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Bilogía Rivales

Bilogía Rivales

Status: En proceso
Genre:Atracción entre enemigos
Popularitas:238
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

1 - El Juego Prohibido de los Rivales:

En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.

2 - El Juego Mortal de los Rivales:

Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.

NovelToon tiene autorización de Leydis_Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Precio de la Obsesión II

Me encerraron en el ático de la Quinta Avenida, el mismo lugar donde crecí, pero que ahora se sentía como una prisión de alta seguridad. Los guardias estaban en cada puerta. Mi teléfono había sido confiscado. Estaba aislada, rodeada de lujos que me asfixiaban.

Dos días después, Alistair apareció en mi habitación. Llevaba un traje a medida de color azul medianoche, luciendo cada centímetro como el heredero perfecto. Traía una caja de terciopelo negro.

—El anillo —dijo, dejándolo sobre mi tocador—. Mi padre insistió en que fuera el zafiro de la familia.

Miré la joya. Era enorme, fría, una cadena de luz que simbolizaba mi esclavitud.

—¿Cómo puedes dormir por las noches, Alistair? —le pregunté, sin apartar la vista del espejo. Se veía mi reflejo: pálida, con ojeras, una sombra de la mujer que fue a la isla buscando la verdad.

Él se situó detrás de mí. Puso sus manos sobre mis hombros. Por un momento, quise apartarme, pero algo en su agarre, una tensión casi desesperada, me detuvo.

—Duermo sabiendo que estás viva, Elena. Duermo sabiendo que tu padre no te envió a una "escuela de modales" en el extranjero de la que nunca regresarías. ¿Crees que esto es lo que yo quería? ¿Crees que disfruto siendo el perro de Arthur otra vez?

—Actúas muy bien, entonces.

Alistair se inclinó, su aliento rozando mi cuello. Su perfume, esa mezcla de madera y especias que antes me volvía loca, ahora me producía escalofríos.

—La obsesión tiene un precio, Elena. La mía es mantenerte a mi lado, aunque sea en esta jaula. Prefiero que me odies en este ático a que seas una mártir enterrada en una fosa sin nombre en el Caribe.

—Eso no es amor, Alistair. Es posesión.

—En nuestro mundo, es lo más parecido que existe.

Se enderezó y caminó hacia la puerta.

—Ponte el anillo. Mañana empezamos los ensayos para la gala. Los fotógrafos de *Vogue* vienen a las diez. Sonríe, Elena. Hazle creer al mundo que somos felices. Es la única forma de que este laberinto no se convierta en tu tumba.

Se marchó, dejándome sola con el zafiro que brillaba con una luz burlona bajo las lámparas de cristal. Me senté en la cama, sintiendo el peso del silencio. Pensé en los documentos, en los chips que aún llevábamos en la piel. Me pregunté si Alistair realmente los había entregado todos, o si guardaba una última carta bajo la manga.

Pero mi confianza estaba rota. Cada vez que intentaba buscar una salida, me encontraba con una nueva pared de su engaño. Me sentía atrapada en un laberinto sin salida, donde cada promesa era una trampa y cada beso un contrato.

Esa noche, soñé con la isla. Soñé con el fuego del muelle y con el sabor de la libertad. Pero cuando desperté, estaba rodeada de sábanas de seda de mil hilos y el sonido del tráfico de Manhattan. Estaba de vuelta en la cima del mundo, y nunca me había sentido tan hundida.

Empecé a entender que la verdadera obsesión no era la de nuestros padres por el dinero, sino la de Alistair por mí. Una obsesión que lo había llevado a traicionarme para "salvarme", una lógica retorcida que solo alguien nacido en la cuna de las víboras podría entender.

—Nada es gratis —susurré para mí misma, poniéndome el anillo de zafiro. El metal estaba helado—. Y yo voy a hacer que pagues cada centavo, Alistair Vane.

Si él quería un espectáculo, se lo daría. Sería la Sterling más perfecta, la prometida más devota, la mentirosa más convincente. Pero mientras caminaba por los pasillos de mármol de mi casa, planeando cada movimiento, cada mirada, me di cuenta de que me estaba convirtiendo en lo que más odiaba. Estaba aprendiendo a usar sus armas. Estaba aprendiendo a amar el juego del poder.

Y ese, quizás, era el precio más alto de todos.

La semana pasó como un borrón de vestidos de alta costura, entrevistas pactadas y miradas cómplices frente a las cámaras que ocultaban deseos de asesinato. Alistair y yo éramos el centro del universo neoyorquino. La prensa nos llamaba "La Unión de Oro". Nadie veía las grietas. Nadie veía las cadenas.

Pero bajo la superficie, el laberinto se volvía cada vez más complejo. Empecé a notar que Alistair no estaba tan tranquilo como aparentaba. Recibía llamadas a horas extrañas, se encerraba en su despacho y su mirada a veces se perdía en el horizonte de rascacielos con una expresión de pura agonía.

—¿Qué estás tramando, Alistair? —le pregunté una tarde, mientras nos preparábamos para una cena benéfica.

Él se estaba ajustando la corbata frente al espejo. Se detuvo y me miró a través del reflejo.

—Solo trato de sobrevivir, Elena. Igual que tú.

—No me mientas más. Ya has cobrado tu precio. ¿Qué más quieres?

Él se giró y me tomó por las muñecas, su cercanía era abrumadora.

—Quiero que confíes en mí una última vez —dijo, y su voz sonaba desesperada, casi humana—. Sé que parece que te he traicionado. Sé que todo apunta a que soy el villano de tu historia. Pero hay movimientos en el tablero que aún no puedes ver.

—¿Confiar en ti? Me llevaste de vuelta a mis captores. Me obligaste a usar este anillo.

—Te traje de vuelta porque era el único lugar donde no podían dispararte a plena luz del día. El laberinto es grande, Elena. Pero incluso los laberintos tienen una salida, si estás dispuesta a romper el cristal.

Me soltó y salió de la habitación sin darme más explicaciones. Me quedé allí, confundida, con el corazón latiendo con una esperanza que me negaba a aceptar. ¿Era otra mentira? ¿Era parte del "arte de la mentira" que tanto dominaba?

Un laberinto sin salida se extendía entre sus promesas y mi realidad, y yo ya no sabía en qué dirección caminar. Solo sabía que la gala se acercaba, y que esa noche, de una forma u otra, el cristal iba a romperse.

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