Tras una muerte inesperada, una joven despierta convertida en un bebé dentro del mundo de la novela que leyó antes de morir: “Casada con el Príncipe Maldito”. Pero no como un personaje secundario… sino como la propia protagonista.
Con recuerdos intactos de la historia original, sabe exactamente cómo terminará todo: obligada a casarse con el temido príncipe heredero, un hombre marcado por una maldición que lo consume lentamente… y que, al final, incapaz de soportar el dolor y el rechazo, se quita la vida.
Ahora, renacida en su lugar, la nueva protagonista siente algo muy distinto: rabia hacia esa historia injusta… y una profunda lástima por el hombre destinado a romperse.
¿Debe seguir el curso de la novela para sobrevivir y alcanzar un final seguro… o desafiar el destino para salvar a alguien que nunca fue amado?
En un mundo donde el amor puede ser salvación o condena, cambiar la historia podría costarle todo… incluso su propia vida.
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Un gran cambio en la trama
Cumplir cinco años no cambió quién era, pero sí marcó el momento en el que finalmente pude actuar sin restricciones reales, porque aunque había avanzado mucho desde aquel inicio torpe y frustrante, aunque ya caminaba con firmeza, hablaba con claridad y leía sin dificultad, todo eso seguía ocurriendo dentro de los límites seguros del ducado, dentro de un entorno que, aunque amplio, no representaba un verdadero desafío, y yo necesitaba uno, lo necesitaba desde hacía tiempo, no por orgullo, no por demostrar algo innecesario, sino porque mi objetivo no podía esperar más, porque cada año que pasaba era un año en el que Estefan seguía enfrentando ese mundo solo, rodeado de personas que lo respetaban pero no lo comprendían, que lo reconocían pero no se acercaban, y aunque sabía que mi presencia no cambiaría todo de inmediato, también sabía que no podía seguir postergándolo, no cuando ya tenía la capacidad de hacer algo real.
Por eso, cuando llegó el día del examen de ingreso a la academia real, no sentí nervios, no sentí duda, lo que sentí fue… impaciencia.
El salón era amplio, ordenado, lleno de niños que, a diferencia de mí, mostraban expresiones tensas, manos inquietas, miradas que iban y venían entre los examinadores y las hojas frente a ellos, y no los juzgué, porque entendía perfectamente lo que ese momento significaba para ellos, pero para mí… era distinto, porque desde el momento en que tomé el examen y leí la primera pregunta, supe que no iba a ser un desafío.
Era… simple, demasiado simple, pasé a la siguiente y a la siguiente... Y a la siguiente.
Conceptos básicos, problemas predecibles, evaluaciones que medían apenas la superficie de lo que realmente podía hacerse con el conocimiento, y no tardé en perder el interés, no porque no quisiera responder, sino porque sentía que estaba perdiendo el tiempo, así que no dudé, no me detuve a considerar si era apropiado o no, simplemente levanté la mano, interrumpiendo el silencio controlado del salón.
—Disculpe —dije con claridad, mirando directamente al evaluador más cercano—, ¿este es el nivel máximo de la prueba de ingreso?
El hombre parpadeó, claramente sorprendido por la pregunta, y varias miradas se dirigieron hacia mí, algunas confundidas, otras molestas, pero no me importó, porque mi atención estaba fija en él.
—¿A qué te refieres? —preguntó, acercándose ligeramente.
—A que es… demasiado fácil —respondí sin rodeos, inclinando apenas la cabeza—. Si esto es lo que define quién entra a la academia, entonces no entiendo cuál es el criterio real de selección.
El silencio que siguió fue distinto al anterior, más denso, más cargado, y el evaluador se acercó completamente esta vez, probablemente esperando encontrar un error, una equivocación que justificara mi comentario, pero cuando tomó mi hoja y la revisó… su expresión cambió.
Sorpresa.
Sus ojos recorrieron las respuestas una por una, con rapidez al inicio y luego con más detenimiento, como si buscara una falla que no estaba ahí.
—… —no dijo nada de inmediato, pero su postura cambió.
—¿Hay algún problema? —pregunté con tranquilidad.
—Espera aquí —respondió finalmente, su voz más seria, más enfocada, antes de girarse y salir del salón.
