrédula.
—¿Todavía con eso?
—Tú empezaste.
—Tú te lo ganaste.
—Yo tenía diez años.
—Y yo también.
—Eso no justifica romperme una pierna.
—No estaba intentando justificarlo.
—Entonces, ¿qué haces?
—Recordándote que lo merecías.
Knox dejó el vaso sobre la mesa.
—Nunca vas a cambiar esa versión.
—No.
—Aunque te demuestre que estabas equivocada.
—No puedes demostrar nada.
Su expresión cambió apenas.
Fue un segundo.
Después volvió a sonreír.
—Algún día vas a descubrir que no todo ocurrió como tú crees.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—No digas “nada” después de decir algo así.
—Entonces no preguntes.
—Te odio cuando haces eso.
—Lo sé.
—Y deja de decir que sabes todo sobre mí.
—Es difícil no saberlo después de tantos años.
—Ojalá hubieras olvidado algunos.
—Imposible.
—¿Por qué?
Knox me miró.
—Porque eras insoportable incluso de niña.
—Tú eras peor.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Blair…
—Knox.
Nos quedamos mirándonos.
El camarero pasó junto a la mesa.
—¿Otro?
—Sí —dijimos los dos al mismo tiempo.
Nos miramos.
—No necesito que copies mis decisiones —dije.
—Tampoco necesito que copies las mías.
—Yo lo pedí primero.
—Lo dijimos al mismo tiempo.
—Pero yo lo pensé antes.
—Eso no tiene sentido.
—No necesito que tenga sentido.
El camarero se fue.
Yo terminé mi bebida.
Quizá demasiado rápido.
Cuando dejé el vaso sobre la mesa, Knox me miró.
—¿Estás segura?
—¿De qué?
—De que quieres otro.
—No eres mi padre.
—Gracias a Dios.
—Entonces no preguntes.
—Perfecto.
Se terminó el suyo.
Un rato después, decidí que necesitaba salir de allí.
No porque estuviera cansada.
No porque me molestara el ruido.
Y definitivamente no porque quisiera evitar seguir bebiendo frente a Knox.
Simplemente quería irme.
Me levanté.
—Voy al baño.
Knox asintió.
—Bien.
Di dos pasos.
—Blair.
Me giré.
—¿Qué?
—El baño está hacia el otro lado.
Miré.
Efectivamente.
—Ya lo sabía.
—Claro.
—Voy a salir un momento.
—¿Afuera?
—Sí.
—¿Para qué?
—A respirar.
—Puedes respirar aquí.
—Hay demasiada gente.
—Entonces te acompaño.
—No.
Seguí caminando.
Llegué hasta la puerta.
Estaba a punto de salir cuando una mano sujetó suavemente mi muñeca.
Me giré.
Knox.
—Suéltame.
—No.
—¿Perdón?
—No vas a salir sola.
—¿Por qué?
—Porque estás tomando rápido.
—Estoy perfectamente bien.
—Acabas de intentar ir al baño por la salida.
Lo miré.
—Fue un error de orientación.
—Claro.
—Suéltame.
Lo hizo.
Pero se colocó delante de la puerta.
—No te estoy dejando escapar.
—¿Escapar de qué?
—De la cita.
—La cita terminó.
—No.
—Sí.
—Nuestras madres dijeron una cita.
—Ya tuvimos una.
—Todavía no.
—Llevamos horas aquí.
—Precisamente.
—Eso debería contar como mínimo por tres.
Knox sonrió.
—Ven.
—¿A dónde?
Señaló una zona al fondo.
Había varias mesas de billar.
—Vamos a jugar.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero.
—Entonces definitivamente vamos.
—Knox.
—Blair.
—No voy a jugar contigo.
—Tienes miedo de perder.
—No tengo miedo de nada.
—Entonces juega.
Lo miré.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Eres un manipulador.
—Y tú eres demasiado competitiva para rechazar un desafío.
Maldita sea.
Tenía razón.
—Una partida.
—Dos.
—Una.
—Dos.
—Una y media.
Knox soltó una carcajada.
—¿Cómo se juega una partida y media?
