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La Frecuencia Del Barro

La Frecuencia Del Barro

Status: En proceso
Genre:Apoyo mutuo / Mundo de fantasía / Polos opuestos enfrentados / Sci-Fi
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Ji-Hoon Kang, un genio de la acústica de Seúl, vive atrapado en una corporación que produce buen sonido. Se cansa del mundo frío y artificial de León, Nicaragua, y vive en un universo diferente que está vivo, es imperfecto y está lleno de recuerdos de estos lugares y de cada uno de ellos. Allí Xiomara Aguilar, arquitecta que lidia con su memoria emocional de los espacios, y tanto ella como Ji-Hoon lo ayudan a reconstruir el Teatro de la Merced, un lugar donde el barro y la madera forman un sonido fantástico. Pero su antigua corporación quiere usar esa esencia para comercializarla. Entre los viejos túneles y el poder de la tierra, Ji-Hoon debe decidir qué camino elegir: regresar a lo artificial o quedarse como el "Ingeniero de Barro" y proteger una frecuencia que puede cambiar la forma en que el mundo escucha la vida.

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CAPÍTULO 5: El Hilo de Cristal y la Sombra del Dragón

La noche en León tiene una cualidad líquida; el aire parece pesar más, cargado de la humedad que sube del Pacífico y se mezcla con el aliento de los cuatro volcanes que vigilan la ciudad. En la habitación 204 del Hotel El Convento, Ji-Hoon Kang estaba sentado frente a su computadora portátil. La pantalla era el único faro en la penumbra, proyectando una luz azulada y fría sobre sus facciones, que en ese momento parecían esculpidas en hielo.

Eran las siete de la tarde en Nicaragua. En Seúl, eran las diez de la mañana del martes.

El zumbido del Skype rompió el silencio, un sonido digital que a Ji-Hoon le resultó agresivo, como un intruso en la habitación que olía a madera vieja y a la espiral contra mosquitos que ardía lentamente en un rincón. Respiró hondo, se ajustó el cuello de la camisa y aceptó la videollamada.

La imagen se materializó: una oficina de paredes de mármol gris, ventanales que daban a un horizonte de rascacielos envueltos en la bruma matutina de Seúl, y un hombre de sesenta años, con el cabello plateado y una expresión que no admitía réplicas. Era su padre, el Director Kang, presidente de Kang Acoustic Solutions.

—Ji-Hoon —la voz de su padre llegó con ese retraso metálico de las llamadas transoceánicas. No hubo un "¿cómo estás?", ni un "¿estás a salvo?". Solo su nombre, pronunciado como una orden de inventario.

—Abeoji (Padre) —respondió Ji-Hoon, inclinando levemente la cabeza frente a la cámara, un gesto de respeto que su cuerpo realizaba de forma automática, casi biológica.

—He revisado los informes de gastos de tu tarjeta —dijo el hombre, sin apartar la vista de unos documentos que tenía sobre su escritorio—. Veo que has estado gastando en mercados locales y pequeñas ferreterías. ¿Qué sucede con los proveedores que te envié desde Panamá? ¿Por qué pierdes el tiempo en un sitio que ni siquiera aparece en el mapa de inversiones tecnológicas?

Ji-Hoon apretó los puños bajo la mesa, fuera del alcance de la cámara.

—Los proveedores de Panamá no entienden la porosidad del adobe, padre. Este teatro es un organismo antiguo. Los materiales locales responden mejor a la frecuencia del entorno. No es solo técnica, es... integración.

El Director Kang soltó una risa seca, un sonido que a Ji-Hoon le dolió más que el golpe en el teatro.

—"Integración". Te envié a ese país tercermundista para que limpiaras tu mente de tu fracaso en el auditorio de Incheon, no para que te convirtieras en un artesano de pueblo. Ya han pasado dos semanas. El contrato con la constructora en Daegu se firma el próximo lunes. He reservado tu vuelo de regreso para este viernes.

