Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 5
Cuando regresaron a la mansión, Clarissa le tomó las manos a Elara antes de que ambas se separaran.
—Hablaré con tu padre esta noche —le prometió con una pequeña sonrisa—. Pero deberás explicárselo tú misma.
Elara asintió.
Sabía que aquella conversación sería mucho más difícil.
Vincent Crowe adoraba a su hija, pero también era un hombre práctico. Convencerlo de que una joven noble quería convertirse en doctora no sería sencillo.
Y así, a la mañana siguiente, Elara se encontraba sentada frente al enorme escritorio del despacho de su padre.
Los rayos del sol se filtraban por las ventanas mientras Vincent la escuchaba con atención. Ella le explicó la situación con Lucael, el deseo de romper el compromiso y todo lo que ya había hablado con Clarissa y Celestine.
El duque permaneció en silencio durante gran parte de la conversación.
Finalmente, Elara respiró profundamente.
—Y hay algo más.
Vincent alzó la vista.
—¿Qué sucede?
Ella entrelazó las manos sobre su regazo.
—Quiero convertirme en doctora.
El silencio volvió a instalarse en la habitación.
Por primera vez aquella mañana, el duque parecía realmente sorprendido.
—Elara...
Su voz sonó suave.
—Creo que esto podría ser solo un interés pasajero.
La joven no respondió.
Vincent apoyó las manos sobre el escritorio.
—Para convertirse en médico se necesita años de estudio. Los exámenes son extremadamente difíciles. Verás sangre, enfermedades, heridas terribles e incluso personas morir frente a ti.
Elara sostuvo su mirada.
—Soy consciente de ello.
—No, hija, no lo eres.
Ella guardó silencio.
—Has vivido toda tu vida entre bailes, jardines y reuniones sociales. La medicina no es elegante. Es agotadora. Cruel, incluso.
Elara respiró profundamente.
—Aun así, quiero intentarlo.
Vincent la observó.
—¿Por qué?
Ella dudó unos segundos.
Porque había pasado años salvando vidas.
Porque había sostenido bisturís.
Porque había visto personas morir.
Porque había prometido seguir adelante incluso después de reencarnar.
Pero nada de eso podía decirlo.
—Porque es mi sueño, padre.
La habitación quedó nuevamente en silencio.
Vincent la estudió durante varios segundos.
Aquella determinación no era algo que hubiera visto antes en su hija.
Finalmente se levantó.
—Acompáñame.
Elara parpadeó.
—¿Padre?
—Ven.
Salieron del despacho y caminaron por los largos pasillos de la mansión hasta llegar a la zona de entrenamiento de los soldados.
El sonido del acero chocando llenaba el aire.
Varios hombres entrenaban bajo el sol, cubiertos de sudor. Entre ellos se encontraba Damien, que sostenía una espada mientras daba instrucciones a otros soldados.
El hermano de Elara levantó una ceja al verla.
—¿Qué sucede?
—Una pequeña prueba.
Elara también observó a varios soldados entrenando sin camisa.
«Vaya vista.»
Carraspeó inmediatamente.
No era momento para distraerse.
Vincent continuó caminando hasta una pequeña construcción situada cerca del campo de entrenamiento.
Al entrar, un fuerte olor a hierbas medicinales llenó el ambiente.
Un médico militar se encontraba atendiendo a un soldado recostado sobre una cama.
Ambos se levantaron al ver al duque.
—Su excelencia.
Vincent saludó con la cabeza.
Elara también inclinó ligeramente la suya.
El soldado que permanecía acostado lucía pálido y sudoroso.
Vincent se detuvo.
—Revísalo.
Ella levantó la vista.
—¿Padre?
—Si aciertas en tu diagnóstico o al menos logras acercarte a la respuesta correcta, consideraré seriamente lo que me has pedido.
Sus ojos se volvieron serios.
—Pero si no lo consigues, abandonarás esta idea.
Elara sintió cómo su corazón se aceleraba.
La estaba poniendo a prueba.
Se acercó al paciente.
El muchacho parecía joven. Su piel estaba ligeramente pálida y pequeñas gotas de sudor cubrían su frente.
—¿Cuánto tiempo llevas sintiéndote mal?
El soldado miró primero al duque.
Vincent asintió.
—Responde.
—Desde anoche.
—¿Dónde comenzó el dolor?
El joven señaló el abdomen.
Elara siguió haciendo preguntas. Si había comido, si había tenido fiebre, si había vomitado.
Luego pidió permiso.
—¿Puedo examinarlo?
—Sí, señorita.
Se arrodilló junto a la cama.
Tomó su muñeca.
El pulso estaba acelerado.
Después presionó cuidadosamente distintas zonas del abdomen.
Cuando sus dedos tocaron la parte inferior derecha, el soldado se tensó inmediatamente.
—¡Ah!
Elara levantó la vista.
—¿Te duele aquí?
El joven asintió.
Ella volvió a presionar ligeramente.
El dolor era localizado.
Había fiebre.
Náuseas.
Dolor abdominal.
Su mente comenzó a unir las piezas.
Se incorporó lentamente.
Vincent la observaba.
El médico militar también.
Incluso Damien se había acercado a la puerta.
Elara respiró profundamente.
Y entonces dijo lo que creía que tenía.
—Porque los síntomas coinciden —comenzó con calma—. El dolor comenzó hace pocas horas, tiene fiebre, náuseas y el dolor se concentra en una sola zona del abdomen. Además, empeora al presionar.
El médico militar frunció ligeramente el ceño.
—Pero solo es un dolor abdominal.
Elara negó.
—No todos los dolores abdominales son iguales.
Se volvió hacia el soldado.
—¿Te duele más cuando caminas?
