"Prisionera de Fuego"
Min-jae, una humilde profesora de 22 años, acepta un trabajo desesperado en la Cárcel Seúl Elite sin saber el mundo que está por descubrir. Allí conoce a Kyung-ho, un apuesto mafioso coreano de 25 años que, tras las rejas, observa cada uno de sus movimientos en silencio.
Lo que comienza como una tensión silenciosa entre profesor y recluso se convierte en algo inevitable cuando un atentado nocturno envenenado los deja a ambos luchando por sobrevivir en la enfermería de la cárcel. Atrapados, drogados y desesperados, se encuentran en una noche que lo cambia todo.
Cuando ella decide irse, él sale libre. Pero el destino tiene otros planes.
Una reencuentro accidental años después deja claro que algunos fuegos nunca se apagan.
Una historia de supervivencia, pasión prohibida y la imposibilidad de olvidar.
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El secreto.
CAPÍTULO 5
"El Secreto que llevaba"
Descubrí que está embarazada de gemelos. El pánico me consumío al saber que Kyung-ho ya conocía mi ubicación. Tome la decisión más difícil de mi vida: desaparecer. Con mis ahorros y el apoyo de extraños bondadosos, me refugié en el campo, lejos de todo lo que conocía.
El test de embarazo mostró dos líneas rosadas.
Luego otro. Y otro más.
Estaba en el baño de mi pequeño apartamento cuando la verdad golpeó mi pecho como un puñetazo. No era posible. Habían pasado tres meses desde que me fui de la cárcel, tres meses desde aquella noche que no podía permitirme recordar.
Pero mi cuerpo recordaba.
Llamé a mi médica privada. Una cita discreta. Una confirmación que deseé no recibir.
— Está embarazada de gemelos, Profesora Park —dijo la doctora con una sonrisa. — Felicidades. Dos corazones muy fuertes.
Dos corazones. Los corazones de Kyung-ho.
Esa noche, mientras trabajaba en la florería, mis manos no dejaban de temblar. Una cliente me preguntó si estaba bien. Le sonreí y mentí.
Fue entonces cuando lo vi.
Un hombre entró a la tienda, no Kyung-ho, pero algo en su mirada era demasiado familiar. Observador. Peligroso. Se quedó mirando las flores durante diez minutos sin comprar nada, solo mirándome.
Mi instinto gritó.
Esa noche, busqué en internet. Encontré una noticia enterrada en un periódico de negocios: "Kyung-ho Park, magnate coreano, amplía su imperio internacional. Nuevas oficinas en Gangnam."
Gangnam. Mi barrio. Mi florería.
Mi teléfono vibró. Un número desconocido.
— Profesora Park, espero que esté bien — la voz era profunda, controlada, y me heló la sangre. — Sé dónde está. Y sé sobre los niños.
Colgué.
No dormí esa noche. Pasé las horas siguientes tomando decisiones que cambiarían mi vida para siempre. Vacié mi cuenta bancaria. Gasté todo en efectivo. Metí ropa, documentos y poco más en una mochila.
No podía dejarles una nota a mis empleadores. No podía despedirme. Cualquier rastro sería un peligro.
A las 5 de la mañana, salí de Seúl.
Los primeros meses fueron un infierno de incertidumbre. Viajé hacia el sur, hacia pueblos tan pequeños que ni siquiera aparecían en los mapas grandes. Mi vientre crecía. Mis pies estaban hinchados. Estaba sola.
Hasta que conocí a la Abuela Kim.
Fue en un pueblito llamado Namhae, donde las montañas tocaban el cielo y los ríos cantaban historias olvidadas. Estaba desmayándome en la calle cuando ella pasó. Una mujer de setenta años con el cabello blanco como la nieve y los ojos más amables que había visto.
— Niña, ¿dónde está tu familia? — preguntó, ayudándome a levantarme.
No pude mentir. Algo en su energía exigía verdad.
— No tengo a nadie — susurré.
Sin hacer preguntas, la Abuela Kim me llevó a su casa. Una cabaña de madera rodeada de huertos de frutas y un pequeño estanque donde los patos nadaban lentamente.
— Mi hijo vive en la ciudad — explicó mientras preparaba té de jengibre. — Pero aquí, en el campo, la gente entiende que algunos secretos son sagrados. Tú tendrás tu privacidad. Yo tendré compañía. Los bebés tendrán un hogar.
Lloré. Por primera vez desde que descubrí el embarazo, lloré de alivio.
Los gemelos nacieron en una noche de tormenta, cinco meses después.
Una partera local, con manos expertas y un corazón de oro, me ayudó a traer a mis hijos al mundo. Primero vino el niño — lo llamé Joon-ho — con el cabello tan negro como el de su padre y unos ojos que miraban el mundo con una inteligencia que asustaba. Luego la niña — Hae-won — quien salió llorando como si protestara por haber sido separada de su hermano.
La Abuela Kim lloró de alegría.
— Son perfectos — susurró, acariciando sus mejillas. — Absolutamente perfectos.
Durante los primeros años, la Abuela Kim se convirtió en mi salvavidas. Ella cuidaba de los gemelos mientras yo hacía trabajos ocasionales en el pueblo: enseñaba en una pequeña escuela rural, ayudaba en el mercado, lo que fuera necesario. Vivíamos modestamente, pero vivíamos.
