Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 5: Bajo las estrellas de la pampa
La feria terminó entrada la noche.
Las luces de los puestos comenzaron a apagarse una por una mientras las familias regresaban a sus casas. El aire estaba perfumado por el aroma de los choripanes, las tortas fritas y el humo de los fogones.
Valentín y Tomás caminaban hacia la camioneta sin decir demasiado.
Por primera vez desde que se conocían, el silencio entre ellos no resultaba incómodo.
—Che... —dijo Valentín de repente.
—¿Qué?
—Gracias.
Tomás lo miró de reojo.
—¿Por qué?
—Por traerme.
El alfa sonrió apenas.
—Pensé que ibas a odiar la feria.
—Yo también.
—¿Y?
Valentín se encogió de hombros.
—Estuvo... linda.
Tomás soltó una risa.
—Eso fue casi un cumplido.
—No te agrandés, gaucho.
—Demasiado tarde.
El camino de regreso estaba iluminado únicamente por la luna.
Valentín apoyó la cabeza contra la ventanilla.
—Nunca había visto un cielo así.
Tomás levantó la vista.
Millones de estrellas cubrían la pampa.
—Cuando era chico, Don Ernesto decía que cada estrella era una historia esperando ser contada.
Valentín sonrió con nostalgia.
—Mi abuelo nunca me habló de eso.
—Porque cuando vos venías eras muy chiquito.
—¿Yo venía seguido?
Tomás asintió.
—Corrías por todos lados.
Valentín frunció el ceño.
—No me acuerdo.
—Una vez te escapaste para seguir a un ternero.
—¿En serio?
—Terminaste sentado en un charco de barro, llorando porque habías perdido una zapatilla.
Valentín lo miró sorprendido.
—¿Vos estabas ahí?
—Sí.
—Entonces... ¿ya nos conocíamos?
Tomás tardó unos segundos en responder.
—Vos no te acordás... pero sí.
El corazón de Valentín dio un vuelco.
Jamás habría imaginado que aquel gaucho serio había formado parte de un rincón olvidado de su infancia.
Cuando llegaron a la estancia, todos dormían.
Solo se escuchaban los grillos y el viento moviendo los árboles.
Tomás bajó primero de la camioneta.
—Esperá.
—¿Qué pasa?
—Vení.
Valentín lo siguió hasta un pequeño alambrado detrás de la casa.
Más allá se extendía un campo inmenso.
No había luces.
Solo la luna.
Y el cielo más hermoso que había visto en su vida.
—Guau...
No pudo decir otra cosa.
El viento hacía bailar los pastizales como si fueran olas.
—Cuando necesito pensar, vengo acá —dijo Tomás en voz baja.
Valentín permaneció en silencio.
Por un instante olvidó Buenos Aires.
Olvidó el trabajo.
Olvidó el celular.
Solo existían la inmensidad del campo... y el hombre que estaba a su lado.
—¿Extrañás mucho la ciudad? —preguntó Tomás.
Valentín respondió sin dejar de mirar el horizonte.
—Sí.
Hubo una pausa.
—Pero...
Tomás esperó.
—No tanto como el primer día.
El alfa sonrió.
—Es un avance.
—No te emociones.
—Ya lo estoy haciendo.
Los dos rieron.
Un aroma suave llegó hasta Tomás.
Dulce.
Con un toque de vainilla y café.
El aroma natural de Valentín.
Al mismo tiempo, el omega volvió a percibir aquella mezcla de cuero, madera y tierra húmeda que siempre acompañaba al gaucho.
Sin darse cuenta, ambos dieron un pequeño paso hacia el otro.
Fue un movimiento completamente inconsciente.
Como si sus instintos quisieran acercarlos.
Pero antes de que la distancia desapareciera...
—¡Tomás!
La voz de Don Ramón rompió el momento.
Los dos se separaron enseguida.
El peón se acercó con una linterna.
—Perdón que los moleste.
—¿Qué pasó? —preguntó Tomás.
—Una de las yeguas está por parir.
Tomás cambió de expresión de inmediato.
—Voy enseguida.
Comenzó a caminar hacia el establo.
Valentín lo siguió.
—¿Puedo ir?
Tomás se detuvo.
—¿No te da impresión?
—Nunca vi nacer un caballo.
El alfa sonrió.
—Entonces vení.
El establo estaba iluminado por lámparas antiguas.
Marta, Nico y Don Ramón ya estaban allí.
La yegua respiraba con dificultad.
Valentín observaba todo desde una esquina, nervioso.
—¿Va a estar bien?
—Sí —respondió Tomás con calma—. Tranquilo.
Con movimientos seguros, el gaucho ayudó a la yegua durante el parto.
Después de unos minutos que parecieron eternos, un pequeño potrillo cayó sobre la paja.
Hubo unos segundos de silencio.
Y entonces...
El potrillo levantó lentamente la cabeza.
Valentín sintió un nudo en la garganta.
—Es... hermoso.
Tomás sonrió mientras acariciaba al animal.
—Bienvenido al mundo, campeón.
El potrillo intentó ponerse de pie, tambaleándose.
Valentín no pudo contener una sonrisa.
—Es igual que yo cuando me subí al caballo.
Todo el establo estalló en risas.
—Por lo menos este se cayó menos veces —bromeó Nico.
—¡Che!
Tomás también se rió.
Pero, al mirar a Valentín riéndose junto a todos, comprendió algo que llevaba días intentando ignorar.
La estancia ya no era la misma desde que el omega había llegado.
Y, sin querer admitirlo, él tampoco.
Mientras afuera la luna seguía iluminando la inmensa pampa argentina, el destino comenzaba a tejer un lazo invisible entre el gaucho y el porteño, un lazo que muy pronto pondría a prueba sus corazones, sus orgullos... y sus instintos de alfa y omega.