El muchacho asintió.
—Sí, señorita.
—¿Y al toser?
—También.
Elara volvió a mirar a su padre.
—Si realmente es lo que creo y empeora, podría extenderse y provocar una infección mucho más grave.
El médico permaneció en silencio.
No porque estuviera completamente convencido, sino porque aquella joven acababa de describir con precisión algo que él mismo no había considerado.
Damien se acercó unos pasos.
—¿Y cómo lo tratarías?
La pregunta la tomó por sorpresa.
¿Cómo?
En su mundo la respuesta era sencilla.
Cirugía.
Anestesia.
Quirófano.
Instrumentos estériles.
Pero allí...
Allí no existía nada de eso.
Sus dedos se apretaron ligeramente.
—No lo sé todavía.
Todos la miraron.
Elara sostuvo la mirada de su hermano.
—No conozco la medicina de este mundo lo suficiente como para decirlo con seguridad. Pero sí creo que deberían vigilarlo de cerca.
Aquella respuesta sorprendió incluso a Vincent.
Ella no intentó aparentar que lo sabía todo.
No intentó impresionar.
Reconoció sus límites.
El médico finalmente habló.
—Puedo observarlo durante los próximos días.
Elara negó.
—No días.
El hombre levantó una ceja.
—¿Horas?
—Sí.
El silencio volvió a llenar la pequeña habitación.
El soldado tragó saliva.
Damien comenzó a mirar a su hermana de una manera completamente distinta.
Y Vincent...
Vincent simplemente la observaba.
Aquella no era la niña que se escondía detrás de los vestidos de su madre durante los bailes.
Aquella no era la hija que pasaba las tardes bordando o leyendo novelas románticas.
Había una seguridad extraña en ella.
Algo que no lograba comprender.
Finalmente el duque se acercó al soldado y luego volvió a mirar a su hija.
—¿Todo esto lo aprendiste en libros?
Elara sintió un pequeño nudo en el pecho.
—Sí, padre.
Era mentira.
Pero también era la única respuesta que podía darle.
Vincent permaneció callado durante varios segundos.
Luego salió de la habitación.
Elara parpadeó.
—¿Padre?
—Ven.
Ella lo siguió.
Damien también los acompañó.
Los tres caminaron en silencio hasta regresar al despacho del duque. Una vez dentro, Vincent tomó asiento detrás de su escritorio.
La habitación quedó completamente en silencio.
Elara sintió cómo los nervios regresaban.
¿Había fallado?
¿Se había equivocado?
¿Había ido demasiado lejos?
Finalmente Vincent habló.
—No sé de dónde aprendiste todo eso.
Ella guardó silencio.
—Y sinceramente, tampoco entiendo cuándo comenzaste a interesarte tanto por la medicina.
Elara bajó ligeramente la mirada.
—Pero lo que vi hace unos momentos no fue el capricho de una joven noble.
Damien cruzó los brazos.
—Ella realmente sabía lo que estaba haciendo.
Vincent asintió.
—Sí.
El duque entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Te daré una oportunidad.
Elara levantó la vista.
—¿Padre?
—Si realmente deseas estudiar medicina, te enviaré al Hospital Central del Imperio.
La joven abrió ligeramente los ojos.
Había escuchado ese nombre antes. Era uno de los hospitales más conocidos de la capital, un lugar donde se atendían cientos de pacientes y donde trabajaban numerosos médicos.
Vincent continuó.
—Allí no importará que seas la hija del duque Crowe.
Su voz se volvió más seria.
—No recibirás ningún trato especial. No permitiré que utilices nuestro apellido para abrirte camino.
Elara escuchó atentamente.
—Tendrás que estudiar, trabajar y demostrar tus capacidades como cualquier otra persona.
Damien, que había permanecido en silencio, cruzó los brazos.
—Y si los médicos consideran que no sirves para esto, tendrás que aceptarlo.
Elara bajó la mirada durante unos segundos.
Aquello era exactamente lo que quería.
Una oportunidad.
No como la hija del duque.
No como una noble.
Sino como ella misma.
Vincent volvió a hablar.
—Si después de conocer la realidad de un hospital continúas deseando convertirte en doctora, no volveré a oponerme.
La joven sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza.
Aquello no sería sencillo.
Tendría que empezar desde cero.
Ganarse la confianza de los médicos.
Demostrar que sus conocimientos eran reales.
Y, sobre todo, soportar que nadie la tomara en serio.
Pero precisamente eso era lo que quería.
Lentamente, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Acepto.
Vincent la observó durante unos segundos.
—¿Estás segura?
Elara sostuvo su mirada.
—Completamente.
El duque suspiró.
—Entonces comenzaré a escribir la carta de recomendación.
Ella se puso de pie e inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias, padre.
Elara le pidió a su padre un último favor.
—Padre, no le diga a nadie que soy su hija.
Vincent la observó sorprendido.
—¿Qué?
—Si las personas descubren quién soy, me tratarán diferente. No sabré si me ayudan por mis capacidades o por nuestro apellido.
El duque permaneció varios segundos en silencio.
Aquello era algo que jamás habría esperado escuchar de su hija.
—¿Segura?
Elara asintió.
—Quiero lograrlo por mí misma.
Vincent estudió aquellos ojos decididos y finalmente suspiró.
—Muy bien. Solo las personas necesarias conocerán tu identidad.
Una sonrisa apareció en el rostro de Elara.
Cuando salió del despacho, su corazón todavía latía con fuerza.
El Hospital Central del Imperio.
Aquel lugar se convertiría en el inicio de su nueva vida.
Y también en el lugar donde tendría que demostrarle a todo el mundo que Elara Crowe no era simplemente una joven noble jugando a ser doctora.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