—No lo sé.
—Entonces dos.
—Bien.
—Sabía que aceptarías.
—No te emociones.
Caminamos hasta las mesas de billar.
Knox tomó un taco y me pasó otro.
—Después de ti.
—No necesito que seas amable.
—No estaba siendo amable.
—Mejor.
Coloqué las bolas.
—¿Quién rompe?
—Tú.
—¿Por qué?
—Porque quiero darte ventaja.
Lo miré.
—Qué considerado.
—No te acostumbres.
Tomé posición.
—Si gano, admites que soy mejor.
—Si ganas, puedes creer que eres mejor.
—No. Lo dices tú.
—No.
—Entonces no hay trato.
Knox suspiró.
—Está bien.
Golpeé.
Las bolas se dispersaron.
Una entró.
Sonreí.
—Una.
—Suerte.
—¿Ya estás buscando excusas?
—No.
—Porque puedo darte otra oportunidad para aceptar que soy superior.
—Eso jamás va a ocurrir.
—Entonces prepárate para perder.
La partida comenzó.
Y, durante los siguientes minutos, olvidé por completo que estábamos en una cita.
Porque estábamos haciendo lo que habíamos hecho desde niños.
Competir.
Cada punto se convirtió en una provocación.
Cada fallo, en un motivo para burlarnos.
Cada acierto, en una razón para presumir.
—Eso fue horrible —dijo Knox después de mi siguiente tiro.
—Entró.
—Por accidente.
—Entró.
—No sabes jugar.
—Estoy ganando.
—Por ahora.
—Eso es lo que dicen los perdedores.
—No soy un perdedor.
—Tu pierna rota opina diferente.
Knox levantó la cabeza lentamente.
—¿Otra vez vas a sacar eso?
—Tú empezaste.
—Tenías diez años.
—Y tú sigues llorando por eso.
—No lloré.
—Claro que sí.
—Tenía una pierna rota.
—Y mucho drama.
—Tú me empujaste por las escaleras.
—No fue por las escaleras.
—Fue en las escaleras.
—Detalles.
—¡No son detalles!
Me reí.
Él negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y tú sigues perdiendo.
—Todavía no.
Tomé mi vaso.
—Eso está por verse.
Bebí.
Él hizo lo mismo.
Otro trago.
Después otro.
La música seguía sonando.
La gente seguía entrando y saliendo.
Las chicas seguían mirando a Knox de vez en cuando.
Y nosotros seguíamos discutiendo por absolutamente todo.
Quién hacía trampa.
Quién había ganado.
Quién había sido peor de niños.
Quién había empezado nuestra primera pelea.
Quién había copiado primero en un examen.
Quién había escondido la mochila del otro.
Quién había ganado aquella carrera de bicicletas.
Yo juraba que había ganado.
Él juraba que no.
Y cuanto más bebíamos, más convencidos estábamos de nuestras propias versiones.
—Ganaste porque hiciste trampa —dijo.
—No hice trampa.
—Cortaste camino.
—El camino estaba ahí.
—Eso no significa que pudieras usarlo.
—Si no querías que lo usara, debiste llegar antes.
—Eso no era una carrera justa.
—Nunca dijimos que fuera justa.
Knox se apoyó sobre el taco.
—Ahora entiendo por qué terminaste rompiéndome la pierna.
—¿Qué?
—No soportabas perder.
—No perdí.
—Claro.
—Nunca perdí.
—Blair.
—Knox.
—Eras una niña terrible.
—Tú eras un niño insoportable.
—Y sigues aquí.
—Desgraciadamente.
Él sonrió.
Yo también estaba sonriendo.
Pero no porque nos lleváramos bien.
Ni porque hubiéramos dejado atrás nuestros problemas.
Era simplemente la satisfacción de estar discutiendo por algo tan estúpido que ninguno de los dos recordaba exactamente cómo había empezado.
Tomé otro trago.
Knox hizo lo mismo.
Y ninguno de los dos pareció darse cuenta de que aquella decisión iba a complicar muchísimo el resto de la noche.
Vale la pena leerla, no nos vayas a dejar en el abandono