En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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capítulo 5: Noche que ruge.
¡Importante! Este capitulo contiene escenas de violencia.
El viento ruge con fuerza, mientras fuera de la casona Esperanza de rodillas y con una lentitud forzada, levantó la mirada. Cada fibra de su ser gritaba que había cometido un error imperdonable al acercarse a la casona. Obedeció contra toda voluntad y al alzar los ojos, vio el ramo de uvas suspendido sobre su cabeza. Un instante después, este cayó de repente al suelo, las esferas moradas rodando dispersas a sus pies.
"¡Come!", ordenó el joven amo, su voz serena contrastando con la brusquedad de la orden. Su mirada no se desvió de ella y su calma era verdaderamente inquietante.
El apetito de Esperanza se había desvanecido por completo, lo único que deseaba era escapar de allí. Sin embargo, no podía hacerlo era una ofensa rechazar un regalo de un amo, eso podría costarle la vida o al menos eso era lo que le habían inculcado. Estira sus manos para tomar una de las uvas que estaban dispersas por el suelo, pero él la detuvo con un gesto sutil.
"¡No, quiero que la comas del suelo como el animal que eres!"
Las palabras la golpearon con la fuerza de un látigo. Sabía que los esclavos eran despreciados, pero ella jamás había interactuado con alguien más allá de sus compañeros de cautiverio. Era la primera vez que se enfrentaba a uno de sus amos, y nunca imaginó que así era como los veían como meros animales.
Ante sus crueles palabras, Esperanza levantó la mirada de nuevo, pero esta vez lo hizo con una ferocidad indomable, aquella mirada que él deseaba obtener de ella. Sin embargo, Leonardo, el joven amo, permanecía de pie en el ventanal, su rostro impasible, su mirada serena, como si fuera ajeno a la brutalidad de sus propias palabras.
"No lo diré de nuevo", advirtió con una voz tan ligera como una pluma, pero cargada de una amenaza implícita.
Contra toda voluntad, Esperanza bajó la cabeza. Con sus dientes, tomó una uva del frío suelo y la masticó lentamente. Antes, al verlas parecían dulces y deliciosas pero ahora, en su boca, el sabor era amargo y asqueroso como el de la propia humillación.
Leonardo bebió un sorbo de agua de su copa, observándola fijamente, como si disfrutara cada instante de la escena. Cuando terminó, arrojó el agua restante al suelo para espantarla, como si verdaderamente fuera un animal.
"¡Ahora, lárgate de aquí!"
La fina tela que la cubría, su única protección contra el frío de la noche ahora estaba mojada y el frío calaba más hondo que nunca en sus huesos.
Esperanza corrió sin mirar atrás, sin detenerse hacia las casillas de madera, apenas visibles entre la niebla y sus propias lágrimas. El rugido del viento se mezclaba con su llanto, y la húmeda niebla de la noche envolvía su cuerpo con ferocidad como un recordatorio constante de su insignificancia.
El eco de las palabras de Leonardo la perseguía. Jamás podría olvidar esta humillación, jamás ahora que ha experimentado de primera mano la crueldad de sus amos.