No me moví.
No tenía por qué.
Los demás continuaron con sus exámenes, aunque ahora el ambiente estaba claramente alterado, las miradas se desviaban hacia mí con más frecuencia, los murmullos comenzaban a surgir en voz baja, pero los ignoré, porque nada de eso era relevante.
Minutos después, la puerta se abrió nuevamente, pero esta vez no volvió solo.
Un hombre mayor lo acompañaba, su presencia mucho más imponente, su mirada más aguda, alguien que no necesitaba presentación para entender quién era.
El director.
Sus ojos se posaron en mí casi de inmediato, analizándome con una intensidad que no intentaba ocultar.
—¿Es usted la niña que realizó está prueba? —preguntó, su voz grave pero controlada.
—Selene —respondí, levantándome con una pequeña inclinación respetuosa—. Sí.
No dijo nada más en ese momento, solo observó mi hoja por unos segundos antes de asentir levemente, sabía que no sabía quién era y de dónde provenía, se le notaba demasiado y era que no muchos conocían mi apariencia física, pues no salía del ducado desde que empecé a hablar, me negaba w que me realizarán fiestas en los cumpleaños.
—Venga conmigo.
No dudé, me levanté y lo seguí sin mirar atrás.
El nuevo salón era distinto, más privado, más… serio, y lo que colocaron frente a mí esta vez sí se acercaba más a lo que esperaba, problemas complejos, preguntas que requerían análisis real, comprensión profunda, no simples respuestas memorizadas, y eso… fue suficiente.
Me concentré, no hubo interrupciones, no hubo comentarios innecesarios, solo respondí una tras otra, sin vacilar y sin errores.
El tiempo pasó sin que realmente lo notara, y cuando terminé, dejé la pluma con calma, sin la necesidad de anunciarlo.
El director se acercó, tomó la hoja, la revisó. Y el silencio que siguió… fue más elocuente que cualquier palabra.
—Esto… —murmuró finalmente— no es normal.
—Lo sé —respondí con honestidad—. Por eso pregunté.
Sus ojos se elevaron hacia mí nuevamente, evaluándome de una forma distinta ahora, no como a una niña, sino como a algo que no encajaba completamente en lo que esperaba encontrar.
— Acabas de completar el examen final para los graduados... Podríamos… graduarte rápidamente —dijo después de unos segundos—. No hay mucho que esta academia pueda enseñarte al ritmo estándar.
Ahí estaba, la opción lógica, la más eficiente, pero no era lo que quería.
—No —respondí sin titubear.
El silencio volvió.
—¿No?
—Quiero ser trasladada a la clase del príncipe heredero, soy su prometida.
No expliqué más, no mencioné mi objetivo real. Porque eso… era solo mío. Quiero estar cerca de Estefan. Quiero asegurarme de que no esté solo.
El director me observó por un momento más, como si evaluara no solo mi capacidad, sino mi intención, con mis palabras le estaba dejando claro quien era y finalmente, asintió.
—Muy bien.
Y así… fue suficiente.
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Al día siguiente, la academia no estaba preparada para lo que iba a ocurrir.
Los murmullos comenzaron incluso antes de que llegara, rumores que corrían entre los estudiantes, nombres que se repetían en voz baja, miradas curiosas, sorprendidas, algunas incluso incrédulas.
La Santa había ingresado.
No solo eso, había obtenido la puntuación más alta registrada y había sido ascendida, no por favoritismo, no por título. Sino porque… no podían enseñarme al nivel inicial.
Cuando entré al aula, todas las miradas se posaron en mí con curiosidad y sorpresa.
Excepto una.
Estefan.
No se sorprendió, no realmente. Como si ya lo esperara. Como si, de alguna forma, siempre hubiera sabido que esto pasaría. Pero sí… sonrió, fue levemente, pero eso fue... Suficiente.
Luego de una leve presentación, Caminé con calma, ignorando el peso de las miradas, ignorando los susurros, porque nada de eso importaba, solo había un lugar al que debía ir, y cuando llegué, no dudé, no pregunté, simplemente me senté a su lado, al fondo del aula, como si siempre hubiera sido mi lugar.
Y entonces… lo miré y sonreí.
Como siempre.