El aire en la habitación de León pareció agotarse de golpe. Ji-Hoon miró por la ventana. Afuera, en el patio del hotel, una fuente goteaba y el sonido de una guitarra lejana llegaba desde la calle. Era un mundo de imperfección hermosa, un mundo que apenas estaba empezando a entender.

—No he terminado el proyecto, padre —dijo Ji-Hoon, su voz temblando ligeramente—. La estructura es inestable. Casi... hubo un accidente. No puedo dejarlo a medias. Si me voy ahora, el teatro nunca se recuperará.

—¿El teatro? ¿A quién le importa un teatro en una ciudad llena de polvo? —el padre se inclinó hacia la cámara, sus ojos fijos en los de su hijo—. Eres un Kang. Tu lugar está en la cúspide de la industria, no midiendo el eco de una ruina. Tienes una deuda con esta empresa, Ji-Hoon. El error de Incheon nos costó millones en prestigio. Tu retiro a Nicaragua fue una concesión de mi parte para que no tuvieras que enfrentarte a la junta directiva mientras tu nombre estaba sucio. El tiempo de jugar a la caridad se terminó. Viernes, seis de la mañana, aeropuerto de Managua. No me obligues a cancelar tu visa de trabajo personal.

La llamada se cortó. La pantalla se volvió negra, devolviéndole a Ji-Hoon su propio reflejo: un hombre con los ojos hundidos, atrapado entre dos mundos que no sabían cómo hablarse.

El Refugio de la NocheIncapaz de quedarse entre esas cuatro paredes que ahora se sentían como una celda de lujo, Ji-Hoon salió del hotel. No llevaba su mochila táctica ni su equipo de medición. Caminó por las calles empedradas de León, dejando que el calor nocturno lo envolviera. El sonido de sus propios pasos era lo único que intentaba analizar, pero su mente era un caos de voces en coreano y risas en español.

Casi sin darse cuenta, sus pasos lo llevaron hacia la plaza central. Frente a la Catedral, sentada en una de las bancas de hierro forjado, vio una figura familiar. Xiomara estaba allí, con un cuaderno de dibujo en las rodillas y una bolsa de churros azucarados a su lado. El resplandor de las farolas amarillentas le daba un aire de estatua de bronce.

Ella levantó la vista y, al verlo, su expresión de concentración se transformó en una de preocupación inmediata. Xiomara tenía esa habilidad casi mística de leer el aire alrededor de las personas.

—Ideay, chele... —dijo ella, cerrando su cuaderno—. Parecés que viste a un aparecido. O al Cadejo, por lo menos. Sentate aquí antes de que te desmayés.

Ji-Hoon se sentó a su lado, guardando una distancia que ella, con un gesto decidido, acortó al deslizarse por la banca hasta quedar hombro con hombro.

—Hablé con mi padre —dijo él, su voz apenas un susurro que se perdía en el bullicio de la plaza—. Quiere que regrese. El viernes.

Xiomara dejó de masticar su churro. El mundo alrededor de ellos —los niños corriendo, los vendedores de globos, el viento entre los árboles de Nim— pareció atenuarse.

—¿El viernes? Pero si apenas estamos empezando a entender cómo sostener el techo, Ji-Hoon. Si te vas ahora, el Ministerio de Cultura va a cerrar el proyecto y lo van a convertir en una bodega de granos o algo peor. ¿Por qué tanta prisa?

—En mi país, Xiomara, el tiempo no es un río, es una flecha —respondió él, mirando hacia las cúpulas blancas de la Catedral—. Si no te mueves a la velocidad de la flecha, te consideran un estorbo. Mi padre cree que este lugar no tiene valor. Dice que es... un sitio que no aparece en el mapa.

Xiomara soltó un susoplido de indignación que hizo que unos rizos bailaran sobre su frente.

—¡Qué clase de caballada! —exclamó—. ¿No aparece en el mapa? Este lugar tiene más historia en una piedra que todos esos rascacielos de vidrio que me enseñaste en las fotos. Mirá, Ji-Hoon, yo sé que para vos el honor y la familia son cosas serias, pero... ¿y vos qué querés? No tu papá, no tu empresa. Vos.