Los gemelos crecieron rápido.
Demasiado rápido.
A los tres años, Joon-ho ya leía. A los cuatro, Hae-won hablaba en tres idiomas sin que nadie la enseñara. Simplemente los absorbía del aire, de nuestras conversaciones, de los videos educativos que ocasionalmente veían.
— Son especiales — dijo una vez la Abuela Kim mientras los observaba jugar. — He visto muchos niños en mis setenta años, Min-jae. Estos dos tienen algo diferente.
— ¿Diferente cómo? — pregunté, temerosa.
— Como si el universo hubiera puesto una marca especial en ellos. Como si estuvieran destinados a algo grande.
Esa noche, después de que los niños durmieron, me senté en el porche de la cabaña y miré las estrellas. Me permitía pensar en él ocasionalmente. En Kyung-ho. En cómo sería si las cosas fueran diferentes. Si él fuera un hombre normal. Si yo fuera lo suficientemente valiente.
Pero no lo era. Y los gemelos eran mi responsabilidad ahora.
Les enseñé todo. Historía, literatura, matemáticas, idiomas, arte. Los educaba en la cabaña mientras la Abuela Kim preparaba el almuerzo y el sol se filtraba por las ventanas de papel tradicional.
— Mamá, ¿por qué vivimos aquí? — preguntó Hae-won un día, cuando tenía seis años. Sus ojos violeta-oscuros — sí, sus ojos eran de un color que no era completamente café ni azul — observaban mi rostro con una perspicacia que era demasiado madura.
— Porque es hermoso — respondí, acariciando su cabello.
— Eso es mentira — dijo Joon-ho desde la esquina, donde estaba armando un rompecabezas de mil piezas con facilidad. — Vivimos aquí porque huimos de alguien.
Mi corazón se detuvo.
— ¿Cómo lo sabes? — pregunté con cuidado.
— No lo sabemos — dijo Hae-won, mirando a su hermano. — Pero lo sentimos. Es como si existiera una sombra alrededor de mamá. Una sombra que tiene forma de hombre.
Joon-ho levantó la vista del rompecabezas, que ahora estaba casi completo.
— Es nuestro padre, ¿verdad? — preguntó sin emoción, como si fuera observar un dato interesante.
No pude mentirles.
— Sí — susurré.
— ¿Es peligroso? — preguntó Hae-won.
— No para ustedes — dije, y era verdad. Kyung-ho amaba a sus hijos, aunque nunca los conociera. Lo sabía en mis huesos. — Pero sí, es peligroso. Y por eso vivimos aquí. Para mantenerlos seguros.
Los gemelos se miraron en una forma que me asustó ligeramente. Era como si se comunicaran sin palabras, como si tuvieran un lenguaje que solo ellos entendían.
— Está bien, mamá — dijo Joon-ho, regresando al rompecabezas. — Nosotros la protegeremos.
Y en ese momento, comprendí que mis hijos no eran completamente míos. Eran de algo más grande. De algo que aún no comprendía.
Pasaron cinco años.
La Abuela Kim envejeció pero sus manos seguían siendo fuertes aunque su cuerpo se debilitaba. Los gemelos crecieron en el campo, bajo el sol, entre las montañas que guardaban nuestro secreto.
Fue una mañana de otoño, cuando Joon-ho tenía once años y Hae-won diez, cuando llegó la carta.
Estaba dirigida a "Padres/Tutores de Joon-ho y Hae-won Park."
La abrí con dedos temblorosos.
"Estimada Familia Park,
Hemos identificado a sus hijos como candidatos para el Programa de Talentos Excepcionales de la Academia Seúl para Jóvenes Prodigios. Sus calificaciones en exámenes nacionales, que aparentemente tomaron en una pequeña escuela rural, sugieren un potencial extraordinario.
Les extendemos una invitación para que asistan a nuestra institución de primer nivel. Ofrecemos becas completas, alojamiento y acceso a recursos educativos sin precedentes.
La directora de nuestra academia, la Sra. Park Kyung-soon, desea conocerlos personalmente.
Atentamente,
Academia Seúl para Jóvenes Prodigios"
Mi sangre se congeló en mis venas.
Park Kyung-soon. La madre de Kyung-ho. Su abuela.
— Mamá, ¿qué dice la carta? — preguntó Hae-won, mirando por sobre mi hombro con su perspicacia sobrenatural.
— Es una oportunidad — susurré.
— ¿Para qué? — preguntó Joon-ho.
— Para que se conviertan en quiénes están destinados a ser.
Los gemelos se miraron nuevamente con esa comunicación silenciosa que aún no comprendía completamente.
— Iremos — dijo Joon-ho.
— ¿Cómo lo saben? — pregunté.
— Porque es hora — respondió Hae-won simplemente. — Porque la sombra que sentimos siempre está cerca de esa ciudad. Porque algo nos está llamando.
Esa noche, mientras miraba a mis hijos dormir, supe que la paz que había construido durante cinco años estaba a punto de colapsar.
El destino había llegado, y traía el nombre de Kyung-ho en cada letra.