El Diálogo de las Dos AlmasJi-Hoon guardó silencio. Era una pregunta que nadie le había hecho en treinta años. En Corea, las preguntas sobre el deseo personal suelen ser consideradas un lujo o una falta de respeto hacia el bien común.

—Yo... —empezó él, buscando las palabras en el fondo de su garganta—. Cuando era niño, quería ser director de orquesta. Me gustaba cómo un solo hombre podía poner orden en el caos de los sonidos. Pero mi padre dijo que los directores son empleados del arte, y que los dueños de la acústica son los dueños del silencio. Me obligó a estudiar ingeniería. Me volví bueno en eso, Xiomara. El mejor. Pero siempre sentí que estaba construyendo muros, no puentes.

Xiomara lo escuchaba con una intensidad que lo hacía sentir desnudo. Ella no lo juzgaba; ella lo estaba "escaneando", tratando de encontrar la frecuencia de su dolor.

—En Incheon —continuó Ji-Hoon—, diseñé el sistema de sonido para un auditorio de cristal. Era perfecto. Matemáticamente impecable. Pero cuando la orquesta empezó a tocar, el sonido era... muerto. No tenía alma. El cristal rebotaba la música con tanta precisión que la volvía hiriente. La crítica me destrozó. Dijeron que mis diseños eran máquinas frías. Mi padre se avergonzó de mí. Por eso estoy aquí. Para él, Nicaragua es el sótano del mundo donde mandas las cosas rotas.

Xiomara tomó la mano de Ji-Hoon. Esta vez no fue un roce accidental. Fue un agarre firme, cálido, con esa piel curtida por el sol y el trabajo que siempre lo dejaba descolocado.

—Escuchame bien, Ji-Hoon Kang —dijo ella, obligándolo a mirarla a los ojos—. Tu papá puede ser el dueño de la empresa más grande de Corea, pero no es el dueño de tus oídos. ¿Sabés por qué ese auditorio de cristal no funcionó? Porque el cristal no tiene memoria. No ha sufrido.

—No entiendo —murmuró él.

—Para que el sonido sea hermoso, tiene que chocar con algo que haya vivido —explicó ella, gesticulando con la mano libre—. Por eso este teatro en León, con sus paredes de adobe que han aguantado balazos, con su madera que ha llorado resina durante cien años, suena mejor que cualquier caja de vidrio. Aquí el sonido no rebota, se abraza a la pared. Vos no viniste aquí a esconderte, viniste aquí a aprender a escuchar de nuevo. Si te vas el viernes, le vas a dar la razón a tu papá: le vas a decir que sos una pieza de repuesto que él puede mover a su gusto.

Ji-Hoon sintió una opresión en el pecho. Las palabras de Xiomara eran como los sismos de León: suaves al principio, pero capaces de derribar estructuras que parecían eternas.

—Si me quedo —dijo él—, lo pierdo todo. Mi herencia, mi nombre, mi carrera en Seúl.

—Y si te vas —replicó ella, su voz volviéndose una caricia ronca—, te perdés a vos mismo. Y me perdés a mí... y al teatro, que es casi lo mismo.

Se quedaron en silencio, rodeados por el murmullo de la noche leonesa. Un vendedor de vigorón pasó gritando su mercancía, y el repique de las campanas de la Catedral anunció las ocho. Ji-Hoon miró la mano de Xiomara entrelazada con la suya. El contraste era absoluto: la palidez de él contra el siena de ella; la rigidez contra la fluidez.

—En Seúl —dijo Ji-Hoon de pronto—, hay un puente sobre el río Han. Lo llaman el "Puente de la Vida" porque la gente va allí cuando ya no quiere vivir. Pusieron luces y mensajes que dicen "¿Has comido hoy?" o "¿Cómo están tus hijos?". Mensajes para recordarles que son humanos.

—¿Y funcionan? —preguntó Xiomara.

—A veces. Pero son solo luces. Aquí... —Ji-Hoon miró hacia la gente en la plaza— aquí no necesitan luces en los puentes. Se lo dicen a la cara. Doña Chilo en el mercado me preguntó si yo sufría por amor. Mi padre nunca me ha preguntado eso.

Xiomara se rió, una risa suave que vibró en el hombro de Ji-Hoon.

—Es que aquí somos metiches, amor. Nos gusta saber si el vecino está feliz o si tiene el corazón hecho trizas. No es por molestar, es para saber si tenemos que llevarle un cafecito o dejarlo solo.

Ji-Hoon se inclinó un poco más hacia ella. Podía oler el azúcar de los churros y ese aroma a vainilla que parecía emanar de la piel de Xiomara.

—Xiomara-ssi —dijo él, usando el honorífico con una ternura nueva—, tengo miedo. Por primera vez en mi vida, no tengo un plano para lo que viene.

—Bienvenido al club, chele —respondió ella, apretándole la mano—. Aquí nadie tiene plano. Aquí lo que tenemos es "el día de hoy". Mañana vemos si sale el sol o si el volcán se echa un pedo. Pero hoy... hoy estás aquí. Conmigo. En esta banca que huele a hierro viejo y a libertad.

Ji-Hoon cerró los ojos y, por primera vez en años, no intentó analizar la acústica de la plaza. Simplemente escuchó. Escuchó el latido de la ciudad, el suspiro de Xiomara, y el grito lejano de un niño. Eran sonidos imperfectos, sucios, humanos.

Y en ese momento, supo que el viernes no iba a haber ningún vuelo a Seúl con su nombre en la lista de pasajeros.

El Gesto de la RebeliónSe levantaron de la banca cuando el fresco de la noche empezó a calar. Caminaron de regreso hacia el hotel, pero esta vez Ji-Hoon no caminaba tres pasos por delante ni tres pasos por detrás. Caminaba al lado de ella, ajustando su paso largo al ritmo más pausado de Xiomara.

Al llegar a la puerta del hotel, Ji-Hoon se detuvo. Sacó su teléfono celular, ese aparato que lo mantenía atado a la voluntad del Director Kang. Con un movimiento decidido, entró en la configuración y desactivó el roaming de datos. Luego, borró la aplicación de mensajes corporativos.

—¿Qué hiciste? —preguntó Xiomara, con los ojos bien abiertos.

—He cortado el hilo de cristal —respondió él, con una sonrisa que no llegó a sus labios pero que iluminó sus ojos—. Mañana, cuando mi padre intente llamarme para confirmar el vuelo, solo escuchará el silencio. Un silencio que yo mismo he diseñado.

Xiomara soltó un grito de alegría contenido y le dio un abrazo rápido, un impacto de energía que dejó a Ji-Hoon sin aliento.

—¡Así se habla, ingeniero! Mañana a las siete en el teatro, entonces. Pero llevá ropa vieja, que vamos a empezar a mezclar el cal para las grietas del primer piso. Te vas a ensuciar hasta las orejas.

—Estaré allí —dijo Ji-Hoon—. Y Xiomara... gracias por el tiste. Creo que me dio la fuerza que necesitaba.

Ella le guiñó un ojo y se alejó por la calle, su falda de flores desapareciendo en las sombras del zaguán. Ji-Hoon entró en el hotel, pero no subió a su habitación de inmediato. Se quedó en el patio, junto a la fuente, escuchando el agua.

Esa noche, Ji-Hoon Kang no escribió en su cuaderno técnico. Se sentó a la luz de una pequeña lámpara y, en una hoja en blanco, comenzó a dibujar. No dibujó planos, ni diagramas de flujo, ni sensores. Dibujó el rostro de una mujer rodeado de flores de sacuanjoche, y debajo, escribió una sola palabra en coreano que significaba, al mismo tiempo, "hogar" y "comienzo".

El Director Kang, en su oficina de Seúl, vería al día siguiente que su hijo había desaparecido del mapa digital. Pero Ji-Hoon, por primera vez, sabía exactamente dónde estaba: en el centro exacto de su propia vida, en una ciudad donde los fantasmas cantan y donde el amor sabe a cacao y tierra volcánica.

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